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Bajo la misma mentira || Kookmin

Sinopsis

Hubo un tiempo en que Jimin creyó que el amor era suficiente. Un matrimonio, un pequeño hijo y la promesa de permanecer juntos para siempre parecían el inicio de una vida perfecta. Pero, poco a poco, Jungkook comenzó a cambiar. Las ausencias se hicieron más largas, las sonrisas más escasas y el hogar dejó de sentirse como un hogar. Hasta que un día, con la misma frialdad con la que cerró la puerta, le confesó que había encontrado a alguien más. Un año después, cuando Jimin apenas empezaba a reconstruir los pedazos de su corazón, la desaparición de su hijo lo obligó a regresar al pasado... y a enfrentarse a una verdad que jamás imaginó.

Genero:
Action
Autor/a:
Konichiwa15
Estado:
hace un mes
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

prologo

El aroma a leche tibia y a ese champú infantil con olor a manzanilla que tanto amaba su hijo era el único consuelo en aquella casa vacía. Jeon Jimin, omega de curvas pronunciadas y una belleza que rozaba lo etéreo, se mecía lentamente en la mecedora de la habitación del bebé. La cuna, adornada con móviles de estrellas, estaba vacía.

No es que su hijo, Junseo, no estuviera; simplemente, el pequeño estaba en la guardería, donde pasaba la mayor parte de su día mientras su padre intentaba, sin mucho éxito, sobrellevar el peso de su soledad.

Pero no era la ausencia de su hijo lo que generaba ese vacío inmenso en su pecho. Era la ausencia de Jungkook.

Jimin acarició la suave tela de la mantita que su esposo, Jeon Jungkook, había elegido para su primogénito. Un alfa de facciones perfectas, ojos rasgados de cervadillo y una sonrisa que derretía su corazón. Jungkook, el alfa que un día lo había mirado con una devoción tan ardiente que Jimin había creído, con todo su ser, que era el final de su historia de soledad. Había sido un matrimonio relámpago, una unión apresurada por un embarazo no planeado pero deseado por ambos, o eso creía Jimin.

Recordaba las primeras semanas, las caricias temblorosas de Jungkook sobre su vientre aún plano, las promesas susurradas al oído mientras el aroma de su alfa lo envolvía en una burbuja de seguridad.

Pero esa felicidad y devoción no duro mucho, pues con el tiempo, algo cambió.

El trabajo de Jungkook se volvió absorbente. Las cenas juntos se convirtieron en un lujo, los fines de semana en una utopía. Llegaba tarde, a veces con el aroma de otros perfumes sutiles, a veces con excusas tan vagas que Jimin había dejado de preguntar para no escuchar mentiras.

El peso de la ausencia en casa, de las noches en vela con Junseo, de las compras, de la gestión de las pequeñas crisis diarias, recayó por completo sobre los hombros de Jimin. No se quejaba, al menos no al principio. Amaba a Jungkook con una intensidad que rozaba lo patológico, y amaba a su hijo con una devoción que lo consumía. Era su papel como omega, ¿no? Cuidar, nutrir, esperar. Esperar que el alfa al que había entregado su vida regresara a casa, que lo mirara como antes, que lo volviera a tocar como si fuera el centro de su universo.

Pero esa noche, la ilusión se rompió en mil pedazos.

Jungkook llegó temprano, inusualmente temprano.Jimin sintió una chispa de esperanza. Había preparado su plato favorito: costillas de cerdo glaseadas con miel y patatas asadas. Había vestido a Junseo con su pijama de ositos y había arreglado la mesa con el mantel que su madre le había regalado para la boda. Incluso había encendido velas, aunque sabía que la luz de las velas a Jungkook no le gustaba.

Al verlo entrar, el corazón de Jimin dio un brincoteo de ilusión. Pero el rostro de Jungkook no reflejaba el cansancio de un día largo de trabajo, ni la alegría de volver a casa. Tenía una expresión seria, casi de piedra, que heló la sangre del omega.

—Necesitamos hablar, Jimin —dijo Jungkook, sin siquiera mirarlo a los ojos.

Su voz era un susurro, pero para Jimin sonó como un disparo. El aroma del alfa, normalmente un cálido y reconfortante aroma a café y ámbar, estaba extrañamente... neutral. Como si Jungkook estuviera usando supresores. ¿Por qué un alfa usaría supresores en su propia casa?

