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Encuentro En un Baile

Sinopsis

Alastor va al baile del rey paimon allí se mete a una habitación para tener una noche intima con el rey del infierno lucifer de aquella noche alastor aprovecha para tener una estación de radio también se encuentran con el principe Stolas quien tendrá su propia historia.

Genero:
Romance
Autor/a:
Yukachan
Estado:
Completa
Capítulos:
23
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1

El aire del gran salón del castillo del Rey Paimon vibraba con una energía electrizante, una mezcla embriagadora de música, risas y el sutil aroma del vino añejo.

Me encontraba allí, una figura solitaria entre la multitud de nobles y cortesanos, observando el torbellino de la fiesta.

Mi presencia, como siempre, era una anomalía, una sombra que se movía con una gracia calculada.

Fue entonces cuando lo vi. Vox. Su mirada, tan intensa como siempre, se posó en mí a través de la sala abarrotada.

Un instante después, se abrió paso entre la multitud, su sonrisa radiante y sus ojos brillando con una intención que me hizo arquear una ceja.

"Alastor, mi querido amigo," su voz era un ronroneo seductor, "pareces un poco... apartado. Permíteme corregir eso." Antes de que pudiera protestar, sus manos me envolvieron, guiándome hacia el centro de la pista de baile.

La música se intensificó, y mientras girábamos, sentí una conexión inesperada, una chispa que encendió algo latente en mi interior. Sus ojos no se apartaban de los míos, y en cada movimiento, en cada roce, sentía su fascinación crecer.

Me di cuenta, con una punzada de sorpresa, de que Vox se estaba enamorando. Completamente.

Y yo... yo me dejé llevar por la corriente, disfrutando de la atención, de la intensidad de su mirada.

La noche avanzaba, y el Rey Paimon, con su habitual ostentación, decidió presentar a su invitado de honor: Lucifer Mongistar, el rey más poderoso del infierno Su presencia era imponente, irradiando un aura de autoridad y poder que eclipsaba a todos los demás.

Paimon, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, nos presentó.

Lucifer me observó con una curiosidad apenas disimulada, y yo le devolví la mirada, sintiendo una extraña atracción hacia su aura de dominio.

Poco después, vi a Lucifer alejarse del bullicio principal, dirigiéndose hacia un rincón más tranquilo del salón.

Lo seguía de cerca Stolas, acompañado por su guardaespaldas, Blitzo. Pude percibir la tensión en el aire entre ellos, una dinámica compleja que no me pertenecía, pero que me resultaba intrigante.

Lucifer se detuvo a conversar con Stolas, y mi atención se desvió hacia Blitzo.

Había algo en su postura, en la forma en que observaba a Stolas, que delataba una devoción silenciosa, un amor no correspondido que resonaba con mi propia naturaleza.

Mientras la fiesta alcanzaba su clímax, con los excesos volviéndose más evidentes y las conversaciones más audaces, sentí una llamada, una urgencia que me impulsaba a buscar un lugar más apartado.

El castillo, con sus innumerables pasillos y habitaciones secretas, era el escenario perfecto para los juegos que se desarrollaban en la oscuridad.

Me encontré vagando por los corredores, mi mente divagando, hasta que una presencia me detuvo en seco. Era Lucifer. Estaba solo, su mirada perdida en la penumbra.

"Parece que ambos buscamos un respiro de la multitud," dije, mi voz un susurro cargado de intención. Él se giró, y en sus ojos vi una mezcla de sorpresa y algo más profundo, algo que me invitaba a acercarme.

"Quizás," respondió, su voz grave y resonante.

Sin más preámbulos, lo guié hacia una habitación apartada, un santuario de terciopelo y sombras. La puerta se cerró tras nosotros, sellando nuestro destino.

El aire se volvió denso, cargado de una anticipación palpable. Me acerqué a él, mi mirada recorriendo cada centímetro de su piel, tan suave y blanca bajo la tenue luz.

Mis manos, con una audacia que me sorprendió a mí mismo, comenzaron a trazar el contorno de su cuerpo. Sentí su respiración acelerarse, sus músculos tensarse bajo mi tacto.

"Alastor..." su voz era un jadeo apenas audible.

"Shhh," le silencié con un dedo, mi sonrisa extendiéndose. "Déjate llevar."

Mis labios encontraron los suyos, un beso que comenzó tierno y se volvió voraz, un torbellino de deseo y pasión.

