Buscando refugio
Cuando mi mamá murió, mi pareja fue la primera persona a quien se lo conté.
Habíamos terminado hacía aproximadamente un mes, aunque yo todavía no era capaz de llamarlo una separación. En mi cabeza seguíamos en medio de una pelea. Yo tenía una necesidad tan fuerte de él que cualquier distancia se sentía como si me arrancaran algo del cuerpo.
Por eso, cuando mi mamá murió, no pensé en llamar a alguien más.
Pensé en él.
Mi pareja llegó al velorio. Después de un rato se acercó a mí y me dijo que tenía que comer. Me llevó a comer y, después, me llevó hasta mi casa.
Le pedí que fuéramos al apartamento.
Pero no.
No fuimos a su apartamento.
No me quedé con él.
Me dejó en mi casa.
cuando salí del carro quedé sola, lloré como nunca había llorado.
Lloré con una fuerza tan brutal que después me dolían todos los músculos de la cara. Era un dolor físico, extraño, como si hasta mi rostro se hubiera cansado de sostener aquella tristeza.
Ya era madrugada.
Sabía que en unas horas tendría que enterrar a mi mamá.
A la mujer que hoy, con los años y con una comprensión más profunda, puedo reconocer como el amor más puro y sincero que la vida me regaló.
Mi mamá.
No sé cómo pasé aquella noche.
Solo sé que lloraba.
Por momentos conseguía apoyar la cabeza y conciliar un poco el sueño. Después despertaba. Volvía a llorar. Volvía a cerrar los ojos.
Dormía unos minutos.
Despertaba.
Lloraba.
Así pasó la noche.
Hasta que llegó el día.
A la una de la tarde, tal como lo había hablado con mi pareja, él llegó para recogerme y llevarme al cementerio.
Llegamos a la casa de mi mamá, donde estaba su cuerpo.
Yo me quedé lejos.
No quise acercarme a la puerta.
No quería verla dentro de un cajón.
Había una parte de mí que todavía se resistía a aceptar que aquella mujer que había sido mi refugio durante toda mi vida ahora estaba allí, inmóvil, esperando que la lleváramos a su última morada.
A mi alrededor estaban las personas que amaba.
Mi hija, mis sobrinos, mis hermanos.
Muchos vivían lejos y habían llegado para despedirla.
Recuerdo especialmente a mis hermanas.
Estaban destruidas.
El dolor las hacía caminar, sentarse y mirar de una manera que todavía puedo recordar.
Parecían borrachas.
Pero no de alcohol.
Borrachas de tristeza.
Y entre todas aquellas personas apareció el papá de mi hija.
Para entonces, entre él y yo no existía absolutamente nada.
Cuando conocí a mi pareja, mi relación con el papá de mi hija llevaba aproximadamente ocho años terminada. No había sentimientos pendientes, ni una historia escondida, ni una posibilidad de volver.
Pero mi pareja siempre había sentido celos de él.
Y aquel día, cuando el papá de mi hija se acercó, mi pareja reaccionó.
Me abrazó.
Me tomó de la mano.
Fue un gesto que parecía decir:
—Ella es mía.
No necesitó pronunciarlo.
Yo lo entendí así.
Y subí al carro con él.
Cuando llegamos al cementerio, volví a quedarme lejos.
Miré desde la distancia.
Y dije:
—Me voy a quedar acá. No quiero verla en el cajón. No quiero verla cuando la entierren.
No quería tener esa imagen dentro de mi memoria.
Pero mi pareja cambió mi decisión.
Me pidió que me acercara.
Y yo lo hice.
Hoy puedo reconocer algo que en aquel momento no comprendía.
Yo tenía una necesidad enorme de complacerlo.
Hacer lo que él quería me hacía sentir que podía conservarlo.
Que quizá, si lo complacía, si hacía las cosas como él quería, lograría que me amara más.
Que quizá conseguiría que se quedara para siempre.
Yo todavía pensaba que el amor podía ganarse de esa manera.
