Prólogo
VOLVER A CASA SIEMPRE
A veces, el deber es el camino más largo de regreso.
por Alexis Xavier
Obra inédita
Edición no comercial
Reservados todos los derechos. No se permite reproducir,
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ni transmitir toda o alguna parte de esta publicación,
cualquiera sea el medio empleado –electrónico, mecánico,
fotocopia, grabación, etc.–, sin el permiso del titular
del derecho de propiedad intelectual.
Este ejemplar no puede ser vendido.
Integra una limitada Edición Privada
para escritores, editores y amigos.
Queda hecho el depósito que establece la ley N° 11.723.-
Agradecimientos
A todos los hombres y mujeres que alguna vez vistieron —y a quienes todavía visten— el uniforme azul.
A quienes aprendieron que detrás de una jerarquía, un correaje o una chapa de pecho existe algo mucho más profundo: el orgullo de pertenecer, la camaradería silenciosa y el compromiso de estar presentes cuando otros retroceden.
A los que conocieron las guardias interminables, el frío de la madrugada, los procedimientos que parecían no terminar nunca y el peso invisible que muchas veces se lleva de regreso a casa.
A quienes entendieron que ser policía no termina al finalizar un turno. Porque el uniforme puede quedar colgado, pero la vocación, las experiencias y las marcas de la calle permanecen para siempre.
Este libro también es un reconocimiento al compañerismo construido en cada móvil, en cada guardia y en cada operativo; a los códigos que solo comprenden quienes compartieron noches difíciles, riesgos, silencios y pérdidas.
Con respeto y admiración, para todos aquellos que eligieron servir aun sabiendo el costo personal que muchas veces implica hacerlo.
Porque detrás de cada uniforme hay una historia.
Y detrás de cada historia, una vida entera entregada al deber.
Aclaratoria
Todos los personajes y situaciones narradas en este libro
son de ficción, toda semejanza con la realidad
es una mera y simple coincidencia.
Epígrafe
—¿Saben cuál es la primera regla del policía?
Salir íntegro de su casa… y regresar de la misma forma todos los días.
Hagan todo lo necesario.
Pero sigan viviendo.
Volver a casa siempre.
Prólogo
La sirena se apagó dos cuadras antes.
Leonardo Salvatierra apoyó lentamente la espalda contra el capot caliente de su camioneta y dejó caer la vista sobre la pistola que todavía sostenía en la mano derecha. El humo escapaba apenas del caño, perdiéndose en el aire frío de la madrugada.
La calle había quedado vacía.
Siempre quedaba vacía después de los tiros.
A unos metros, las luces azules se reflejaban sobre el asfalto mojado mientras los móviles de apoyo que había enviado Comando comenzaban a llegar sin apuro. Ya nadie corría. Ya nadie gritaba. El miedo terminaba rápido cuando todo acababa.
León observó el arma en silencio.
La Browning descansaba pesada entre sus dedos.
Todavía recordaba la primera vez que le habían entregado una. No esa precisamente. Aquella se la habían cambiado después de su primer enfrentamiento armado. Decían que era el procedimiento, aunque todos sabían que también era una forma silenciosa de sacar de circulación un arma marcada por la muerte.
Otro recuerdo se le vino de golpe.
En aquellos años, los jueves de dieciocho a veinticuatro tenían algo sagrado en la comisaría.
La revista.
A las dieciocho en punto debían estar todos formados sobre un lateral de la dependencia, impecables, esperando la inspección.
El subcomisario recorría lentamente la fila junto al armero, observando cabello, barba, uniforme, correaje y armamento como si cada detalle hablara del hombre que había detrás.
Y hablaba.
El que no cumplía lo sabía antes de escuchar la sanción.
Arresto.
Cinco días.
Diez.
Horas eternas uniformado dentro de la dependencia, viendo pasar el tiempo.
Pero Leonardo jamás había tenido problemas.
Cuidaba el uniforme con una obsesión difícil de explicar. Había mandado a modificar la gorra para que la visera le cubriera mejor los ojos. Cambió botones, entalló la chaquetilla, reemplazó el correaje, adaptó la pistolera y hasta consiguió una corbata de seda negra después de recorrer media ciudad.
Y la pistola…
La Browning belga había terminado convirtiéndose en algo más que un arma reglamentaria.
La había hecho pulir, empavonar y reacondicionar pieza por pieza. El negro azulado brillante del metal parecía nuevo incluso después de años de servicio. Los aparatos de puntería estaban marcados en rojo. El martillo niquelado brillaba bajo cualquier luz.
Incluso lustraba los cartuchos uno por uno.
Sus compañeros se reían.
Le decían fanático.
Tal vez lo era.
Porque detrás de cada detalle había algo mucho más importante que la apariencia.
Orgullo.
Pertenencia.
La necesidad de sentirse parte de algo.
León levantó lentamente la vista hacia los edificios oscuros de la avenida.
Después llegó la brigada.
Y la brigada le enseñó otra cosa.
Que el uniforme no te salvaba.
Que el arma tampoco.
Y que había noches en las que volver a casa dependía apenas de una fracción de segundo… o de quién disparara primero.
Apretó la mandíbula.
En alguna ventana, detrás de alguna cortina, alguien seguramente todavía estaba contando disparos.
Siete.
Tal vez ocho.
Ni él mismo estaba seguro.
Miró otra vez la Browning.
Por primera vez en muchos años, el peso del arma ya no le transmitía orgullo.
Le pesaba como si llevara toda su vida adentro.

P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O - P R Ó L O G O -
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