Las Sombras Que Juré Destruir por Cyalrok en Inkitt
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LAS SOMBRAS QUE JURÉ DESTRUIR

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Sinopsis

Kaia siempre ha creído una única verdad: Las sombras no tienen alma. No sienten. No aman. No pueden cambiar. Eso es lo que le han enseñado durante toda su vida. Hasta que una serie de secretos la arrastran a un mundo oculto, lleno de magia, criaturas y verdades que jamás imaginó. Un mundo en el que descubrirá que nada de lo que creía sobre sí misma es cierto. Y en el que conocerá a Draven, un guardián destinado a enseñarle la verdad... Pero algunas conexiones son más peligrosas que cualquier enemigo. Y algunas verdades tienen el poder de destruirlo todo.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Cyalrok
Estado:
hace 4 días
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El filo de la doctrina

KAIA

Las sombras de la noche no me asustan; son mi terreno de caza.

Apoyé una mano sobre la empuñadura de mi primera katana, sintiendo el tacto frío del acero bajo el guante de cuero. A más de treinta metros de altura, sobre la cornisa de un edificio en pleno corazón de la ciudad, el viento de medianoche me agitaba el pelo blanco sobre la cara. Me despejé un mechón con impaciencia y fijé la mirada en el callejón inferior.

Allí abajo se movía algo. Un rastro de bruma densa, casi líquida, que se desorganizaba al contacto con las farolas. Una criatura de clase tres. Un rastreador Sombrío.

Respiré hondo. Sentí cómo la energía prendía en mi pecho, ramificándose por mis venas hasta llegar a mis ojos. Sabía que en ese instante mis pupilas no eran de un verde normal; ardían con ese tono pálido, casi fluorescente, como si al fondo de mis córneas danzaran pequeñas llamas de sombra. El poder me pedía salir.

“Las sombras no tienen alma. No sienten. No aman. No pueden cambiar.”

El mantra resonó en mi mente con la voz grave del Comandante Vane, la misma voz que me había educado desde que tengo uso de razón. Repetí la frase en un susurro, dejando que el acero de la doctrina endureciera mi corazón antes del golpe. Era la regla de oro de la Orden de los Cazadores. La única verdad necesaria para sobrevivir.

Deslicé la katana fuera de su funda sin emitir un solo chasquido. Flexioné las rodillas y concentré la sombra verde en la punta de mis dedos.

Un rasguño en la realidad se abrió justo frente a mí: un pequeño portal de un verde iridiscente que chisporroteaba con el eco de mi propia sangre. Pasé a través de él en un parpadeo.

El aire frío del tejado desapareció al instante, sustituido por el hedor a humedad del callejón. Emerpí del segundo portal justo a la espalda de la criatura, a centímetros de su cuello.

El rastreador se giró con una rapidez sobrehumana, mostrando una hilera de dientes afilados como agujas y unos ojos totalmente vacíos. Su brazo, transformado en una garra de ceniza, se lanzó hacia mi garganta.

No dudé. Esquivé el zarpazo inclinando el torso hacia atrás mientras desenvainaba mi segunda katana. Las líneas verde esmeralda grabadas a lo largo de mi armadura oscura reaccionaron de inmediato, destellando con un pulso de luz al contacto con mi energía. El acero cortó la penumbra.

Un destello verde rasgó la noche.

La cabeza del rastreador cayó sobre el adoquín húmedo antes de que su cuerpo pudiera completar el movimiento. En cuestión de segundos, la carne de la criatura comenzó a deshacerse en un polvo ceniciento que el viento nocturno se encargó de dispersar. Ningún rastro de sangre. Ninguna lágrima. Ninguna duda.

Limpié la hoja metálica contra la manga de mi traje de combate antes de enfundar ambas katanas a mi espalda. Las costuras verde esmeralda de mi armadura ajustada perdieron su brillo poco a poco, volviendo a fundirse con el cuero negro.

Tragué saliva y pasé una mano por mi pelo despeinado. Mis ojos tardaron un par de segundos en apagar sus llamas y recuperar la calma. Siempre era igual. La Orden me decía dónde encontrar al monstruo, yo abría un portal, lo ejecutaba y regresaba a la base. Era limpia, eficiente y letal. La mejor cazadora que la Orden había formado en las últimas dos décadas.

Giré sobre mis talones y abrí un nuevo portal verde hacia el callejón adyacente para perder mi rastro en la ciudad antes de regresar a la sede.

El Gran Consejo de la Orden operaba desde las profundidades de la Fortaleza del Alba, una estructura subterránea tallada en piedra antigua que se escondía bajo los cimientos de la catedral metropolitana. Allí no llegaba el ruido del tráfico ni la luz del sol. Solo el eco de los pasos de los Cazadores sobre el mármol pulido y el olor a incienso y hierro fundido.

Caminé a paso firme por el pasillo central. A los lados, los novatos en instrucción se detenían a mirar. Sabía lo que veían: la cazadora impecable, la huérfana rescatada de las calles que se había convertido en el arma más mortífera del Gran Comandante. Mi pelo blanco y la frialdad de mi mirada verde imponen respeto, o quizás miedo. Para mí era lo mismo.

Llegué a las pesadas puertas de roble del despacho principal. Golpeé dos veces con los nudillos antes de entrar.

—Ha sido rápido, Kaia —dijo la voz firme del Comandante Vane sin levantar la vista de los pergaminos que llenaban su escritorio.

Vane era un hombre entrado en los cincuenta, de barba canosa, cicatrices profundas en el cuello y una mirada de acero que no perdonaba la debilidad. Había sido mi mentor, el hombre que me alimentó, me vistió y me enseñó a empuñar una espada desde que tenía cinco años. Para mí, Vane era la Orden.