Y por eso caminé aquellos pocos metros.
Llegamos al cementerio.
Pero todavía no comenzaba el entierro.
Estábamos esperando a un familiar que venía desde lejos. Había pedido que la esperáramos porque necesitaba despedirse.
Los minutos se hicieron eternos.
Pero mi pareja estaba conmigo.
Y estaba su abrazo.
Aquel abrazo que yo comparaba con una droga, con un alucinógeno, con una pastilla psiquiátrica.
Su abrazo conseguía algo que en ese momento yo necesitaba desesperadamente:
apagaba el dolor.
Aunque fuera por unos segundos.
Finalmente llegó mi familiar.
Y comenzó el entierro de mi mamá.
Yo lloraba.
Gritaba.
Me deshacía.
Mi pareja me abrazaba y repetía:
—Tranquila, tranquila. No llores.
No me dejaba llorar.
Y yo me refugiaba en sus brazos.
No porque el dolor hubiera desaparecido.
Sino porque su abrazo conseguía anestesiarlo.
Hasta que la tierra cubrió el lugar donde habían depositado a mi mamá.
Y entonces ocurrió algo que todavía me cuesta explicar.
No habían pasado más que unos minutos cuando mi pareja me dijo:
—Me tengo que ir. ¿Se va conmigo?
Y yo respondí:
—Sí. Me voy contigo.
Por supuesto que dije que sí.
Mi mamá acababa de ser enterrada.
Mi familia seguía allí.
La tierra sobre su tumba todavía estaba fresca.
Y yo ya estaba caminando hacia el carro de mi pareja.
Entonces vi a mi hermana.
Estaba sentada junto a la tumba de mamá.
La tumba que acababan de tapar.
Levantó la cabeza.
Me miró.
Y vio que yo me iba con mi pareja.
Ella sabía que nosotros habíamos terminado.
Tal vez por eso aquella escena debía resultarle extraña.
Quizá no entendía por qué, después de todo lo que había ocurrido, yo estaba marchándome con él.
Entonces mi hermana le preguntó a mi pareja:
—¿Te vas a llevar a mi hermana?
—Sí. Me la voy a llevar.
Mi hermana lo miró.
—Te la llevas, pero me la vas a cuidar.
Mi pareja dijo que sí.
Me abrazó.
Me tomó de la mano.
Y seguimos caminando hacia el carro.
Yo me iba.
Mientras mi mamá se quedaba atrás.
Desde allí comenzamos el camino hacia la ciudad.
Yo iba en el carro con mi pareja.
Quizá en mi cabeza todavía existía aquella fantasía de que, después de todo, él seguía siendo mi lugar seguro.
Había perdido a mi mamá.
Pero todavía tenía a mi pareja.
Llegamos a la ciudad.
En la primera bomba de gasolina, mi pareja comenzó a repetir:
—Tengo que irme. Tengo que irme. Tengo que ir a ver a mi hijo.
Yo le dije:
—Pero el niño está con tus papás.
—Tengo afán —respondió fríamente.
Lo miré.
Y terminé diciendo:
—Está bien. Yo me bajo aquí.
Abrí la puerta.
Y me bajé.
Me quedé sola.
Completamente sola.
Mi familia seguía en aquel cementerio.
Mi mamá estaba bajo la tierra.
Y yo estaba en una bomba de gasolina porque había elegido irme con un hombre con quien ya no estaba.
Pero mi mente todavía necesitaba estar con él.
Lo necesitaba.
Después de enterrar a mi mamá, necesitaba su presencia como si fuera un salvavidas.
Y entonces comenzaron a pasarme muchas cosas por la cabeza.
Yo ya había vivido durante mucho tiempo con depresión y aquel momento fue demasiado.
Pensé en morir.
Llegué a pensar en lanzarme contra un vehículo.
Miraba la carretera y pensaba que quizá un carro pequeño solamente me lastimaría.
Yo quería morir.
