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SILENCIO Y REDENCIÓN

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Sinopsis

Historia ambientada en el imperio mexica durante una de sus épocas más duras, donde el hambre, la pobreza y una deuda con los dioses moldean cada decisión de sus personajes.

Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Vapor y obsidiana

El temazcal del calpulli estaba listo, se podían ver las olas de calor saliendo del horno, como esas que se ven en los caminos con las altas temperaturas. Dentro de la sala de vapor se encontraba Xochitl, con dolores de parto; su rostro empapado de sudor, ojos apretados y boca al borde del llanto.

El aire era denso y sofocante.

Su amiga Citlali le pidió que no tuviera temor; la miró con compasión ocultando la incertidumbre en un falso entusiasmo, la ayudó a levantarse. Tomó la mano de Xochitl con fuerza —se notaba temblorosa— y, junto a otra amiga más, la llevaron a su casa, muy cerca del temazcal.

El piso se sentía más frío y seco que nunca, el sol del atardecer brindaba una luz difusa en el camino.

Xochitl alcanzó a murmurar: —Tranquila, estaré bien —dirigiéndose a Citlali, que se notaba angustiada.

Citlali la miró a los ojos por un instante, pero apartó la mirada de inmediato, volteó en su lugar al frente, concentrada en el camino.

En la casa ya esperaba Nextli, la partera que la ayudaría.

—Recuéstate —dijo Nextli, mientras señalaba el petate tendido en el suelo.

Las llamas del fogón mostraban a medias el rostro arrugado de Nextli, pero de confianza absoluta. No necesitaba palabras de aliento para asegurar que todo saldría bien.

Había sido la partera de aquel calpulli durante mucho tiempo y era la única que Xochitl conocía. La joven había nacido en ese calpulli y, para ella, no había otra opción.

Xochitl tomó valor inspirada por la actitud de Nextli, que invitaba a la tranquilidad. Se recostó en el petate, dando la espalda a la partera y mirando a Citlali, que se mantuvo dentro de la casa.

Nextli la tomó por detrás, sosteniendo los brazos, y dio indicaciones ahora muy autoritarias, sin dejar lugar a réplicas.

Citlali nunca la dejó sola; al contrario, se mantuvo allí en todo momento. Para Xochitl, sin embargo, esto resultó contraproducente.

No quería morir como una guerrera en el parto. Sabía que la muerte en el parto era común y que para su calpulli una muerte así sería vista como una proeza admirable, pero no era lo que ella deseaba; las miradas vidriosas de Citlali y los movimientos caóticos y claramente angustiantes de sus manos la hacían sentir que algo saldría mal.

Encontró fuerzas para continuar.

Fueron momentos de un dolor tan intenso que Xochitl olvidó su propia vida; solo deseaba dejar de sentir, y la idea de morir ya no le parecía tan desagradable.

El tiempo pasaba lento y, cada segundo adicional, Xochitl se quejaba con más fuerza, pero, como todo, el dolor terminó: en segundos se degradó a apenas molestia y finalmente en calma. Por un momento, lo único que se escuchaba era el crujido de la leña convirtiéndose en brasas y el resoplido de las llamas tomando aire.

El llanto de un bebé rompió finalmente la corta calma silenciosa.

Xochitl se miraba aliviada, Citlali soltó un suspiro de alivio y mostró un nuevo semblante, ahora con los ojos vivos, abiertos y llenos de lágrimas.

Nextli, por otro lado, se mantuvo estoica y anunció el sexo de la recién nacida casi sin mostrar reacción, como si ella siempre hubiera conocido el destino de Xochitl y de su nueva hija. Xochitl parecía ignorar que estuvo a punto de morir y no cabía de felicidad.

Aunque exhausta, sabía que su hija sería bienvenida en el calpulli; era su primogénita.

La miró con dulzura y, aún con el semblante agotado, dijo mirando a la infante: —Qué hermosa eres, ojalá tu padre te pudiera ver en este momento.

