Prólogo – Ruinas
Todo cambia. El mundo que conocemos ya no existe.
El pequeño lugar que antaño fue un pueblo cuenta ahora con casas derruidas, ganadas por la naturaleza. No se ve dónde arranca la enredadera o dónde termina la casa; todo es desolación, musgos y árboles creciendo en medio de lo que antes era el hogar de alguien. La pesada humedad hace que lo que queda del buen aire sea más pesado de respirar.
Un grupo de personas se mueve entre la maleza mezclada con la ex civilización con cierta precaución. Un hombre guía al grupo y una mujer lo sigue detrás. Agachados, se colocan bajo un árbol de manzanas. El hombre toma una con cuidado, sin hacer ruido, y se la pasa a la mujer.
—Deliciosa —dice ella, pasando la fruta a la otra persona cerca.
—Es por la radiación —susurra otro tipo más atrás.
—La hace más grande —indica el hombre que guía al grupo.
—Deberías tratar con eso —le dice otra mujer al hombre que tomó la manzana—. A ver si así se te agranda.
El hombre solamente se toma de la entrepierna y le muestra el bulto. Los demás ríen leves y silenciosos.
—Ema, pásame los binoculares —pide el hombre que guía al grupo.
La chica le pasa los binoculares, parecidos solamente a unos simples lentes de sol, y el hombre se los coloca. Los lentes poseen una minicomputadora dentro que muestra la distancia donde están los objetos, tanto los más cercanos como los más lejanos. Con un contacto en el costado izquierdo, el zoom surge con fuerza y le permite establecer la distancia que quiere observar. Da un vistazo general. Nada se ve, solamente más vegetación. Se los saca.
—¿Viste algo, Kangu? —pregunta Ema.
—Todo despejado —indica el hombre.
Salen del escondite y empiezan a asaltar al árbol de manzanas; uno de ellos saca una bolsa y las recolectan. El hombre que había sido cargado por lo del tamaño de la manzana toma agua, y Ema lo mira.
—Cuidado con el agua —le indica—. No hay mucha.
—En el río hay más —contesta él.
—¿Ves por aquí un río? —pregunta Ema, mientras que señala con sus brazos extendidos.
El hombre tapa el bebedor y se queja:
—Maldición, Ema. A veces ya eres muy realista —le pasa el recipiente.
—Ser realista nos mantiene vivos, Vick —responde ella, guardando la cantimplora.
Un sonido cerca hace que se cubran; todo el grupo se oculta nuevamente de forma instintiva. Kangu asoma la cabeza y ve otra cabeza saliendo de la maleza de enfrente.
—Salgan —dice mientras abandona el escondite—. Son Victoria y su equipo.
Ambos grupos se juntan en donde antes era una calle, donde los adoquines aún son visibles. La plaza central, según parece, se alza a su frente, y la fuente de agua es ahora una estatua florida.
—Queda muy lindo —dice Kangu apuntando a la estatua mientras se acerca al nuevo grupo.
—¿Te vas a volver romántico? —pregunta Victoria con sorna, llevando un arma apoyada en su hombro.
—¿Por qué no? —responde Kangu—. Es lo que falta en este mundo.
Finaliza la frase sacando de su arruinado pantalón un libro donde se lee El amor en los tiempos del cólera, y lo sacude como trofeo.
Las personas están vestidas de forma casi harapienta, con remeras agujereadas, pantalones cosidos y calzados desgastados. Solamente las armas son modernas y completas.
—¿Han visto algo? —pregunta el hombre, mientras guarda nuevamente su libro.
—Conseguimos mantas más allá, semicompletas —responde Victoria.
—Justo para el friolento de Vick —dice la mujer de la manzana.
—Muy graciosa, Sandy —contesta él con un dejo de ironía—. ¿Ahora habrá que luchar por las manzanas? —Sonríe levemente hacia Victoria y señala a su grupo.
Pero un ruido de fondo corta la conversación y todos guardan silencio. Kangu pone su dedo en los labios en señal de silencio mientras el zumbido se hace más fuerte. Todos, sin hacer ruido, pero de forma precisa, se ocultan rápidamente entre el follaje o la casa que encuentran.
Unos drones aparecen por sobre el lugar y se distribuyen para registrar la zona, haciendo visibles sus luces rojas parpadeantes. Las personas siguen en sus lugares, quietas, casi sin respirar o respirando lo más suave posible, con sus armas empuñadas y listas. Los drones, con sus zumbidos, vuelan alto y bajo, van por todos lados, se elevan y luego se juntan todos en el aire hasta que se escucha la llegada de un vehículo.
