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UNA ROSA PARA LA PRINCESA

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Sinopsis

Obligada a casarse con el cruel príncipe Fernando, la princesa Leonor queda atrapada en un castillo donde la crueldad amenaza con apagar sus esperanzas. Allí encontrará en Rosa, su sirvienta, un refugio inesperado y un deseo imposible de contener. Lo que comienza como una tierna complicidad pronto se convierte en un romance lésbico apasionado, marcado por encuentros íntimos, caricias prohibidas y sexo a escondidas. Pero amar a otra mujer en la corte tiene un precio, y ambas deberán arriesgarlo todo para escapar juntas y conquistar su libertad.

Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Llegada

El carruaje avanzaba por el camino de tierra. Afuera, los últimos arboles del bosque quedaban atrás, dando paso a colinas verdes y calles empedradas. Era Vallemonte, un reino rico en medio de las colinas azules.

Dentro, Leonor iba sentada junto a la ventanilla, las manos entrelazadas sobre el regazo. El vestido verde con detalles blancos le quedaba impecable, pero le apretaba el pecho cada vez que respiraba. Tenía dieciocho años recién cumplidos. El cabello rubio, recogido en los coletas. Los ojos verdes miraban el paisaje sin prestarle mucha atención.

A su lado, Constanza, su acompañante, no paraba de acomodarse el corpiño y de mirar por la otra ventanilla con una mezcla de nervios y emoción.

—Vas a ser princesa de Vallemonte —dijo Constanza de pronto, rompiendo el silencio—. ¿Te das cuenta, Leonor? Ya eres princesa de Villamar… Pero ahora lo serás también de Vallemonte.

Leonor esbozó una sonrisa pequeña, temblorosa.

—Lo sé. Papá lo firmó antes de… antes de irse. Dijo que era lo mejor para Villamar. Una alianza fuerte.

Constanza la miró de reojo y le tocó la mano.

—Estás nerviosa.

—Un poco —admitió Leonor—. Más de un poco. No lo conozco. Solo he visto un retrato. Y… a veces me pregunto cómo será de verdad.

Cerró los ojos un instante. En su mente, el príncipe Fernando tenía un rostro hermoso. Era una figura alta, de voz suave, que la recibiría con respeto y, con el tiempo, quizás con cariño. El príncipe azul de los cuentos que su padre le leía de niña.

—Seguro que es apuesto —continuó Constanza, sonriendo ya con más ganas—. —. Y si no lo es, al menos habrá otros. Yo, por mi parte, podre conocer a todos los caballeros que me de en gana. Dicen que los de Vallemonte son apuestos.

Leonor soltó una risa baja, casi sin ganas.

—Tú siempre pensando en eso.

—Alguien tiene que hacerlo por las dos —respondió Constanza guiñándole un ojo—. Tú cásate con tu príncipe. Yo me encargo de mirar al resto.

Leonor apretó un poco los dedos de Constanza.

—Gracias por venir conmigo.

—Ni lo menciones, te doy gracias por traerme.

El carruaje redujo la velocidad. A través de la ventanilla, Leonor vio aparecer las altas murallas de piedra gris y, más adelante, la gran escalinata del palacio de Vallemonte.

Constanza se asomó también y soltó un silbido bajo.

—Vaya… bastante grande.

Leonor no respondió. El corazón le latía con fuerza. El carruaje se detuvo por completo frente a las puertas principales.

Habían llegado.

El carruaje se detuvo frente a la gran escalinata. Leonor esperó a que un sirviente abriera la puerta y entonces descendió con cuidado, sujetándose el borde de la falda. El aire de Vallemonte era un poco frio, aunque no desagradable.

Varias sirvientas la esperaban formadas al pie de los escalones. Vestían uniformes oscuros con un delantal blanco, de tela gruesa. Entre ellas destacaba una joven de cabello pelirrojo, alta y delgada como una daga. Tenía la piel pálida, salpicada de pecas y ojos claros.

Leonor se aclaró la garganta, intentando sonar serena.

—¿Dónde está el príncipe? —preguntó—. Esperaba que viniera a recibirme.

La pelirroja dio un paso al frente e hizo una reverencia breve.

—Su Alteza el príncipe Fernando se encuentra de caza, mi señora. No se espera su regreso hasta mañana por la tarde. Yo la acompañaré adentro.

Leonor asintió, conteniendo la decepción. No dijo nada más. Mientras tanto, Constanza la seguir por detrás.

