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La sombra, el libro maldito.

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Sinopsis

Un thriller paranormal oscuro y atrapante, donde la línea entre lo real y lo imposible se rompe en cada página...

Genero:
Thriller
Autor/a:
Guionista
Estado:
Completado
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Capítulo 1

Era una de esas sombras oscuras y sin forma que a veces se cuelan en nuestras pesadillas.Aunque no las veamos, siempre acechan. Nos siguen y desean nuestro infortunio o muerte, pese a que ellas mismas carezcan de vida.

Introducción

Año 1990.

La noche estaba cerrada y silenciosa. Las calles de Villa Devoto parecían vacías, apenas iluminadas por los faroles anaranjados. Máximo conducía rápido, ansioso por llegar a casa. Su conciencia le hacía notar que iba demasiado ligero.

—Es que así me gusta manejar —dijo en voz alta.

En ese instante escuchó con nitidez una voz extraña, como si alguien molesto hablara desde muy cerca. Lo inquietante era que el auto estaba vacío. Sin pensarlo demasiado, aceleró. Una parte de su mente parecía rebelarse, como si alguien más discutiera con él.

—Puedes accidentarte. Estas calles son peligrosas y lo sabes.

Máximo apretó el acelerador. La molestia crecía, y de pronto se le ocurrió una idea imprudente.

—A ver si tú lo sabes todo —murmuró—. Voy a cruzar las esquinas con los ojos cerrados. Avísame si viene otro coche.

Al llegar a la esquina cerró los ojos por un segundo.—¿Viene algo?

La respuesta llegó inmediata, cargada de urgencia:

—¡No sigas! Vas a causar un accidente. Baja la velocidad, ¡abre los ojos!

Él, desafiante, presionó más el pedal.

—En la esquina vienen varios autos. ¡Detente! —gritó la voz.

Máximo abrió los ojos justo a tiempo para dejar pasar un coche, y volvió a acelerar con más fuerza. Entonces la voz, desesperada, insistió:

—¡Detente ya! Este es un juego idiota, te vas a matar, ¡por favor!

Giró el volante y frenó con brusquedad. Las gomas chillaron contra el asfalto húmedo y el auto patinó de costado, dejando un olor penetrante a caucho quemado. Se deslizó hasta quedar detenido apenas a centímetros de un vehículo estacionado.

La voz sollozaba. Fue ahí cuando Máximo distinguió que pertenecía a una mujer.

—¿Quién eres? ¿Qué haces en mi mente?

—Soy un espíritu.

—¿Qué dices?

—Un espíritu. Siempre te acompaño. Traté de pasar desapercibida, pero hoy no podía dejar que te mataras. Fui tu pareja en otra vida.

—¿Y cómo te llamas? ¿Fantasma?

—Digamos que me llamo Claudia.

Máximo apagó el motor y se tomó la cabeza entre las manos. Buscó una explicación: tal vez gases de escape, una intoxicación, cualquier cosa más lógica que lo que acababa de escuchar.

—¿Todavía estás allí? —pensó.

—Sí, aquí estoy —respondió la voz, ahora más calmada.

—Ahora entiendo lo que me pasaba de niño. Cuando me sentía aburrido hablaba con personas imaginarias… ¿eras tú?

—No siempre. Tienes facultades para escuchar a los espíritus. Hablabas con quien se presentara.

—Y seré curioso… ¿cuánto hace que fuimos pareja?

—Exactamente no lo sé. Pero fue por el año 1300. Tuvimos dos hijos.

—¡Ah! ¿Y cómo se llamaban?

—Navik y Yael.

—Qué nombres raros. Y dime, ¿cómo es que tú te llamas Claudia?

—Mi verdadero nombre me lo reservo. No lo necesitas. No aparezco en libros de historia ni en registros.

Máximo suspiró.—Bien, por hoy no me hables más. Esto es demasiado extraño. Mañana, cuando esté despejado, veremos si aún te escucho.

