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Evolution

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Sinopsis

En un futuro donde respirar dejó de ser un derecho, el oxígeno se ha convertido en otro servicio por suscripción. Max intenta sobrevivir en una sociedad dominada por la tecnología, las corporaciones y una inteligencia artificial que evoluciona junto a una humanidad cada vez más dependiente de ella. Pero mientras el planeta pierde lentamente su capacidad de sostener la vida, una pregunta comienza a tomar forma: ¿Qué ocurrirá cuando evolucionar sea la única manera de seguir existiendo? EVOLUTION - Una historia de ciencia ficción distópica, cyberpunk, inteligencia artificial, transhumanismo y supervivencia donde la línea entre humano y máquina comenzará a desaparecer.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Roberto
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: nuevo mundo

En un principio, el planeta comenzó a mostrar síntomas.

No ocurrió de un día para otro. No hubo una fecha exacta que pudiera marcarse en un calendario como el comienzo del fin. Fueron pequeñas señales, cambios que durante años parecieron lo suficientemente insignificantes como para permitir que la mayoría continuara con su vida.

Unos luchaban contra la contaminación. Otros aseguraban que todo formaba parte de un ciclo natural del planeta y que la Tierra ya había atravesado cambios similares mucho antes de que existiéramos. Científicos, políticos, empresarios y ciudadanos discutían constantemente sobre las causas mientras los síntomas continuaban acumulándose frente a sus ojos.

Pero la verdad era mucho más sencilla.

Nadie podía acertar de lleno a la causa real.

Estábamos en la era peak de la inteligencia artificial. Su presencia había dejado de ser una novedad para convertirse en parte de la vida cotidiana. Sin embargo, según yo, los contras habían terminado siendo muchos más que los pros.

Y no lo digo por pesimismo.

La inteligencia artificial no es mala ni buena.

Nunca lo fue.

El verdadero problema siempre estuvo en nosotros.

La humanidad, desgraciadamente, había sido entrenada y condicionada para dañar.

Desde pequeños se nos implantó la idea de que el superhéroe, el macho alfa, el ganador, tenía que resaltar y destacar por sobre los demás. Habíamos convertido la existencia en una competencia permanente, haciendo de nosotros mismos un producto que debía venderse constantemente ante la sociedad.

Debíamos demostrar cuánto valíamos.

Qué tan exitosos éramos.

Qué teníamos.

Qué podíamos ofrecer.

Y cualquiera que no cumpliera con los requisitos que la sociedad exigía terminaba siendo menospreciado, muchas veces incluso por sí mismo.

Aquella mañana, los noticieros hacían lo de siempre.

Las imágenes se sucedían una tras otra en las pantallas: ciudades cubiertas por una neblina gris, científicos dando declaraciones, gráficos descendentes, advertencias y rostros preocupados. Las noticias repetían constantemente palabras como crisis, emergencia y extinción.

No necesitaban decirle directamente a la gente que debía tener miedo.

Bastaba con recordarle, una y otra vez, todo aquello que podía perder.

Presionaban lentamente el subconsciente colectivo hasta despertar uno de los temores más antiguos de nuestra especie: el miedo a desaparecer.

Porque cuando las personas tienen miedo, cuando sienten que aquello que conocen puede desaparecer de un momento a otro, comienzan a aceptar cosas que antes habrían considerado imposibles.

Cuando alguien se siente suficientemente vulnerable, puede incluso llegar a agradecer una solución...

aunque esta sea demasiado extremista.

Max tenía alrededor de treinta años.

Aquella mañana se había levantado temprano, como hacía habitualmente, para prepararse e ir al trabajo.

Nada parecía particularmente especial en su rutina.

Mientras terminaba de arreglarse, las noticias continuaban sonando desde el televisor de su departamento. Las voces de los periodistas se mezclaban con el ruido cotidiano del lugar mientras hablaban, una vez más, de la catástrofe que se aproximaba.

Llevaban meses haciéndolo.

Meses anunciando lo que podía ocurrir.

Meses preparando lentamente a las personas para aceptar que el mundo que conocían estaba llegando a un punto crítico.

La contaminación había alcanzado niveles que años atrás habrían parecido inimaginables. El planeta estaba entrando en una fase en la que comenzaba a perder progresivamente su capacidad de generar oxígeno de manera natural.

Ya no se trataba solamente de cielos contaminados o ecosistemas destruidos.

El aire mismo se estaba convirtiendo en un recurso limitado.

