El Lugar Donde Alguna Vez Fui Feliz ~ por 𝓝𝓪𝓽𝓼𝓾𝓸 🖋️✨༒༆࿐ཽ༵☆ en Inkitt
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el lugar donde alguna vez fui feliz ~

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Sinopsis

"Dos enemigos por la historia, dos almas unidas por el instinto de protegerse." Para el mundo, Hitsuki es solo una chica vulnerable escondida entre las sombras de la Segunda Guerra Mundial. Para Óscar, es una vida que debe salvar a toda costa. Pero Hitsuki no huye por ella misma - huye por sus hermanos, por la promesa silenciosa de volver a encontrarlos aunque el mundo entre sus pies sea ceniza. Mientras las mentiras que nos contamos para sobrevivir se vuelven el único consuelo, ella tendrá que aferrarse a su memoria y a la cálida mano de un chico que barely comprende sus palabras, pero sí su dolor. Hay promesas que ni el tiempo ni la guerra pueden romper... aunque el precio sea el corazón.

Estado:
hace 20 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

promesa

—Amane, Tsukasa, despierten... ¡por favor, despierten! —suplicó Hitsuki con la voz ahogada por el pánico, sacudiendo desesperadamente los hombros de sus hermanos menores.

El ambiente dentro de la pequeña choza de madera se sentía pesado, sofocante por el humo que comenzaba a colarse por las rendijas de las paredes. afuera, el Retumbar de las explosiones y los gritos desgarradores de los aldeanos anunciaban que el infierno había tocado a su puerta.

—¿Hermana...? ¿Qué pasa? —murmuró Amane, frotándose los ojitos con el dorso de su pequeña mano. Tenía apenas dos años y, aun en medio de la confusión, su reacción instintiva fue aferrarse con fuerza a su desgastado osito de peluche, el único refugio que conocía.

Hitsuki los levantó de golpe, tomándolos en brazos con una fuerza alimentada únicamente por el terror. Sus extremidades temblaban, pero no había espacio para la duda. Los guió apresuradamente hacia la parte trasera de la vivienda, sintiendo cómo el calor de las llamas cercanas comenzaba a lamer la madera de la estructura.

—Escúchenme bien —dijo la joven, arrodillándose para quedar a la altura de los pequeños y mirándolos fijamente a los ojos—. No importa lo que pase, mientras estén juntos, jamás se suelten. Amane, nunca sueltes la mano de Tsukasa. Recuerden que podrán superar cualquier cosa si permanecen unidos. Yo... yo ya no podré estar con ustedes, pero haré todo lo que esté a mi alcance para que volvamos a reencontrarnos. Se los prometo.

Los niños no alcanzaban a comprender la magnitud de la tragedia, pero la sola idea de alejarse de su hermana mayor fue suficiente para romperles el corazón.

—¡Oni-chan! ¡Yo siempre quiero estar a tu lado! —rompió en llanto Tsukasa, extendiendo sus bracitos en un intento desesperado por abrazarla.

—¡Váyanse rápido! —los interrumpió ella, conteniendo sus propias lágrimas mientras los empujaba suavemente hacia la abertura de la ventana—. Corran lejos, lo más lejos que puedan. ¡No miren atrás!

Con una frialdad dolorosa pero necesaria, Hitsuki tuvo que separar bruscamente a Tsukasa de su regazo. Ayudó a ambos a salir por la pequeña ventana hacia la maleza del bosque posterior.

Minutos antes, la barbarie se había apoderado de la plaza principal del pueblo. Los militares de Estados Unidos habían irrumpido con violencia, abriendo fuego sin piedad contra los habitantes. Hitsuki había corrido por las calles empedradas no para poner a salvo su propia vida, sino impulsada por la desesperada misión de llegar a su hogar antes de que los soldados encontraran a los gemelos. La sola idea de imaginarlos indefensos ante las armas enemigas le aterraba más que su propia muerte.

—¡Allá va esa chica! ¡Persíganla, rápido, rápido! —ordenó la voz gruesa de un oficial estadounidense a lo lejos.

De vuelta al presente, apenas los pies de los pequeños tocaron la hierba del exterior, las llamas terminaron de devorar la choza. Hitsuki no tuvo tiempo de escapar. Un grupo de soldados la abordó por la espalda, derribándola con violencia contra el suelo húmedo. La amarraron fuertemente de las manos y la golpearon de manera implacable en las piernas, dejándola incitada sobre la tierra, totalmente imposibilitada para caminar.

—Mira esto, ¡jajaja! Esta mocosa es tan débil —se burló uno de los captores, sujetándola del cabello para obligarla a mirar la masacre—. Mira cómo muere tu querido pueblo.

Frente a sus ojos, los militares dispararon a sangre fría contra los pocos sobrevivientes que quedaban. Las salpicaduras de sangre impactaron en el rostro de Hitsuki. Una rabia ciega y abrasadora quemó sus entrañas, un deseo desgarrador de matarlos a todos con sus propias manos. Pero, ¿qué podía hacer una niña indefensa? Tenían razón. Era débil. Ni siquiera había sido capaz de defender a su familia.

