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Ainelen y el temible reino de los malditos

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Sinopsis

SINOPSIS En un mundo donde la traición ha dejado cicatrices profundas, Ainelen, una princesa marcada desde pequeña por su carencia de magia y diferencias al resto, decide buscar a su padre tras una misteriosa desaparición, aunque suponga desafiar las estrictas normas de su reino. Deberá ajuntarse con aliados inesperados para el rescate y enfrentarse a la amenaza creciente de los malditos: antiguos humanos condenados por una maldición ancestral. Su viaje la llevará a descubrir el poder del coraje, la esperanza y la verdad sobre su propio origen mientras se enfrenta a monstruos, rivales peligrosos, secretos oscuros y traiciones dolorosas.

Estado:
Extracto
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPÍTULO 1

El día de mi nacimiento el reino de Arwerland se celebró a lo alto, convirtiendo cada aldea en un estallido de luces y música. Hubo banquetes donde la fruta brotaba de las mesas al ritmo de las risas, y los hechiceros, olvidados de sus guardias y centinelas, brindaban por su nueva heredera. Cuando mis padres dieron un paso hacia el balcón de mármol, el clamor del pueblo fue tan ensordecedor que pareció sacudir las nubes.

Me alzaron a la vista de todos como si fuese una señal divina, envuelta de mantos de seda dorada. Mis padres junto a mi hermano mayor, Theodorian, traían puesto unos refinados atuendos blancos adornados en oro y plata, cuyo brillo relucía con fuerza al contacto de la luz exterior.

Aquella multitud de hechiceros también asistieron de blanco, era nuestro color esencial, simbolizaba la pureza y la bondad. Las flores qué rodeaban el balcón eran hermosas, de distintas formas, tamaños y colores, sus suaves tonos transmitan una sensación de serenidad, y un dulce aroma que se desprendían por el ambiente.

Miles de manos se elevaron hacia el cielo, soltando micro esferas de luz de varios colores que crearon una lluvia mágica sobre la plaza. Mi padre se animó a llevarse las manos a las sienes y se despojó del oro con una genuina sonrisa, pensando qué sería gracioso colocármela sobre mi pequeña cabeza. La corona inmensa para mi tamaño, resbaló hasta mis hombros, dándome un aspecto de pequeña y adorable soberana. Mi madre le miró medio confusa, pero no dijo nada, en cambio mi hermano soltó una carcajada cristalina que contagió a los cortesanos y el rey, entre risas, recuperó su corona para devolverla a su lugar.

El pueblo, al ver la faceta más cercana y bromista de sus reyes, estalló en un aplauso cálido, celebrando no solo a una heredera, sino a una familia feliz.

Transcurrieron unos cuantos años...

Una tarde, después de una larga mañana de lluvia salí al jardín, en donde una ráfaga de aire se abalanzó sobre mí, helándome la punta de la nariz y colándose por el cuello del vestido. Fue un choque brusco que me obligó a tensar los hombros, pero no me detuve, mi cuerpo estaba protegido por el calor del tejido. Ajusté el agarre de mi capa y seguí adelante.

Mis zapatos aplastaban la hierba mojada a un ritmo constante, observando las gotas de lluvia que temblaban en las hojas, y los arbustos repletos de geranios moverse a merced del gélido viento.

Al final de un sendero de piedra, vi a una extraña mariposa posándose sobre la superficie de una estatua representativa de reno. Levanté la mano muy despacio con el deseo de sentir el tacto de sus irreales alas, cuyo color me fascinó por completo. Era semblante al zafiro pero con un ligero matiz rosado, jamás había visto algo parecido.

En el segundo qué sintió el calor de mis dedos, la mariposa desplegó sus alas con un aleteo rítmico y se elevó. Sin pensarlo, la perseguí entusiasma, estirando los brazos con la intención de atraparla, a pesar de la distancia. Esquivé los charcos que la lluvia dejó, sintiendo el aire frío golpeándome el rostro y haciéndome soltar una carcajada llena de vida. Correr me devolvió el calor en aquel rato, mi vestido blanco ondeaba a mi alrededor como una bandera mientras ella subía y bajaba, burlándose de mi torpeza con su agilidad aérea.