A un kilómetro de Tenochtitlan, el sol del atardecer no iluminaba los caminos del calpulli, En su lugar, la luz del atardecer revelaba una tierra irregular, pedregosa y grisácea, atrapada entre dos volcanes, dónde Macua, el esposo de Xochitl, esperaba sentado sobre una gran roca, miraba a través del bosque. A lo lejos, entre los árboles, se distinguía una hilera de cuevas, arriba se visualizaba la boca imponente y amenazadora del volcán

El sonido de una carrera torpe lo hizo apartar la mirada. Necalli se acercaba a él, jadeando.

—Ya conté a esos inmundos chalcas. Son aproximadamente cincuenta hombres. Nos superan, Macua —dijo Necalli, agitado, mientras apoyaba las manos sobre sus propias rodillas y se inclinaba para recuperar el aliento.

Macua bajó la mirada por un instante y volvió a dirigirla hacia las cuevas.

—Vigila. Avísame en cuanto lleguen a las cuevas —dijo Macua, bajando de la roca y caminando hacia el bosque.

La luz del día comenzaba a extinguirse. Tonos cada vez más azules teñían las rocas claras de las montañas.

Macua se aproximó a sus hombres, que esperaban en otra cueva, de pie frente a ellos, guardó silencio durante unos instantes. Lo miraban con expectativa. Ikni se puso de pie y se acercó a Macua, quedándose justo a su lado.

—Los chalcas nos superan en más del doble. Cuando recién amanezca los atacaremos, pero no sé preocupen aún así no tendrán oportunidad, ya sabemos dónde dormirán esta noche.

—Ya están en las cuevas. Identifiqué por lo menos ocho vigías que se separaron y quedaron desprotegidos —dijo Necalli, que acababa de llegar.

—En cuanto claree el cielo, ataremos a los vigías y luego atacaremos a todos mientras duermen.

Todos los hombres aceptaron verbalmente.

Ikni se quedó un momento más frente al grupo mientras Macua se alejaba. Miró los rostros de sus compañeros: flacos, cansados, los estragos de la limitada comida eran evidentes.

Llevó las manos a su propio rostro y sintió sus pómulos ya marcados, sus labios secos y agrietados. Después miró a Necalli, que permanecía allí, a un lado.

—Estamos en desventaja. Además esos chalcas afeminados traen consigo algunos otontin, y esos excrementos sí saben batallar. Deberías comer Ikni —dijo Necalli con su voz grave

Ikni no respondió. Se dirigió hacia Macua, alejado de la cueva, ya se encontraba afilando las obsidianas de su macuahuitl,

—Pobre del chalca que serruches con eso

Macua hasta entonces descubrió la llegada de su amigo.

—Esta vez será más difícil, pero los dioses están de nuestro lado Ikni

Un momento de seriedad se apoderó de los siguientes instantes, Macua e Ikni miraron al bosque como si fuera más sencillo ver los pinos gigantes, que hablar.

—Macua, podrías reconsiderar esto, todos estamos hambrientos.

Macua alterno su mirada entre el gran bosque y a su amigo.

—Si tienes hambre, pues come, come todo lo que tengas, al terminar con los chalcas habrá más comida — dijo Macua manteniendo los ojos en el gran bosque, no quería que se le notaran las dudas dentro de él.

Conocía a los Otontin y sabía que no sería una tarea fácil, incluso sabía que podrían fallar.

—¿Vale la pena? —preguntó Ikni levantando la vista hacia su amigo, con sus cejas caídas y ojos apagados.

—Los hermanos de nuestro Tlatoani fueron ejecutados por ellos. Si nosotros le damos algo de venganza, él podría favorecernos, no solo a mí, a ti también.

Ikni observó, como si buscara pistas de información en el rostro severo de Macua.

—¿Todo bien? Preguntó Necalli que recién se acercaba a la dupla.

Macua y Ikni cruzaron miradas, como preguntando si el otro sabía desde cuándo estaba ahí

—¿Y cazar a estos chalcas hará que salgan los líderes de Chalco? —preguntó con molestia Ikni

—Los espías dicen que en el grupo viene un líder militar que participó en la captura de los hermanos de Moctezuma —contestó Necalli casi inexpresivo

—Más razones para pensar que ese grupo está lo suficientemente preparado para nuestro encuentro, ¿No creen?

—No te confundas, Ikni. Esta podrá ser mi primera misión, pero no es la primera vez que me enfrento a algo similar.

