Desde que naci
Desde el día en que nací, mi abuela ya estaba allí.
Dicen que fui una bebé que lloró muy fuerte. Lloraba tanto que, según me cuentan, se escuchaba desde afuera de la habitación donde estaba mi mamá. Mi abuela, al escucharme, se asomó para ver quién era aquella bebé que hacía tanto ruido.
Y esa bebé era yo.
Tal vez en ese momento ella no sabía todos los momentos que íbamos a vivir juntas. No sabía cuántas veces me abrazaría, cuántas veces me cuidaría, cuántas veces saldría en mi defensa ni cuánto iba a significar para mí con el paso de los años. Yo tampoco podía saberlo. Era apenas una bebé, empezando mi vida sin imaginar todo lo que vendría después.
Pero algo sí sé: desde pequeña sentí que mi abuela me amaba de una manera diferente.
Era un amor que podía sentir en sus abrazos, en su ternura y en la manera en que me cuidaba. No hacía falta que me dijera grandes palabras. Muchas veces bastaba con estar junto a ella para sentirme protegida.
Cuando era pequeña también era bastante traviesa. Me encantaba jugar, correr y sentirme libre. Y qué mejor lugar para hacerlo que la finca de mi abuela.
Allá todo parecía diferente. Había tranquilidad, naturaleza y espacio para jugar. Para mí, la finca era un lugar especial. Era de esos lugares donde una niña podía correr sin preocuparse demasiado por nada y simplemente disfrutar.
Mi infancia estuvo llena de juegos, carreras y travesuras. En ese momento yo no pensaba que aquellos días algún día se convertirían en recuerdos tan importantes para mí. Simplemente los vivía.
Entre todos esos recuerdos hay uno que todavía permanece en mi memoria.
Un día estaba en la casa de mi abuela y, como cualquier niño curioso, me comí unas vitaminas que no debía haberme comido todas en un solo día. Cuando mi papá se enteró, quiso regañarme y castigarme.
Yo, asustada, salí corriendo.
¿Y dónde fui?
Donde mi abuela.
Fui a buscarla porque sabía que con ella podía sentirme segura. Le conté lo que había pasado y ella se puso seria.
No necesitó gritar.
Solo dijo que no me iba a pasar nada y que no iba a permitir que me hicieran daño.
Y yo me quedé junto a ella.
Quizás para otra persona aquel momento podría parecer pequeño. Para mí no lo fue.
Porque siendo una niña entendí algo que con los años fui comprendiendo todavía más: el amor de una abuela tiene una forma especial de proteger.
Es ese amor que te recibe cuando tienes miedo, que te abraza cuando has hecho una travesura, que te cuida incluso cuando sabe que te equivocaste y que, de mil maneras, te hace sentir que tienes un lugar al que siempre puedes regresar.
Yo sabía que podía correr hacia ella.
Y eso, para una niña, significaba muchísimo.
Pero el amor de mi abuela no estaba solamente en los momentos en los que tenía miedo. También estaba en las cosas más sencillas de todos los días.
Como la comida.
Como toda abuela que quiere ver bien a sus nietos, mi abuela siempre quería que yo estuviera bien, que comiera lo que me gustaba y que nunca me faltara nada dentro de sus posibilidades.
Ella era de esas abuelas que consienten mucho a sus nietos. Y conmigo era exactamente así.
Si había algo que no quería comer, ella me preguntaba:
—¿Qué quieres que te prepare?
Yo muchas veces le decía que no, que no tenía que consentirme tanto. Pero a ella no le importaba. Si podía hacerlo, lo hacía. Para ella, verme contenta era suficiente razón.
Cuando era niña, quizás yo solamente pensaba que mi abuela quería darme lo que me gustaba. No pensaba en todo lo que había detrás de esos pequeños detalles.
Ahora que soy más grande, entiendo que aquellas cosas que parecían pequeñas eran enormes muestras de amor.
Quizás para mí, siendo niña, solamente significaba que mi abuela me preparaba algo que me gustaba. Pero detrás de eso había algo mucho más grande: sus ganas de verme feliz.
Mi infancia también estuvo llena de juegos y travesuras con mis primos.
Recuerdo una vez que estábamos con mis primos y se nos ocurrió tirarnos de una loma. Terminamos con la ropa completamente llena de lodo. Mis padres nos regañaron, porque obviamente no habíamos quedado precisamente limpios.
Pero mi abuela estaba allí mirándonos.
Y, en lugar de enojarse, se reía.
Ella sabía que éramos niños. Sabía que queríamos jugar, correr, ensuciarnos y disfrutar. Le gustaba vernos felices, aunque eso significara después tener que lavar nuestra ropa llena de barro.
Creo que ese era uno de los detalles más bonitos de ella: nos dejaba ser nosotros mismos.
No necesitábamos estar perfectamente arreglados ni sentados sin hacer ruido. Podíamos correr, jugar, ensuciarnos y reírnos. En su casa había espacio para nuestras travesuras y, sobre todo, había espacio para nuestra felicidad.