Tenía la vista tan clavada a la mariposa qué ignore todo mi alrededor, hasta qué choqué contra una columna de arcos y caí al suelo. Solté un bufido de vergüenza, por suerte apenas me hice daño, tan solo unos rasguños en las palmas de las manos y un escozor de pocos golpes en las rodillas. Me puse en pie algo aturdida por el impacto, me limpié el barro de los guantes y sacudí el polvo de mi vestido.

Al mirar arriba, la mariposa se posó sobre una margarita sobresaliendo de una planta trepadora. Me acerqué en un solo paso, observando con los ojos muy abiertos como sus alas se camuflaban a la perfección de los pétalos, cuyo color eran idénticos, tan vibrante y profundo como si ambos seres hubieran sido pintados con el mismo pincel.

—Si ese color simbolizará algo, seria la belleza —pensé.

La mariposa de nuevo salió volando, esta vez la altura fue tal qué no pude seguirla, se camuflo entre las ramas de los arboles y la perdí de vista. Pero no le di más importancia, ahora quería tener aquella insólita margarita en mis manos. Levanté el brazo estirándolo por completo, sin embargó, estando de puntillas apenas la alcanzaba.

Entonces, decidí alejarme para buscar ayuda. Pocos minutos después encontré a mi madre a lo lejos, paseando en solitario con su elegancia serena de siempre, y me lancé hacia ella con la urgencia. Al llegar a su lado, jadeando y con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el frío, la agarré de la mano para arrastrarla hacia el arbusto.

—¡Madre! —chillé, con una sonrisa que apenas cabía en mi pequeño rostro.

Ella dio un respingo, y se giró rápidamente, envolviéndose más en su capa turquesa, a juego con su mirada.

—Hija, ¿qué diantres haces aquí? Hace demasiado frío para que estés fuera —me regañó.

—Necesito tu ayuda —pedí ansiosa.

Eludiendo mi súplica, me agarró de las manos para analizarlas.

—Tienes los guantes manchados —exclamó sin ningún ápice de agrado. A veces, ella podía ser un poco severa.

—Es qué me caí... —tartamudeé.

—¿Te has echo daño? —preguntó con algo de aspereza.

—Un poco —me levanté la falda, mostrándole los golpes.

Ella se llevo una mano en la frente y soltó un jadeó.

—Pero qué torpe eres —murmuró.

—Por favor, ayúdame a recoger una flor —persistí.

—¿Una flor? —encarnó una ceja.

—Sí, sí, sí, sí... —respondí con gran ahínco.

Me miró desde su altura, con una amargura qué me congeló la sonrisa.

—Esta bien, ¿cuál es?

—Sígueme —dije, y sin perder el entusiasmo. Le cogí la mano y la guie.

Mis pies bailaban sobre la piedra del sendero mientras ignoraba los suspiros de desgana que ella soltaba a mis espaldas. Estaba convencida de que la belleza qué nos esperaba en el jardín acabaría por contagiarla también.

Al llegar allí, la flor pareció herirla. El rostro de mi madre se desencajó en una mueca de enfado y pavor que no supe comprender.

—¿Te gusta? —le pregunté con el corazón todavía lleno de luz.

Ella no respondió. Se acercó a la margarita y, la desgarró de su base con un tirón seco, carente de toda delicadeza.

Aquel acto tan brusco me encogió el corazón. —Cuidado, puedes estropearla —le pedí con la voz temblorosa. Me miró fijamente, con una indiferencia que me dolió más qué cualquier golpe. —Cuando una flor pierde su conexión con su raíz, se marchita —sentenció. Sus palabras no fueron una explicación, sino una advertencia desprovista de emoción. —No importa, yo la cuidaré —insistí, expandiendo mis manos hacía ella. Pero ella cerró el puño con una fuerza lenta y deliberada, aplastando los pétalos. Ver aquella belleza destrozándose, hizo qué mis ojos se nublasen por las lágrimas. —¿Por qué has echo eso? —le pregunté con la voz quebrada, ansiando saber alguna explicación de comportamiento.

