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El Camaleón

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Sinopsis

Después de cuatro años desaparecido, Gabriel Ferreyra vuelve inesperadamente a su casa. Su familia, que ya había perdido las esperanzas de encontrarlo, intenta recuperar el tiempo perdido mientras Gabriel trata de reconstruir una vida que parece haber quedado atrás. Pero su regreso esconde algo que nadie imagina.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: El Hombre que Volvió

La noche estaba bastante tranquila en el barrio, aunque una lluvia constante caía desde hacía varias horas. Las calles estaban casi vacías y solamente se podían ver algunos autos pasando de vez en cuando.

En una casa ubicada en una esquina, una familia se encontraba cenando.

La televisión estaba prendida, aunque nadie le prestaba demasiada atención. Ricardo Ferreyra estaba sentado en una de las puntas de la mesa, mirando su plato mientras comía lentamente. A su lado estaba Elena, su esposa, que de vez en cuando levantaba la mirada hacia la televisión.

Del otro lado estaba Martina, la hija menor.

Había una cuarta silla.

Estaba vacía.

Como había estado durante los últimos cuatro años.

—¿Mañana vas a ir temprano? —preguntó Elena.

—Sí, tengo que estar a las ocho —respondió Ricardo.

—Otra vez.

—Y si no voy, me echan.

—Ya sé, pero podrías buscarte algo mejor.

Ricardo sonrió un poco.

—A esta altura no estoy para empezar de cero.

Martina los escuchaba sin decir demasiado.

—Yo mañana salgo tarde del colegio —comentó.

—¿Tenés algo después?

—No.

—Entonces venite directo a casa.

—Sí, mamá.

Durante unos segundos volvió a quedar solamente el ruido de los cubiertos.

Hasta que sonó el timbre.

Los tres se quedaron en silencio.

—¿Esperan a alguien? —preguntó Martina.

—No —respondió Elena.

Ricardo miró el reloj.

Eran casi las once de la noche.

—Debe ser algún vecino.

El timbre volvió a sonar.

Esta vez más largo.

—Voy yo —dijo Elena, levantándose de la mesa.

Caminó hasta la entrada.

Antes de abrir, miró por la pequeña ventana que había al costado de la puerta.

No vio demasiado por la lluvia.

Solamente una figura parada afuera.

—¿Quién es? —preguntó.

No obtuvo respuesta.

Elena abrió lentamente la puerta.

Y se quedó completamente quieta.

Frente a ella había un hombre.

Estaba empapado por la lluvia.

Llevaba una campera oscura y tenía el pelo mojado. Tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja derecha y una barba corta.

Elena lo miró durante varios segundos.

El hombre no dijo nada.

Solamente la observó.

—¿Señora? —preguntó finalmente.

Elena empezó a respirar cada vez más rápido.

Había algo en esa voz.

Algo que conocía.

Algo que había escuchado miles de veces.

El hombre dio un paso hacia adelante.

—Mamá.

Elena abrió los ojos.

Por un momento no pudo reaccionar.

—No...

El hombre la miró.

—Soy yo.

La mujer comenzó a llorar.

No podía creer lo que estaba viendo.

—No puede ser...

—Mamá.

Elena llevó una mano a su boca.

—Gabriel...

El hombre asintió.

—Sí.

Elena se lanzó sobre él.

Lo abrazó con todas sus fuerzas.

El hombre cerró los ojos y también la abrazó.

—¡Gabriel! —gritó Elena entre lágrimas—. ¡Gabriel!

Ricardo escuchó el grito desde el comedor y se levantó rápidamente.

—¿Qué pasó?

Caminó hasta la entrada.

Cuando vio al hombre, se quedó completamente paralizado.

No dijo nada.

Gabriel lo miró.

—Hola, papá.

Ricardo comenzó a negar con la cabeza.

—No.

—Papá...

—No puede ser.

—Soy yo.