—Claro —respondió Jimin, su voz temblorosa. Dejó el plato de costillas sobre la mesa y se secó las manos en el delantal. Sintió un nudo en la garganta. — Junseo ya está dormido. Te he preparado tu cena favorit—

—Jimin — Jungkook lo interrumpió, y el nombre de Jungkook en sus labios sonó como una sentencia. Finalmente levantó la vista y lo miró a los ojos. Lo que Jimin vio en ellos fue un abismo de fría determinación. —Esto no está funcionando. Nosotros no estamos funcionando.

El mundo pareció detenerse. Jimin parpadeó varias veces, como si pudiera borrar esas palabras de su mente. No, no podía estar escuchando bien.

—¿Qué... qué dices, Jungkook? —preguntó, y su voz se quebró. Dio un paso adelante, con las manos extendidas. — ¿Estás cansado? ¿Quieres que te prepare un té? Podemos hablar de lo que sea, podemos arreglarlo. Lo que sea que esté pasando en tu trabajo, no importa, podemos...

—No es el trabajo, Jimin —dijo Jungkook, con una calma que resultaba hiriente. Dio un paso atrás, creando una distancia que nunca antes había existido entre ellos. — El problema somos nosotros. O mejor dicho, yo.He conocido a alguien más.

Aquellas palabras cayeron sobre Jimin como un cubo de agua helada. Su corazón, que latía con fuerza, pareció detenerse por un segundo. El aroma a café y ámbar se desvaneció por completo, reemplazado por el amargo olor de su propio miedo y desolación, un aroma a lluvia y hierba mojada que se intensificó, llenando la cocina y traicionando su estado de shock.

—¿A alguien... más? —repitió, como si las palabras no tuvieran sentido para él. Su mente se negaba a procesarlas. ¿Cómo podía Jungkook hablar de alguien más? Él era su omega. El padre de su hijo. Habían compartido una cama, un hogar, un futuro. — ¿Qué quieres decir con eso? ¿Con quién?

—Eso no es lo importante — Jungkook suspiró, pasándose una mano por el cabello, un gesto de frustración que Jimin conocía bien. Pero ahora era una frustración dirigida hacia él. — Ha sido un error, Jimin. Todo esto. No debimos casarnos tan rápido, no debimos tener a Junseo cuando ni siquiera estábamos preparados. No debí hacerte creer que esto era para siempre. Necesito ser libre, y tú necesitas alguien que realmente pueda estar a tu lado, que pueda darte lo que yo no puedo.

Cada palabra era una cuchilla. Jimin sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, pero las contuvo con todas sus fuerzas. No iba a romperse. No frente a él. No después de que le dijera algo tan cruel.

—¿Y Junseo? —preguntó, su voz apenas un hilo, buscando un asidero, cualquier cosa que pudiera hacer reaccionar a Jungkook. —¿Qué pasa con nuestro hijo?

—Me haré cargo económicamente —respondió Jungkook, sin titubear. — Te mandaré dinero cada mes. Todo lo que necesiten. Podrás quedarte con la casa. Pero yo... yo necesito irme, Jimin. Ya no puedo estar aquí.

—¿No puedes estar aquí? —La voz de Jimin se elevó, un tono de incredulidad quebrada. — ¿No puedes estar aquí, con tu hijo de un año y medio, al que apenas ves? ¿Conmigo, que he estado esperándote cada noche, preocupándome por ti, amándote hasta el punto de olvidarme de mí mismo? ¡No puedes estar aquí porque has conocido a alguien más!

El aroma del omega se volvió acre, casi sofocante. Jimin sentía que se ahogaba en su propia desesperación. Dio un paso al frente, acortando la distancia que Jungkook había creado, y agarró la solapa de su chaqueta con manos temblorosas.

—Mírame a los ojos, Jungkook —le exigió, su voz rota pero firme. — Mírame y dime que no me amas. Que nunca me amaste. Mírame y dímelo.

Jungkook lo miró. Pero sus ojos, aquellos ojos que alguna vez habían brillado con pasión, ahora estaban vacíos. O quizás, pensó Jimin con un escalofrío, estaban llenos de una culpa que se negaba a mostrar.

—No te amo, Jimin —dijo, y su voz era fría, un golpe habría dolido menos — Ya no. Lo siento.

