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El olor a incienso de mirra y a sangre fresca impregnaba el aire del Gran Salón de Audiencias.
En la parte alta del estrado, sentado sobre el trono de oro labrado con la figura de Sekhmet, la diosa de la guerra, Jeon Jungkook ni siquiera se molestó en pestañear cuando la hoja de bronce cayó sobre el cuello del general traidor. El cuerpo cayó sin vida sobre las losas de piedra, y un charco espeso comenzó a extenderse a los pies del estrado.
Un murmullo aterrorizado recorrió a los nobles y a los oficiales presentes, pero ninguno se atrevió a emitir un sonido estridente. Sabían perfectamente que el Faraón no perdonaba la insubordinación.
Jungkook se acomodó en su trono. Su figura colosal imponía respeto sin necesidad de articular palabra: los músculos de su torso desnudo, adornados con pesados collares de oro y piedras preciosas, brillaban bajo el sol que entraba por los ventanales. Sus ojos, de un café tan oscuro que rayaban en el negro absoluto, recorrieron la sala con frío desdén. Su cabello negro azabache enmarcaba un rostro esculpido por la severidad.
-Limpien el suelo -ordenó Jungkook. Su voz, grave y profunda, resonó en la sala como un trueno distante-. Y que la cabeza del traidor sea colgada en las murallas del sur antes del atardecer.
Mientras los sirvientes se apresuraban a obedecer temblando, las trompetas de bronce sonaron desde el patio exterior. El eco de los tambores de protocolo anunció la llegada que la corte llevaba semanas esperando.
-¡Su Majestad Imperial! -proclamó el Gran Visir, dando tres golpes con su bastón de mando sobre el suelo-. La comitiva del norte ha cruzado los portones del palacio. Se presenta ante el Soberano del Nilo... el nuevo Gran Consorte Real.
En las galerías superiores, escondidas detrás de finas celosías de madera, el harén comenzó a murmurar con veneno. Las concubinas y favoritas apretaban sus abanicos de plumas, esperando ver al doncel extranjero llegar temblando, roto por la travesía y aterrado por la fama sanguinaria del hombre que ahora sería su esposo.
Las pesadas puertas de madera de cedro se abrieron de par en par.
La comitiva avanzó, pero todas las miradas se desviaron de inmediato hacia la figura que caminaba al frente.
Jimin no entró como un cautivo ni como un tributo de guerra. Avanzó con el porte impecable de alguien que sabía exactamente cuánto valía su presencia.
Cada paso que daba sobre las losas de piedra estaba fríamente calculado. Portaba una túnica de lino finísimo bordada enteramente en hilos de oro puro, cuya tela se ceñía con gracia a su anatomía. Su figura de doncel era deslumbrante: una cintura diminuta y delicada que acentuaba el movimiento hipsnotizante de sus caderas pronunciadas. Pero lo que dejó a la corte en un silencio sepulcral fue su rostro.
Bajo el dosel de la sala, el cabello de Jimin brillaba como el oro líquido. Un rubio sedoso y deslumbrante, completamente ajeno a los tonos oscuros de la realeza egipcia. Y cuando levantó la cabeza, la luz de las antorchas se reflejó en unos ojos de un azul cristalino y profundo, tan intensos que parecían desafiar la propia calidez del desierto.
Jimin sintió las miradas cargadas de envidia del harén y el juicio de los nobles, pero los ignoró a todos. Su mirada azul se fijó en la cima del estrado, encontrando los ojos de obsidiana de Jungkook.
Sostuvo la mirada del tirano sin un solo parpadeo.
Al llegar al pie del estrado, justo frente al lugar donde aún quedaba la mancha húmeda de la ejecución, Jimin se detuvo. Realizó una reverencia elegante, fluida y majestuosa, mostrando el respeto que exigía el protocolo, pero sin doblar la espalda más de lo necesario.
-Salud al Soberano del Alto y Bajo Imperio -pronunció Jimin. Su voz era suave, casi melódica, pero llevaba una firmeza que sorprendió a los consejeros del Faraón.
Jungkook no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente hacia adelante en su trono, apoyando los codos sobre los descansabrazos de oro. Sus ojos negros examinaron cada detalle del doncel frente a él: la curva de su cuello, la finura de sus facciones, la piel clara que parecía porcelana bajo el oro, y sobre todo, esa chispa de ambición contenida que ardía en sus ojos azules.
Aquel doncel no le tenía miedo. Estaba sobre la sangre fresca de un hombre ajusticiado y ni siquiera había mirado el suelo.
-Así que tú eres el regalo que envía tu reino para sellar la paz -dijo Jungkook, permitiendo que una leve y peligrosa sonrisa se dibujara en sus labios.