Lo dijo con tal autoridad que dejó a Ikni sin respuesta. Macua no había elevado la voz. No lo necesitaba. Hablaba con la firmeza de un gobernante y la seguridad de una partera que había hablado de tú a tú con los dioses.

Macua se acercó y dirigió a sus hombres, como si Ikni hubiera detonado su versión más osada.

—Coman todo lo que tengan, mañana tendremos más, luego de deshacernos de los chalcas. No enciendan fuego, abríguense con lo que tengan, descansen lo más que puedan.

De regreso con Ikni y Necalli, este último se retiró; Macua se quedó nuevamente a solas con su amigo. Lo veía asustado, sus ojos se perdían en el bosque, anclando quién sabe qué pensamientos en los grandes árboles de la zona.

Finalmente, Ikni suspiró, el aire fresco que flotaba en aquellas rocas negras de hermoso contraste resultaba revitalizador, pero que posiblemente fuera el lugar de sus muertes.

—Y si no podemos con ellos, Macua, ¿deberías reservar algo de comida para el regreso?

—Si no podemos con ellos, de igual forma no vamos a ocupar más comida, amigo.

Ikni alzó la mirada de golpe, sus ojos se encontraron con los de Macua. Pero ninguno tuvo que pronunciar más palabras, ya no hacía falta

Ikni no se atrevió a cuestionar más, prefirió intentar descansar en la cueva. Macua se quedó solo.

Puso su macuahuitl sobre las rodillas y miró los reflejos en la obsidiana, los últimos destellos del sol que dibujaban los patrones creados por el bosque.

Miró el cielo, ya de azul oscuro. Sus labios se movieron como si deseara hablar, como si hubiera susurrado algo que nadie más logró escuchar.

En la cueva Ikni vio a un joven que parecía intranquilo.

—¿Cómo te llamas?

—Tenoch

—¿Es tu primera misión?

—Sí

—Bueno pues quédate tranquilo, Macua sabe lo que hace, Come un poco.

Ikni se apartó para buscar dónde descansar

—¿Y si ellos nos ganan?

Ikni vio al muchacho, parecía de algunos 19 años de edad, los ojos ojerosos, pero con el brillo que solo los jóvenes conservan.

—No pienses en ello, nosotros ganaremos, dijo lanzando una sonrisa, que al girar el rostro desdibujó.

—Adios —dijo Ikni, ya de espaldas

—No, no es adiós, es hasta luego

—Tienes razón —contestó Ikni recobrando por un momento la atención en el muchacho

Cuando la penumbra y el frío se apoderó del lugar nadie podía realmente descansar, algunos dormían a ratos, la euforia en la atmósfera no dejaba a nadie indiferente.

Necalli no intentó siquiera dormir, se mantenía en la boca de la cueva y miraba eventualmente a el grupo detrás.

Cuando el cielo comenzó a aclararse hasta adquirir un tono azul pálido, Macua reunió a los hombres y les explicó su plan. Les indicó cómo acabarían con los vigías, atacarían en parejas y continuarían avanzando sin detenerse.

Después emprendieron el camino hacia las cuevas donde sabían que los chalcas dormían.

El aire húmedo y frío disipó cualquier rastro de sueño en los hombres que, hasta hacía unos instantes, todavía bostezaban. La neblina reducía la visibilidad a unos cuantos pasos.

Necalli iba al frente e indicaba por dónde continuar. Parecía conocer el camino a la perfección.

Cada paso se sentía como un salto de fe. El silencio era casi absoluto; los crujidos de las pisadas apenas podían escucharse a unos cuantos pasos de distancia.

Necalli levantó una mano y señaló al primer vigía.

La escena funciona bien porque transmite la tensión sin explicarla demasiado. Solo puliría algunas construcciones para que la reacción de Ikni se sienta más inmediata y física:

Macua lo observó durante unos segundos. Frunció el ceño, esforzándose por distinguir algo entre la niebla, y después se volvió hacia el grupo. Parecía buscar a alguien entre los hombres.

Cuando encontró a Ikni, hizo una breve señal con las manos, dirigida tanto a él como a Tenoch.

El frío se le filtró de golpe hasta los pulmones. Ikni sintió el impulso de preguntar por qué los había elegido precisamente a ellos.

Pero no lo hizo.

