Desconocidos
La luna se alzaba sobre el cielo oscuro de Gotham; y su luz cubría como un velo la ciudad. Bajó las estrellas que eran ocultas por el humo de las fábricas, la mansión Falcone parecía estar sumida en silencio; con las luces de la sala de estar encendidas en medio de la oscuridad cómo un faro fantasma.
Mario Falcone, cuyos intentos de limpiar su nombre habían fallado a una velocidad casi deportiva y su fortuna prendía de un hilo hacia ya meses, había tomado una decisión desesperada: hacer una alianza con Ra's Al Ghul y su legendaria liga de asesinos. Necesitaba protección, influencia... y una manera de mantener a raya a la ola de maniáticos qué hacían crecer su poder como si de espuma se tratase.
En medio de toda esta situación de adultos, dos niños se encuentran en lo más profundo de estos tratos.
Los pasillos como laberintos en la oscuridad y penumbra, se desplegaban frente a ambos; habia un silencio casi sepulcral dónde el más mínimo ruido podría considerarse similar a una alarma. La luz apenas arañaba el suelo, y cada paso parecía ser tragado por una oscuridad viva, densa, que se aferraba a las paredes como una prisión invisible.
Tras una puerta de negro roble, las negociaciones se llevaban a cabo en murmullos envenenados. Afuera como pequeños centinelas dos figuras jóvenes permanecían en guardia.
A la derecha un niño de unos ocho años se mantenía inmóvil, con el pecho inflado denotando una arrogancia casi palpable. Su mano reposaba con naturalidad sobre el fular de su katana. Sus ojos, afilados como los de un Alcón joven pero ya cazador, recorrían con una leve alerta el pasillo oscuro. Era bajito, pero aún con su baja estatura, imponía presencia.
A su lado estaba una niña. No parecía mayor que él, pero en contraste, no proyectaba ni respeto ni amenaza. Era delgada, más baja de lo normal para su edad, y su postura encorvada la hacía ver más pequeña aún. Su ropa, gastada y ya algo descolorida le daba un aspecto de ser más insignificante y frágil (sobretodo por la chaqueta verde oliva que llevaba). Lo único en ella que rompía con esa monotonía era el color de su cabello: un rosa natural y extraño que en otro contexto le hubiera llamado la atención al joven, pero teniendo en cuenta que estaban en Gotham city, no pudo evitar pensar «Debe de ser uno de esos fenomenos».
Damian la observó de reojo más de una vez, notando cómo aquella joven desviaba rápidamente la mirada cuando lo hacía. No decía nada, pero su mirada, cargada de escrutinio y desdén, iba y venía. Algo en su instinto le decía que debía prestarle atención… o ponerla a prueba.
—¿Que tanto miras niña? ¿Creíste que no me daría cuenta?—la niña dió un respingo, sin decir nada oculto su rostro entré su cabello—.¿Que hacé una mocosa como tú en éste lugar?, no pareces la gran cosa.
Por primera vez en la noche ella se dignó a verlo por completo. Alzo la mirada con lentitud y rápidamente la desvío de nuevo, jugueteando con la manga de su chaqueta. El calor se le subió por las mejillas al notar que el niño a su lado mantenía su mirada firme como roca sobre ella.
—Lo siento...—Se apresuró al decir, encogiéndose un poco.
—Eso no es una respuesta a mi pregunta—.Le respondió el algo fastidiado.
—Me pidieron que vigilara… —dijo, con una voz suave, un susurro arrastrado por la penumbra.
El chico frunció apenas el ceño. No parecía impresionada por él, ni por su apellido, ni por el peso que el nombre al Ghul representaba. Era como un perro torpe que solo respondía a su amo: sin iniciativa, sin cuestionamientos. Eso le molestó… aunque también le despertó cierta intriga.
Mario Falcone no era mediocre, amargado, y con el tiempo se había vuelto poco compasivo. No tenía sentido que una niña tan pequeña trabajara para él. Y no había parecido físico alguno que insinuara un lazo de sangre.
—Curioso… —murmuró—. ¿Trabajas para ese hombre?
—Sí… creo que algo así.
Nada más.
