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La esposa del Jeque

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Sinopsis

Leila, una joven de 15 años turca que vive en la extrema pobreza, en la tribu de los Khattab, toma la drástica decisión de acabar con su vida, saltando de un acantilado, luego de que sus padres, arreglaran un matrimonio por conveniencia con un hombre de 50 años, pero al llegar se da cuenta que no es la única. Farid de 20 años y futuro jeque de la familia Khattab, también está allí para acabar con su vida. Es así como Leila sabrá el secreto del joven y Farid la desgracia de ella, de pronto ambos pactan salvarse mutuamente, él de la muerte y deshonra, si su padre se entera de cómo es en realidad y ella de casarse con un anciano, comienzan una vida juntos, llena de amistad, felicidad y proyectos, toda la tribu los ve como la pareja perfecta, que se profesan un gran amor, sin saber que nunca consumaron realmente su matrimonio. Pero no todo es color de rosas, Marwan Khattab, le sede el lugar de jeque a Farid y con ello la responsabilidad de traer un nuevo integrante a la familia, por su parte Zayane comienza a hostigar a su nuera, ya que para la mujer de nada sirve el amor que se demuestran si los nietos no llegan, por tres años logran evadir sus responsabilidades, hasta que viajan a la ciudad para que Leila se realice una inseminación artificial, pero algo sucede con Farid y es entonces cuando aparece Hafid, su hermano gemelo. Leila no solo descubrirá el secreto mejor guardado de la familia Khattab, también se verá atada a una de las tantas tradiciones que allí aún se practican. ¿Podrá Leila superar todo lo que el destino le tiene preparado? ¿Hafid podrá continuar con la falsa que lo obligan a llevar, haciéndose pasar por Farid? en un lugar donde las mujeres casi no tienen derechos, ¿podrá nacer un amor verdadero?

Genero:
Romance
Autor/a:
CEL1222
Estado:
hace 2 horas
Capítulos:
20
Rating
4.7 (3 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

No es por error

Leila Assad caminaba por las calles de tierra y piedra de su pueblo bajo el sol abrazador, ese mismo que la vio nacer hace poco más de 15 años, el destino la hizo turca, la suerte la ubicó en la tribu del Jeque Khattab, y la desgracia la quiso en una de las tantas familias de campesinos pobres que allí viven.

Leila jamás se quejó de su suerte, ella creció sabiendo que en aquel lugar, las mujeres tenían pocos derechos y más cuando se era tan pobre como ella; el jefe de la tribu era quien decidía la mayoría de las cosas allí, en especial que se cumplieran con las leyes y tradiciones que regían su cultura, para suerte de las jóvenes de la tribu Khattab, su jeque era un hombre piadoso, mucho más que la mayoría de los que poseían ese cargo, una de las grandes cosas que muchas mujeres le agradecían al jeque Khattab Marwan, era que había prohibido los casamientos de niñas menores de 15 años; ese día Leila festejo con su madre, un avance en los derechos de las jóvenes, un alivio para muchas, pero había algo que el jeque Marwan no podía evitar, y era que a partir de los 15 años siempre y cuando se tuviera la autorización de sus padres, las jóvenes podían contraer matrimonio, esto no sería malo para las que estén enamoradas, pero este no era el caso de Leila.

Leila — dijo su madre el día que nació. —Mujer hermosa como la noche.

Leila se preguntaba ¿Qué tenia de hermosa la noche? quizás para los enamorados sería maravillosa, pero para ella solo era oscuridad, como toda su vida. Siguió con su camino, mientras pensaba, en todo y en nada a la vez.

Sus pasos eran lentos, pero decididos, estaba disfrutando de su último paseo, sintiendo el polvo acariciar sus dedos a través de las sandalias, ya rotas y desgastadas de tanto usarlas, y sí que las usaba, la joven no paraba en todo el día, ser la hija de Said Assad, era lo mismo que estar maldita, el hombre no apreciaba ni a su esposa, Misha, solo su hijo Jamil valía algo para el patriarca de la familia, después de todo era hombre; Leila vio con dolor, como su madre se marchitaba día a día, mientras ella crecía y comenzaba a tomar el lugar que según su padre, a todas las mujeres les correspondía, el hogar, lavar, limpiar, cocinar, atender a los hombres como si de reyes se trataran, claro que Leila no se quejaba, ya había aprendido lo que sucedía con su madre cuando lo hacía.