Ricardo se acercó lentamente.

Lo observó de arriba abajo.

La cicatriz.

Los ojos.

La cara.

La voz.

Todo.

Pero aun así no podía creerlo.

—¿Dónde estuviste? —preguntó finalmente.

Gabriel bajó la mirada.

—Es una historia larga.

—¿Dónde estuviste durante cuatro años?

El hombre no respondió.

Ricardo se acercó un poco más.

—Te buscamos por todos lados.

—Lo sé.

—Pensamos que estabas muerto.

Gabriel lo miró.

—Yo también pensé que estaba muerto.

Ricardo se quedó callado.

Después lo abrazó.

Esta vez fue diferente.

No había dudas.

El hombre que estaba frente a ellos parecía ser realmente Gabriel Ferreyra.

Martina apareció detrás de su padre.

Al ver al hombre, se quedó quieta.

Gabriel la miró.

—Hola, Martu.

La chica no reaccionó.

—¿Cómo me dijiste?

—Martu.

—Hace años que nadie me dice así.

Gabriel sonrió.

—Yo siempre te decía así.

Martina comenzó a llorar.

—Gabriel...

Él abrió los brazos.

La chica corrió hacia él.

Los tres terminaron abrazados en la entrada de la casa mientras la lluvia seguía cayendo afuera.

Después de unos minutos, Elena cerró la puerta.

—Entrá, hijo.

Gabriel entró.

Miró la casa.

Todo parecía bastante parecido.

El mismo sillón.

La misma mesa.

El mismo cuadro en la pared.

Incluso algunas fotografías seguían en el mismo lugar.

—No cambió mucho —dijo.

—¿Cómo querés que cambiara? —preguntó Elena—. Esta siempre fue tu casa.

Gabriel sonrió.

—Sí.

Ricardo lo miraba todavía sin poder procesar todo.

—Tenemos que hablar.

—Sí.

—Hay muchas cosas que quiero saber.

—Lo sé.

—¿Estuviste secuestrado?

Gabriel se quedó unos segundos en silencio.

—Algo así.

—¿Quién te tuvo?

—No puedo hablar de eso todavía.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Cómo que no podés?

—No es tan fácil.

—¡Hace cuatro años que estamos esperando una explicación!

Elena intervino.

—Ricardo, tranquilo.

—¿Cómo querés que me calme? ¡Es nuestro hijo!

Gabriel los miró.

—No quiero discutir.

Ricardo respiró profundamente.

—Está bien.

Se hizo silencio.

—Pero algún día me vas a contar todo.

Gabriel asintió.

—Sí.

Elena se acercó.

—¿Tenés hambre?

Gabriel sonrió.

—Un poco.

—Te preparo algo.

—No hace falta.

—No me importa.

La mujer fue hacia la cocina.

Martina se quedó junto a Gabriel.

—Pensé que estabas muerto.

Gabriel la miró.

—Lo siento.

—No alcanza con decir eso.

—Ya sé.

—¿Por qué nunca llamaste?

El hombre tardó en responder.

—No podía.

—¿Por qué?

—Porque si llamaba, podía ponerlos en peligro.

Martina lo miró fijamente.

—¿Todavía estás en peligro?

Gabriel no respondió inmediatamente.

—No lo sé.

La chica pareció preocuparse.

—¿Qué significa eso?

—Que no quiero que ustedes se preocupen.

—Ya estamos preocupados.

Gabriel sonrió un poco.

—Seguís igual.

—Vos también.

—¿Eso es bueno?

Martina lo observó.

—No sé.

En la cocina, Elena empezó a preparar comida.

Ricardo seguía mirando a su hijo.

—¿Te acordás de tu habitación?

Gabriel levantó la mirada.

—Sí.

—Está prácticamente igual.

—¿En serio?

—Tu mamá nunca quiso tocar nada.

El hombre sonrió.

—Vamos a verla.

Subieron las escaleras.

