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SasuNaru| El rey de la corona vacía

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Sinopsis

Tras una vida pasada en el Antiguo Egipto marcada por el deber, un amor trágico y una promesa rota, Sasuke logra reencontrarse con la persona que una vez amó.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Daikiwoo
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo único

—Veintidós personas relacionadas directa o indirectamente con la tumba de Tutankamón han muerto de forma trágica, dando origen a la famosa leyenda de la maldición del faraón de las pirámides. Tutankamón gobernó solo durante diez años, pero posee uno de los ajuares funerarios más completos y mejor conservados de la historia egipcia, más rico incluso que el de la Gran Pirámide de Keops.

Sasuke estaba en el estrado al fondo del salón de conferencias, pasando las diapositivas del proyector una tras otra. No había apuntes ni documentos, solo un viejo cuaderno de pasta negra y una computadora. Su voz fría resonaba en el amplio espacio. A pesar de ser el profesor más joven del departamento de historia, era muy popular entre los estudiantes. Las clases abiertas de los viernes por la tarde siempre tenían el auditorio lleno.

—Fue enterrado en el Valle de los Reyes junto al Nilo, desapareciendo en la oscuridad y durmiendo durante 3,274 años, hasta que en 1922 un visitante inesperado perturbó su descanso eterno. Este intruso fue Howard Carter, un arqueólogo británico de origen egipcio, quien después de años de investigaciones concluyó que entre los innumerables objetos egipcios desenterrados en todo el mundo no había ninguno relacionado con el joven Tutankamón. Así que dedujo que el faraón aún descansaba en algún rincón del Valle de los Reyes.

El timbre marcó el final de la clase, y la última diapositiva dio paso a la luz. El auditorio oscuro se iluminó repentinamente, obligando a los presentes a parpadear por el cambio. Sasuke se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz, mirando de forma instintiva su reloj. Había calculado perfectamente el tiempo.

—Por favor, revisen las páginas 275 a 307 del Compendio de Historia de la Civilización Egipcia. El informe debe realizarse en grupos y entregarse antes del jueves a las 12 del mediodía.

Los estudiantes salieron como una marea. Sasuke recogió sus cosas como siempre y regresó a su oficina, donde encontró algo inusual: sobre su escritorio impecablemente ordenado había un sobre blanco. Se acercó y lo tomó para inspeccionarlo.

“Para el Profesor Sasuke Uchiha.”

Al ver el matasellos azul claro y el código postal oficial de la universidad, suspiró aliviado: por suerte, no era una carta de amor de alguna estudiante.

Con la intención de parecer formal, la solicitud de admisión había sido adornada innecesariamente, pero la caligrafía era descuidada, y ni siquiera incluía el nombre o la dirección del remitente. Sasuke observó el código postal y recordó que su antiguo mentor le había recomendado un estudiante el año pasado. Con el inicio del semestre, era probable que pronto conociera a esa persona.

Aunque la universidad había enviado varios correos electrónicos de confirmación, Sasuke aún no había respondido. Con cierta molestia, guardó el sobre en el cajón. No tenía interés en abrirlo, al menos no en ese momento. Durante los últimos años, había estado enfocado en sus investigaciones y hacía tiempo que no aceptaba estudiantes. Este cambio repentino le obligaba a reorganizar su carga laboral. Entre las 11 clases semanales, los proyectos de investigación y las tutorías de tesis mensuales, si no fuera por cumplir un favor al viejo profesor, no habría aceptado desperdiciar su valioso tiempo.

Esa noche, después de terminar el material para sus clases, la luna ya estaba alta cuando Sasuke salió de su oficina y condujo de regreso a casa. Acababa de llover, y la luz blanca y pura de la luna atravesaba la neblina, derramándose suavemente. Aunque aún hacía frío en la primavera de Filadelfia, no subió las ventanillas del auto. Disfrutaba de este tipo de clima, con el aire fresco y húmedo mezclado con la brisa nocturna acariciando su rostro. La temperatura perfecta para mantener la mente despejada.

Al llegar a casa, estacionó el auto y, al sacar las llaves para abrir la puerta, notó algo extraño frente a su entrada. Subió los escalones y vio de cerca un pequeño estuche de metal con un post-it pegado, y a poca distancia había una tarjeta. Intrigado, recogió el estuche y la tarjeta, descubriendo que era un carnet estudiantil. Al darle la vuelta, vio que pertenecía a un estudiante de su universidad llamado Naruto Uzumaki, del departamento de Historia.

Cuando leyó ese nombre, Sasuke se quedó inmóvil por un momento, frunciendo el ceño mientras observaba la foto del carnet. Recorrió en su mente toda la información de los estudiantes del departamento, pero, para su sorpresa, no logró recordar a este joven mestizo asiático.

“Originalmente planeaba visitarte hoy, pero cuando me desperté ya te habías ido. Estas galletas son un regalo de bienvenida de tu nuevo vecino. ¡Están un poco quemadas, pero aún saben bien! Mañana buscaré un buen momento para pasar a verte.”

