Prologo
El aire de la tarde era tan sofocante como tener una cobija encima. El señor Tadeo pasó la trancadura de madera del corral, la última acción con la que culminaba sus labores del día.Tras la ardua jornada, pensaba en bajar al pueblo de San Jerónimo a pasearse por el bar del señor Faustino. Se le antojaban unos tragos de aguardiente, un poco de licor caliente le ayudaría a pelear al frío que baja del cerro. En esta época las noches solían ser cálidas, con una humedad pegajosa que se adhería a la piel cual melaza; pero, en días pasados el ambiente se había sentido distinto: helado. A sus sesenta y pico de años, Tadeo se seguía sintiendo tan vigoroso como un muchacho, el calor de la caña y la compañía en el pueblo eran justo lo que necesitaba para espantar la destemplanza.
¿Este soplaverga de Antonio dónde estará?— pensó. Al muchacho le tocaba velar el ganado en la noche para rotar con Juan en la mañana— Si no llega, igual me voy.
El día había sido agotador. El ganado se había comportado con terquedad, hasta el punto de ser más agresivo; casi lo tumban de la montura al arrearlas. De haber caído, las mentadas bestias lo habrían molido apisadas. Sin ganas de seguir esperando, caminó hacia su montura: Neida, una vieja yegua que el jefe le había regalado hacía veinte años. Ajustó la jáquima, subió a pelo y ya arriba, espoleó al animal hacia la salida del potrero. Le tomaría mediahora llegar a la casona del patrón para dar parte, y de ahí otra media hora de bajada hasta San Jerónimo. Ojeó de forma breve la pequeña choza en la que se debía quedar el celador que cuidaría a los animales en la noche, y al voltear a su izquierdad, dirigiendo su vista a la hilara de lomas que se extendia en el horizonte y más allá... Ahí estaba: el monolito. Una mole colosal que irradiaba una luz lechosa y pálida, cuya cima atravesaba las nubes perdiendose de la vista. Siempre se preguntó quién o qué demonios había levantado eso. El Lucero del pueblo, juraba que el Altísimo la erigió para sostenerl la bóveda del cielo. La Iglesia del Soberano decía que era una blasfemia. Para Tadeo, lo único seguro era que la torre estuvo allí antes que él y seguiría en pie cuando a él se lo comiera la tierra.
«¿Qué irá a pasar con esta finca, Señor?», murmuro para sí. En el último par de años la producción había decaído de forma abrupta, el ganado estaba muriendo, se soltaba a pastar y ahí mismo morían, como si se les olvidará respirar. Para colmo de males algunos de los animales se adentraban en la espesura no volvían.
—Sii llegan a quebrar— pensó— me voy pa' donde Elena. La yegua está vieja, pero me puede llevar hasta...
Un silbido extraño a sus espaldas cortó sus pensamientos.
Sonó como la brisa colándose entre los troncos; pero no corría ni una minuscula ráfaga de aire. Tadeo supuso que sería algún cazador entre el monte espiando venados o algún leóncito de esos que acaban con un lote entero de ganado.
El silbido se repitió, agudo y seco.
«Debe andar llamando animales», se dijo. Pero de inmediato el sonido volvió a sonar, pegado a su nuca. No era solo un aire rasgado: era un silbido que le vibró en los dientes y le retumbó en los huesos del cráneo. Tadeo volteó sobresaltado. No había nadie. Solo el camino de tierra, maleza, samanes, ceibas y jarabillos
Poco faltó para que los ojos se le salieran de las cuencas. Sin dudarlo un segundo, espoleó a Neida y salió como alma que lleva el demonio cerro abajo, en dirección a la casona.
No estaba muy lejos de su objetivo, pero el silbido no se quedó atrás; se multiplicó en dos, tres, varios sonidos encimados que le pisaban los talones. La sensación de que algo helado le respiraba en el cuello le puso el corazón en la garganta. Espoleó repetidas veces buscando más rapidez, a lo que Neida respondió con gorgoteos ahogados y relinches de pánico, las desgastadas patas de la yegua sonaban contra las piedras del camino, los árboles pasaban a su costado irguiendose como murallas, mientras la luz del crepúsculo se iba apagando a medida que avanzaba por el accidentado camino, amenazando con dejarlos a ciegas en mitad de la bajada.
«¡Señor, ayúdame!», se encomendó en un grito sordo. Ya casi coronaba el tramo hacia la casona. Solo le faltaba salvar la última curva y...
A un lado del camino, entre la maraña de troncos, lo vio. Una sombra torcida y desproporcionada que cobraba forma con los últimos vestigios del sol. Algo sin rostro que le devolvió la mirada y le llenó el cuerpo con el frío horror visceral de la muerte

![[GL] NO HAY CURA PARA EL AMOR - EDITANDO](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_18f34104b838616732eb19cde1203741.jpg)






