One
Advertencia de contenido: Este fanfic desarrolla temáticas de obsesión, posesión, acoso y conducta delictiva (planificación y acto de secuestro). Si alguno de estos elementos no es de tu agrado, te invito cordialmente a no continuar con la lectura. Se recomienda discreción.
Los eventos y situaciones narrados son completamente ficticios, y no deben confundirse con la vida real de las personas en quienes se inspiran los personajes.
Por favor, evita spoilers y comentarios malintencionados que puedan arruinar la experiencia a otros. Si notas algún error o deseas dejar una observación constructiva, los comentarios están abiertos.
¡Disfruta la lectura!
¿Qué haces cuando alguien te gusta?
Muchos creen que hay muchas respuestas, pero en realidad solo existen tres:
1. Solo lo observas, y con eso te basta.2. Intentas algo con esa persona.3. Te alejas y tratas de olvidarlo.
Algunos dirán que hay más opciones, pero no. Todas son solo variaciones de estas tres.
La segunda suele ser la más común, la que la mayoría termina eligiendo. Y era la que yo también había elegido... o eso parecía al principio. Sin embargo, no me conformé.
Yo decidí ir mucho más lejos.
Alguna vez pensé que la universidad sería interesante. Bueno, no “interesante”, pero al menos un poco menos aburrida que la preparatoria.
Y, por supuesto, me equivoqué.
Es fácil notar qué hace interesante cualquier etapa escolar: los amigos y el estrés. O adrenalina, si quieres llamarlo así.
¿Estrés de qué? De las tareas, los exámenes, los trabajos en grupo que nadie quería hacer. La mayoría no prestaba atención en clase y luego se quejaba de los exámenes finales, sin haber hecho ningún esfuerzo por aprender. Y eso era lo interesante: estar al borde de reprobar era lo que le daba emoción.
Y los amigos... bueno, podían ser una buena o mala influencia, daba igual. A casi nadie le gustaba hacer las cosas solo. Así que la mayoría buscaba compañía.
Por eso, cualquier etapa escolar me parecía aburrida, y la universidad no fue la excepción.
Bueno, quizá todavía no lo he dejado claro.
Era aburrido porque yo siempre tuve calificaciones perfectas. No me preocupaban los exámenes, las tareas ni las fechas límite. Mi vida estaba demasiado organizada como para sentir esa “adrenalina” que da dejar algo para última hora. Eso nunca me pasaba.
En cuanto a los amigos, no tenía. Ni los necesitaba. Me gustaba la soledad. Siempre la he disfrutado. No necesitaba a nadie para hacer algo: conmigo bastaba y sobraba.
Y, por supuesto, ese pensamiento lo tenía muy claro... hasta el día que lo conocí a él.
A Lee Minho.
Se suponía que sería otro día aburrido. Pero no lo fue.
Fue un viernes. Los estudiantes de Arquitectura, Arte, Fotografía, Diseño y todas esas carreras que vivían de la “creatividad” tenían que presentar sus proyectos: esculturas, pinturas, fotografías, maquetas... lo que fuera que hicieran en sus carreras.
La exposición se realizó en el patio central del campus y, como era de esperarse, poco después se convirtió en una especie de mini feria.
Yo me habría ido feliz a casa, lejos de toda esa multitud, si no fuera por cierta docente que amenazó con: “Los que no traigan folletos de la exposición no podrán presentar su próximo examen”.
Una completa estupidez.
Así que fui. No iba a arriesgar mis calificaciones perfectas por una simple exposición de arte.
Primero pasé por Arquitectura. Admito que las maquetas eran impresionantes.
Luego fui a Arte. No entiendo a los de Arte. Me gustaban los retratos y paisajes, pero el resto... ¿Qué era eso? Había pinturas con formas extrañas, otras con manchas, y esculturas que ni siquiera sabía cómo empezar a describir. Nunca entendí el arte abstracto.
En ese punto, ya había recogido suficientes folletos, pero tener algunos extras nunca estaba de más. Así que decidí pasar por una sección más.
Fotografía.
Al parecer, compartían espacio con Diseño y Confección de Modas. Ni siquiera sabía que esa carrera existía en mi universidad, y enterarme a un año de graduarme me hizo sentir como un completo ignorante.
Los de Moda habían montado una pasarela. Supongo que por eso la exposición estaba tan llena.
Era por los modelos.
Y debo admitirlo: estaban bien. Todos atractivos, cuerpos trabajados, ropa llamativa, posando con seguridad frente a las cámaras de los estudiantes de Fotografía.
Estaba medianamente entretenido, y mi impresión habría quedado en eso... hasta que salió él.
Y, cuando lo hizo, simplemente no pude dejar de mirar.
Había oído hablar de Lee Minho un par de veces, lo cual ya era mucho, considerando que no me interesaba socializar. Siempre decían cosas como: “Es muy guapo”, “Parece una celebridad”, “Tiene una sonrisa preciosa”. Creí que exageraban. Casi siempre lo hacían.
Pero cuando lo vi en persona, fui yo quien se equivocaba. Era exactamente como decían, o quizá incluso más.
Cabello morado, sonrisa de comercial de pasta dental, cuerpo perfecto, piel perfecta, cara perfecta. Todo en él era perfecto.
¿Quién demonios sonreía así?
Lee Minho no solo caminó o desfiló: se adueñó de la pasarela como si la hubieran construido solo para él.
Y quizá lo habían hecho.
Porque cuando terminó, el desfile también lo hizo. Era el acto final. Y con razón. Cerraron con broche de oro, o diamante. No importaba. Lee Minho fue demasiado para esa pasarela tan pequeña. Necesitaba una más grande.
Podría haberme ido después de eso. Claro que podía. Era lo que quería desde el principio.
Pero no.
No me fui.
Fingí estar interesado en otras exposiciones, que casualmente estaban muy cerca de la suya. Caminé en círculos como un idiota, solo para verlo otra vez.
Y otra vez.
Y otra más.
Cada vez que pasaba cerca, el aire se cargaba con un inexplicable aroma a vainilla. Mi piel se erizaba. Mis palmas sudaban. Reacciones que yo simplemente no era capaz de controlar.
Y así empezó todo.
O más bien, así fue como yo permití que empezara.
Gracias por leer. Lamento si hay faltas de ortografía o errores gramaticales.







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