—Bastante maleducado no esperar a quien será tu futura esposa—suspiró Constanza.

La sirvienta se apartó para indicarle el camino y las demás sirvientas fueron a hacer sus tareas diarias. Juntas subieron la escalinata y cruzaron el enorme porton de madera oscura. El interior del palacio de Vallemonte se abrió ante ellas como un mundo distinto.

Leonor contuvo la respiración.

Nada se parecia a su palacio en Villamar, en Vallemonte todo era distinto. Los tapices representaban escenas de cacería y batallas. El suelo de piedra resonaba bajo sus pasos. Había frío, incluso dentro. Un frío que parecía impregnar las paredes.

La sirvienta caminaba un par de pasos por delante, sin apresurarse, permitiéndole mirar.

—El ala este es la destinada a la familia real —explicó en voz baja—. La suya estará lista para después de la boda. Hasta entonces…

Recorrieron varios corredores más, subieron una escalera de caracol y finalmente se detuvieron frente a una puerta de madera tallada. La sirvienta la abrió y se hizo a un lado.

La habitación que le habían asignado era amplia y, en comparación con los pasillos sombríos del palacio, casi cálida. las cortinas eran purpuras, con un tocador y espejo,una ventana que daba al patio y una limpieza ejemplar.

—¿Y yo?—interrumpió Constanza.

La sirvienta la miró, señalándole que debia bajar las escaleras. Constanza la miró con mala cara y obedeció.

—Dormirá aquí hasta el día de la boda, mi señora —dijo la sirvienta.

Leonor entró despacio, todavía mirando a su alrededor. El corazón le latía con fuerza, mezclando el cansancio del viaje con una inquietud que no sabía nombrar.

La sirvienta permaneció en marco de la puerta, con las manos juntas a la altura de la cintura.

—¿Necesita alguna otra cosa?

Leonor se giró hacia ella. Durante un segundo no supo qué responder. Tenía la garganta seca y las manos frías a pesar de los guantes

—No…—dijo al fin, con voz baja—. No necesito nada mas… ¿Cuál es su nombre?

La sirvienta se sintió extraña, ¿Por qué le interesaría el nombre de la sirvienta a la princesa?. Entonces respondió.

—Rosa, mi nombre es Rosa.

Leonor asintió con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa. Rosa inclinó su cabeza.

—Si cambia de opinión, tire de la campanilla. Estaré cerca.

Se retiró en silencio y cerró la puerta con suavidad. El click de la cerradura resonó más fuerte de lo que debería.

Leonor se quedó sola.

Se quitó los guantes y los dejó sobre el tocador. Luego se acercó a la ventana y apartó la cortina gruesa. Afuera, el cielo de Vallemonte ya se había vuelto oscuro. Solo se veían las antorchas de los patios y, más allá, la silueta negra de los bosques. Ningún ruido de olas. Ningún olor a sal. Solo viento y piedra.

Se sentó en el borde de la cama. El colchón era firme, casi duro. Se pasó una mano por el cabello y notó que las coletas se le habían aflojado un poco.

Mañana.

La palabra le dio vueltas en la cabeza una y otra vez.

Mañana se casaría.

Mañana conocería de verdad a Fernando. Mañana dejaría de ser la princesa de Villamar para convertirse en la futura reina de Vallemonte. Mañana, delante de testigos y del sol, pronunciaría las palabras que su padre había firmado por ella.

Se recostó sin quitarse del todo el vestido de viaje. Miró el techo oscuro sobre su cabeza y cerró los ojos.

Había una parte de ella que estaba feliz. Emocionada, incluso. Por fin conocería al que seria su esposo. Por fin empezaría la vida que tanto había imaginado en los cuentos: un príncipe, un castillo, la posibilidad de ser querida. Quería creer que Fernando sería amable. Que la miraría con algo parecido a la ternura. Que, con el tiempo, podrían llegar a entenderse.

Pero junto a esa esperanza había miedo.

Miedo a lo desconocido. Miedo a no gustarle. Miedo a que su voz fuera fría, o sus manos demasiado firmes, o su mirada indiferente. Miedo a despertar al día siguiente y descubrir que el príncipe azul de sus sueños no existía.

Se abrazó a sí misma, pequeña sobre la cama enorme, y esperó a que el sueño llegara.

Afuera, en algún lugar de Vallemonte, el príncipe Fernando aún no había regresado de caza.

Y al día siguiente, sin falta, se casarían.

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