Elena los siguió.

Abrió la puerta.

La habitación estaba igual que años atrás.

Había una cama, un escritorio, algunos libros y una guitarra apoyada contra la pared.

En una de las paredes había fotografías.

Gabriel se quedó mirando.

—Todavía está la guitarra.

—Nunca quisimos tirarla —dijo Elena.

Él se acercó.

La tomó.

Pasó una mano por encima.

—Hace mucho que no la veo.

—Era tuya.

—Sí.

Martina se acercó a las fotografías.

—Mirá esta.

Le mostró una imagen de los dos hermanos cuando eran chicos.

Gabriel la observó.

—Estabas horrible.

—Vos eras peor.

—Yo tenía estilo.

Martina se rio.

Elena también.

Ricardo permaneció en silencio.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella habitación volvía a sentirse como antes.

Una familia reunida.

Elena miró a su hijo.

—¿Querés dormir acá?

Gabriel observó la cama.

—Sí.

—Siempre te gustó dormir con la ventana abierta.

El hombre miró la ventana.

—Ya no.

Elena lo observó unos segundos.

—Cambiaste.

Gabriel sonrió.

—Cuatro años es bastante tiempo.

—Sí.

La mujer salió de la habitación.

Martina también.

Ricardo fue el último en irse.

Antes de cerrar la puerta, miró a su hijo.

—Me alegra que estés vivo.

Gabriel lo miró.

—A mí también.

Ricardo cerró.

El hombre quedó solo.

Se sentó sobre la cama.

Miró las fotografías.

Después se levantó y caminó hasta el escritorio.

Abrió algunos cajones.

Encontró cosas viejas.

Un reloj.

Unos papeles.

Un cuaderno.

Los revisó lentamente.

Finalmente volvió a guardar todo.

No parecía estar buscando recuerdos.

Parecía estar buscando algo más.

Unos minutos después bajó nuevamente.

La familia seguía en la cocina.

Elena había preparado comida.

—Sentate —dijo.

Gabriel se sentó.

Le sirvieron un plato.

—Esto te gustaba mucho —comentó Elena.

—Sí.

Probó un poco.

—Está igual.

—Por suerte.

Ricardo sonrió.

La cena continuó.

Por primera vez en cuatro años, la silla vacía estaba ocupada.

Las preguntas volvieron.

—¿Estuviste en otro país? —preguntó Martina.

—En varios lugares.

—¿Dónde?

—No me acuerdo de todos.

—¿Cómo que no te acordás?

—Pasaron muchas cosas.

—¿Te lastimaron?

Gabriel bajó la mirada.

—Algunas veces.

Elena se quedó preocupada.

—¿Quién?

—No importa.

—Sí importa —dijo Ricardo.

Gabriel respiró profundamente.

—No quiero hablar de eso esta noche.

Todos aceptaron.

El silencio volvió.

Después de unos segundos, Martina sonrió.

—¿Te acordás de cuando papá nos llevó a Córdoba y vos te perdiste en el camping?

Gabriel levantó la mirada.

—No me perdí.

—Sí te perdiste.

—Me fui porque vos dijiste que había un río.

—Yo tenía ocho años.

—Y ya mentías.

Martina comenzó a reírse.

—¡No mentía!

—Sí.

—Papá, decile.

Ricardo sonrió.

—Tu hermano se perdió.

—Gracias.

—Pero vos también tuviste la culpa.

Gabriel se rio.

—Siempre igual.

Durante varios minutos hablaron de cosas viejas.

Anécdotas.

Viajes.

La escuela.

Amigos.

Vecinos.

Todo parecía normal.

Hasta que Ricardo hizo una pregunta.

—¿Por qué volviste?

Gabriel lo miró.

—¿Qué?

—¿Por qué ahora?

El hombre quedó en silencio.

—Porque podía.

—¿Y antes no?

—No.

Ricardo continuó mirándolo.