—Claro que lo harás. No te preocupes —dijo Claudia con suavidad—. Me voy, pero antes te pido un favor.

—Sí, ¿cuál?

—Que manejes despacio.

—Desde luego —contestó Máximo, y sonrió apenas.

Arrancó suavemente y retomó el camino. Decidió no contar nada a nadie. En el fondo sabía que lo que había oído era real, aunque tendría tiempo de sobra para analizarlo.

Si, tiempo de sobra.

Año 2000

Una noche cualquiera, Máximo cenaba con Mariela —su esposa— y su hijo en la mesa familiar. El aroma a comida recién hecha llenaba el ambiente.

—¿Estás seguro de que esto es lo que deseas hacer con la policía? —preguntó Mariela.

—Sí. Le dará un poco de acción a mi vida, además de ayudar a resolver algunos casos difíciles. Es mejor que estar sentado en una agencia tratando de vender coches. Y tengo que reconocer que Carlos es mejor vendedor que yo.

—Sí, pero él es capaz de venderle un Mercedes a alguien que no tiene dinero —respondió Mariela con una sonrisa—. Tú, al menos, ofreces al cliente lo que realmente puede pagar.

—No sé qué es mejor. Al menos no objetó cuando pedí ausentarme un tiempo. Veremos qué resulta de todo esto —contestó Máximo, luchando con una milanesa que se resistía a su cuchillo.

—Toma en cuenta que ya resolviste algunos casos desde casa con tu péndulo y colaboraste acertadamente con un juez —dijo Mariela.

—Es cierto, aunque lo hice como favor para el doctor Franco Carmona. Él piensa que será más útil si voy personalmente. Estando en contacto con la gente. Y de todas formas no pienso cobrar por ello.

—Solo te pido —reflexionó Mariela— que tu ausencia no repercuta en nuestro matrimonio. Vivimos rodeados de fantasmas, sí, pero hemos podido salir adelante. Lo importante es que no corras peligro. Si te ocurre algo, no sé qué haríamos sin ti. Piensa que tu hijo te necesita.

—Te prometo que voy a mantenerme lejos de lo riesgoso. Tú sabes cómo actúa un psíquico: señala al culpable y los uniformados lo detienen. No creo que eso sea muy arriesgado —respondió Máximo.

—Bien, eso espero —dijo Mariela, y le dio un beso de aprobación.

A los pocos días, sonó el teléfono. El juez Franco Carmona lo llamaba: tenían algo para él. Debía presentarse en la comisaría 12ª a las diez de la mañana y preguntar por la oficial Marisa Ríos.

Al día siguiente, puntual, Máximo llegó. Apenas entró, una mujer policía se quitó los anteojos oscuros y lo evaluó con mirada crítica.—¿Tú eres el psíquico? —preguntó.

Máximo vestía chaqueta, era alto, con barba incipiente, cabello corto y ojos muy expresivos.

—Pensé que serías distinto… alguien con ropa rara, con rostro oriental o con aires de persona misteriosa. Vestido así, no impresionas a nadie.

—¿Y por qué debería impresionar a alguien? —replicó Máximo.

—Nosotros, cuando oímos hablar de videntes, magos o tarotistas, pensamos en dos cosas: desde hace cuánto roban… y a quién.

—Bueno, esa no es mi intención. Si averigua, verá que no cobro por ayudar a la policía. Esto es un experimento. Un juez pidió mi ayuda y la doy de forma gratuita. Por cierto, ¿no sabe quién será mi compañero?

—Por lo que entiendo, la víctima soy yo.

—¿Marisa? Nunca pensé que usted fuera a acompañarme —dijo Máximo, dándole la mano con amabilidad.

—Será entretenido, me parece. Y no me trates de usted.

Máximo la observó con atención. Era alta, de cabello negro en coleta y ojos marrones, semicubiertos por una gorra que no le favorecía en absoluto. Con otra ropa podría haber resultado muy atractiva, pero el uniforme le daba un aire excesivamente autoritario.

