PROLOGO
ᴄʟɪᴄʜé 𝟢: ʟᴀ ᴄʜɪᴄᴀ ɪɴᴠɪꜱɪʙʟᴇ ᴀ ʟᴀ ǫᴜᴇ ɴᴀᴅɪᴇ ᴠᴇ ᴘᴇʀᴏ ᴛᴜ ꜱí, ᴘʀᴏʙᴀʙʟᴇᴍᴇɴᴛᴇ ɴᴏ ᴛᴇ ᴇꜱᴛé ᴍɪʀᴀɴᴅᴏ.
𖤝
𝒥𝒶𝓂𝑒𝓈 𝒮.
Las luces del bar tintineaban en tonos oscuros. No tenía ganas de venir, pero tampoco podía decirle que no a mi mejor amigo.
Una silueta de vértigo, con vestido rojo, acaparó la atención de todo el bar, y yo miré por inercia. No conocía mucho de moda; mis ojos estaban acostumbrados a ver mujeres en scrubs, pero esa chica tenía algo, parecía modelo.
—¿El cazador encontró una presa? —preguntó Ortíz, en mi oído.
Yo volví a ver el trago frente a mí.
—No es mi tipo.
—Ah, claro —respondió Ortíz, irónico—. Tu tipo son las calladas.
—Claro que no —negué—. Mi tipo son las de paredes blancas y todo esterilizado.
Él analizó un poco mis palabras hasta que finalmente lo entendió:
—¿El quirófano?
—Mi gran amor.
Realmente no tenía la paciencia cómo para explicarle a Ortíz que yo no era el tipo de una sola noche. No podía hacerlo sin que se burlara de mí.
Le di el último sorbo al trago y mi mirada volvió hacia el círculo, pero esta vez había algo diferente. La chica con estilo arrastraba a una de sus amigas a la pista y en la barra no quedó nadie. Iba a volver para pedir un trago y entonces me percaté de que sí quedaba alguien, pero alguien tan invisible que nadie la notaría.
Llevaba un sueter manga larga negro y un pantalón de vestir blanco. Algo formal, cómo para un congreso, no algo que usarías en un bar, a menos que no quisieras estar allí.
Su cuerpo estaba encorvado, como si ella misma fuera consciente de su invisibilidad. Sus manos temblorosas jugaban con el trago frente a ella. A juzgar por la forma en que lo hacía, era probable que fuera el primer trago de la noche, quizás estaba dudando, si tenía el valor de hacerlo o no. Luego, ocurrió. Su mirada se desvió hacia mí y una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo entero. Sus ojos, aun a esta distancia y aun a través de los lentes, tenían algo... algo que me perturbó durante un segundo, algo que me hizo querer acercarme para invitarla a tomar un trago. Pero ella ni siquiera me miró.
Sus ojos se enfocaron en el tipo de la barra, a quien le devolvió el trago. Luego él negó. Obviamente, no puedes devolver un trago que ya fue comprado y, ante la presión, ella simplemente lo tomó y se lo llevó consigo.
Quizás lo que me perturbó de aquella escena fuera cómo ella no encajaba, como una pieza del rompecabezas que había sido sacada para completar otra más. Era tan extraño, como si alguien la hubiera obligado a venir y a la vez no.
Sentí algo extraño: ganas de conocerla.
—¿Encontraste una presa? —escuché a Ortíz susurrar.
La chica ya se había ido, pero por el tiempo en el que me quedé mirando, Ortíz debió creer que alguien había acaparado mi atención.
—No puedo ofrecerle un trago porque ni siquiera parece que tome —respondí, saliendo de esa laguna mental que me tenía mirando a la chica.
¿Que es lo que me tiene embobado mirándola? ¿Será por su ropa? No es eso. Es como si no encajara. Cómo lluvia en un día soleado. Y para un neurocirujano acostumbrado a la perfección, algo de eso me incomodaba.
—Bueno, invítale un trago. No pude verla pero, lo más que puede hacer es rechazarte.
Una imagen agridulce me llegó. La última vez que le había invitado un trago a una chica. La chica que me cambió por uno mejor.
—Olvídalo, no tengo timpo para eso. Mañana estoy de turno.
El beeper en mi bolsillo empezó a vibrar.
—Maldita sea.
Como una invocación, la medicina me llamaba.
—No me jodas —respondió Ortíz al ver que el suyo también vibraba.
Una emergencia. Así era la vida de ser cirujano: perder la poca vida que te queda fuera del hospital en cuanto ese aparato empieza a sonar. Ortíz sacó su teléfono.
—Accidente de tráfico, vienen traumas múltiples. Mierda... Tengo que estar en urgencias ya. ¿Te pago después?
Asentí. No esperó ni un segundo más cuando ya estaba saliendo por la puerta del bar. Saqué mi billetera. Tenía al menos cinco minutos para llegar: tres en el tráfico y los otros dos en los que la interna intentaría salvar al paciente.
La vida de un Residente.
Saqué un billete de cincuenta y lo dejé en la barra. Tomé el casco de la moto y caminé hacia la salida. Mi teléfono vibró, la interna me había escrito: ”Motocicleta contra auto. Trauma múltiple“.
Iba a responder lo de siempre: que lo mantuvieran estable y lo subieran a la sala de cirugía en lo que yo llegaba, cuando sentí un choque seguido de un líquido recorriendo mi camisa entera. No tuve tiempo de procesar lo que había pasado cuando aquellos ojos brillantes me miraron, sorprendidos y apenados.
—Lo... Lo siento —susurró ella, mirándome apenada.
A mí se me dibujó en los labios mientras ella espacía el hielo que había entrado en su camisa.
—Es culpa mía.
Ella asintió sin mirarme a los ojos, sin darme el privilegio de poder volver a verlos. Había algo que aún no podía descifrar. Ciertamente era extraño. Pero el beeper volvió a sonar en mi bolsillo. No pude ocultar la decepción cuando me despedí y salí del bar.
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Una craneotomía de emergencia y el chico pudo salvarse, pero no podía decir lo mismo de las secuelas que dejaría el trauma.
—Doctor —me llamó la interna—. Necesito que firme la lista de los nuevos estudiantes que van a estar rotando con usted.
—Ah, sí —respondí con una sonrisa cansada y tomé la hoja—. ¿Puedes elegir aleatorio?
La chica me miró, con bolsas moradas bajo sus ojos y el cabello despeinado. Estaba más dormida que despierta, tanto que ni siquiera escuchó mi pregunta. Luego, como si hubiera salido de su trance, me miró.
—No lo sé, doctor. Es...
Sonreí. Neurocirugía era una de las más agresivas y aún así ella pidió estar aquí, aguantando sueño. Pasé la página y me detuve en seco al ver el rostro bajo la foto tamaño carnet.
Esos ojos.
Esa chica.
—¿Viene mañana?
—Sí, Dr. Todos los días desde las 7:00 am.
—La quiero a ella.