Pero no pasó el camión que imaginaba.
No pasó nada.
Y en medio de aquella desesperación, caminé.
Unos pocos metros.
Muy pocos.
Hasta que finalmente tomé un mototaxi.
Y llegué a mi casa.
Cuando entré, llevaba conmigo un dolor que parecía demasiado grande para un solo cuerpo.
Pero al dolor por la muerte de mi mamá se sumaba otro, uno que en ese momento todavía no sabía cómo nombrar: el hombre que amaba me había dejado prácticamente tirada en el camino.
Aún hoy me pregunto por qué.
¿Por qué no se tomó tan solo diez minutos más para llevarme hasta mi casa?
El primero era el dolor de mi mamá.
El dolor de haber perdido a la mujer que había amado con toda mi alma.
El dolor de saber que el amor más puro que había conocido ya no estaba en este plano terrenal.
Pero había otro.
Más silencioso.
Más íntimo.
Más difícil de aceptar.
Era el dolor de saber que aquella pelea con mi pareja tal vez no habia sido solamente una pelea.
¿Aquella distancia que yo había querido llamar temporal no era temporal?
¿Sí habíamos terminado?
Mi mamá había muerto.
Solo que había una diferencia.
A mi mamá la había despedido frente a una tumba.
A él todavía podía ir a buscarlo.
Estaba a pocos metros.
Podía acercarme, pedirle un abrazo
Y quizá por eso dolía tanto.
Porque una tumba te obliga a aceptar una ausencia.
Pero el amor no correspondido puede mantener viva una esperanza.
Había acabado de enterrar a mi mamá, el ser que había amado con toda mi alma, y ahora tenía que enfrentar también la certeza de que aquella relación que yo todavía me negaba a aceptar como terminada, probablemente sí había terminado.
Sin entender todavía lo que aquel gesto había hecho conmigo, esperé la noche.
Las horas se hicieron largas. Miraba una y otra vez el teléfono, esperando quizá un mensaje de mi pareja.
Y mientras esperaba, caí en cuenta de algo que hacía que aquella noche fuera todavía más dolorosa: al día siguiente sería el Día de la Madre.
Durante muchos años, aquella había sido una de las fechas más importantes para mí. Sé que todos los días pueden ser especiales y que podemos hacer especial a la persona que amamos cualquier día del año. Pero las fechas tienen algo extraño: consiguen darle un peso diferente a lo que sentimos.
Y aquella vez sería la primera vez que el Día de la Madre llegaría sin mi mamá.
Hasta que, finalmente, llegó la noche.
Esa noche no tomé mi carro.
Mi cuerpo no me daba para manejar. Después de todo lo que había ocurrido, después de llorar hasta sentir que me dolían los músculos de la cara, después del entierro y de aquel viaje de regreso en el que terminé sola, no tenía fuerzas para conducir.
Así que llamé un taxi.
Y fui hasta el apartamento de mi pareja.
Aquel apartamento que durante tanto tiempo habíamos compartido como pareja. Aunque cada uno tenía su propia casa, yo había pasado allí prácticamente todas las noches durante el tiempo que estuvimos juntos.
Para mí, aquel lugar todavía guardaba algo de nosotros.
Y yo todavía lo sentía como un refugio.
No estaba pensando en lo que había sucedido unas horas antes.
No estaba pensando en la bomba de gasolina.
No estaba pensando en los diez o quince minutos que él pudo haber tomado para llevarme a mi casa.
Mi corazón estaba buscando otra cosa.
Buscaba aquellos brazos que durante tanto tiempo habían conseguido anestesiar mi dolor.
Después de todo lo que había ocurrido ese día, yo todavía creía que podía encontrar consuelo precisamente en la persona que acababa de dejarme sola.
Sin saber lo que iba a suceder aquella noche.
Continuará…
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)




![[GL] NO HAY CURA PARA EL AMOR - EDITANDO](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_18f34104b838616732eb19cde1203741.jpg)