Mis manos exploraban cada curva, cada recoveco de su piel, provocando gemidos ahogados que resonaban en la habitación.

La dominación se convirtió en nuestro lenguaje, y él, con una entrega que me embriagaba, se rindió a mi voluntad.

Cada caricia, cada beso, era una promesa de placer, una exploración de los límites de nuestro deseo.

Sabía que en este castillo, las fiestas de orgía eran una tradición, un secreto a voces entre la nobleza. Y nosotros, en ese momento, éramos parte de esa tradición, dos almas perdidas en la vorágine del placer.

Mientras tanto, en algún lugar del vasto castillo, Vox me buscaba.

Su amor, tan recién descubierto, se enfrentaba ahora a la incertidumbre de mi ausencia.

Pero en esa habitación, solo existíamos Lucifer y yo, perdidos en un éxtasis que consumía toda la razón, cada roce, cada gemido, cada entrega, era un paso más profundo en la oscuridad de nuestros deseos más primarios.

La noche era joven, y el castillo guardaba muchos más secretos que estábamos a punto de desvelar.

La suavidad de su piel bajo mis manos era una invitación, y él, con cada suspiro, me daba permiso para tomarlo, para hacerlo mío por completo.

La dominación no era solo un acto, era una conexión, una rendición mutua que nos arrastraba a un abismo de placer insaciable.

La habitación, un santuario de terciopelo carmesí y sombras alargadas, parecía pulsar al ritmo de sus respiraciones agitadas.

El contraste era absoluto: la piel pálida de Lucifer contra la oscuridad de las vestiduras de Alastor, la autoridad milenaria del rey infernal frente a la audacia eléctrica del Demonio de la Radio.

Lucifer, cuya voluntad rara vez era cuestionada, se encontraba en un terreno desconocido.

La seguridad con la que Alastor dictaba cada movimiento, cada contacto, ejercía sobre él una fascinación magnética.

No era solo deseo; era la novedad de ser visto no como una corona o un título, sino como una conquista.

Mientras el eco de la fiesta de Paimon llegaba como un murmullo lejano a través de las gruesas paredes de piedra, Alastor profundizó el contacto.

Sus dedos, finos y gélidos, recorrieron la columna de Lucifer, provocando un estremecimiento que no era de frío, sino de una entrega absoluta.

La Rendición: Lucifer dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, un gesto de vulnerabilidad que en otro contexto sería impensable.

"Eres... persistente, Alastor," murmuró, con la voz quebrada por una mezcla de diversión y anhelo.

El Reclamo: Alastor no respondió con palabras.

Su sonrisa, siempre presente, adquirió un matiz más depredador.

Se inclinó hacia el oído de Lucifer, permitiendo que la estática de su propia esencia vibrara en el aire. "En este castillo, mi señor, las reglas las dicta quien se atreve a tomarlas."

Mientras tanto, en los salones...

Fuera de ese refugio, el caos elegante continuaba.

Vox, con la mirada frenética y los circuitos ardiendo de ansiedad, recorría los pasillos. Su nueva y abrumadora fijación por Alastor lo convertía en una brújula desorientada; podía sentir la estática del locutor en el aire, pero no lograba localizar la fuente.

Por otro lado, Stolas y Blitzo compartían un momento de silencio tenso cerca de una de las grandes balconadas.

Stolas observaba el cielo carmesí con melancolía, mientras Blitzo, fingiendo indiferencia, apretaba el pomo de su arma, con la mirada fija en la nuca del príncipe.

La energía de la fiesta los empujaba a un abismo similar al que Alastor y Lucifer ya habían saltado.

De vuelta en la habitación secreta, la tensión llegó a su punto de quiebre.

Alastor guió a Lucifer hacia el diván de seda, donde la luz de las velas moribundas bañaba la escena con un tono dorado y decadente.

El Pacto Silencioso: No hacían falta contratos firmados con sangre; el intercambio de miradas era el único documento necesario.

Lucifer, por primera vez en eones, se permitió no ser el líder, sino el receptor de una intensidad que rivalizaba con su propio poder.

La Explosión de Poder: Alastor sintió cómo el aura de Lucifer envolvía la habitación, una calidez sofocante y divina que se mezclaba con su propia sombra. Era una danza de dominación donde las líneas entre quién poseía a quién se volvían borrosas bajo el peso del placer.

Esta historia continuará

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