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BASTABA CON TOCARLA

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Sinopsis

Magui era la chica más tímida y reservada del barrio. Durante años pensé que ni siquiera sabía que yo existía… hasta que una noche, después de una fiesta, descubrí que la atracción era mutua. Lo que comenzó como un inocente noviazgo terminó llevándonos a una noche que jamás olvidaré. Estábamos solos, éramos jóvenes y todo parecía perfecto… pero descubrí algo completamente inesperado sobre ella: Magui era tan sensible que, literalmente, bastaba con tocarla para que perdiera el control. Aquella fue solo la primera de muchas aventuras que vivimos juntos…

Genero:
Erotica
Autor/a:
Gael_Noir69
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

BASTABA CON TOCARLA

Tenía aproximadamente diecinueve años, vivía en una ciudad pequeña, en el barrio donde vivía había una chica que siempre llamaba especialmente mi atención.

Se llamaba Magui.

Tenía más o menos mi misma edad y era, sin exagerar, una de las chicas más bonitas que había visto. Sin embargo, lo que más me intrigaba de ella no era solamente su belleza. Era su forma de ser.

Magui era extremadamente tímida y reservada. Se dedicaba casi por completo a estudiar, rara vez salía y jamás la veía acompañada de algún chico. Mientras otros jóvenes del barrio se reunían, salían a fiestas o simplemente pasaban el tiempo en las calles conversando, ella parecía vivir en su propio mundo.

Siempre iba y venía de su casa, concentrada en sus estudios y sin llamar demasiado la atención.

Aunque, para mí, era imposible no fijarme en ella.

Durante mucho tiempo me interesó, pero nunca me atreví a decirle nada. A veces nos cruzábamos en el barrio, nos saludábamos y nada más. Yo intentaba descubrir si ella sentía algún interés por mí, pero su timidez hacía imposible saberlo.

Llegué a pensar que simplemente no le importaba.

Estaba completamente equivocado.

Todo comenzó durante una fiesta del barrio.

Recuerdo que aquella noche había bastante gente. Música, conversaciones, risas y el ambiente típico de una reunión entre vecinos. Magui también estaba allí, algo que ya de por sí me sorprendió porque rara vez asistía a ese tipo de eventos.

La vi durante un buen rato.

Pensé en acercarme.

Me arrepentí.

Volví a pensarlo.

Y finalmente reuní valor.

Me acerqué a ella y le pregunté si quería bailar conmigo.

Para mi sorpresa, aceptó.

No sé si fue la música, la conversación o simplemente que aquella noche ambos estábamos más relajados, pero algo cambió entre nosotros. Mientras bailábamos descubrí que Magui era mucho más cercana de lo que yo imaginaba.

Conversamos.

Nos reímos.

Y, por primera vez, tuve la sensación de que tal vez yo también le interesaba.

Después de aquella noche comenzamos a hablar con mayor frecuencia.

Luego llegaron las salidas.

Las caminatas sin rumbo.

Las conversaciones que podían durar horas.

En aquella época no existían los teléfonos celulares como ahora. No había mensajes a cualquier hora ni videollamadas. Si querías hablar con alguien, tenías que ir a buscarlo o esperar el momento para encontrarte con esa persona.

Quizás por eso las relaciones se vivían de una manera diferente.

Cada encuentro tenía más importancia.

Cada conversación era esperada.

Y poco a poco Magui y yo comenzamos a acercarnos cada vez más.

Con el tiempo terminamos convirtiéndonos en novios.

Nuestra relación era bonita. Nos gustaba salir, conversar y simplemente estar juntos. Podíamos pasar horas hablando de cualquier cosa. A veces hacíamos planes para el futuro y otras veces simplemente disfrutábamos del presente.

Sin embargo, aunque ya éramos novios, Magui conservaba esa timidez que siempre la había caracterizado.

Y eso hacía que nuestra relación avanzara lentamente.

Había besos, abrazos y caricias, por supuesto, pero todavía existía cierta barrera entre nosotros. Yo sabía que ella había tenido un novio antes de conocerme y, alguna vez, en medio de nuestras conversaciones, me comentó que estuvo a punto de tener una experiencia íntima con él.

Pero nunca ocurrió.

Cuando le pregunté por qué, simplemente me respondió que, por alguna razón, no había podido.

En aquel momento no insistí.

Nunca imaginé que algún día descubriría la verdadera razón.

Todo ocurrió una noche en la que mis padres tuvieron que salir de viaje.

Se llevaron también a mis hermanos y, por primera vez en bastante tiempo, me quedaría completamente solo en casa.