La caligrafía en el post-it era caótica y desordenada, pero le resultaba curiosamente familiar. Al final, incluso había un pequeño dibujo de una sonrisa torcida. Sasuke volteó la cabeza hacia la casa vecina, pero estaba completamente a oscuras. No sabía si su nuevo vecino tenía la costumbre de acostarse temprano o si ni siquiera había regresado. Para ser honesto, no le importaba, o mejor dicho, le daba igual cómo fuera su vecino, siempre y cuando no organizara fiestas que duraran toda la noche y perturbaran su trabajo.

Llevaba años viviendo una vida prácticamente aislada, monótona y aburrida, sin relacionarse con nadie más que algunos colegas de la universidad. Si no fuera por este regalo inesperado, jamás se habría preocupado por quién vivía al lado. Era la primera vez que miraba hacia la casa vecina y se fijaba en su césped. En todo este tiempo, aparte de las facturas de servicios, nunca había recibido ningún obsequio.

Después de pensarlo un momento, Sasuke decidió entrar con la caja de galletas, aunque no le gustaban mucho los dulces.

Ya en casa, se cambió de ropa, se lavó rápidamente y se preparó una taza de café antes de sentarse frente a su computadora para retomar su rutina. Su escritorio estaba abarrotado de documentos y una tesis marcada en una página al azar. Sin embargo, no tenía ánimo para organizar nada. Un congreso sobre la civilización mesopotámica estaba programado para el próximo mes, pero una parte de la historia que investigaba tenía un vacío significativo. Hasta ahora, no se habían encontrado registros relevantes en los artefactos desenterrados en todo el mundo. Lo único disponible eran fragmentos de mitos en estelas y pergaminos dañados. En los últimos seis meses, Sasuke había revisado toda la documentación existente y había viajado a museos de varios países sin resultados.

Sin expresión alguna, Sasuke miraba fijamente la página en blanco del procesador de texto, con las manos en el teclado como si estuviera a punto de escribir, pero sin moverse. Pasó varias horas así, como si enfrentarse a la computadora le ayudara a encontrar las respuestas.

Esa mañana había recibido otra llamada de sus padres presionándolo para casarse. Una multa de estacionamiento llevaba casi una semana sobre la mesa del comedor. Los platos seguían sin recoger en la cocina, y la ropa permanecía húmeda en la lavadora. Sasuke suspiró y se recostó en el respaldo de su silla, agotado. Después de trabajar durante 16 horas seguidas, tuvo que admitir que necesitaba descansar. Ese día, nuevamente, no había logrado ningún avance.

Llevó una mano a sus sienes, masajeándolas con cansancio, cuando su mirada periférica captó el carnet estudiantil que seguía sobre su escritorio. Lo tomó entre sus dedos y lo observó con detenimiento, pensando que el dueño probablemente lo había perdido por accidente. Decidió devolvérselo si aparecía al día siguiente.

El cansancio comenzó a nublar sus pensamientos. Últimamente había vuelto a tener ese extraño sueño. No recordaba desde cuándo lo tenía, pero parecía que lo había acompañado desde siempre. En esos sueños veía fragmentos de textos familiares pero incomprensibles, majestuosos palacios, imponentes estatuas de dioses... y una figura borrosa que siempre estaba a su lado. Sin embargo, las imágenes eran fugaces y desordenadas, como un mosaico roto. A pesar del paso del tiempo, nunca había entendido el significado de esos sueños, hasta ahora. Recientemente, las imágenes empezaban a cobrar un poco más de sentido.

La gigantesca estatua tallada en la pared, de más de diez metros de altura, representaba a una deidad canina similar a Anubis. Estaba adornada con obsidiana y oro, exudando una imponente majestad. El eco de sus pasos resonaba en el espacio vacío, mientras una mujer elegantemente vestida tomaba su mano y lo guiaba a través de un resplandeciente salón dorado. Bajaron juntos los escalones hacia la galería del patio central.

Al final de la galería, un grupo de personas vestidas con largas túnicas blancas aguardaba. En cuanto lo vieron, inmediatamente se inclinaron hasta postrarse en el suelo con reverencia, como si lo hubieran estado esperando durante mucho tiempo.

Él dirigió su mirada hacia ellos desde la distancia y de inmediato reparó en un joven rubio que se encontraba al frente del grupo. Era el único que no llevaba la túnica tradicional y también el único que, en lugar de postrarse, estaba arrodillado sobre una sola rodilla. Sus brazos y piernas estaban al descubierto, y en sus muñecas y tobillos llevaba adornos metálicos de plata que parecían grilletes.

Enseguida supo quién era.

—¿Es él? Pensé que sería un viejo decrépito con la cara llena de arrugas.

—No seas irrespetuoso, Alteza. El sacerdote es el representante de los dioses. En el futuro, tendrás mucho que aprender de él.

—...Sí, madre.

La mujer, a quien llamó madre, le advirtió con severidad.

Volvió a dirigir su atención hacia las personas en el suelo, examinándolas en silencio. Sus ojos se detuvieron en el anillo de plata alrededor del cuello del joven rubio, y arqueó levemente una ceja. Entonces, se paró frente al muchacho y, con un tono deliberadamente autoritario, le ordenó:

—Levanta la cabeza.