Eso no quiere decir que mi abuela nunca nos regañara.
Ella también sabía cuándo tenía que ponerse seria. Cuando alguno de mis primos se portaba mal, podía regañarlos y llamarles la atención. Sabía cuándo una travesura era simplemente cosa de niños y cuándo era necesario corregirlos.
Pero conmigo siempre sentí que tenía una relación muy especial.
Yo sentía que debía cuidarme y portarme bien con ella, porque para mí era una de las personas más valiosas que tenía.
Desde pequeña la quise muchísimo.
Quizás por eso siempre observaba cómo era ella con nosotros. Podía llamarnos la atención cuando hacíamos algo malo, pero nunca dejaba de demostrarnos su cariño. Era una abuela que quería vernos bien, tranquilos, jugando y siendo nosotros mismos.
Cuando pienso en esos momentos, entiendo que mi abuela no solamente estaba presente en mi infancia.
Ella fue parte de ella.
Estaba en las comidas que preparaba, en las veces que me consentía, en las risas cuando hacíamos alguna travesura, en los momentos en la finca y en esa forma tan especial que tenía de mirarnos mientras jugábamos.
Y quizás eso es lo que hace único el amor de una abuela: que muchas veces no te das cuenta de cuánto amor estás recibiendo hasta que empiezas a mirar tus recuerdos con otros ojos.
Cuando eres niño, muchas cosas parecen normales.
Que tu abuela te prepare algo que te gusta parece normal.
Que te abrace cuando tienes miedo parece normal.
Que se preocupe por ti parece normal.
Que se ría cuando llegas lleno de lodo parece normal.
Que te defienda o te haga sentir protegido parece normal.
Pero crecer también significa aprender a mirar hacia atrás y comprender que nada de eso era simplemente normal.
Eran formas de decir: “Te quiero”.
Con el tiempo también comencé a darme cuenta de algo que de niña no comprendía completamente: no todos los niños tenían la oportunidad de vivir lo que yo estaba viviendo.
Había niños y niñas que ya no tenían a sus abuelos. Ya no podían recibir ese abrazo, escuchar una voz cariñosa, sentarse junto a ellos o sentir ese calor tan especial que solamente puede dar una persona que te quiere de esa manera.
Pensar en eso hacía que valorara todavía más a mi abuela.
Porque tener una abuela no significa solamente tener a alguien que te consiente o que te prepara tu comida favorita.
Significa tener a una persona que muchas veces está dispuesta a escucharte cuando tienes un problema, que puede darte un consejo cuando no sabes qué hacer y que puede convertirse en ese lugar donde sientes que puedes estar tranquilo.
Yo tenía ese lugar.
Era mi abuela.
Y aunque cuando era pequeña no sabía explicar todo lo que significaba su amor, podía sentirlo.
Lo sentía cuando me abrazaba, cuando me cuidaba, cuando se preocupaba por mí y hasta cuando se reía de nuestras travesuras.
Ahora entiendo que muchos de esos momentos que parecían normales eran, en realidad, pequeños recuerdos que algún día iba a guardar para siempre.
A veces creemos que para recordar a alguien necesitamos grandes acontecimientos. Pero cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que muchas de las cosas que más recuerdo son precisamente las más sencillas.
Una comida que ella preparaba porque sabía que me gustaba.
Una travesura con mis primos.
La ropa llena de lodo.
Una risa.
Un regaño.
Un abrazo.
Un lugar donde sabía que podía correr cuando tenía miedo.
Todo eso formaba parte de mi vida y, sin darme cuenta, también formaba parte de la relación que tenía con mi abuela.
Ella estaba presente en mi infancia de una manera que en ese momento yo todavía no podía comprender.
Yo solamente era una niña disfrutando de esos días.
No sabía que algún día iba a mirar atrás y querer recordar cada detalle.
No sabía que algún día iba a entender que tenerla a mi lado era algo que debía valorar.
No sabía que esos momentos sencillos iban a quedarse conmigo.
Solo sabía que quería a mi abuela.
Y que cuando estaba con ella me sentía bien.
Desde aquella bebé que lloraba tan fuerte que hizo que mi abuela se asomara para saber quién era, hasta la niña que corría hacia ella cuando tenía miedo, fueron pasando los primeros años de una historia que todavía tenía mucho por contar.
Yo todavía estaba creciendo.
Todavía quedaban muchos años por vivir, muchas cosas por aprender y muchos momentos que compartir.
Y aunque hoy puedo mirar aquellos primeros recuerdos y entender cuánto significaba mi abuela para mí, en ese entonces todavía no podía imaginar todo lo que la vida nos tenía preparado.
Aquella era solamente una parte de nuestra historia.
La historia de una niña que creció sintiéndose querida, cuidada y protegida por su abuela.
Y los años que vendrían después me enseñarían que el amor que recibí de ella era todavía mucho más grande de lo que podía entender cuando era pequeña.
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