Una mañana acontecida
—¿Hasta qué hora piensas dormir, estúpida?
Entre las sábanas púrpuras, un cuerpo robusto se movió abruptamente ante el inquietante quejido. Lo único que podía verse de la persona debajo, eran mechones de cabello color rubí que se deslizaban con pereza desde la almohada hasta colgar al borde de la cama.
—¡Tengo hambre! —vociferó de nuevo— ¡Voy a morir de hambre!
La persona debajo de las sábanas se sentó con violencia, sacudiendo su cabello por todo el lugar mientras su “despertador” soltó un dramático chillido batiendo sus alas para alejarse.
—¡Ay, ya! ¡Ya estoy despierta! ¡Y te veo vivito y coleando!
Sir Dodo, su cacatúa de cresta amarilla, erizó todo su plumaje y abrió sus alas para decir “buenos días” con su voz estridente y rauca. El bailecito de lado a lado que estaba haciendo le causó gracia a la chica, dejándola con una sonrisa tierna entre los labios. Con una risa ahogada correspondió el saludo antes de levantarse de la cama.
—¿Qué vamos a hacer esta noche, Sir Dodo? —inquirió la pelirroja mientras abría la puerta de su clóset. Necesitaba buscar algo para tapar su cuerpo desnudo— Los viernes se volvieron aburridos desde que no tenemos amigas.
—Tú sola, a mí me quieren todos —canturreó burlesco. La muchacha le dirigió una mirada fulminante. Sabía que el ave solo repetía sus frases más comunes, pero estaba convencida de que sabía lo que decía y disfrutaba burlarse de ella.
—Nadie quiere a un pajarraco parlanchín —replicó arrugando la nariz mientras se ponía un vestido de tirantes color amarillo. Era su favorito para el verano por su estampado de trocitos de naranja. Algo cómodo para trabajar desde casa porque no sofocaba sus pechos copa D y los mantenía en su lugar.
Acto seguido cerró la puerta y se dirigió descalza a la cocina.
La joyería de su tobillo derecho tintineaba con cada paso. Era un sonido de cascabel hueco y amaderado, causado por las conchas de mar que adornaban el accesorio. Le encantaban las tobilleras. Tenía de todos los tamaños y colores. Tanta parafernalia la delataba haciendo ruido al moverse pero esa era precisamente la intención.
«La gente debe reconocer que te estás acercando por el ruido de tus accesorios y tus pisadas», es la respuesta que suele dar cuando se le cuestiona por sus preferencias de estilo y se encuentra de buen humor. De no estarlo, opta por sacudir sus brazos para que los brazaletes hagan un ruido todavía más estridente mientras muestra su dedo del medio con desdén. No hay intermedio.
No tuvo que caminar mucho para llegar a donde quería ir. El apartamento que se encontraba alquilando los últimos cuatro meses sólo tenía una habitación y esta no poseía una puerta. La distribución era estorbosa para su gusto, pero debía acomodarse como pudiera en su pequeña morada, a la que llama cariñosamente “mi cajita de fósforos”.
Su cacatúa se balanceaba por ahí haciendo ruidos indistinguibles, cuando cayó en cuenta de que había demasiado silencio. Dejó el desayuno a medio servir para ir por su celular y reproducir Habits de Tove Lo. Ahora sí, podía servir el cereal a gusto.
Cuando terminó de servirse el tazón de cereal, le sirvió comida a Dodo. Éste bailoteó de felicidad al ver caer las semillas en su comedero. Aprovechó que su mascota estaba distraída para comer en silencio frente a la laptop que la esperaba en su habitación sobre el diminuto escritorio de madera blanca al lado de la cama. Allí se sentó para comenzar su turno laboral en los minutos que se aproximaban.
Revisó su celular despreocupadamente mientras abría las aplicaciones que necesitaba, haciendo scroll en el inicio de X sin prestar atención a lo que leía, hasta que escuchó un grito masculino y el sonido de unos neumáticos derrapando en el asfalto. En un impulso por saber qué había sucedido, saltó de la silla para salir, casi tropezando con el acuario junto a la entrada en el proceso, donde tenía a su pez betta llamada Bayoneta y el caracol manzana que le hacía compañía, el cual fue nombrado Mosquete. Les pidió disculpas desde afuera una vez que esquivó la tragedia.
Al asomarse por el balcón, que daba a la avenida, Sir Dodo ya estaba ahí, asomado a través de la malla de seguridad. Una vez afuera se encontró con un carro gris de un modelo que no conocía (no conocía ninguno) encima de una bicicleta vinotinto. A unos metros un señor de la tercera edad gritaba palabras altisonantes a un joven que le devolvía las ofensas y cojeaba de la pierna derecha. A su alrededor, un grupo de personas observaban con ojos curiosos.
—¡No vayan a pelear! —gritó una voz femenina.
—¡Señora, no se meta! —exclamó alguien desde atrás.
Sosteniendo al señor por los hombros estaba el chico de la tienda… ¿Cuál era su nombre? No podía recordarlo. Era atractivo y por su acento parecía ser oriundo de otra ciudad, sin embargo, hasta el momento no había sostenido una conversación con él como para saberlo.
Fue el único que tuvo la iniciativa de meterse entre ellos para mediar palabra y evitar que la discusión subiera de tono.