Solo después de escuchar su orden, el joven obedeció. Enderezó ligeramente su espalda, levantó el rostro y lo miró desde abajo. Para su sorpresa, la altura del arrodillado era casi igual a la suya. En ese momento, lamentó no haber investigado antes cómo lucía su nuevo sacerdote. Si lo hubiera sabido, habría evitado mostrar el gesto de sorpresa que ahora desdibujaba la autoridad que intentaba proyectar.

No existía ninguna gema en el mundo que pudiera compararse con lo que estaba viendo.

Ninguna era tan deslumbrante ni capaz de atrapar el alma de quien la mirara. En el momento en que el joven levantó la cabeza, él vio el azul más hermoso del mundo.

Las columnas de la galería proyectaban sombras que alternaban entre zonas de luz y oscuridad. Justo donde el joven estaba arrodillado, la luz del sol bañaba su figura, haciendo que todo él pareciera brillar.

No podía apartar la mirada de esos ojos azules y cristalinos, tan profundos como el océano. En ellos veía reflejada su propia imagen. Bajo la cálida luz del sol, el emisario de los dioses le sonrió.

—Me llamo Naruto Uzumaki, pero puedes llamarme simplemente Naruto. A partir de ahora, seré tu maestro, príncipe.

Sasuke abrió los ojos de golpe y se incorporó bruscamente de su escritorio. La silla se deslizó hacia atrás debido a su movimiento repentino. Su pecho subía y bajaba rápidamente, y el sonido ligeramente ronco del joven seguía resonando en su mente como un eco persistente. Se llevó la mano a la nuca, sintiendo cómo el sudor frío empapaba su piel. Tomó su teléfono móvil y miró la hora: las cinco de la madrugada. Apenas había dormido dos horas. Dejó el móvil sobre la mesa y volvió a recostarse contra el respaldo de la silla, quedándose en silencio mientras miraba el techo, aturdido, hasta que, como si despertara de un trance, recordó la tarjeta.

De un tirón, agarró la tarjeta de estudiante que había encontrado en su puerta. Sus cejas se fruncieron con fuerza mientras miraba el nombre escrito en ella. Sasuke fijó su mirada en la fotografía de la tarjeta, tratando desesperadamente de encontrar alguna diferencia entre el rostro de la imagen y el del chico en su sueño. Al final, no encontró ninguna. Tanto el rostro como el nombre eran idénticos a los del muchacho que había visto en su sueño.

Dejó la tarjeta en la mesa y, aparentando tranquilidad, salió de su estudio y fue a la cocina, donde se preparó otra taza de café. Se convenció a sí mismo de que todo era un producto de su subconsciente. “Es solo un sueño”, se dijo. Los sueños son irreales y carentes de lógica. No significan nada.

Después de beber el café, Sasuke se dirigió a su dormitorio y se tumbó en la cama, decidido a descansar de verdad. Incluso apagó todas las alarmas como medida preventiva. Sin embargo, no logró conciliar el sueño. Permaneció despierto, reviviendo una y otra vez las imágenes del sueño. Por más que lo intentara, no podía borrar de su mente aquellos ojos azules como el océano.

Cuando la luz del amanecer comenzó a colarse por la ventana y los ruidos de la calle anunciaban el inicio de un nuevo día, Sasuke se rindió y se levantó. Fue al baño, abrió el grifo y se lavó la cara con agua fría. Luego volvió a sentarse frente a su computadora.

Mientras intentaba recordar los detalles de las vestimentas de las personas en su sueño, buscaba información en los registros históricos. Sin embargo, no encontró referencias que coincidieran. Esas prendas no aparecían en ningún registro arqueológico conocido. Sabía que en el antiguo Egipto no era posible producir sedas de tanta calidad como las que había visto en su sueño. Incluso los nobles solo podían acceder a lino que imitaba la textura de la seda. Por si fuera poco, la representación de Anubis que había soñado carecía de cetro, lo cual era completamente inusual.

Sasuke revisó una montaña de documentos y, al final, lo único que logró fue desordenar aún más su escritorio y llenar el suelo con papeles inútiles. Suspiró, sintiéndose como un tonto. “Pelear con un sueño es una pérdida de tiempo,” pensó. La tarjeta seguía sobre la mesa. Sasuke la colocó junto a la computadora y, por primera vez en mucho tiempo, comenzó a ordenar su caótica casa. Recordó que, según el mensaje en el post-it, esa persona iba a visitarlo ese día.

Sin embargo, tras haber limpiado a fondo su hogar y haber esperado desde la mañana hasta la tarde, el timbre no sonó ni una sola vez.

Ese tal Naruto Uzumaki lo había dejado plantado.


—En el mundo de antaño, no había sol en el cielo ni tierra fértil en el suelo, hasta que un día...

—Hasta que un día, la diligencia y bondad de nuestros ancestros conmovieron al dios Sol. Entonces él les concedió las tierras más fértiles, el estatus más elevado y los súbditos más leales. Mientras el sol siga brillando sobre nuestras cabezas, este honor perdurará para siempre... Esta es la vez número tres mil quinientos setenta y cuatro que escucho esta historia, y ya estoy harto.

Sasuke se frotó las orejas y saltó desde los escalones donde estaba sentado, acercándose a Naruto. Antes de que el otro pudiera reaccionar, le arrebató el pergamino de piel que sostenía y lo levantó sobre su cabeza, usándolo como un sombrero para protegerse del abrasador sol.

