Capítulo 1: Rosa Pastel.
Los vientos frescos azotaban el rostro de Daniel mientras avanzaba en su motocicleta, directo hacia un atardecer arrebolado, digno de un otoño que presume su apogeo.
“Rosa pastel”, solía llamarlo.
No existía nada más en el mundo para Daniel cuando se trataba de esa recta, pues al no ser tan concurrida podía alcanzar velocidades que por un momento le hacían pensar que las flamas que había pintado en el frente eran reales.
Ni siquiera estaba cerca de casa. Solo buscaba cualquier excusa para ir hasta el otro lado de la ciudad. Todo con tal de tomar la única recta de regreso a casa que dejaba a su izquierda la brisa y sonidos de la costa.
Poco duraría su calma pues apenas entraba a su vecindario debía prepararse para un enfrentamiento contra su némesis. Daniel ya sabía que cualquiera en el vecindario era capaz de escuchar venir su escape molesto y ruidoso a kilómetros, pero solo uno lo estaría esperando parado a la entrada.
Daniel suelta el acelerador, baja sus pies y como siempre se toma un segundo para contemplarlo.
“¿Miierrrddda, como es que siempre tiene tiempo libre?”-Se dice a si mismo seguido de acomodarse la careta de su casco.
Justo unos metros al frente, puntual como siempre se encontraba el:
Maylo.
El perro de todos
El perro de nadie.
Con un colmillo quebrado, una cicatriz de victoria en un ojo, ese cuerpo enorme, aunque maltrecho y ese color caramelo lograba perturbar la paz de Daniel en milisegundos.
El silencio quebró con un acelerón. Un ladrido respondió.
He ahí el duelo de siempre. El que se siente como una moneda al aire. El que, aunque cotidiano siempre toma por sorpresa. Daniel habría elegio el lado incorrecto de la moneda pues, esta vez Maylo habría logrado con una mordida colgarse de la mezclilla de Daniel arrastrándolo a él y a su motocicleta, hasta el asfalto.
Resignado, decide permanecer en el piso unos segundos, pues sabe que Maylo solo lo ve como enemigo mientras el motor este encendido.
Al levantarse se da cuenta de raspones que, si bien eran mínimos, requerirían trabajo. Voltea sobre su hombro y se da cuenta de que Maylo seguía ahí, viéndolo fijamente como si se burlase de el en silencio. Daniel conocía su debilidad. Así que, de la forma más exagerada posible, fingió recoger una piedra y, de un solo movimiento, se giró para lanzársela.
El emisario de la muerte fue incapaz de anticipar un ataque tan artero. Soltó un chillido entrecortado y emprendió la huida antes de que el supuesto proyectil pudiera alcanzarlo.
Mientras continuaba su camino, Daniel no podía dejar de pensar:
¿Cómo un perro de esa talla podía temerle a una roca invisible y, a su vez lanzarse al asedio cuando veía una máquina de casi trescientos kilos acercándose a sesenta kilómetros por hora?
Digo, una piedra, aunque fuera real, podría herirlo levemente, pero si se atraviesa en una llanta terminaría viendo crecer las flores desde abajo.
Al llegar a casa notó que nuevamente no había nadie, claro que para él no era ninguna sorpresa pues destapó su Root Beer, tomó el control de su consola de videojuegos, sus audífonos y dispuso a sentarse en el sofá.
El “beep” de la consola encendiéndose por un momento pareció serle familiar, pues de pronto la botella quedó congelada medio camino de su boca.
Parpadeó una vez. Luego otra, frunciendo el ceño como si intentara conectar una neurona con otra.
Al no llegar a nada se relaja y con un gesto de alzar los hombros en resignación, continúa el camino de su bebida. Bueno, al menos eso justo antes de abrir los ojos de golpe y escupir la bebida.
“Suuuuuputisimamadre” – Fue la expresión con la que terminó por recordar que debía recoger a su hermano del aeropuerto estrictamente a las ocho en punto. Llegar tarde era un habito del que Daniel no conseguía deshacerse.
“No, no... que imbécil que eres, Daniel. Tenías que ser tu Daniel. Otra vez tarde.” – Se decía a si mismo mientras se preparaba para salir. Al voltear a ver el reloj notó que aún faltaban quince minutos para las 8:00pm pero, que ni de chiste llegaría en quince minutos al aeropuerto.
Apenas tomó su chaqueta cuando al estar parado frente a la puerta cae en cuenta de que aun tiene la botella en la mano. Nada le dolía más en ese momento que el abandonar una botella destapada. Sabia que, para cuando regrese, seria una Root Beer sin gas. A pesar de llevar prisa, se da el tiempo de tomar lo mas que pueda antes de dejarla. De alguna forma descubrió que el hacerlo mientras caminaba en círculos frente a la puerta lo hacia sentir menos culpable.
Sale disparado hacia afuera, no sin antes haberse tomado a pecho esa botella. Se dirige hacia su motocicleta aun caliente. A medias se pone la chaqueta, su casco, enciende el motor y acelera a toda prisa.
Al momento en que pasaba por la entrada al vecindario logra ver de espaldas la silueta de Maylo a quien le grita -“Por tu perra culpa, cabron”- mientras le saca el dedo de en medio.
Daniel jamás habría desperdiciado un juego de palabras como ese.