Era una casa grande, antigua y de tres pisos. Tenía ese ambiente acogedor de las casas viejas, con habitaciones amplias y largos pasillos que durante la noche parecían todavía más grandes.

Y yo estaría completamente solo.

Pensé inmediatamente en Magui.

Así que fui a buscarla.

—Esta noche estoy solo —le dije—. ¿Por qué no vienes? Podemos cocinar algo rico y después ver una película.

Me miró con esa sonrisa tímida que tanto me gustaba.

—Está bien —respondió.

Debo admitir que me entusiasmé.

Pasé parte de la tarde preparando todo. Quería cocinar algo especial y que la noche fuera agradable. No tenía un plan oculto ni sabía exactamente qué iba a ocurrir. Simplemente quería aprovechar la oportunidad de estar tranquilos, solos y sin preocuparnos por la hora.

Cuando Magui llegó, comenzamos a cocinar juntos.

Conversamos.

Nos reímos.

Hubo momentos en los que simplemente nos mirábamos y sonreíamos sin necesidad de decir nada.

La cena salió bastante bien, o al menos eso pensé yo. Después recogimos algunas cosas y nos dirigimos a la sala para ver una película.

Magui vivía con sus hermanas, quienes confiaban mucho en ella. También me conocían y sabían que nuestra relación era seria. Por esa razón, ella no tenía que estar constantemente dando explicaciones sobre la hora en que regresaría.

La noche seguía avanzando.

Y nosotros seguíamos sentados en aquella sala.

La película comenzó.

Pero después de un rato dejamos de prestarle atención.

Primero nos acercamos un poco más.

Luego comenzaron los besos.

Besos tranquilos al principio.

Como tantos otros que ya habíamos compartido.

Pero aquella noche algo era diferente.

Estábamos completamente solos.

No teníamos que preocuparnos por escuchar pasos, por una puerta abriéndose o por alguien interrumpiéndonos.

Solo estábamos Magui y yo.

Los besos comenzaron a hacerse más largos.

Más intensos.

Su respiración empezó a acelerarse.

La mía también.

Y poco a poco mis manos comenzaron a recorrer su cuerpo con una libertad que hasta ese momento ninguno de los dos se había permitido.

Magui siempre utilizaba ropa bastante recatada y holgada. Por eso, aunque éramos novios desde hacía algún tiempo, nunca había podido imaginar realmente la figura que escondía bajo aquella apariencia tímida.

Y debo reconocer que me sorprendí.

Muchísimo.

A medida que la intimidad aumentaba, fui descubriendo un lado de Magui que nunca había imaginado. Seguía siendo tímida, incluso en ese momento, pero ya no apartaba mis manos.

Al contrario.

Su cuerpo reaccionaba a cada caricia.

Yo podía sentir cómo su respiración se hacía cada vez más rápida.

Y el deseo entre nosotros aumentaba con cada minuto.

En determinado momento, ella también comenzó a acariciarme.

La situación había cambiado por completo.

Ya no éramos aquella pareja tímida que unas horas antes estaba preparando la cena y comentando la película.

Estábamos completamente atrapados por el momento.

Recuerdo que, cuando finalmente quedamos desnudos, por un instante simplemente la miré.

Me sorprendió descubrir que Magui parecía haber pensado más en aquella noche de lo que yo imaginaba. Sonrió cuando notó mi sorpresa y me confesó que tenía un presentimiento.

—No sé —me dijo—. Sentía que tal vez esta noche podía pasar algo.

Eso hizo que la situación fuera todavía más intensa.

Volvimos a besarnos.

Comencé a acariciar su cuerpo y, poco a poco, la intimidad entre nosotros fue aumentando.

Pero entonces ocurrió algo completamente inesperado.

Cada vez que la tocaba de una forma más íntima, Magui reaccionaba con una intensidad que me desconcertaba.

Al principio pensé que simplemente estaba nerviosa.

Después pensé que tal vez algo le dolía.

En una de esas ocasiones me detuve inmediatamente.

—¿Estás bien? —le pregunté preocupado.

Ella respiraba profundamente.

—Sí.

—¿Segura?

Asintió.

—Tranquilo. No me duele.

No entendía lo que estaba pasando.

Intentamos calmarnos y continuamos con los besos y las caricias, pero la situación volvió a repetirse. Magui parecía tener una sensibilidad extraordinaria. Su cuerpo reaccionaba de una manera que yo jamás había experimentado con otra mujer.

Volví a detenerme.

—De verdad, dime si te pasa algo.

Ella me miró, un poco avergonzada.

—No me pasa nada malo —me dijo—. Es que siempre soy así.

Aquella respuesta me dejó todavía más confundido.