Científicos de distintas partes del mundo trabajaban intentando encontrar una salida. Equipos completos dedicaban sus vidas a investigar alternativas capaces de permitir que la humanidad continuara prosperando a pesar del deterioro del planeta.

Y sí.

Siempre se trató de la humanidad.

No del planeta.

Los científicos se enfrentaban entonces a un dilema tan antiguo como familiar.

Necesitaban fondos.

Los experimentos requerían instalaciones, materiales, tecnología y cantidades enormes de dinero. Muchos querían encontrar una solución viable que pudiera entregarse gratuitamente a la población, como había ocurrido con algunos de los grandes avances durante los mejores tiempos del planeta Tierra.

Pero inevitablemente terminaban chocando contra el mismo muro.

Los empresarios estaban dispuestos a invertir.

No a regalar.

El dinero entregado debía volver de alguna manera.

Por lo tanto, si los científicos encontraban una solución capaz de mantener con vida al resto del planeta, aquella solución no sería gratuita.

Max apenas prestaba atención a la televisión.

Para él, aquellas noticias ya se habían convertido en ruido de fondo.

Vivía en un departamento arrendado junto a su novia, Keitlyn, y una amiga de ella. El lugar tenía el aspecto habitual de una vivienda compartida por adultos jóvenes que intentaban continuar con sus vidas mientras, afuera, el mundo se deterioraba lentamente.

Max terminó de arreglarse y miró la hora.

Se quedó inmóvil durante un instante.

Ya debía irse.

Tomó sus cosas apresuradamente y se dirigió hacia la salida.

Keitlyn lo observó prepararse para marcharse.

-Max, no te olvides de llevar la máscara de oxígeno.

Él se detuvo.

Se golpeó suavemente la cabeza con una mano al darse cuenta de que había estado a punto de salir sin ella.

Regresó a buscarla.

Keitlyn soltó una pequeña risa al verlo.

Olvidar algo tan importante podía parecer absurdo, pero las máscaras llevaban suficiente tiempo formando parte de sus vidas como para haberse convertido en otro objeto cotidiano. Algo que podía quedar sobre una mesa de la misma manera que unas llaves o un teléfono.

-¿Tienes al día la suscripción del oxígeno? -preguntó Keitlyn.

Max se acercó a ella para despedirse.

Le dio un beso.

-Sí, amor. Me voy. Nos vemos más tarde.

Y salió.

Su jornada laboral comenzó como cualquier otra.

Max trabajaba en programación, rodeado de escritorios, pantallas y compañeros concentrados en sus respectivas tareas. Las máscaras cubrían parte de los rostros de quienes ocupaban la oficina, recordándoles constantemente que incluso algo tan básico como respirar dependía ahora de una tecnología que años atrás habría parecido propia de una historia de ciencia ficción.

Fue entonces cuando Max descubrió su error.

No había pagado la suscripción del filtro de oxígeno de su máscara.

Para aquel punto, la humanidad ya había dejado obsoleto el dinero físico. Las transacciones eran digitales y las empresas podían ejercer un control mucho más estricto sobre cualquier deuda pendiente.

Todo quedaba registrado.

Todo podía verificarse.

Y si alguien no tenía un buen informe financiero, sus posibilidades se reducían drásticamente.

El oxígeno tampoco escapaba de aquella lógica.

La cantidad disponible en el planeta había disminuido tanto que el derecho a respirar había dejado de considerarse una prioridad universal.

La muerte por falta de oxígeno se había vuelto parte de la normalidad.

Personas que no podían pagar las suscripciones mensuales de sus máscaras simplemente dejaban de tener acceso a los filtros necesarios para continuar utilizándolas.

Y el mundo seguía funcionando.

Max permanecía frente a su puesto de trabajo cuando comenzó a notar el calor.

Una capa de sudor apareció sobre su rostro, atrapada bajo la máscara.

Intentó continuar.

Pero algo estaba mal.

Su respiración comenzó a hacerse más pesada.

El filtro estaba llegando al final de su vida útil.

La máscara tenía la capacidad de imprimir automáticamente un filtro nuevo dentro de su propia estructura, reemplazando el anterior cuando este dejaba de ser útil.

La tecnología estaba ahí.

El mecanismo funcionaba.

La solución estaba literalmente frente a su rostro.

Pero la máscara no podía imprimir el nuevo filtro.

No hasta que Max pagara.

Entonces apareció un mensaje frente a sus ojos.