—¿De verdad existen los dioses?

Se colocó frente a la estatua de Seth, mirando desde arriba al chico rubio que seguía sentado en el suelo.

—Dudar de los dioses puede trae consigo el castigo divino. —Naruto se levantó rápidamente y le arrebató el pergamino de las manos. Mientras murmuraba reproches por la falta de respeto de Sasuke, revisó cuidadosamente el pergamino para asegurarse de que no estuviera dañado.

—Soy hijo de esclavos y de traidores al reino. Si no fuera por la protección de Ra, jamás habría sobrevivido, mucho menos me habrían convertido en sacerdote.

—¿Así que eso significa que los dioses existen? Viéndolo bien, parece más que simplemente tuviste suerte. ¿Por qué de entre tantos te eligieron a ti como sacerdote?

Sasuke, claramente poco convencido por esa explicación, se cruzó de brazos y se recargó en una columna cercana, mirándolo con desdén mientras seguía interrogándolo.

—El templo usa un sistema de reencarnación para elegir a sus sucesores. Cuando era pequeño, los ancianos del templo me llevaron para hacerme una prueba. Frente a mí colocaron miles de juguetes y me pidieron que eligiera tres. Dijeron que los tres que escogí pertenecían al sacerdote anterior, así que me llevaron de vuelta al templo, y fue entonces cuando lo conocí a usted, su alteza.

Naruto explicó con naturalidad, pero al escuchar ese título, Sasuke frunció el ceño con visible molestia.

—Podrías dejar de usar la palabra ‘su alteza’ y llamarme por mi nombre.

—Irrespetar las jerarquías es un crimen que puede costarme la vida.

—No importa, es una orden. Desobedecer una orden también es un crimen.

—Sí, sí... príncipe Sasuke. Por favor, busque diversión en otro lado. Tengo mucho trabajo que hacer. Las lecciones comienzan mañana, así que vuelva entonces.

Naruto dejó de prestarle atención, girándose para seguir con su labor. Se arrodilló de nuevo, desplegó otro pergamino en sus manos y comenzó a recitar en voz baja. Sin embargo, Sasuke interrumpió deliberadamente una vez más.

—¿No te aburres estando aquí todo el tiempo? Porque yo sí.

—El templo es enorme. Todos los días, además de hacer oráculos y orar, debo bendecir a los recién nacidos. No siento aburrimiento.

Sin más palabras que decir, Sasuke ladeó la cabeza mientras lo observaba con atención, como si de repente hubiera recordado algo. Se acercó, lo tomó de la mano y lo levantó del suelo. Ignorando la sorpresa y la confusión en el rostro de Naruto, lo arrastró hacia la salida sin darle tiempo a protestar.

—¿Qué estás haciendo?

—Vamos a pasear.

Las enormes puertas del templo se veían cada vez más cerca, pero Naruto, de repente, se detuvo y se negó a avanzar. Se plantó firmemente en su lugar, sin mover ni un paso. Nunca antes había salido del templo.

—No, ¡no puedo! Sin el permiso del faraón, no puedo abandonar el templo por mi cuenta...

—¿Sabes cuán grande es toda la ciudad? ¿Sabes cuántas personas viven en el reino? ¿Sabes en qué dirección está el mar? Si ni siquiera sabes estas cosas, ¿cómo planeas proteger mi reino?

Sasuke replicó inmediatamente, logrando dejar sin palabras a Naruto. Sabía exactamente cómo presionarlo para que cediera.

—Yo...

Al verlo dudar, Sasuke esbozó una leve sonrisa, con una expresión de triunfo en su rostro.

—Vamos, te llevaré a ver el mundo.

Prácticamente arrastrado a la fuerza, Naruto no tuvo más remedio que seguirlo mientras esquivaban a los guardias del templo, atravesaban callejones estrechos como un laberinto y llegaban a las bulliciosas calles de la ciudad. Por primera vez en su vida, rompía las reglas del templo, y también por primera vez veía lo inmensamente próspera que era la ciudad real.

La multitud abarrotada y las interminables caravanas de comerciantes formaban un flujo constante. Camellos cargados con mercancías traídas de otros rincones del mundo avanzaban uno tras otro, mientras el tintineo de los cascabeles llenaba el aire. Personas de tribus y tierras extranjeras se reunían en el lugar, y las joyas y tejidos de seda exhibidos eran tantos y tan deslumbrantes que no sabía a dónde mirar. Fascinado por todo lo que veía, Naruto se olvidó pronto de la culpa por haber escapado del templo.

—¡Así que el mar estaba tan cerca de la ciudad real! ¿Usted había venido aquí antes?

Habían caminado por las avenidas de la ciudad hasta llegar al muro sur. Allí se sentaron al borde del muro, mirando hacia la distancia. El viento dispersaba las palabras de Naruto mientras fluía junto con las aguas del río Nilo, que se extendía hasta el azul océano, visible al final del interminable desierto.

Sasuke inclinó la cabeza y respondió con lentitud: —Sí... con mi hermano... —Mencionarlo le devolvió recuerdos valiosos, pero también intensificó la opresión en su pecho. Para cambiar de tema, añadió: —Llegaríamos en apenas medio mes. Si quieres, puedo llevarte cuando gustes.