Macua se alejó con sigilo junto con el resto del grupo. Ikni los observó desaparecer rápidamente entre la niebla y luego volvió la mirada hacia Tenoch.

El muchacho soltó el macuahuitl y conservó únicamente la daga. A Ikni le sorprendió el gesto. Después de un instante, hizo lo mismo.

Se acercó sigilosamente. Tomó el brazo del chalca, justo donde sostenía el macuahuitl, y con la mano libre le cubrió la boca.

Casi al instante, Tenoch encajó la daga en su cuello. El corte fue torpe y estuvo a punto de quebrar la hoja. Sin detenerse, continuó con una serie de puñaladas en distintos puntos del cuerpo, hasta que el hombre dejó de mostrar signos de vida.

—Eso te mereces, inmundo excremento.

Ikni se quedó sorprendido al escuchar aquellas palabras.

El joven que antes se había mostrado tan nervioso ahora parecía capaz de matar sin titubear.

—¡Hey! Tranquilo. Este hombre no quería venir a morir aquí. Está aquí porque alguien más decidió que debía hacerlo.

Tenoch lo miró durante un instante, pero no respondió.

Caminaron en la dirección que Macua había tomado. Poco después encontraron otro vigía abatido. Aquello les confirmó que iban por el camino correcto.

Continuaron avanzando entre la neblina hasta que escucharon voces.

—¡Nos atacan! ¡Despierten!

Siguieron el sonido, que se volvía cada vez más caótico a medida que se acercaban.

De pronto, el canto de un cenzontle hizo que Ikni levantara la mirada. Por un instante, alcanzó a distinguir la silueta del ave sobrevolando entre la niebla, cuando volvió la vista al camino, una estocada de macuahuitl surgió de entre la densa niebla y estuvo a punto de alcanzarlo. Ikni blandió el suyo por puro reflejo. Todavía no había logrado ver el rostro de su atacante cuando el sonido del golpe llegó a sus oídos y una vibración seca recorrió el mango de madera.

El chalca cayó de espaldas con la mandíbula desencajada. Estaba inconsciente, pero aún respiraba.

Ikni tomó su daga y se la clavó limpiamente en el cuello. Un chorro de sangre le cubrió el brazo.

Entonces vio el rostro de Tenoch.

Estaba asustado, completamente paralizado.

—Vamos —tuvo que ordenarle Ikni para hacerlo reaccionar.

—Sí... sí, vamos. Ese hombre casi te mata —dijo Tenoch mientras lo seguía.

Ikni no respondió. Se limitó a mirarlo de reojo mientras intentaba distinguir nuevamente la dirección de los gritos. Durante el enfrentamiento habían perdido el rumbo.

—Es por aquí —dijo finalmente.

Avanzaron unos instantes más.

Una lanza pasó silbando muy cerca de ellos.

Ambos rostros quedaron encontrados al seguir el sonido, y al retomar la vista en la dirección de origen de la lanza, vieron que apareció un hombre que corría directamente hacia Tenoch, impulsado por una furia casi desquiciada.

Ikni lo interceptó y, de un fuerte empujón, lo arrojó al suelo, casi frente a Tenoch que permanecía inmóvil,

Ikni se inclinó, sobre el hombre tirado, tenía su daga en mano, había soltado el macuahuitl, estaba dispuesto a degollarlo, cuando el sonido de una carrera lo obligó a mirar a su costado, otro hombre, al que Ikni no había advertido, lanzó una estocada contra él.

Ikni aún agachado, levantó el macuahuitl justo a tiempo para detener el golpe.

¡Tac!

El primer impacto hizo vibrar la madera.

¡Tac!

El segundo resonó en medio del caos.

Al tercero, Ikni encontró un espacio y su macuahuitl abrió el vientre del adversario.

El hombre bajó la mirada, confundido, como si necesitara ver con sus propios ojos lo que acababa de suceder. Cuando volvió a levantar la cabeza, Ikni ya de pie, le descargó un golpe con el lomo del macuahuitl.

La madera produjo un sonido hueco contra su cabeza y el hombre se desplomó.

Ikni giró de inmediato en busca del hombre que había derribado momentos antes.

Tenoch estaba de pie sobre él, con la daga todavía en la mano.

El chalca tenía el cuello abierto.

