Una hoja en blanc
Hay mañanas en las que despertarse parece una obligación.
Aquella era una de ellas.
El despertador sonó a las seis y media, pero llevaba varios minutos mirando el techo.
Mi departamento era pequeño.
No pequeño de esos que hacen sentir encerrada a una persona, sino de esos que, de alguna manera, terminan sintiéndose como un refugio.
Tenía una sala pequeña con un sofá color crema, una mesa de madera junto a la ventana y una estantería que ocupaba casi toda una pared.
Libros.
Libros por todas partes.
Novelas, poesía, ejemplares antiguos que había comprado en mercados de segunda mano y algunos manuscritos que jamás habían llegado a convertirse en libros.
La cocina estaba justo al lado de la sala. Era sencilla, con muebles blancos y una pequeña barra donde normalmente desayunaba.
Mi habitación era probablemente mi lugar favorito.
Tenía paredes de un tono claro, una cama sencilla, fotografías pegadas cerca del escritorio y, sobre todo, una ventana desde la que podía ver parte de la ciudad.
Era suficiente.
No tenía una vida lujosa.
Pero era mía.
Me levanté finalmente y caminé hasta el baño.
Mientras me arreglaba, pensé en lo mismo de todos los días.
La editorial.
Suspiré.
Trabajar como escritora siempre había sido mi sueño.
Lo que nunca imaginé era que cumplirlo significaría pasar tantas horas tratando de demostrar que merecía estar allí.
En la editorial no todos me trataban bien.
Algunos compañeros parecían creer que había conseguido mi puesto por suerte.
Otros ni siquiera se molestaban en disimular cuando criticaban mis escritos.
Pero había una persona cuya aprobación parecía importar más que todas las demás.
Orlando Hernández.
Mi jefe.
Cincuenta y siete años.
Serio.
Estricto.
Exigente.
Y con una mirada capaz de hacer que cualquiera olvidara lo que estaba a punto de decir.
Yo, en cambio, llevaba meses intentando ganarme su confianza.
No porque quisiera caerle bien.
Bueno…
Quizá un poco.
Pero principalmente porque quería demostrarle que podía hacerlo.
Que no era una escritora más.
Que podía aportar algo a aquella editorial.
Tomé mi bolso y miré la hora.
—Otra vez tarde…
Salí del departamento rápidamente.
La ciudad estaba comenzando a despertar cuando llegué a la editorial.
El edificio era enorme, moderno y completamente de cristal.
Apenas entré, escuché algunas conversaciones a mi alrededor.
—Buenos días —saludé.
Un par de personas respondieron.
Otras ni siquiera levantaron la mirada.
No era algo nuevo.
Subí hasta mi piso y dejé mis cosas sobre el escritorio.
Apenas había encendido la computadora cuando escuché una voz detrás de mí.
—Paulette.
Me giré.
Orlando estaba parado frente a mi escritorio.
Traje oscuro.
Camisa perfectamente planchada.
Y esa expresión seria que parecía llevar incluso cuando estaba de buen humor.
—Sí, señor Hernández.
Me entregó una carpeta.
—Necesito que revises esto antes del mediodía.
Tomé la carpeta.
—Claro.
Se quedó mirándome unos segundos.
—Y quiero tu opinión, no solamente una corrección.
Aquello me sorprendió.
—¿Mi opinión?
—¿Hay algún problema?
—No. Ninguno.
Por primera vez aquella mañana, vi algo parecido a una sonrisa en su rostro.
Muy pequeña.
Casi imperceptible.
—Bien. Entonces espero que me sorprendas.
Se marchó.
Me quedé mirando la carpeta.
Quizá para cualquiera aquello no significaba nada.
Para mí sí.
Porque por primera vez sentí que Orlando no me estaba viendo como una empleada más.
Estaba empezando a confiar en mí.
Y yo todavía no sabía que aquella pequeña conversación sería el comienzo de algo que cambiaría completamente mi vida.
Porque ese mismo día…
Conocería a su hijo.
Edson Hernández Ortiz.
Veintiocho años.
Alto.
Cabello negro.
Ojos verdes.
Y una sonrisa que, según descubriría después, podía ser mucho más peligrosa que cualquier mirada seria de su padre.
Lo que todavía no sabía era que Edson no solamente se parecía físicamente a Orlando.
También había heredado algo mucho más complicado.
Su carácter.
Y quizá…
su manera de esconder lo que realmente sentía.
Pero esa es otra página.
Y algunas páginas es mejor leerlas cuando llega el momento.