Naruto notó su semblante, la perdida del hermano mayor del príncipe, sumió a la familia real y al pueblo en una gran tristeza, prefiriendo no tocar el tema, respondió: —Con ver este hermoso mar me basta y me sobra. Además, si me voy, ¿qué pasará con la capital?

Sasuke estaba de pie junto a él, mirando en silencio hacia el océano. Luego dirigió su atención nuevamente hacia Naruto, fijándose en el aro de plata que llevaba alrededor del cuello.

—¿No crees que estas cosas que llevas puestas te hacen parecer un esclavo encadenado?

Lo dijo con calma, pero con seriedad, lo que llevó a Naruto a sacudir la cabeza con firmeza en señal de negación.

—Por favor, no diga eso, su alteza. Estas joyas son símbolos de estatus. Todos los sacerdotes las han llevado a lo largo de la historia.

—¿Y estás dispuesto a perder tu libertad para siempre?

—Proteger esta ciudad es mi responsabilidad.

—¿Y si no te necesitan?

—No importa si me necesitan o no. Mi deber es servir a los dioses y proteger a cada persona aquí. Nací para eso.

—Vaya... Qué noble ideal. Ojalá pudiera sentir lo mismo.

De repente, Sasuke se agachó, inclinando un poco el cuerpo hacia adelante para acercarse al rostro de Naruto. Lo miró directamente a los ojos, sin ningún intento de ocultar su curiosidad. Por primera vez, Naruto percibió en los ojos de Sasuke una chispa propia de un niño de 12 años, libre de toda astucia o madurez forzada.

—¿Realmente tienes el poder del que hablan?

—Los sacerdotes no poseemos poderes divinos. Más allá de las profecías y los augurios, solo somos personas comunes capaces de transmitir los deseos del pueblo a los dioses.

—Entonces, ¿también puedes morir?

—Todo sigue el gran orden del universo. Nadie está exento. Aunque el método de sucesión de los sacerdotes sea especial, cada alma es única e irreemplazable.

—Entonces no mueras. Serás solo mi sacerdote.

Naruto se quedó en silencio por un momento, sorprendido por sus palabras. Sin embargo, no respondió de inmediato. Simplemente lo miró con calma a los ojos, antes de desviar la vista hacia donde estaba el mar, y murmuró suavemente:

—...Está bien.


Las tropas que partían se reunieron frente a la imponente puerta de la muralla de la ciudad. El ejército estaba en formación, listo para marchar, mientras la gente en las murallas vitoreaba, esperando que regresaran con noticias de victoria.

—¿Qué dice el oráculo? —preguntó Sasuke.

Naruto caminaba a su lado. Estaba a punto de realizar la ceremonia de augurio y bendición para el ejército, una de las pocas ocasiones en las que se le permitía salir públicamente del templo.

—¿No es que usted no cree en los oráculos?

—Hasta ahora nunca te has equivocado.

—Si tanto quiere saber, debería ser más devoto con los dioses. —el rostro del príncipe cambio rápidamente a uno más sombrío, pero deteniéndose de repente respondió —Está bien, está bien. Puedo revelarle algo sencillo, pero por favor no ponga esa cara tan seria

Se giró en contra del flujo de personas que caminaban hacia adelante y miró directamente a Sasuke con una leve sonrisa en los labios y un brillo inmutable en sus ojos azul cielo.

—El oráculo dice que su destino será inmensamente feliz. Ra lo protegerá, alteza.

En ese momento, Sasuke lo tomó repentinamente por la muñeca y lo atrajo hacia sí con fuerza, envolviéndolo en sus brazos.

—Si regreso con vida, ¿qué me darás como recompensa?

—Cualquier cosa que esté dentro de mis posibilidades...

Sasuke inclinó ligeramente la cabeza. Antes de que Naruto terminara su respuesta, acercó su rostro hasta casi tocar la punta de su nariz. Bajo la intensa mirada de esos ojos negros como el ónix, el corazón de Naruto empezó a temblar violentamente. Sasuke le rodeó el cuello con los brazos, llevó una mano a su mejilla y se acercó aún más.

El aliento cálido de Sasuke rozó su piel. Naruto, al observar ese rostro que había dejado atrás toda pizca de niñez se dio cuenta por primera vez de que Sasuke había madurado, y con ello, una sensación de temor lo invadió. No estaba seguro de qué temía exactamente: si las manos que sujetaban su rostro o ese beso, suave como el roce de una libélula, que lo dejó completamente paralizado. La ligereza del gesto hacía que cualquier resistencia pareciera innecesaria, y tal vez por eso mismo, no podía moverse.

—Quiero esto.

Sasuke, con toda naturalidad, pidió su recompensa. Incluso pasó la lengua por sus labios al terminar de hablar.

—¿Qué...? —Naruto lo miró aturdido, aún sin comprender del todo lo que acababa de suceder.

—Si regreso con vida, quiero que me recompenses con esto. Y no solo eso. Quiero más besos que este.

Y, como si no fuera suficiente, añadió esa condición final.