—Nos divertiremos un poco con esta mocosa —comentó otro soldado con una sonrisa despreciable—. Es bonita, aunque no se compara con nuestras mujeres, pero servirá.

Pasaron minutos agonizantes que marcaron su alma para siempre. Cuando los hombres finalmente la abandonaron en medio del bosque, creyéndola incapaz de sobrevivir, Hitsuki quedó tendida sobre el musgo. Rompió en un llanto silencioso y amargo. Se sentía profundamente sucia, invadida por un asco brutal hacia su propio cuerpo. Sola, rodeada por el silencio helado de la vegetación, comenzó a arrastrarse sin saber exactamente hacia dónde se dirigía.

Mientras tanto, en lo profundo del bosque, la oscuridad y el viento helado envolvían a los dos pequeños gemelos. Amane y Tsukasa caminaban desorientados entre los enormes troncos de los árboles. Tiempo atrás, su hermano mayor, Shiro, les había advertido que si veían a hombres vestidos con uniformes extraños, debían esconderse, pues eran hombres malos. Amane, sujetando la manita temblorosa de su hermano, no dejaba de preguntarse dónde estaría Shiro para salvarlos.

De pronto, un crujido de pisadas resonó cerca. El pánico paralizó a Amane, quien rápidamente empujó a Tsukasa hacia el hueco de un árbol seco. Sin embargo, un pequeño ratón saltó entre las hojas secas del escondite, asustando a Tsukasa al punto de hacerlo ahogar un grito. Amane, demostrando una valentía superior a sus dos años, le acarició la cabecita con ternura y le hizo mimos en silencio, logrando calmarlo justo a tiempo para evitar ser descubiertos por la patrulla que pasaba a pocos metros.

Aquella noche la pasaron acurrucados bajo las raíces del árbol. Se abrazaron mutuamente para darse calor, compartiendo el pequeño peluche de osito, el único objeto que les quedaba de su hogar.

Pasaron dos días de caminata constante. Sus pequeñas ropitas estaban sucias y desgarradas; sus pies dolían con cada paso sobre las piedras y las espinas.

—Amane... tengo mucho frío. ¿A dónde vamos? —preguntó Tsukasa con un hilo de voz, mirando a su gemelo con ojos enormes y agotados, como si él tuviera todas las respuestas del universo.

—No sé, Tsukasa... no sé —respondió Amane, apretándolo más fuerte contra su pecho—. Solo hay que llegar muy lejos.

Horas más tarde, desgastados y sedientos, los bebés encontraron un pequeño lago de aguas cristalinas. Se arrodillaron torpemente en la orilla para ponerse a la altura del agua y comenzaron a beber con desesperación, usando sus pequeñas manos como cuencos. Fue en ese momento cuando el sonido de varias botas pisando la hojarasca los rodeó.

Un contingente de militares tailandeses los había encontrado.

A diferencia de las tropas agresivas, estos soldados se mostraron sorprendidos al hallar a dos infantes en medio de la nada. Los recogieron con cuidado y los trasladaron de inmediato a un campamento improvisado. Allí, las enfermeras de campo los atendieron con infinita paciencia, limpiando sus heridas y alimentándolos.

Los tailandeses intentaban averiguar qué había pasado con la familia de los niños, pero la barrera del idioma era insuperable.

—แม่ พ่อ ครอบครัวเหรอ? (¿Mamá, papá, familia?) —preguntó una de las enfermeras con tono suave.

Los gemelos solo la miraban con los ojos muy abiertos, asustados y abrazándose entre sí, sin entender una sola palabra. Ante la falta de avances, el mando llamó a Angelo, un soldado del contingente que lograba comunicarse moderadamente en japonés.

Angelo se acercó despacio, llevando en sus manos el peluche de osito que las enfermeras habían lavado. Se agachó frente a ellos y comenzó a limpiarles los moquitos con un pañuelo limpio.

—¿Dónde está... familia? Nosotros ayudar —dijo Angelo, acompañando sus torpes palabras con señas tranquilizadoras.

Al escuchar un idioma reconocible, la contención emocional de los niños se rompió. Ambos rompieron en un llanto desgarrador.

—Mi... mi ’mana ’tá en nueto puebo... nueta casha ’tá dota... —logró articular Amane entre hipos y lágrimas.

Angelo suspiró con pesadumbre. La casa de los niños probablemente estaba destruida y el pueblo quedaba a kilómetros de distancia, lo que al menos significaba que los pequeños estaban lejos del frente directo de combate. El problema era que ninguno de los dos sabía el nombre del lugar donde vivían.

—¿Cómo es... hermana apariencia? —preguntó Angelo cuando los niños se calmaron un poco.

Tsukasa dio un paso al frente, apretando el peluche.

—Pelo nego... ojos café... —murmuró el pequeño.

—Mi oni-chan es piel cara —añadió Amane con voz quedita.

Agotados por la angustia y el llanto, los dos gemelos se quedaron dormidos poco después en los brazos del soldado.

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