Capítulo 1: La fotografía
El cursor parpadeaba en la pantalla vacía como si se burlara de ella.
Camila Estrada llevaba tres horas frente al mismo documento en blanco, con el título provisional "Los desaparecidos de la sierra" flotando solo, sin una sola línea debajo. Alrededor de ella, la redacción bullía con el ruido de siempre: teclados golpeados con urgencia, alguien discutiendo por teléfono sobre un titular, el aroma a café recalentado que ya nadie notaba.
—¿Cómo vas con el reportaje? —la voz de su editora, Renata, cayó sobre su hombro sin previo aviso.
Camila se sobresaltó y minimizó la ventana por instinto, aunque no había nada que ocultar. Nada, ese era justamente el problema.
—Voy avanzando —mintió.
Renata enarcó una ceja, nada convencida.
—Camila, llevas dos meses con esto. Los familiares de esos campesinos merecen que alguien cuente su historia, pero si no tienes nada sólido para el viernes, el espacio se lo doy a otra nota.
—Tengo fuentes —insistió Camila, aunque la verdad era que sus fuentes se habían secado una tras otra, como si alguien las hubiera convencido de que hablar con ella era peligroso.
Porque probablemente lo era.
Cuando Renata se alejó, Camila dejó caer la frente sobre las manos. Ocho campesinos habían desaparecido en los últimos seis meses cerca de las tierras que colindaban con la hacienda de los Alcázar. Todos sabían el rumor. Nadie lo decía en voz alta. Y ella, que se había jurado a sí misma que sería la periodista que no bajaba la cabeza ante el miedo ajeno, llevaba semanas chocando contra un muro de silencio que empezaba a sentirse personal.
Se frotó los ojos y miró la hora: las siete y media de la noche. La redacción ya se había vaciado a la mitad. Estaba a punto de cerrar la laptop y rendirse por hoy cuando su celular vibró sobre el escritorio.
Un mensaje de Julián.
Julián Reyes había sido su compañero en la facultad, ahora trabajaba haciendo fotografía freelance para varios medios, y desde que Camila empezó a investigar el caso de los campesinos, se había convertido en sus ojos en lugares donde ella no podía —o no debía— aparecer.
**Julián:** Mira lo que encontré
Debajo del mensaje, una fotografía se cargaba lentamente por la mala conexión del edificio. Camila esperó, el pulso acelerándose sin motivo aparente, como si su cuerpo supiera algo que su mente todavía no procesaba.
La imagen terminó de cargar.
Camila se quedó inmóvil.
Era una fotografía tomada desde lejos, con un teleobjetivo, ligeramente granulada por el zoom. Mostraba la entrada de una propiedad que ella reconoció de inmediato: los portones de hierro forjado con el escudo de la familia Alcázar, esa hacienda que aparecía en todas las revistas de sociedad como un símbolo de éxito, de tradición, de "empresarios visionarios que habían transformado la región".
Y frente a esos portones, de pie, con esa presencia que parecía ocupar cualquier espacio en el que estuviera, el porte de quien ha nacido sabiendo que el mundo se doblega ante su apellido: Rodrigo Alcázar. Camila había cruzado con él un par de palabras en un evento de prensa meses atrás, lo suficiente para recordar el peso incómodo de su mirada, la sensación de que la había evaluado por completo en cuestión de segundos.
Su celular volvió a vibrar.
**Julián:** Lo tomé hace dos horas. Estaba solo, sin escoltas, ahí parado como si nada. Y Cam... esto no es lo raro.
Camila sintió que el corazón se le subía a la garganta.
**Camila:** ¿Entonces qué es lo raro?
Los tres puntos suspensivos aparecieron y desaparecieron varias veces, como si Julián estuviera dudando cómo decirlo. Camila apretó el teléfono con ambas manos, la fatiga de las últimas semanas evaporándose de golpe, reemplazada por esa descarga de adrenalina que solo sentía cuando estaba a punto de encontrar algo real.
**Julián:** Mira quién más aparece en la foto...
Camila releyó el mensaje tres veces.
Volvió a mirar la fotografía, esta vez con otros ojos, buscando cada detalle que se le hubiera escapado. La reja de hierro. El camino de tierra. La hora marcada en la esquina de la imagen. Y entonces la vio.
Algo en el fondo, apenas visible, medio oculto por la sombra de un árbol.
Camila acercó dos dedos a la pantalla y amplió la imagen, conteniendo la respiración.
—No puede ser —susurró.
Amplió más. El detalle se volvió nítido, innegable, imposible de ignorar.
—Increíble —dijo en voz alta, tan fuerte que la chica del escritorio de al lado levantó la cabeza, extrañada.
Camila no le prestó atención. Cerró la laptop de un golpe, tomó su bolso y el teléfono, y salió de la redacción casi corriendo, dejando atrás su silla girando todavía y una taza de café a medio terminar.
—¿Camila? —la llamó Renata desde su oficina, pero ella ya no escuchaba.
Solo podía pensar en una cosa: Había encontrado la pieza faltante.