El tono seductor de Sasuke resonó en los oídos de Naruto, quien finalmente comprendió lo que había sucedido. Avergonzado, bajó la cabeza rápidamente, con el rostro ardiendo de vergüenza, tanto que deseó que Sasuke no viera lo rojo que estaba. Estaba tan nervioso que incluso olvidó usar el tratamiento formal.

—¡Aquí hay demasiada gente! ¿Qué estás haciendo?

Intentó zafarse y escapar de sus brazos, pero Sasuke apretó el abrazo, sujetándolo firmemente por la cintura. Sasuke apoyó su rostro contra la mejilla de Naruto y le susurró al oído:

—Naruto, espérame.

El cuerpo de Naruto se tensó, quedándose inmóvil. No dijo nada más ni siguió resistiéndose. Simplemente se quedó allí, en los brazos de Sasuke, sin importar que los rodeara una multitud.

—...Que tengas un viaje seguro.

Naruto no sabía cómo responderle. Finalmente, eligió esas palabras entre todos los deseos de buena suerte que podía haber dicho.

Esta batalla no fue nada fácil, de hecho, podría decirse que fue extremadamente difícil. El enemigo no solo superaba en número, sino que, además, durante la emboscada, las tropas de Sasuke se encontraron con una tormenta de arena inusual. Las tropas que se dispersaron terminaron enterradas vivas por el viento y la arena o completamente perdidas del grupo. Ambas partes sufrieron grandes bajas.

Sin embargo, Sasuke no sabía que, a miles de kilómetros de distancia, la capital también estaba sumida en el caos.

—Se dice que cada gran sacerdote del templo de Seth posee la habilidad de prever el futuro. ¿Puedes prever el tuyo? ¿O el de él?

Naruto estaba atado a un poste de madera, su cuerpo cubierto de heridas de distintos tamaños. Su piel expuesta no tenía ni un rincón intacto, y su túnica blanca de sacerdote estaba completamente empapada de sangre.

—Se cuenta que, mientras un sacerdote proteja a nuestras tropas, estas serán invencibles, siempre victoriosas. Si algo te pasara, honorable sacerdote, ¿crees que Sasuke lograría regresar con vida?

Naruto levantó la cabeza. Su visión estaba teñida de rojo por la sangre, y miró fijamente al hombre frente a él, quien compartía la misma sangre que Sasuke, pero no se parecía a él en absolutamente nada. Entonces, dejó escapar una fría sonrisa.

—Sasuke no perderá...

—Vaya, vaya. Eso no lo puedes asegurar. Los espías de los hicsos ya tienen en sus manos nuestros mapas defensivos. Saben exactamente dónde están ubicados nuestros campamentos y de dónde provienen nuestras provisiones.

—Cobardes.

—Si Sasuke muere en el campo de batalla defendiendo nuestra ciudad, siempre recordaremos su sacrificio. Ahora, si me entregas el oráculo y permites que me convierta en el nuevo rey, te liberaré. Prometo que disfrutarás de una vida de riquezas y privilegios.

—...Sigue soñando. Un usurpador como tú jamás será digno de ser rey.

Naruto escupió en su rostro, lo que provocó que los guardias lo golpearan brutalmente y que el sonido del látigo cortara el aire mientras lo azotaban sin piedad.

—Entonces ya no sirves para nada. Elegiremos a un nuevo sacerdote en el templo, y tú, por conspirar con espías enemigos y filtrar información de nuestra ciudad, serás acusado de traición. Sabes perfectamente cuál es el castigo para ese delito, ¿verdad?

El hombre acercó su rostro al de Naruto, mirándolo con una expresión de triunfo absoluto. Naruto, sin embargo, solo lo observó con una mirada burlona.

—...Aunque hagas todo esto, nunca ganarás.

La verdad es que, desde el momento en que Naruto se convirtió en sacerdote, ya sabía cuál sería su destino. Sería arrastrado a la plaza, moriría bajo el sol abrasador y su cuerpo sería desmembrado en pedazos de distintos tamaños, para luego ser arrojado al Nilo.

Naruto había aceptado su cruel destino mucho tiempo atrás, consciente de que no había escapatoria. Su misión ya estaba cumplida. Sin embargo, ahora había algo que lo retenía, alguien a quien no podía dejar atrás.

Sasuke...


La lluvia cayó repentinamente sobre el rostro de Sasuke, limpiando un poco de sangre mientras una gota se deslizaba por su mejilla. El sol abrasador brillaba sobre su cabeza, y no entendía por qué había comenzado a llover. Se giró bruscamente hacia la dirección de la capital, y su corazón pareció detenerse por un instante. Una inquietud se apoderó de él de repente, envolviendo su pecho como un manto oscuro.

—¡Reorganicen las tropas y contabilicen las bajas de inmediato! ¡Los que aún estén vivos, ayuden a atender a los heridos! ¡Volvemos a la ciudad ahora mismo!

Cuanto más se acercaban a la capital, más fuerte se volvía esa sensación ominosa. Había regresado con noticias de victoria, pero no encontró la figura familiar que debería haber sido la primera en recibirlo. La multitud abarrotaba las murallas, vitoreando su nombre y decorando las calles con flores de colores para celebrar su regreso triunfal. Fue entonces cuando Sasuke supo que el golpe de Estado había comenzado desde el día en que partió. No fue hasta que las inundaciones del Nilo arrasaron varias provincias vecinas que se detuvo el conflicto, pero ya era demasiado tarde.

