Confesiones Al Calor Del Fuego por Artisan_Deschain en Inkitt
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Confesiones al calor del fuego

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Sinopsis

Un mundo devastado por la guerra. Cuatro mujeres que solo se tienen a sí mismas. Kasandra, una guerrera atormentada por la sangre en sus manos; Sara, una sacerdotisa aferrada a una fe fracturada; Lara, una maga que coquetea con fuerzas incomprensibles; y Meliara, una druida que guía al grupo por un sendero incierto, recorren los restos de un imperio en ruinas. Pero el mayor peligro no acecha en la espesura del bosque de Felkor ni en los cadáveres que se levantan, sino en los oscuros secretos que cada una oculta. Alrededor de la fogata nocturna, el cansancio y el miedo obligan a revelar la verdad capa por capa. ¿Podrá la luz de las brasas forjar un vínculo inquebrantable, o terminarán consumidas por sus propios pecados?

Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El círculo se abre.

En el bosque de Felkor, conocido por su espesura y sus muchísimos robles que cubrían las montañas, una inocente druida trepaba rápidamente uno de los árboles más altos. Su objetivo era claro: seguir el rastro de Umbra, una bestia que aterraba a una pequeña aldea cerca del río Nagal.

Un movimiento repentino de árboles dio la señal.

—Lara, la bestia se mueve al oeste.

La maga movió su báculo en dirección hacia donde presuntamente estaba la bestia. Disparó tres proyectiles de piedra. Uno acertó.

Un alarido advirtió a las demás la posición exacta del ente.

—¡Sara, inmovilízala!

La sacerdotisa corrió a través del bosque siguiendo los gritos del animal hasta que logró ver sus brillantes ojos en medio de la tarde. Lanzó un hechizo de inmovilización, pero falló. La bestia cargó contra ella, pero la guerrera empujó a la sacerdotisa para que su aventura no acabase en ese instante.

—¿Estás bien, Sara? —preguntó la guerrera.

La sacerdotisa rápidamente invocó un escudo de luz. La bestia, sin pensarlo, dio un terrible zarpazo que chocó contra el escudo; un sonido estridente remeció el lugar. La druida corrió en su ayuda, invocando unas ramas del suelo para tratar de inmovilizar al monstruo.

—¡Mantenlo ahí, Meliara!

La guerrera se levantó y cargó contra Umbra con su hacha, resultando exitoso el golpe. La sangre pintó su hacha varias veces, pero la bestia aún tenía un as bajo la manga. Un fuerte alarido cortó el hechizo de Meliara. Y, mirando a la guerrera, arremetió con otro zarpazo. Pero Sara volvió a poner otro escudo de luz, salvando por poco a la guerrera.

—¡Kasandra, al suelo!

Lara gritó como pudo mientras terminaba de cargar otros misiles de piedra. Los tres impactaron directamente contra Umbra, la bestia de medianoche.

Aquel ataque fue fatal. La bestia falleció en ese lugar.

Las aventureras, exhaustas tras tres días de caza, lo habían conseguido. Tomaron partes de la bestia no como trofeo, sino como moneda de cambio: parte de su piel, sus dientes y parte de su asta, para pociones y brebajes. Al estar lejos del pueblo, decidieron encender una fogata, un pequeño campamento improvisado para intentar aliviarse de lo vivido.

—Ese hechizo nuevo fue increíble, Lara.

La maga sonrió y, de buen humor, armó rápidamente la fogata.

—Nos quedaremos esta noche aquí. Prepararé la cena con algo de carne de Umbra —dijo Meliara, mientras todas la miraban con desconfianza.

—Puede estar infectada —dijo Kasandra, la guerrera.

—Puede estar maldita —dijo Sara, la sacerdotisa.

—Puede ser inflamable —dijo Lara, la maga.

Meliara, la druida, soltó una carcajada. Sus años de cocina y un poco de hechizo de desintoxicación lo arreglarían.

Todas rieron.

Mientras cocinaba la carne de la bestia, Meliara se dio cuenta de que una parte estaba más oscura de lo normal. «Putrefacción», pensó, y le pareció muy extraño. Ocultó el secreto a sus compañeras, cortó ese pedazo y lo escondió entre la maleza.