Madre se inclinó enfrente mío.

—Si vuelves a ver otro color igual, me avisas enseguida —ordeno, mientras la hostilidad destacaba en sus pupilas turquesas.

La alegría que me había traído hasta aquí se evaporó por completo. Humillada y confundida por su hostilidad, bajé la vista al suelo, procurando contener los sollozos.

—¿De acuerdo? —repitió.

—Sí, madre... —asentí.

Ella no perdió el tiempo en levantarse y darse la vuelta. Yo permanecí allí quieta, viendo como se alejaba con insólita flor a dentro de su puño cerrado, al tiempo qué me consumía a preguntas.

¿Por qué se enfureció tanto?

¿Que había de malo en el espléndido color de la margarita?

Tan solo era una color. Y lo más molesto es que se fuera como si nada, y sin ninguna respuesta clara.

—Si vuelves a ver otro color igual, me avisas enseguida —repetí murmurándole al viento, en vez de a ella. Su figura se perdió tras los lejanos arcos.

Deje caer las lágrimas en mis rosáceas mejillas, y seguí deambulando por el jardín.

Más tarde, en cuanto el cielo empezaba a aclararse y los rayos del sol al fin se esparcieron iluminando la vegetación celeste, me crucé con mi hermano Theodorian. Estaba apoyado contra una columna de cristal, observando hacía arriba mientras comía una pera. Seguí la trayectoria de sus ojos dorados, y descubrí un curioso arco de diversos colores en el cielo. Descendía desde las nubes y se unía con la tierra.

—¿Que es eso? —pregunté fascinada, sin apartar la vista.

—Eso es un arcoíris —respondió afectuosamente.

—¿Un arco iris? —repetí embobada.

Theo soltó una suave risa.

Un tirabuzón de mi cabello sobresalió del velo bordado qué traía puesto, cayendo como una bucle de obsidiana sobre mi hombro. Era un negro absoluto, denso y sin reflejos. Un color estrictamente ilegítimo en el reino, qué lo asociaban con la oscuridad, y según mis pocos conocimientos, también con la maldad, cuya mi desdicha suerte solo yo lo herede.

—Así es —se agachó, y me colocó el mechón rebelde a dentro del velo—. Debes procurar qué todo tu cabello permanezca oculto.

Resoplé.

—Los demás no se esconden el cabello ni las manos bajo telas —repliqué.

—Los demás no tienen qué esconder nada, tú sí, hermana. Recuérdalo por tu bien —recalcó.

Molesta, bajé la cabeza y me crucé de brazos.

—No es justo —refunfuñe.

Sonrió perezoso.

—Cuando seas mayor lo comprenderás, aún eres muy pequeña —contestó, tiñendo su voz de suavidad.

—Siempre dices lo mismo.

—Y seguiremos contestando lo mismo. Ainelen, no seas tan testaruda.

Desde qué nací, nunca me consideraron una hechicera más por mis rarezas físicas. Todos tenían las orejas muy afiladas e alargadas, y la yema de los dedos más puntiagudas que un diamante, en cambio, mis orejas eran más pequeñas, con la punta ligeramente redondeada, mis dedos no eran puntiagudos y mis ojos tampoco destacaban al igual que el resto.

Mientras los hechiceros presentaban miradas de relucientes y vivaces colores; como doradas, azules, rosadas, anaranjadas, e incluso blancas, la mía era un simple marrón terroso y opaco, semblante al del tronco de un árbol a media noche. Y aunque aquellos rasgos pareciesen insignificantes, para mi familia era un estigma qué me acostumbraron a ocultar.

No importaba como, si bajo elegantes telas, bordadas o simples, debía evitar qué se exhibieran a la vista del resto, sobre todo mi cabello.

Ni siquiera mis propios padres conocían la razón de mis desemejanzas, y algo me dice qué yo tampoco lograría saberlo. Una incertidumbre qué al paso del tiempo, me consumía cada vez más.

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