Las letras se proyectaron directamente sobre la pantalla del visor:

AVISO IMPORTANTE

La suscripción para imprimir el nuevo filtro de oxígeno no ha sido cancelada. Debe ponerse al día con el pago de este para poder proceder con la impresión.

Debajo del mensaje apareció una última advertencia.

Vida útil aproximada del filtro actual: 3 minutos.

Max se levantó de inmediato.

La tranquilidad de hacía unos segundos desapareció.

Comenzó a buscar desesperadamente su tarjeta.

Revisó sus pertenencias.

Nada.

Volvió a buscar.

No estaba.

La respiración se le aceleró mientras intentaba recordar dónde podía haberla dejado.

No podía utilizar simplemente cualquier otra tarjeta.

Los bancos no aceptaban pagos realizados con tarjetas diferentes de aquellas cuyos códigos se encontraban registrados previamente con cada máscara.

El sistema sabía exactamente qué medio de pago pertenecía a cada usuario.

Max continuó buscando.

El aire comenzó a faltarle.

Cada respiración exigía un esfuerzo mayor que la anterior.

La sensación de calor dentro de la máscara aumentó. Su pecho comenzó a luchar instintivamente por conseguir aquello que su cuerpo necesitaba.

Oxígeno.

Nada más.

Solo oxígeno.

Algunas personas de la oficina comenzaron a darse cuenta.

Levantaron la mirada desde sus pantallas.

Observaron a Max.

Vieron sus movimientos desesperados.

Vieron cómo intentaba respirar.

Y entendieron lo que estaba ocurriendo.

Pero nadie hizo nada.

Algunos apartaron la mirada.

Otros permanecieron inmóviles.

No había sorpresa en sus rostros.

Solo tristeza.

Una tristeza incómoda y silenciosa.

Aquello no era algo desconocido para ellos.

Los recursos eran escasos.

Ayudar a otra persona podía significar sacrificar algo propio.

Y cuando una sociedad contempla suficientes veces una tragedia, incluso algo tan monstruoso como ver morir a alguien frente a tus ojos puede terminar convirtiéndose en parte del paisaje.

Max comenzó a perder fuerzas.

Sus movimientos se hicieron más torpes.

El aire ya no llegaba correctamente a sus pulmones.

Su amigo Sebastián trabajaba junto a él, pero llevaba audífonos y permanecía concentrado en lo suyo.

No se dio cuenta inmediatamente.

Cuando finalmente se quitó los audífonos y miró hacia Max, este ya estaba cerca de perder el conocimiento.

Sebastián reaccionó de inmediato.

Se levantó y corrió hacia él.

Max apenas podía mantenerse consciente.

Sebastián lo sostuvo tomando la máscara con ambas manos y observó el visor.

Leyó la advertencia.

Entendió lo que estaba pasando.

Levantó la mirada hacia el resto de la oficina.

Buscó ayuda.

Los demás trabajadores lo observaron.

Algunos tenían expresiones tristes.

Otros desviaron los ojos.

Nadie se movió.

Max estaba muriendo frente a todo el personal.

Y aun así, la oficina permanecía prácticamente inmóvil.

Sebastián volvió a mirar a su amigo.

No tenía tiempo.

Entonces tomó una decisión.

Actualizó el filtro de su propia máscara.

El mecanismo interno se activó.

Al imprimir el nuevo filtro, la máscara expulsó automáticamente el anterior.

Sebastián lo atrapó rápidamente antes de que cayera.

Su filtro usado todavía conservaba algo de vida útil.

No era una solución.

Solo podía comprar unos segundos.

Pero unos segundos eran más que nada.

Sebastián tomó el filtro desechado y volvió hacia Max.

No podía instalarlo de manera convencional.

Así que dejó de preocuparse por cómo se suponía que debía funcionar el sistema.

Rompió la parte correspondiente al filtro de la máscara de Max.

La estructura cedió.

Sebastián colocó dentro su propio filtro desechado.

Durante unos instantes no ocurrió nada.

Max permaneció tendido en el suelo.

Su cuerpo todavía intentaba respirar.

Sebastián esperó.

Un segundo.

Luego otro.

Hasta que finalmente el oxígeno volvió a circular.

Max inhaló de forma abrupta.

El aire entró violentamente en sus pulmones.

Su cuerpo reaccionó casi por instinto mientras permanecía tendido sobre el suelo de la oficina, recuperándose poco a poco.

Respiró otra vez.

Y otra.

Alrededor de él, los demás continuaban observando en silencio.

Max seguía vivo.

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