Ambos se encontraron con los ojos, sin pronunciar palabras, el sonido de fondo seguía siendo el mismo, de batalla, pero en el estrecho espacio que la neblina concede visible, el sonido era el de la respiración agitada de Ikni.

Intentaron avanzar, a los pocos instantes distinguieron entre la neblina a dos hombres que caminaban con un estilo retador, y al lado izquierdo de ellos muy cerca, otros dos más aparecieron.

Tenoch e Ikni levantaron sus macuahuitl. Y antes de que pudieran aproximarse más, Macua y otro mexica aparecieron detrás de los chalcas. Atacaron a los dos que estaban ligeramente más atrás, los últimos en aparecer, Ikni apenas alcanzó a ver los primeros destellos de pelea, cuando ya tenían a los dos chalcas frente a ellos.

Cuando lanzó su primera estocada, escuchó como a un lado, Tenoch ya había realizado su primer ataque.

El sonido de la madera y la obsidiana chocando se volvió errático, sin ritmo ni orden. Golpes y el raspar de pies contra la tierra se mezclaron en medio de la niebla mientras los ocho hombres se enfrentaban.

Después de unos instantes, los cuatro chalcas yacían abatidos.

Ikni esforzó la vista y miró a su alrededor. A través de la neblina comenzó a distinguir siluetas que aparecían y desaparecían entre el humo blanco. Había combates por todas partes.

No supo en qué momento había ocurrido, pero ya estaba dentro de la batalla.

Ya no necesitaba buscar ni seguir el sonido de los golpes.

Entonces lo vio.

Un chalca vestido de manera distinta a los demás intentaba ocultarse detrás de una roca. Ikni se apresuró hacia él antes de que pudiera escapar. Lo alcanzó, lo tomó del cabello y tiró de él hacia atrás. Con la otra mano le colocó la daga contra el cuello.

—¿Quién eres? —exigió.

—Espera —gritó Macua mientras se acercaba.

Ikni volvió la vista hacia el chalca. No pronunció palabra ni parecía dispuesto a hacerlo.

Necalli también se aproximó. Ikni no supo de dónde habían salido sus compañeros; aparecían de entre la penumbra, como si la propia niebla los hubiera devuelto.

—Inmundo estúpido, habla o morirás como tus compañeros: podridos, tragados por las moscas y las bestias del bosque —dijo Necalli con una voz grave, carente de toda empatía.

Macua elevó su macuahuitl en una clara amenaza.

Ikni distinguió los pequeños trozos de piel adheridos a las afiladas obsidianas.

Entonces buscó repentinamente a su alrededor.

Y detrás de él.

Buscó a Tenoch.

No estaba.

El ruido de la batalla había disminuido hasta convertirse en un murmullo lejano. Quizá ya había terminado.

—¡Tenoch!

Ikni juntó las manos frente a la boca, formando un cono para amplificar la voz.

No hubo respuesta.

Caminó entre los cuerpos, apartando la mirada de unos y examinando otros. La mayoría eran chalcas.

Hasta entonces no había reparado en el olor.

El hedor de los cuerpos se había extendido por el lugar y comenzaba a sobreponerse al aroma húmedo del bosque: una mezcla de sangre, excremento y carne que empezaba a corromperse.

También había mexicas registrando las ropas y pertenencias de los muertos.

Ikni entró en una de las cuevas.

Allí el olor se volvió insoportable.

Entonces lo vio.

Tenoch estaba recostado contra la pared de la cueva. Todavía se movía.

Ikni corrió hacia él y se arrodilló a su lado.

—Tenoch, ¿qué sucedió?

El muchacho abrió los ojos con dificultad.

—¿Ganamos?

Ikni miró sus heridas.

Una enorme rajada le atravesaba la pierna. La sangre había empapado sus ropas y formaba un charco bajo su cuerpo.

—¿Qué importa eso?

Tenoch respiró con dificultad.

—¿Ganamos? —insistió.

Ikni lo observó durante unos segundos.

—Sí. Ganamos, Tenoch.

El muchacho pareció relajarse.

—Ahora sí es un adiós, Ikni.

Cerró los ojos.

Ikni no lloró.

