Capitulo 1: EL DÍA QUE CAYÓ EL ÚLTIMO KETSU
El rugido de las explosiones sacudía las montañas.
El antiguo territorio del Clan Ketsu, alguna vez conocido por su tranquilidad y su inmenso templo de piedra, había sido convertido en un campo de batalla. El cielo estaba cubierto por una espesa nube negra, mientras enormes naves de guerra descendían lentamente sobre el valle.
Las llamas devoraban viviendas enteras.
Los guerreros del clan luchaban con todo lo que les quedaba, pero cada minuto que pasaba era más evidente que la derrota era inevitable.
Los gritos de auxilio se mezclaban con el sonido del acero chocando una y otra vez.
La guerra había llegado.
—¡Reiken! ¡No te detengas! —gritó Shion mientras sujetaba con fuerza la mano de su hermano menor.
Reiken, un niño de apenas siete años, apenas podía seguir el ritmo. Su respiración era agitada y las lágrimas recorrían sus mejillas mientras observaba cómo el lugar donde había nacido desaparecía entre el fuego.
—¡Shion...! ¿Qué está pasando?
Shion no respondió.
Solo continuó corriendo.
Sabía que, si se detenían un solo instante, ambos morirían.
De repente...
Una sombra gigantesca descendió frente a ellos.
El suelo tembló.
Una figura de más de dos metros, cubierta por una armadura negra que parecía estar unida a su propio cuerpo, bloqueó completamente el camino.
Su piel gris oscura estaba atravesada por grietas rojizas que brillaban como lava, mientras que sus ojos completamente blancos transmitían una frialdad aterradora.
No parecía humano.
Era uno de los miembros de las Fuerzas Especiales del Emperador Mazokuou.
Su nombre era...
Zarok.
No habló.
Ni siquiera parecía interesado en ellos.
Simplemente permaneció inmóvil.
Shion dio un paso al frente.
—Reiken...
El pequeño levantó la vista.
—Corre.
—¿Qué?
—¡¡CORRE!!
Shion desenvainó su espada y se lanzó contra Zarok.
La hoja chocó contra la armadura del extraterrestre con todas sus fuerzas.
¡CLANG!
Ni un rasguño.
Los ojos de Zarok descendieron lentamente hacia el muchacho.
En un solo movimiento...
Sujetó el cuello de Shion con una mano.
Lo levantó del suelo como si no pesara absolutamente nada.
Shion intentó soltarse.
Golpeó el brazo de Zarok.
Lo pateó.
Intentó respirar.
Todo fue inútil.
—¡Shion!
Reiken observó la escena completamente paralizado.
Por un instante sintió miedo.
Muchísimo miedo.
Pero al ver el rostro de su hermano perdiendo el aire...
Corrió.
—¡¡SUÉLTALO!!
Golpeó el brazo de Zarok con todas sus fuerzas.
Era un golpe torpe.
Débil.
El golpe de un niño desesperado.
Zarok giró lentamente la cabeza.
Miró a Reiken durante apenas un segundo.
Y, sin mostrar la menor emoción...
Lo golpeó con el dorso de la mano.
El impacto fue brutal.
El pequeño salió despedido varios metros por el aire.
Shion abrió los ojos.
—¡¡REIKEEEEEEN!!
El cuerpo del niño atravesó el hielo del enorme lago que se encontraba detrás de ellos.
¡¡CRAAASH!!
El agua helada lo envolvió inmediatamente.
Su cuerpo comenzó a hundirse lentamente.
Inconsciente.
Sin poder reaccionar.
—¡¡NO!!
Las lágrimas brotaron del rostro de Shion mientras extendía una mano inútilmente hacia el lago.
Pero Zarok volvió a cerrar su mano alrededor de su cuello.
Minutos después...
Una inmensa nave negra descendió entre las llamas.
Las puertas se abrieron lentamente.
Zarok caminó hacia ella llevando a Shion como si fuera un simple objeto.
El muchacho seguía mirando desesperadamente el lago.
Al llegar a la entrada de la nave, Zarok lo dejó caer sobre el suelo metálico.
Shion intentó levantarse inmediatamente.
Antes de que pudiera hacerlo, una enorme mano volvió a apoyarse sobre su hombro.
Zarok habló por primera vez.
Su voz era grave.
Fría.
Carente de cualquier emoción.
—Tú... podrías serme útil en el futuro.
Shion apretó los puños.
—¡Jamás... estaré de su lado!
Zarok no respondió.
Simplemente dio media vuelta.
Las puertas comenzaron a cerrarse lentamente.
Desde el interior de la nave...
Shion observó cómo el Clan Ketsu desaparecía entre las llamas.
Guerreros cayendo.
Familias huyendo.
Niños llorando.
Su hogar...
Desapareciendo para siempre.
Con los ojos llenos de lágrimas buscó una última vez el lago.
La escena cambió.
Todo quedó en silencio.
Bajo el agua...
Reiken permanecía inmóvil.
Su pequeño cuerpo descendía lentamente hacia la oscuridad.
Cristales de hielo comenzaron a cubrir su ropa.
Después sus manos.
Su cabello.
Su rostro.
En la superficie...
El agujero abierto por su caída empezó a cerrarse lentamente.
Poco a poco...
El hielo volvió a unirse.
Como si jamás hubiera existido.
Y con él...
El último descendiente del Clan Ketsu quedó atrapado en un sueño que duraría quinientos años.
Continuará...