—¿Estás seguro de que no hay otra razón?

Gabriel sonrió.

—También los extrañaba.

Ricardo bajó la mirada.

—Nosotros nunca dejamos de esperarte.

El hombre no respondió.

Después de cenar, todos se fueron a dormir.

Gabriel subió nuevamente a su habitación.

Cerró la puerta.

Se quedó quieto.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después caminó hasta el escritorio.

Abrió un cajón.

Sacó un pequeño papel que había escondido antes.

Lo abrió.

Había una dirección escrita.

También había un nombre.

Y una fecha.

Gabriel miró el papel.

Después observó una fotografía de la familia.

Volvió a guardar el papel.

Se acercó a la ventana.

La lluvia continuaba.

De pronto escuchó un ruido.

Tocaron la puerta.

Gabriel guardó rápidamente el papel.

—¿Sí?

Era Martina.

—¿Estás despierto?

—Sí.

La chica entró.

—No puedo dormir.

—¿Por qué?

—No sé.

Se sentó en la cama.

—Todavía no puedo creer que estés acá.

Gabriel la miró.

—Yo tampoco.

Martina sonrió.

—Te extrañé.

El hombre se quedó callado.

—Yo también.

—¿Te vas a quedar?

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

Martina sonrió.

—Bueno.

Se levantó.

Antes de salir, volvió a mirarlo.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Martu.

La chica cerró la puerta.

Gabriel quedó nuevamente solo.

Miró hacia el espejo que había en una de las paredes.

Durante unos segundos simplemente observó su reflejo.

Después se acercó.

Se tocó la cicatriz de la ceja.

Respiró profundamente.

Volvió a mirar la fotografía de la familia.

El teléfono que llevaba en el bolsillo comenzó a vibrar.

Lo sacó.

Había recibido un mensaje.

Lo abrió.

“¿Lo encontraste?”

Gabriel escribió:

“Todavía no.”

Esperó unos segundos.

Después escribió otro mensaje.

“Pero creo que sé dónde está.”

Guardó el teléfono.

Miró nuevamente la habitación.

La guitarra.

Las fotografías.

La cama.

Todo.

Por un momento parecía estar pensando en quedarse.

Pero finalmente abrió el pequeño bolso que había dejado escondido debajo de la cama.

Adentro había varios documentos.

Una identificación.

Un par de lentes de contacto.

Una pequeña caja.

Un teléfono.

Y una fotografía.

Gabriel tomó la fotografía.

En ella aparecía el mismo hombre que estaba parado frente al espejo.

Pero había algo diferente.

El rostro.

La barba.

El pelo.

La expresión.

Todo parecía cambiado.

El hombre sacó una pequeña prótesis que había utilizado sobre la ceja.

Después se quitó lentamente los lentes de contacto.

Su postura también empezó a cambiar.

La espalda.

La forma de caminar.

La manera de respirar.

Incluso su expresión.

Ya no parecía el hombre que había entrado a aquella casa unas horas antes.

Se miró nuevamente al espejo.

Esta vez no había sonrisa.

Solamente había un hombre observándose en silencio.

Tomó el teléfono.

Escribió un último mensaje.

“Estoy adentro.”

Apagó la pantalla.

Después volvió a mirar la habitación.

La familia dormía a pocos metros de ahí.

Ellos creían que Gabriel Ferreyra había regresado después de cuatro años.

Creían que finalmente habían recuperado al hijo que habían perdido.

Creían que el hombre que había llegado aquella noche bajo la lluvia era Gabriel.

Pero estaban equivocados.

Porque Gabriel Ferreyra nunca había vuelto.

Y el hombre que ahora estaba frente al espejo tenía otro nombre.

Bruno Acosta.

Ese era su verdadero rostro.

Aunque ni siquiera ese nombre era el que más utilizaba.

Dentro de la organización lo conocían de otra manera.

El Camaleón.

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