—Criatura eliminada. Clase tres. Sin complicaciones ni testigos humanos —informé, manteniéndome firme en posición de firmeza.

Vane dejó la pluma a un lado y entrelazó sus dedos gruesos sobre la mesa. Su mirada se posó en mí, analizando cada detalle de mi armadura, asegurándose de que no hubiera grietas en mi disciplina.

—Bien —asintió con lentitud—. Pero me temo que no vas a tener tiempo de descansar. Lo que acaba de llegar a mi mesa requiere la intervención de nuestra mejor pieza.

Hizo un gesto con la mano para invitarme a acercar. Me adelanté dos pasos hacia el escritorio. Vane desplazó hacia mí una carpeta de cuero ajada, marcada con el sello de cera roja que indicaba máxima prioridad y peligro extremo.

La abrí. La primera hoja era un informe de bajas. Docenas de nombres tachados con tinta negra. Cazadores experimentados, patrullas enteras ejecutadas en cuestión de minutos, pueblos fronterizos masacrados sin dejar supervivientes.

Y en la siguiente página, un retrato dibujado a carbón.

Un hombre de facciones marcadas, pelo negro como el carbón y una mirada que, incluso en un mero dibujo sobre papel envejecido, transmitía una amenaza casi palpable. Tenía la piel morena y una armadura oscura grabada con runas olvidadas.

—¿Quién es? —pregunté, sintiendo un extraño chispazo de curiosidad en la nuca.

—Su nombre es Draven —dijo Vane, y por primera vez en años, escuché un matiz de tensión en la voz del Comandante—. Una criatura de las sombras de pura cepa. Extremadamente poderoso. Lleva más de veinte años eludiendo a nuestras patrullas y masacrando a cualquiera que se cruce en su camino.

Observé el dibujo del hombre. Draven. Había algo en la estructura de sus rasgos que no encajaba con los monstruos deformes o las sombras errantes que solía cazar en los suburbios.

—Tiene una cantidad absurda de muertes a sus espaldas —continuó Vane, poniéndose en pie y rodeando el escritorio para quedarse a mi lado—. Es desalmado, peligroso y su único objetivo es erradicar a la Orden. Durante años se ha escondido en la penumbra, pero nuestros informantes han localizado su paradero exacto en las ruinas del sector norte.

Vane me puso una mano pesada sobre el hombro. Sentí el peso del deber apretándome el pecho.

—Draven es la encarnación de todo lo que combatimos, Kaia. No tiene alma. No siente lástima. Si te ve, te matará. Por eso te envío a ti. No quiero que capturemos a este monstruo. Quiero que lo ejecutes antes de que siga derramando más sangre inocente.

Miré de nuevo el rostro dibujado en el papel. El dibujo no mostraba el color de sus ojos, pero por alguna razón que no fui capaz de comprender, sentí una pequeña punzada de inquietud en la base del estómago.

—No fallaré, Comandante —dije con firmeza, cerrando la carpeta de un golpe seco—. Traeré su cabeza.

—Sé que lo harás. Recuerda tu entrenamiento, Kaia. No escuches nada de lo que diga si intenta hablar. Las criaturas de la noche solo usan palabras para envenenar la mente de los débiles.

—Las sombras no tienen alma —repetí automáticamente, como un acto de fe.

—Nunca lo olvides.

Salí del despacho con el informe bajo el brazo. Mi corazón latía con un ritmo acelerado, impulsado por la adrenalina de una verdadera cacería. Iba a por una leyenda negra, el asesino de cazadores, la mayor amenaza registrada por la Orden.

Mientras caminaba por el pasillo hacia el armero para preparar mis katanas, llevé la mano al pecho. Por un segundo, el grabado verde esmeralda de mi armadura volvió a parpadear con un leve tono fluorescente, casi inaudible.

No sabía que esa misma noche, todo lo que creía saber sobre el mundo estaba a punto de hacerse pedazos. Y que el hombre del retrato no solo no iba a matarme, sino que iba a pronunciar las únicas diez palabras capaces de destruir mi realidad para siempre.

El sector norte de la ciudad era un cementerio de hormigón y hierro oxidado. Antiguas fábricas abandonadas se alzaban contra el cielo nocturno como gigantes decapitados, cubiertas por una lluvia fina que amenazaba con apagar cualquier rastro de luz.

Era el escenario perfecto para un monstruo.

Caminé entre los escombros con pisadas invisibles. Mi cabello blanco estaba empapado, pegado a las mejillas y a la frente, pero ni siquiera me moleste en apartarlo. Mis ojos verde pálido escaneaban la penumbra, ardiendo con esa llama fluorescente que se intensificaba cada vez que detectaba residuos de magia oscura. Y en este lugar, la oscuridad no solo flotaba en el aire: pesaba como el plomo.

Apreté las empuñaduras de mis dos katanas. El pulso de luz esmeralda que recorría los bordes de mi armadura ajustada era la única fuente de iluminación en medio de la negrura.

Está cerca.

El aire se volvió helado de golpe. Las gotas de lluvia que caían a mi alrededor parecieron ralentizarse, congelándose a mitad de trayecto. Frente a mí, la sombra de un viejo depósito de agua comenzó a retorcerse, desprendiéndose de la pared como si tuviera vida propia.

La negrura se condensó en una figura alta, imponente.

Salió de la penumbra con paso lento y fluido. Pelo negro como la noche, piel morena y una armadura oscura golpeada por los años pero intacta en su elegancia. Cuando levantó la cabeza para mirarme, la respiración se me congeló en la garganta.

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