Una carcasa similar a una van, pero con ruedas orugas, se aproxima al lugar. Abre una escotilla lateral y de adentro surgen unos robots altos y finos, con largos brazos y piernas. Sus caras solamente poseen unos ojos que son una sola línea iluminada de un color rojo. Bajan del transporte y observan para todos lados mientras sus ojos detectan calor corporal en varios lugares. Se separan y van por diferentes flancos.
Uno de los robots se aproxima a una espesa vegetación. Detrás, en cuclillas, se encuentra un pequeño grupo. El robot levanta uno de sus brazos y comienza a cortar la vegetación como si tuviera una guadaña en su extremidad. Descubre a las personas, pero un rayo disparado le vuela la cabeza; el cuerpo del robot tambalea un momento y luego se desploma en el suelo.
Los demás robots se ponen en alerta y empiezan a ir hacia donde su compañero ha caído. Las personas se alejan del lugar, avanzando arrodilladas por entre el follaje y lo que antes eran las paredes de una casa, mientras los que están en el otro sector hacen lo propio, pero yendo para el lado contrario.
Uno de los drones se ubica por arriba dando una señal y los robots se abalanzan sobre ellos. Empiezan los disparos. Algunos robots pierden una pierna o un brazo, y otros caen fulminados, pero la mayor parte repele el fuego enemigo. Con rapidez se acercan al grupo moviéndose con una agilidad pasmosa, incluso evitando los rayos disparados.
Los robots poseen un brazo de forma humana que finaliza en una mano robótica; el otro brazo, en cambio, termina en una punta afilada que también pueden usar como espada. Uno de ellos toma el brazo del hombre que dispara y le clava su punta. El hombre se retuerce y grita de dolor. Ema, enfrente, apunta y dispara al robot, y el rayo lo deja sin cabeza. Otro de los sobrevivientes sujeta al hombre antes de caer al suelo.
—¡Vámonos! —grita Kangu.
Todos desean escapar por un lado del pueblo, pero los robots los persiguen acompañados por los drones. Siguen disparando mientras huyen. Los robots, aprovechando su diseño delgado, son rápidos y ágiles; se mueven a gran velocidad, pueden esquivar los disparos en ocasiones y, lo principal, corren velozmente.
—¡Vick, lleva al grupo hacia el bosque! —grita Kangu, mientras se detiene para disparar mejor.
—¡No te dejaré! —dice Ema, disparando junto con él.
—Vete, Ema —le ordena el hombre —¡Victoria! Salgan de aquí. Es una orden.
Victoria agarra a Ema por la espalda y la arrastra hacia el bosque mientras ella se resiste.
Uno de los robots llega hasta Kangu, quien sigue disparando sin cesar mostrando su maestría. Pero otra de las máquinas lanza un tajo ardiente y le corta el brazo; Kangu grita mientras se toma el muñón, cuya herida queda cauterizada al instante por el calor del impacto. Su arma cae al suelo junto con la extremidad perdida. Sin darle tiempo a recuperarse, el robot lo clava con su punta por la unión entre el tórax y el brazo sano y, manteniéndolo colgado, se lo lleva cautivo.
El resto de las máquinas sigue en persecución, por tierra y saltando entre los edificios y árboles del lugar.
Ema grita:
—¡¡Nooooo!! —al ver que Kangu es atravesado y llevado como una res.
Trata de librarse de Victoria, pero no puede.
—¿No te das cuenta de que haces del sacrificio de Kangu algo en vano? —le recrimina la mujer, al colocarla frente a ella mientras la toma de sus mejillas.
Ema sigue forcejeando. Mira hacia el lado donde los robots atravesaron a Kangu y suspira. Las máquinas siguen avanzando para la lucha. Mira a Victoria y asiente, pero ya es tarde: los robots están encima y los drones se posicionan por arriba. Victoria toma firme su arma y Ema la suya. Las dos mujeres se miran, y Victoria asiente con su cabeza.








![ᴜɴᴅᴏɴᴇ [ ᴋᴏᴏᴋᴍɪɴ ] [ √ ] [ 6.0 ]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_67f6c2c171e4dab3778f3bc27b0ee7ea.jpg)