El destacamento era un hervidero: uniformados entrando y saliendo, alguien gritaba por teléfono, una mujer insultaba a los agentes porque le habían robado, carpetas se amontonaban en escritorios improvisados. El nivel de ruido resultaba abrumador para cualquiera que apreciara el silencio. Máximo estaba a punto de retirarse hacia la puerta cuando lo llamaron para entrar en un despacho.

Allí conoció al principal Gustavo García. Tenía rostro de buldog, pelo entrecano, voz grave y autoritaria. Estaba detrás de un escritorio atestado de papeles, como si sirvieran para ocultar su abdomen prominente.

—¿Así que usted es el psíquico? —dijo, estrechándole la mano.—Sí, mi nombre es Máximo López. Pero puede decirme simplemente Máximo.

—Bien. Yo soy el principal Gustavo García.

El oficial abrió la puerta y gritó:—¡Marisa! ¿Dónde está?

—Aquí —respondió ella, entrando de golpe y volcando un poco de café de una mesa antes de cerrar la puerta. El ruido del destacamento quedó atrás.

—Su amigo, el juez Carmona, me pidió que le asignara un caso reciente para ver cómo se las arregla. La oficial Ríos trabajará con usted. Quiero dejar algo en claro: aquí nunca trabajó un psíquico. Ni por mí lo haría jamás. Solo está en este lugar por órdenes superiores. Dicho esto: hace apenas minutos se cometió un crimen en San Isidro. Para no verlos rondando por aquí, les pido que se dirijan allá de inmediato. El agente Enrique Solari les dará los detalles.

—Pero eso es en provincia… —objetó Marisa, frunciendo el ceño.

—Sí. Las órdenes dicen que puede trabajar fuera de Capital Federal. Solo deberán reportar sus “observaciones” a esta oficina. Y, por favor, no entorpezcan demasiado.

A la vuelta de la comisaría los esperaba un patrullero deteriorado, habitual en las rondas de Marisa. Un Ford Falcon verde con el número 1077 pintado en el lateral.

Mientras manejaba, Marisa explicó:

—Hace unos minutos, en San Isidro, unos vecinos escucharon un disparo. Uno de ellos se asomó por la ventana y vio a la dueña de casa tendida en la cocina. No vieron a nadie salir, aunque aseguran haber llegado de inmediato.

Luego, bajando la voz, preguntó:

—Ahora que nadie nos escucha, dime: ¿qué piensas hacer en esta investigación? ¿Cómo se supone que puedes ayudar?

—Es largo de explicar, pero lo resumiré —contestó Máximo, incómodo en el asiento engrasado del Falcon.

—Según mis creencias, siempre hay testigos de un crimen.

—¿Cómo?

—Sí, testigos del más allá. Espíritus.

—¿Quieres decir que ellos ven todo lo que hacemos? —preguntó Marisa, intrigada—. Deberé ser más cuidadosa con mis hábitos cuando esté sola. En realidad, me cuesta mucho creerte.

—No pretendo que me creas. Todos tenemos distintas formas de pensar y debemos respetarlas.

—Bien —dijo Marisa—, sígueme contando.

—Hace muchos años comprendí que las voces que escuchaba eran de personas muertas. Con ese descubrimiento, mi vida cambió totalmente. Entendí que la muerte no existe: solo es un cambio de estado. El espíritu de una persona es eterno, y tras la muerte de su cuerpo permanece un tiempo entre los vivos, invisible, hasta reencarnar.

—¿Reencarnación? —repitió ella, incrédula.

—Sí, estos seres están en todas partes. A veces logro contactarme con ellos con facilidad, otras me cuesta más.

—¿Personas muertas? —preguntó Marisa.

—Sí, personas que dejaron este mundo. Sé que es difícil de creer y no te pido que lo hagas. En la práctica lo que haré será anotar lo que escuche y luego ver cómo se corresponde con los hechos.

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