Me explicó que esa era precisamente una de las razones por las que nunca había logrado avanzar completamente con su anterior novio.

No era porque no quisiera.

No era porque no sintiera deseo.

Era porque, cuando la intimidad aumentaba, sus reacciones se volvían demasiado intensas y terminaba necesitando detenerse.

Yo jamás había escuchado algo parecido.

Y debo admitir que, a mis diecinueve años, tampoco sabía muy bien qué hacer.

Así que intentamos continuar con calma.

Nos besábamos.

Nos deteníamos.

Esperábamos un momento.

Y volvíamos a intentarlo.

Pero la historia parecía repetirse una y otra vez.

Magui se disculpaba.

Yo le decía que no tenía nada de qué disculparse.

Sin embargo, ambos seguíamos queriendo continuar.

La casa estaba en silencio.

La noche avanzaba.

Y nosotros seguíamos intentando entender cómo lograr que aquella primera experiencia juntos fuera cómoda para ambos.

En algún momento buscamos algo que nos ayudara a sentirnos más cómodos y decidimos volver a intentarlo.

Por un instante pareció que esta vez todo iba a resultar diferente.

Pero nuevamente Magui tuvo que detenerse.

Era como si su propio cuerpo no le permitiera avanzar con la tranquilidad que ella quería.

Después de varios intentos, finalmente comenzamos a reírnos de la situación.

No porque no fuera importante, sino porque ambos estábamos nerviosos y aquella noche estaba resultando completamente distinta a lo que habíamos imaginado.

Yo había pensado que sería una cena.

Una película.

Un rato agradable con mi novia.

Y quizás algo más.

Jamás imaginé que terminaría descubriendo algo tan particular sobre ella.

En medio de aquella noche también hubo momentos en los que Magui tomó la iniciativa. Esa era otra de las cosas que me sorprendía.

La chica tímida y reservada que todos conocían parecía desaparecer cuando estábamos solos.

Seguía teniendo vergüenza, claro.

Pero también confiaba en mí.

Y esa confianza hizo que, poco a poco, ambos nos sintiéramos más cómodos.

Al final tuvimos que aceptar que las cosas no iban a salir exactamente como habíamos imaginado.

No logramos completar aquella noche de la manera que inicialmente pensamos.

Pero eso no significó que terminara mal.

Al contrario.

Encontramos nuestra propia forma de disfrutar el momento, entre risas, besos, caricias y una complicidad que después de esa noche sería mucho mayor.

Cuando finalmente todo terminó, nos quedamos acostados durante un largo rato.

La casa seguía completamente en silencio.

La película había terminado hacía mucho tiempo y ninguno de los dos sabía siquiera cómo había terminado.

Magui estaba junto a mí, todavía un poco avergonzada.

Después de unos minutos me miró y dijo:

—Ahora entiendes por qué antes no pude hacerlo.

La miré y sonreí.

Ahora sí entendía.

Durante todo nuestro noviazgo había pensado que Magui era simplemente una chica tímida, tranquila y reservada.

Pero aquella noche descubrí que había mucho más detrás de esa apariencia.

Descubrí algo que jamás había vivido con nadie.

Una sensibilidad tan intensa que podía convertir una simple caricia en una experiencia imposible de controlar.

Bastaba con tocarla.

Y así nació el título de esta historia.

Porque aquella noche, literalmente, bastaba una caricia para que Magui perdiera la tranquilidad que mostraba frente a todo el mundo.

Fue una experiencia extraña.

Intensa.

Divertida en algunos momentos.

Desconcertante en otros.

Pero, sobre todo, inolvidable.

Después de aquella noche nuestra relación cambió.

Ya no existía la misma timidez de antes. Habíamos descubierto una nueva faceta el uno del otro y, poco a poco, fuimos aprendiendo a conocernos mejor.

Y sí…

Con el tiempo vivimos muchas más aventuras.

Algunas fueron incluso más extrañas que aquella primera noche.

Otras fueron divertidas.

Y algunas todavía me hacen sonreír cuando las recuerdo.

Pero esa es otra historia.

Esta fue la primera.

La noche en que invité a Magui a cenar y a ver una película.

La noche en que descubrí que la chica más tímida y reservada del barrio escondía un secreto que jamás habría imaginado.

La noche en que comprendí por qué nunca había podido completar una relación con su anterior novio.

Y la noche en que descubrí algo que nunca volvería a olvidar.

Con Magui, a veces, realmente bastaba con tocarla.

Y si quieren conocer las demás aventuras que vivimos juntos, déjenmelo saber en los comentarios… porque esta fue apenas la primera de muchas historias.

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