Jimin volvió a erguirse por completo. Una sonrisa sutil, bella y calculada apareció en sus labios carnosos.
-No soy un regalo, Majestad -respondió Jimin con voz serena, manteniendo el contacto visual-. Soy vuestro Gran Consorte. Y he venido a reclamar el lugar que me corresponde al lado del trono.
Un murmullo de incredulidad recorrió la sala ante semejante audacia. Nadie le hablaba así al Faraón Sanguinario. Nadie.
Jungkook se puso de pie. Su altura e imponencia física parecieron llenar todo el salón mientras bajaba despacio los escalones del estrado, deteniéndose a solo un paso de Jimin. El calor que emanaba del cuerpo del Faraón era abrumador.
-El lugar al lado del trono se gana, doncel -murmuró Jungkook en voz baja, inclinándose lo suficiente para que solo Jimin pudiera escucharlo. El aliento del Faraón rozó la mejilla de Jimin-. Mi palacio está lleno de víboras y mi cama de espinas. ¿Crees que tu belleza de oro y ojos azules te salvará de mi crueldad si me fallas?
Jimin no retrocedió ni un milímetro. En lugar de eso, dio un pequeño paso al frente, acortando la distancia entre ambos hasta que sus pechos casi se tocaron. Con una audacia que hizo contener el aliento a la guardia real, Jimin alzó la vista y le sonrió con una dulzura cargada de veneno.
-No necesito que mi belleza me salve, Mi Señor -susurró Jimin con voz afectuosa pero firme, dejando que sus ojos azules brillaran con astucia-. Solo necesito que descubráis que una víbora no puede envenenar a quien aprende a domarla.
Jungkook apretó la mandíbula, sintiendo una corriente eléctrica recorrerle la espina dorsal. Por primera vez en años, el Faraón Sanguinario no sintió repugnancia ni aburrimiento ante alguien de su corte. Sintió el peligroso ardor del deseo y la fascinación.
-Preparen los aposentos reales del ala este -ordenó Jungkook en voz alta, dándose la vuelta sin quitarle los ojos de encima al doncel-. Esta noche, el Gran Consorte cenará conmigo.
Jimin hizo una última inclinación con la cabeza. Mientras lo guiaban hacia sus nuevos aposentos, sintió la mirada de obsidiana del Faraón clavada en su espalda.
El juego de seducción y poder acababa de comenzar, y Jimin no pensaba perder.
Los aposentos del ala este eran un despliegue de lujo digno de la realeza. Paredes de piedra caliza pulida decoradas con relieves dorados, grandes ventanales con vistas a los jardines privados y una cama monumental con doseles de lino blanco y seda.
Mientras tres sirvientas terminaban de preparar el baño de leche y aceites esenciales para Jimin, la tranquilidad del recinto se rompió cuando las cortinas de la entrada principal se abrieron bruscamente.
Entró Nefertari, la concubina principal del harén y favorita hasta ese momento. Portaba joyas opulentas y caminaba con la altivez de quien se sabía dueña del palacio, seguida por dos de sus seguidoras más leales.
-Así que este es el famoso doncel del norte -dijo Nefertari, cruzándose de brazos y recorriendo a Jimin con una mirada cargada de desprecio-. El imperio ha enviado a un extranjero de cabello extraño para jugar a ser el Consorte Real.
Jimin, que estaba frente a un espejo de bronce pulido retocando su postura, no se inmutó. Giró despacio, dejando que las sirvientas terminaran de ajustar la bata ligera que cubría su cuerpo. Sus ojos azules se posaron sobre la concubina con frialdad.
-El título no es un juego, concubina -respondió Jimin, marcando la palabra concubina con una suavidad peligrosa-. Y sugiero que recuerdes las normas del palacio antes de irrumpir en los aposentos del Gran Consorte sin anunciarte.
-¡No me hables de normas! -siseó Nefertari, dando dos pasos al frente-. Creés que por tu cara bonita y tus ojos de agua vas a gobernar este lugar. Jungkook es un monarca sanguinario. Te usará un par de noches por la novedad y luego te desechará en este mismo ala como al resto. No eres especial.
Jimin sonrió. Fue una sonrisa dulce, casi compasiva, pero sus ojos brillaban con la astucia de un predador. Avanzó despacio hasta quedar a solo unos centímetros de la mujer, usando su presencia para intimidarla.