Misha trato de darle amor a su hija, hizo todo lo que estuvo en sus manos, para que quizás su Leila tenga una oportunidad de tener una mejor vida, fue por eso por lo que, a escondidas, le enseñó a leer y escribir, algo que para Said no era importante para las mujeres, mucho menos para su hija.

La joven levantó el rostro y cerró los ojos, dejando que el brillante sol la dejara solo ver el rojo de sus parpados. Alguien la saludó, y ella le sonrió, para luego continuar con su camino, en su rostro no había lágrimas, esas no servían, no importaban, tampoco se la veía desesperada corriendo hacia su destino, no, claro que no, apenas tenía un poco más de 15 años, pero aun así la serenidad que trasmitía con cada paso demostraba que tan segura se sentía de la decisión que había tomado.

Cuando al fin llegó a su destino, recreo la vista una vez más, o mejor dicho, por última vez, las rocas rojizas se mostraban a ella, con un color quizás más brillante que el que poseían siempre, bajo un poco su mirada y al final del acantilado pudo ver el rio que se movía a sus pies, se veía tan pequeño, pero Leila sabía que era el efecto de la altura que lo hacía ver así, respiro una vez más, lento y profundo, quizás pidiendo perdón por lo que pensaba hacer, o agradeciendo tener la fortaleza para hacerlo.

— Perdóname.

El corazón de la joven dio un brinco, al escuchar una voz masculina tan cerca de ella, giro su rostro a un lado, pero solo el desierto era visible, lo giro al lado contrario y solo vio un arbusto, o mejor dicho la copa de uno, por un momento la curiosidad de Leila pudo más, rodeo el arbusto que estaba burlándose de la gravedad, permaneciendo casi colgado en el aire de aquel peñasco, por un segundo su mente quedo en la cosa verde aquella, debía admitir que el arbusto era valiente y resistente, parte de sus raíces estaban expuestas a decenas de metros, flotando en el aire, mientras que unas pocas se aferraban a la roca del acantilado, definitivamente era un arbusto valiente que no estaba dispuesto a caer y dejar de existir. Cuando al fin quito su vista de esa distracción, se encontró con el responsable de la ronca voz que había escuchado, por un momento tuvo la necesidad de salir corriendo en dirección contraria, frente a ella estaba el hombre más guapo que sus inocentes ojos pudieron haber visto alguna vez, su cabello negro brillaba bajo el fuerte sol, su barba recortada le brindaba un aire de seriedad y su altura lo hacía ver imponente, dejo de ver las cualidades de aquel hombre al descubrir que era el hijo del Jeque Marwan, Farid Khattab, ¿Qué hacia el futuro jeque a la orilla de un acantilado? Su pregunta fue contestada en ese preciso momento, cuando el joven dio un paso adelante, donde solo el vacío lo recibiría, Leila no lo pensó demasiado, no tenía por qué hacerlo, toda la tranquilidad que tuvo hasta ese momento se esfumo, y sus músculos adoloridos hicieron un último esfuerzo, cuando tomaron la mano del hombre y lo jaló a su lado, ¿de dónde sacó la fuerza para hacer aquello? Ni siquiera ella lo sabía, todo lo que podía saber era que el hijo del jeque estaba sobre ella y ambos en el suelo rocoso del risco.

— ¿Qué? — dijo sorprendido el hombre al tiempo que se ponía de pie rápidamente.

— Lo siento, por favor, perdone mi insolencia. — susurro de forma atropellada la joven.

Farid sonrió por un momento, jamás se acostumbraría a ver el miedo en los demás cuando lo tocaban sin su permiso, era algo que le parecía ridículo.

— Discúlpame tu, permite que te ayude, gracias por salvarme, no sé cómo resbale. — dijo mientras extendía su mano y Leila la tomaba con mano temblorosa.

— Disculpé Señor, pero… yo lo vi, usted no resbalo, solo las personas que desean terminar con su vida vienen aquí. — termino diciendo con voz suave, casi susurrando.

— No sé de qué hablas, yo solo vine a observar el paisaje, no sé qué es lo que crees… — el futuro jeque reparo en lo último que la joven dijo, ella tenía razón, solo los que desean morir, iban al acantilado, entonces ¿Qué hacia ella allí? — ¿Qué hace una niña como tu aquí? — la vergüenza recorrió el rostro de Leila, había hablado de más, tarde se dio cuenta. — Te ordeno que me digas la verdad. — el rostro de Farid no demostraba vergüenza, duda, o incomodidad, él se veía como un Jeque, preocupado por su gente y en ese momento, preocupado por Leila.

— Creo que lo acabo de decir jefe, usted y yo no estamos aquí por error.


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