Se quedó mirando fijamente el charco de sangre. Apretó los puños y los apoyó contra el suelo, como si quisiera empujarlo, como si pudiera obligarlo a devolverle aquello que acababa de quitarle.

Después observó el rostro de Tenoch.

Imaginó, sobre sus párpados ya inertes, aquellos ojos llenos de brillo que había visto cuando todavía estaba vivo.

De pronto se escuchó un grito entre la neblina.

—¿Quién eres?

Ikni miró por última vez al muchacho y después se volvió. Debía continuar con su deber.

Caminó entre los cuerpos hasta encontrar una lanza tirada en el suelo. La recogió y regresó junto al chalca desconocido.

Ni Necalli ni Macua habían conseguido hacerlo hablar. El hombre ya tenía el rostro marcado por los golpes y permanecía sentado en el suelo, con las piernas abiertas y la espalda apoyada contra una roca.

Ikni empuñó la lanza con ambas manos y la clavó en el suelo, justo entre las piernas del chalca. La punta quedó a escasos centímetro de sus testículos.

El hombre soltó un grito ahogado y se apartó cuanto pudo al comprender lo cerca que había estado de ser atravesado.

Ikni mantuvo la lanza en su sitio.

—La siguiente no fallaré. ¿Quién eres?

El hombre levantó la mirada y clavó los ojos en Ikni. Este no mostraba una furia evidente en el rostro, pero había algo en su expresión que resultaba más inquietante: una frialdad que no parecía dispuesta a doblegarse ante la mirada del chalca.

Ikni volvió a sujetar la lanza y la levantó ligeramente, como si estuviera a punto de arrojarla.

El chalca apartó la mirada.

—Soy Tomay Huaraca. Soy capitán del ejército chalca otonti —respondió apresuradamente, agachando la cabeza.

Ikni y Macua cruzaron miradas.

No necesitaron decir nada.

Sabían que, con toda seguridad, aquel era el chalca que habían venido a capturar.

—Te dije que lo lograríamos, Ikni. Te lo dije.

La frase de Macua estaba cargada de orgullo. Pero, en lugar de contagiarle aquella satisfacción, provocó que Ikni bajara la mirada.

Apenas unos pasos detrás de ellos, el cuerpo de Tenoch permanecía inmóvil entre la neblina.

Macua se notó asombrado, pero no indagó.

—Busquen comida, Acatl pon una fogata, necesitamos descansar —dicto Macua llevando la voz

Ikni parecía haber recobrado algo de cordura luego de momentos de mostrarse perdido, junto con la cordura llegó el cansancio, el hambre, y el sueño.

La neblina había cedido y el sol ya pintaba la desoladora y cruda escena, ahora la vista alcanzaba para ver todo, todos los mexicas y chalcas sin vida.

Buscó comida, buscó entre los cuerpos y comía mientras buscaba, ya no le importaban los olores y colores. Tomó unos tamales de un chalca tirado, de pronto sintió náuseas, y prefirió guardar la comida antes de continuar comiendo.

En los momentos posteriores, Ikni se sentó al lado de la fogata, comió un poco más. Aunque quería evitarlo, miró por un momento los cuerpos, cuando su mirada lo traicionó. Un pequeño crujido, apenas audible, provocó que cambiara su atención a una rama tirada: era un cenzontle, que solo miraba, haciendo movimientos de cabeza rígidos, como si buscara algo, hasta que encontró a Ikni. Él sintió por un momento algo de paz, como si el ave le hiciera olvidar, solo por un instante, que acababa de estar en una batalla, pero se esfumó junto con el ave que voló.

—Ikni, debemos cremar los cuerpos —le dijo Macua, sacando a Ikni de su introspección.

No dijo nada se levantó y buscó los cuerpos mexicas, los juntaron en una pila, que ya tenía madera, el sol ya estaba pegando de lleno en los rostros de todos, quemaba en la piel, la sed se sentía peor que nunca.

Cuando llegó la hora Necalli incendio los cuerpos de sus compañeros, no había tristeza en el rostros de nadie, salvó en Ikni.

—Ellos ahora nos esperan en la casa del sol, los veremos cuando nos llegue el turno —dijo Macua acercándose a Ikni.

—Guarden comida y agua, partimos a medio día —Gritó ahora Macua

Marcando el inicio del camino de regreso. De regreso a casa.

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