De repente, no pudo oír nada. Ni los vítores, ni los gritos de júbilo. Todo quedó en completo silencio. Su alma parecía haberse desconectado de su cuerpo. Sasuke no sabía hacia dónde debía ir, simplemente avanzó con la mirada perdida, atravesando las flores que caían a su alrededor, hasta llegar a la plaza de las ejecuciones. Fue entonces cuando vio el poste ensangrentado y las manchas secas de sangre en el suelo. Solo en ese momento comenzó a salir del estado de shock.

Había perdido a Naruto.

—No importa si me necesitan o no. Mi deber es servir a los dioses y proteger a cada persona aquí. Nací para eso.

Había conseguido el poder que necesitaba. Nadie se atrevía ya a desobedecer sus órdenes, nadie osaba desafiar su autoridad, nadie podía enfrentarse a él. Cada palabra que pronunciaba parecía cargada con la luz de los dioses.

—Si regreso con vida, ¿qué me darás como recompensa?

—Lo que esté dentro de mis posibilidades...

Había cumplido su promesa.

Naruto debería haberlo esperado.

¿Por qué tuvo que terminar así?

Sasuke desenvainó su espada y se adentró en el palacio, enfrentándose al culpable de todo. El hombre no esperaba que Sasuke hubiera sobrevivido, y su rostro estaba lleno de pánico. Las sirvientas a su alrededor huyeron despavoridas mientras Sasuke lo arrinconaba contra una esquina del palacio. Sin dudarlo, blandió su espada y lo decapitó. La sangre salpicó su rostro, pero no se detuvo ahí. Una y otra vez clavó la espada en el cuerpo ya sin vida, sus ojos rojos como el fuego, gritando con furia descontrolada.

¡No soy...!

¡No debería...!

¡No merezco ser tu rey!

Ganó una batalla a cambio de otra perdida. Desde hace mucho dejo de creer en los dioses o el destino. Siempre se había esforzado en conseguir todo lo que quería, y nunca pensó que otra perdida además de la de Itachi pudiera volver a doler tanto, como si su alma y cuerpo estuvieran siendo desgarrados. Ordenó buscar en el río Nilo durante tres días y tres noches, pero no encontraron nada más que lodo y algas.

—Señor... hemos estado buscando durante días. No hay nada más. Las inundaciones recientes arrasaron varias provincias. Es probable que el sacerdote... haya sido arrastrado hasta el mar.

El agua lo había llevado para siempre.

—¡Entonces encuentren a todos los bebés nacidos en la ciudad en los últimos siete días y tráiganlos al palacio!

—Pero... en estos siete días... no ha nacido ningún niño en toda la ciudad.

Los ancianos se arrodillaron temblorosos ante él, encorvados como gusanos insignificantes y asustados.

Sasuke deseaba poder arrastrar a Naruto desde el mismo infierno, solo para reclamarle, para acusarlo de haber roto su promesa. Quería maldecirlo por ser un idiota y por haberle hecho aquella promesa aun sabiendo que iba a morir.

No existía ningún final feliz.

¡Siempre me estuviste engañando! ¿Cómo pude creerte? ¿Cómo pude confiar en alguien como tú?

Rompió todo lo que encontró a su alrededor, sin importarle el valor de los objetos. Al final, se desplomó en el centro del templo, sosteniendo los fragmentos de una túnica ensangrentada. Miró las imágenes solemnes del dios sol en los muros y, poco a poco, se inclinó hasta que su frente tocó el frío suelo. Por primera vez, como un devoto creyente, comenzó a rezar.

Dios...

Si realmente existes... te lo ruego...

Te lo suplico, devuélvemelo...

Unos días después, la ceremonia de coronación comenzó puntualmente. La multitud se agitó, y el sumo sacerdote del templo empezó a recitar las palabras de bendición que acompañaban el ritual. Sasuke estaba sentado en el trono con el rostro inexpresivo, observando cómo el sumo sacerdote terminaba la recitación y se colocaba al lado izquierdo del estrado de coronación. Los sacerdotes rodeaban la corona y se acercaban a él.

La corona del faraón estaba colocada sobre una bandeja cubierta de terciopelo rojo, llevada por uno de los sacerdotes. A su lado, otros dos lo acompañaban. Los tres llegaron hasta Sasuke, se arrodillaron y alzaron la corona por encima de sus cabezas.

La estructura de la corona estaba hecha de oro puro, incrustada con cientos de diamantes brillantes dispuestos en forma de cruz. Su diseño ostentoso representaba el máximo poder y gloria.

—Majestad, por favor, coloque la corona sobre su cabeza.

El nuevo sumo sacerdote le habló, pero Sasuke permaneció inmóvil. Sin la bendición de esa persona, la corona que recibía no era más que una cáscara vacía de poder.

La ciudad, desprovista de la protección divina, dejó de ser invencible. Las enfermedades comenzaron a propagarse, la sequía persistente arrasó los cultivos, y ya no fue posible resistir la invasión de los hicsos. La que una vez fue una ciudad poderosa y próspera pronto cayó en ruinas. Sasuke, sentado solo frente a la estatua del dios Seth, no se inmutó cuando las llamas comenzaron a invadir desde el exterior.

