PRÓLOGO
El agua del Nilo transcurría y llevaba consigo la promesa de una tierra bendecida. Su superficie reflejaba el cielo al amanecer y, en sus márgenes, brotaban los cultivos. Los mortales levantaban templos con bloques de piedra destinados a perdurar durante siglos.
Pero entre ellos caminaban los dioses, seres cuya estatura eclipsaba a la de cualquier hombre. El oro corría por sus venas en lugar de sangre, y podían adoptar a voluntad la forma de aterradoras bestias.
Osiris gobernaba las tierras bañadas por el río. Su hermano, Set, regía allí donde el viento arrastraba la arena entre las dunas.
Durante mil años, los hermanos mantuvieron la paz.
Hoy, esa paz terminaría.