Al cabo de unos minutos, Meliara empezó a servir el guiso de carne. Kasandra limpiaba su hacha, cuyas marcas hacían suponer que había pasado por múltiples batallas.

—Bueno, este es un momento especial. Nuestra nueva integrante, Kasandra, cumplió su primera misión con nosotras. Y eso que dudaban de mi elección.

Sara miró a Kasandra y luego a Meliara.

—Tenías razón, fue una gran elección.

Luego miró su plato de comida.

—El guiso está muy bueno. Me recuerda a mi antiguo hogar.

Miró la fogata con melancolía. Lara se acercó a Sara y tomó su mano para calmarla.

Meliara llamó la atención de todas y les contó cómo reclutó a la guerrera.

—Sara, no creerás cómo encontré a Kasandra.

La druida contó que, mientras dormían en el pueblo, ella fue al gremio de aventureros local. Al llegar, preguntó por alguien que pudiera ser de vanguardia. La recepcionista le dijo que una extraña encapuchada había llegado al pueblo y estaba solicitando trabajo. Se sentó a hablar con la extraña, y tras una larga conversación —y algunas bebidas de paso—, a la mañana siguiente ya estaba integrada al grupo.

Lara miró a Sara y a Meliara.

—Yo solo recuerdo el olor a alcohol, y ya teníamos nueva compañera.

Al principio la miraba con desconfianza, pero después de un par de palabras notó que no era una mala persona.

Sara era la más desconfiada, pero al ver cómo la defendió de la bestia Umbra, pudo soltarse un poco con ella.

—Gracias por salvarme —dijo Sara.

Tras una cena reconfortante, el grupo se fue a dormir. Meliara haría guardia esa noche, turnándose con Lara mientras el resto dormía.

Ya sola, en medio de la noche, Meliara comenzó a sollozar.

—!Se está cumpliendo¡. Se está cumpliendo.

Se secó las lágrimas y buscó el trozo de carne que había escondido en la maleza. No logró encontrarlo, y eso la llenó de miedo.

«Putrefacción». «Vida propia». Mis padres me advirtieron.

Debo ser paciente.

En la mente de Meliara la preocupación crecía, pero sacó de su bolso unas hierbas que, al masticarlas, tenían un efecto calmante.

Esta noche será larga. Solo para mí.

A la mañana siguiente, Lara despertó a todas y les ordenó empacar las cosas para seguir camino hacia el pueblo. Tras unas cuatro horas entre pausas y caminatas, lograron llegar. El grupo fue directamente a reclamar su recompensa, cenó bien esa noche y durmió en camas cómodas.

Lara, esa noche, no pudo dormir bien. Tenía algo que contar.

—Sara, Sara, ¿estás despierta?

Sara, tras la insistencia de Lara, se levantó de su sueño y salió junto con ella a la terraza de la posada donde se encontraban.

—Cuéntame, ¿qué pasó?

Lara le contó que, en la noche que hizo el relevo con Meliara, notó algo extraño en sus ojos, como si hubiera estado llorando. Sara supuso que la comida le había caído mal. La maga también le contó que, cuando hacía guardia en medio de la noche, observó a lo lejos unos orbes de color azul que se movían hacia lo profundo del bosque, como observadores. Ella simplemente los contempló escondida de tras de un roble, con miedo, sin saber qué eran.

Sara dijo que seguro era una expedición de guerreros; la guerra en el continente había dejado grupos varados en medio del bosque, y seguramente era uno de ellos.

Lara la miró con cierta calma.

—¿Me lo juras?

Sara, mirándola a los ojos:

—Sí.

Ambas estuvieron conversando un rato más y luego se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, Meliara fue al gremio de aventureros con grandes noticias. Había aceptado un contrato nuevo: ir a un campo donde hubo recientemente una gran batalla, la misión, recuperar el escudo y pertenencias del hijo de uno de los aldeanos del pueblo. Sabía que estaba muerto, pero el padre quería algo de su hijo para darle digna sepultura.

El grupo se miró entre sí y, sin dudarlo, emprendió la misión.

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