-Si yo no fuera especial, no estarías temblando de rabia en mi habitación -susurró Jimin en voz baja, inclinándose hacia ella-. El Faraón te habrá dado noches de placer, pero a mí me dio un trono. Si intentas interponerte en mi camino o juegas sucio en mi contra, te aseguro que la crueldad de Jungkook parecerá piadosa comparada con lo que yo puedo hacerte pasar. Ahora, retírate antes de que ordene a los guardias que te saquen a rastras.
Nefertari apretó los dientes, pálida ante la firmeza y la frialdad del doncel. Comprendiendo que no estaba tratando con una víctima fácil, dio media vuelta y salió furiosa, dejando a sus acompañantes en shock.
Jimin suspiró y miró su reflejo. Una víbora menos, pensó, mientras permitía que las sirvientas lo vistieran para la cena con el Faraón.
Al caer la noche, Jimin fue guiado hacia la terraza privada del Faraón. El ambiente estaba iluminado solo por el fuego tenue de las antorchas y la luz dorada de la luna llena sobre el río Nilo. Una mesa baja de madera de ébano estaba servida con copas de oro, vino fermentado, frutas exóticas y carnes asadas.
Jungkook lo esperaba de pie junto a la barandilla de piedra, contemplando su imperio en la penumbra. Vestía una túnica oscura que dejaba al descubierto sus anchos hombros y sus brazos musculosos. Su cabello negro azabache caía sobre su frente, y sus ojos oscuros como la noche se clavaron en Jimin en cuanto escuchó sus pasos.
Jimin lucía deslumbrante. Una túnica de seda dorada y azul cobalto que ceñía a la perfección su diminuta cintura y enmarcaba la elegancia de sus caderas. Su cabello rubio resplandecía bajo la luz del fuego y sus ojos azules brillaban con intensidad.
-Llegas a tiempo -dijo Jungkook con voz profunda, señalando el cojín de seda frente a él en la mesa.
-Un Gran Consorte nunca hace esperar a su Señor -respondió Jimin con voz melódica, tomándole la palabra y sentándose con una gracia fluida.
Jungkook se sentó frente a él y sirvió vino en las dos copas. El silencio entre ambos era denso, lleno de una atracción peligrosa que ninguno de los dos intentaba ocultar.
-Me dijeron que tuviste una visita en tus aposentos -comentó Jungkook, dando un sorbo a su copa mientras lo observaba detenidamente-. Nefertari no parecía muy complacida cuando la vi cruzar el pasillo.
-Las flores del harén suelen marchitarse cuando llega la primavera, Majestad -repuso Jimin con audacia, sosteniendo la copa con delicadeza-. Solo le recordé cuál es su lugar. Nada de qué preocuparse.
Jungkook dejó escapar una risa grave, un sonido bajo y ronco que rara vez se escuchaba en el palacio.
-Eres arrogante, Jimin. En este reino, la arrogancia suele terminar con la cabeza sobre una pica en la entrada de la ciudad.
-La arrogancia sin inteligencia es un suicidio, Señor -respondió Jimin, inclinándose ligeramente hacia adelante sobre la mesa, acortando la distancia entre sus rostros-. Pero la ambición respaldada por astucia... es lo que construye imperios. Y yo no vine aquí para ser una víctima de vuestra crueldad. Vine para ser vuestro igual.
Jungkook se congeló por un segundo. La audacia de ese doncel rubio lo estaba llevando al límite. Sin avisar, estiró su mano grande y calurosa, sujetando la barbilla de Jimin con firmeza. No para lastimarlo, sino para obligarlo a mirarlo fijamente.
La piel suave de Jimin contrastaba con la fuerza bruta del Faraón. Sus ojos de obsidiana se clavaron en los ojos azules del doncel.
-Nadie es mi igual, Jimin -murmuró Jungkook, con la voz ahogada por una tensión repentina. Su mirada bajó por un segundo hacia los labios carnosos de Jimin antes de volver a sus ojos-. Pero admito que eres la primera persona en este palacio que no me aburre.
Jimin no intentó soltarse del agarre. En lugar de eso, levantó una mano y rozó con la yema de sus dedos el muñón del pulgar de Jungkook sobre su barbilla, un gesto dulce y afectuoso que tomó por sorpresa al temido tirano.
-Aún no habéis visto nada de mí, mi Faraón -susurró Jimin con una voz suave, cargada de una seducción casi hipnótica-. Podéis ser el monstruo que todo el imperio teme... pero conmigo, descubriréis que también podéis ser un hombre.
El corazón de Jungkook dio un vuelco violento dentro de su pecho. La mezcla de la fuerza calculadora de Jimin con esa calidez repentina lo desarmó por un instante.
El Faraón Sanguinario apretó el agarre un segundo más antes de soltarlo lentamente, sintiendo el calor de la piel de Jimin arder en sus dedos.
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