—Rezo todos los días a los dioses, rogando que vuelvas a aparecer frente a mí. Necesito que te arrepientas ante mí.

Naruto... te extraño tanto...

Pero sus llamados no recibieron respuesta. Bajo la luz de las velas, su sombra solitaria temblaba con el viento, y el vasto templo estaba completamente vacío. Nadie volvería a aparecer.

El fuego lo rodeó, pero él siguió sentado en el mismo lugar, murmurando el nombre de aquella persona una y otra vez, transmitiendo un anhelo que nunca podría llegar a destino.

En sus sueños, Sasuke vivió solo el paso del tiempo. Los años fluían como las aguas del río Nilo. Cuando despertó, solo quedaba la historia grabada en piedra y un arrepentimiento interminable que corría como el agua del río...

—Profesor, Profesor... ¿Profesor Uchiha?

De repente, Sasuke abrió los ojos. Esta vez cayó directamente de la silla al suelo, haciendo que la silla volcara y asustara al bibliotecario de la universidad.

—Perdón por interrumpir su descanso, pero acaban de llamar de la oficina administrativa. Dicen que un estudiante nuevo lo está buscando. Parece que se llama Naruto Uzumaki, y al igual que usted, es de ascendencia japonesa. Lo hice esperar en el laboratorio de enseñanza... ¿Eh? ¿Profesor Uchiha?

Antes de que pudiera terminar de hablar, Sasuke salió corriendo, atravesando la puerta de la biblioteca en dirección al laboratorio al final del pasillo. En esos pocos metros, las imágenes, sueños y recuerdos difusos comenzaron a pasar como un carrusel por su mente. Había pasado junto a él en innumerables ocasiones sin detenerse, pero esta vez sabía que él estaba allí, esperándolo.

Sin embargo, cuanto más cerca estaba del edificio, más lento se volvieron sus pasos. Sentía que le pesaban los pies, que su garganta se cerraba. Una sensación de nerviosismo desconocida lo envolvió por completo.

Cruzando el césped vacío, Sasuke finalmente llegó frente al laboratorio. Con las manos temblorosas, giró el pomo de la puerta. En el instante en que abrió la puerta, los recuerdos y el polvo lo envolvieron como una ola. Las emociones contenidas estallaron en el momento en que vio a esa persona. Una oleada de lágrimas amenazó con brotar de sus ojos.

El enorme candelabro del laboratorio colgaba sobre sus cabezas. Naruto estaba de pie en el lugar más iluminado, y la luz de la tarde se derramaba sobre él, dividida por las barras de las ventanas en haces uniformes que atravesaban el polvo suspendido en el aire, cayendo sobre las paredes envejecidas del edificio y sobre el perfil asombrado de Naruto.

En ese instante, Sasuke tuvo una extraña sensación, como si se encontrara en el palacio de sus sueños. Las paredes estaban decoradas con grandes imágenes del dios solar y diversos tótems, mientras columnas de mármol, solemnes y ordenadas, sostenían toda la galería. Había cruzado milenios de tiempo, una añoranza que las palabras no podían abarcar, y las aguas de un río eterno. Al final de esa galería, Naruto estaba de pie, mirándolo desde la distancia.

Se miraron mutuamente durante mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo? Quizás fueron siglos enteros o tal vez solo un instante. Sasuke no lo sabía. Solo recordaba que Naruto primero lo observó con asombro, luego, de manera algo graciosa, se dio unas palmadas en las mejillas. Después levantó la mano como si le estuviera saludando. Sasuke, sin embargo, no sintió nada más. Simplemente corrió hacia él y, antes de que Naruto pudiera reaccionar, lo abrazó por la cabeza.

Naruto abrió los ojos de par en par, retrocediendo varios pasos debido a la fuerza del abrazo. Claramente, la repentina acción de Sasuke lo había tomado por sorpresa, pero no lo apartó. Pasó un buen rato antes de que, con el cuello rígido y la espalda tiesa, cerrara los ojos de manera torpe.

Fue solo entonces cuando las cálidas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Sasuke.

Resultó que esa promesa era real.

El camino de los dioses también era real.

FIN.

Notas:

Anubis: Dios dentro de la mitología egipcia, representado con cabeza de chacal y cuerpo humano. Es el guía y protector de las almas de los muertos. En la cultura egipcia, la muerte era vista como algo sagrado.

Los Nueve Dioses (Enéada): Son las nueve deidades más importantes en la cultura egipcia: Ra, Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris, Isis, Seth y Neftis. A menudo aparecen en pinturas murales y elementos decorativos.

Seth: Dios egipcio de la fuerza, el desierto y las tormentas. Esposo de Neftis y padre de Anubis. En la mitología, Seth conspiró para asesinar a su hermano Osiris y tomar el trono.

Ra: El dios del sol y la deidad más importante, considerado el creador del universo y el padre de todos los dioses.

Hicsos: Pueblo que invadió Egipto alrededor del siglo XIX a. C. Aprovechando el caos interno del Reino Medio, descendieron por el valle del Nilo y en aproximadamente tres meses destruyeron el último gobierno faraónico de este periodo.

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