Fue como si una bomba hubiera explotado en el pecho de Jimin. El dolor fue físico, un puñetazo en el estómago que le robó el aliento. Soltó la chaqueta de Jungkook y retrocedió, tambaleándose. El orgullo, ese pequeño resquicio de dignidad que le quedaba, se alzó como un escudo para su ahora herido corazón.

—Está bien —dijo, y su voz sonó extraña incluso para él, demasiado calmada, demasiado plana. — No te rogaré. Si quieres irte, vete. Si has encontrado a alguien que te haga más feliz que yo, entonces... vete.

—Jimin... — Jungkookdio un paso hacia él, una mano extendida, pero Jimin se apartó como si su tacto fuera veneno.

—No. —Levantó una mano para detenerlo. Las lágrimas finalmente comenzaron a rodar por sus mejillas, pero su mirada era de acero fundido. — No me toques. No vuelvas a tocarme. Si te vas, hazlo ahora y no mires atrás. Yo... yo criaré a nuestro hijo. No necesito tu dinero. No necesito nada de ti. Solo... vete.

Jungkook dudó. Por un instante, Jimin vio algo en su rostro, un resquicio de emoción, un destello de ese alfa que una vez lo había amado. Pero fue fugaz, como un espejismo. Asintió lentamente, y sin decir una palabra más, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

El sonido de sus pasos en el pasillo fue como un martilleo en los oídos de Jimin. Escuchó cómo abría la puerta de la entrada, cómo la cerraba, y luego... el silencio.

Un silencio absoluto.

El silencio fue peor que el ruido. Era el sonido de su mundo derrumbándose.

Jimin se quedó allí, de pie en medio de la cocina, mirando la puerta que se había cerrado tras el amor de su vida. Las velas parpadeaban, derritiéndose lentamente. La cena se enfriaba en la mesa. El aroma de la comida, que antes era reconfortante, ahora le daba náuseas. Se llevó una mano al vientre, sintiendo los músculos contraerse por el dolor, y finalmente, se derrumbó.

Cayó de rodillas en el suelo, y el primer sollozo desgarrador escapó de sus labios. Se abrazó a sí mismo, mientras las lágrimas brotaban sin control, mezclándose con el sudor de su frente. El dolor era tan profundo, tan visceral, que pensó que moriría. Se sentía como un omega abandonado, arrojado a las calles de una ciudad hostil. Había entregado su vida a Jungkook, lo había amado con una devoción que iba más allá de lo racional, y a cambio, solo había recibido un adiós frío y una confesión de amor hacia otra persona.

Y lo peor de todo, el pensamiento que lo atormentaba y lo llenaba de una ira amarga, era que ni siquiera había tenido el valor de rogarle que se quedara. Su orgullo, herido y sangrante, se lo había impedido. Pero en el fondo de su corazón, sabía que, incluso si le hubiera suplicado, Jungkook se habría ido igual. Ya estaba perdido. Jimin solo era una carga, un error a corregir.

Horas después, cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte y los primeros rayos de luz iluminaron el rostro hinchado y pálido de Jimin, se levantó. Con movimientos lentos y mecánicos, apagó las velas, tiró la comida, guardó los platos. No dejó ni una huella de la cena que había preparado. Era como si la noche anterior nunca hubiera ocurrido. Como si Jungkook nunca hubiera estado allí.

Fue a la habitación de Junseo y se sentó en la mecedora. Su pequeño, su luz, su única razón para seguir adelante. Acarició la mantita de su hijo y respiró hondo. No podía derrumbarse. No podía permitirse el lujo de la desesperación. Tenía un hijo que criar, y aunque su corazón estuviera hecho añicos, su espíritu se negaba a ser quebrado por completo. El abandono lo había marcado, pero no lo había destruido. Por dentro, una pequeña llama de determinación comenzó a arder. No necesitaba a Jungkook. Jamás lo había necesitado. Solo había sido una ilusión. Y las ilusiones, Jimin lo sabía bien, siempre se desvanecían.

Lo que Jimin no sabía, mientras el sol entraba por la ventana y bañaba la habitación vacía, era que la historia no había terminado. Que el dolor era solo el preludio de una verdad más oscura, más peligrosa y más compleja de lo que jamás podría imaginar.

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