Damian soltó un suspiro cargado de impaciencia y la estudió con más detalle. Reparó en las vendas que rodeaban sus manos, algunas torcidas o ya sueltas. El rostro cubierto de rasguños y curitas mal puestas. Y un cinturón con bolsillos, más propio de alguien que carga herramientas o suministros que de una niña cualquiera.
—Peleas —afirmó de pronto, sin mirarla.
Ella alzó un poco la cabeza, sorprendida por la deducción. Damian carraspeó y continuó, ahora con un tono analítico teñido de arrogancia.
—Tus vendas intentan imitar el vendaje del Muay Thai o del boxeo, pero están mal colocadas. Los rasguños y moretones en tu cara indican que perdiste la mayoría de los intercambios.
Ella bajó la mirada hacia sus vendajes. Con su mano derecha trató de ocultar las fallas bajando un poco las mangas de su chaqueta, frunciendo el ceño. Fue la primera reacción genuina que obtuvo de ella, más allá de su "irritante" timidez.
—Además —añadió con un deje de desprecio—, tus habilidades dejan mucho que desear. La mayoría de esos golpes pudieron evitarse.
Con un resoplido que salió de su boca con algo de frustración, volvió a su postura recta, mirando nuevamente al frente.
—Pero, si sigues viva, significa que no eres tan inútil —concluyó el niño, dejando que la frase quedara suspendida en el aire como un golpe seco.
El silencio se quebró con un sonido metálico: la cerradura girando detrás de ellos. La pesada puerta de roble se abrió lentamente, dejando escapar un leve rastro de luz amarillenta y el murmullo amortiguado de voces.
De ella emergió una figura femenina que parecía no pertenecer del todo a aquel pasillo oscuro. Su piel morena, lisa como seda, contrastaba con el frío ambiente de Gotham. Los ojos, verdes y profundos como esmeraldas, brillaban con un fulgor calculado, reflejando inteligencia y juicio. El cabello, perfectamente ondulado y peinado, caía sobre sus hombros como un velo de autoridad. Alta, esbelta e imponente, su sola presencia imponía un orden invisible.
Era Talia al Ghul.
Su mirada afilada pasó primero por el joven, y luego, con evidente desdén, se detuvo en la niña cubierta de polvo y llena de eriadas que estaba junto a él. La evaluación fue rápida, pero el juicio en sus ojos fue tan cortante que la niña pareció encogerse un poco más contra la pared.
—Damian, cariño —dijo Talia, con una voz suave pero cargada de firmeza, haciendo una pausa para mirar por encima del hombro de su hijo hacia la niña—. Ya te he dicho que no debes hablar con personas que no están a tu nivel.
—Lo sé, madre. Solo estaba sacando información. Pensé que podría ser útil.
Damian permaneció inmóvil, tan firme como una estatua, sosteniendo la mirada de su madre sin pestañear. Luego, giró el rostro de nuevo hacia la niña.
—Antes de irnos… ¿cuál es tu nombre, niña? —La frase sonó menos a pregunta y más a una orden que exigía respuesta inmediata.
—Soy… Kaia Nox… —respondió ella con voz baja, apenas un murmullo.
Damian asintió una sola vez, con un gesto breve y controlado. Entonces miró a Talia, y sin más palabras, madre e hijo comenzaron a alejarse. Sus pasos eran firmes, precisos y elegantes, resonando con un ritmo que, por sí solo, transmitía el peso de su linaje y el poder que encarnaban.
Kaia los observó desaparecer por el pasillo. Para ella, aquello no había sido más que un encuentro casual, una conversación breve que no merecía mayor importancia.
Pero esos ojos… aquellos ojos verdes que la habían examinado con fría severidad… le dejaron una sensación inquietante. Algo le decía que volvería a verlos.
🎙️ Voice Claims / Actores de Voz
| Personaje | Voice Claim / Referencia | Idioma / Versión |
| Damian Wayne | Ash (Fantastic Mr. Fox) | Español Latino (ES VA) |
| Kaia Nox | Hinata Hyūga de niña (Naruto) | Español Latino (ES VA) |
🎵 Song Claim / Canción del capítulo
[We'll meet again] — Vera Lyn
“We’ll meet again, don’t know where, don’t know when, but I know we’ll meet again some sunny day.”