Durante su trayecto lo único que tenía en mente era la cara de Jared, su hermano, al ver que llegaría tarde justo cuando prometió no hacerlo mas. Asi como a su vez apostó intercambiar habitaciones si eso sucedia de nuevo. Por extraño que parezca esta ultima era una preocupacion mas importante que el dejar a alguien esperando.
No obstante se ve interrumpido en sus pensamientos por su reloj, parpadeando y avisando que ya son las ocho en punto. Asi que, aprovechando el bajo trafico nocturno, acelera a fondo.
Justo cuando se encontraba en el pico de aceleracion, voltea hacia el cielo para tratar ver a la luna, entonces se da cuenta de que sobre el se extendia una nube negra.
No era una nube. Era una parbada.
Lo extraño era que, a la velocidad en la que se encontraba, era imposible que aves comunes pudieran seguirle el paso, incluo aunque asi lo fuera, no habia sincronia ni naturaleza en los movimientos de estas aves.
Por un instante sintio el impulso de apartar la vista. No lo hizo.
Sin embargo, no tardó en verse rebasado por la parbada que, cada vez, parecia mas una bola de plumas.
Esto solo hizo que lo inundara la curiosidad viendose consumido por la idea de perseguirlas, sin embargo, estas parecian alejarse cada vez mas aun con el acelerador a tope. Daniel comenzaba a perderlas pero no se sentia como si fuese su culpa, al contrario, parecia como si la parbada hacia esfuerzo en perderlo. Hasta que por fin termina por toparse con un callejon sin salida, perdiendo a las aves y por si fuera poco, pareciera no haber lugar mas recondito y lobrego en toda la ciudad.
Al mirar hacia los lados en busca de una salida, nota que una anciana lo miraba fijamente, como si hubiese sido testigo de esa persecucion de principio a fin.
“Por favor, digame que usted tambien los vió” - Le dice Daniel a la anciana.
“¿Ver que?” - Le contesta esta ultima.
Daniel se limita a mirarla con confusion, baja la visera de su casco para poder observarla detenidamente mientras se aleja. Nota que no es una anciana cualquiera, pues llevaba consigo una especie de collares de distintos huesos, colmillos, cuernos y pieles peculiares. Fuera una bruja, una curandera o simplemente una anciana excentrica, Daniel tuvo la incomoda sensacion de que ella encajaba demasiado bien con lo que acababa de presenciar.
Con la tension disipandose poco a poco Daniel por fin reparo en el lugar donse se encontraba. En este punto ya se encontraba demasiado inmerso en aquel lugar.
Para cuando pudo salir de ese oscuro barrio, sabia que ya era demasiado tarde para ir al aeropuerto, no tenia caso, pues sabia que para cuando llegue, Jared ya estaria en casa y habria que afrontar las consecuencias.
Durante su camino a casa se peguntaba a si mismo:
“¿Que clase de ave es capaz de volar a esa velocidad? ¡Es mas! ¿Que hacia un ave asi en esta ciudad? ¿Que haria una parvada encima mio?”
Cuando menos pensó, ya estaba en la puerta de su casa.
“Tamadre, te tengo una mejor: ¿Que se supone que le voy a decir ahora?“- Se dijo entredientes.
Ciertamente una nube de plumas o una parvada sospechosa que viajaba a mas de cien kilometros por hora era razon suficiente. Digo, no era creible. Pero justificable desde luego que si.
Al entrar a casa lo primero que notó fue un ruido sospechoso proveniente de su habitacion, sonido que no le alarmó, sabia que la deuda estaba siendo cobrada por un acreedor molesto. La tension se respiraba en el aire, incluso tragar saliva costaba trabajo. Apenas se acercó, un escritorio lleno de sus cosas le interrumpió.
Jared, sin pronunciar una sola palabra, se encontraba sacando las pertenencias del perdedor de la apuesta hacia el pasillo que dividia ambas habitaciones. Daniel prefirió aceptar su derrota y no interferir mientras su hermano sacaba su frustracion contra los muebles.
Caminó de puntitas, tratando de no hacer ruido, hacia el refrigerador para tratar de alcanzar al fin una preciada Root Beer. Para su sorpresa, se encontró con tres botellas destapadas. El recordaba perfectamente haber dejado tres botellas, mas no abiertas.
De inmediato lo supo: venganza. Si una Root Beer sin gas dolia. Las tres ultimas no eran mas que tortura. Esto lejos de molestarle le dio la confianza necesaria para acercarse.
“Oye, creeme que entiendo perfectamente el que estes molesto, pero esto...”
“... Esto es terrorismo”.
Jared se congela por un momento. Voltea hacia Daniel sin apartar la mirada al mismo tiempo en que se acerca.
Daniel podia sentir el temblor de cada paso. Aquella figura parecia crecer conforme se acercaba, como si la distancia entre ambos se negara a desaparecer. Para su sorpresa, sentia mas alivio que miedo. Al fin habia llegado el momento de afrontar las consecuencias.
Sin embargo Jared se detiene justo frente a el. Lo mira apenas unos segundos y le cierra la puerta en la cara, sin decir una sola palabra.
Sin reclamos. Sin gestos. Solo una puerta cerrada.
Jared podia levantar la voz cuando estaba molesto.
Nunca cuando estaba decepcionado.
Y Daniel, para su desgracia, entendia perfectamente la diferencia.