—¡Ambulancia! ¡Ambulancia! —repetía Dodo.
—Ya tenía rato sin que pasara nada —expresó sin darse cuenta de su frialdad—. No hará falta ambulancia, Sir.
Se distrajo unos minutos viendo como resultaban las cosas hasta que recordó que estaba a punto de empezar su turno laboral. Arrastrada por sus responsabilidades, dejó el chisme a la mitad y se dispuso a responder los correos y mensajes que tenía pendientes.
Llegadas las once de la mañana, sintió que era buen momento para tomarse un descanso. Lo bueno de su empleo como asistente virtual era la flexibilidad para dejar el puesto y hacer cualquier cosa excepto trabajar por un rato. Siempre y cuando cumpliera a tiempo con lo que debía hacer, entregara los reportes al final del día y respondiera las llamadas telefónicas de su jefa, a nadie le importaba checar dónde estaba ni qué hacía durante su jornada. Le provocó comerse un helado, así que se puso unas sandalias naranja, se acomodó un poco el cabello y tomó el libro de poesía latinoamericana que le había prestado su hermano días antes para dirigirse a la tienda. Planeaba leer un poco mientras disfrutaba del sol en el parque. Su mente necesitaba desconectar de la luz artificial de la pantalla por al menos veinte minutos.
—Ya vengo, Sir —se despidió mientras cerraba la salida al balcón.
Se detuvo un momento para asegurarse de que no parecía una indigente. Contempló su rostro un instante. No había nada en él que le disgustara. En sus facciones conviven la herencia levantina de su familia y el carácter mediterráneo de sus raíces ibéricas, despertándole cierto orgullo. El color dorado de su piel hacía la mitad del trabajo.
Y el cabello rojo Power Ranger, la otra mitad.
—Chao Cheo, chao Cheo, chao Cheo —repetía la cacatúa con un bailecito de arriba hacia abajo montado en el mesón de la cocina.
—Chao Cheo —respondió acercándose para darle un beso de pico antes de darse media vuelta y salir.
Ya en la calle, pasó por el minimarket. Allí vendían prácticamente de todo, desde verduras hasta cosas para el aseo. Durante los últimos meses ha comprado en esa tienda todos los días ya que siempre se le antoja algo diferente. Al quedar en la planta baja de su edificio, se le hacía más que conveniente ir allí. Asimismo, a la vuelta de la esquina se encuentra un parque para perros en donde le gusta sentarse de vez en cuando. Solía pasar alrededor de esta hora para comprar una paleta de helado y las cosas que le faltaban para el almuerzo, si se daba el caso. En esa ocasión iría solo por el helado.
Una vez allí, saludó al dependiente con la misma cortesía de todos los días, y él le respondió con la amabilidad de siempre. El chico le sonreía con tal amplitud, que era contagioso. Las primeras veces le parecía una actitud forzada, pero ahora que frecuentaba más el lugar, sabía que él era así de dulce.
No podía negarlo, la dulzura no era el único atractivo que podía presumir si quería. Su cabello castaño se deslizaba por los costados de su rostro con cada movimiento que hacía. Se veía lacio y suave como la seda. El corte que llevaba le recordaba a Brad Pitt en los años noventa, aunque con un rostro mucho más fino que el del actor.
Además, mirándolo bien, se sorprendió al darse cuenta de que sus bíceps tonificados hacían ver la camiseta de su uniforme más ajustada de lo que era en realidad. Estaba moviendo sus manos, eran grandes, parecían tener un agarre firme y cálido. Y ni hablar de esas clavículas marcadas. Estaba segura de que había músculos en ese abdomen, ¿pero cómo podría saber…?
—¿Necesitas ayuda? —inquirió desde el mostrador con su característica sonrisa inclinada. El hoyuelo de su barbilla se marcaba más cada vez que subía las comisuras de sus labios.
La voz apacible del muchacho la sacó abruptamente de sus pensamientos, causando que contrajera sus brazos y su espalda se arqueara, al igual que sus cejas. No se había dado cuenta de que se quedó mirándolo a cinco pasos de la entrada sin ninguna expresión en el rostro —o una expresión tonta. Jamás lo sabrá—. Se distrajo pensando en su atractivo físico y se le olvidó que todavía no despertaban sus poderes de invisibilidad. Una carcajada seca salió sin permiso de su garganta, balanceando su cuerpo hacia un costado mientras alzaba el brazo intentando alcanzar su cabello. Le dedicó una sonrisa nerviosa. Podía sentir sus mejillas arder.
—Estoy bien, tranquilo —Su mano parecía actuar con conciencia propia. Primero muy lejos, luego muy arriba. Por fin logró encontrar el mechón que le estorbaba y atinó a colocarlo detrás de su oreja—. Muchas gracias.
Apresuró el paso en dirección al pasillo con la esperanza de que pareciera tener control de la situación. Sus piernas flaqueaban cuando se desvaneció detrás del anaquel. La vergüenza la hacía reír, así que, expresiva como siempre, se estremeció reclinándose en varias direcciones y alzando las rodillas. El trabajo extra que estaba haciendo para que no se escucharan sus carcajadas era descomunal. Con el libro sobre el rostro intentó resetear su sistema nervioso, teniendo éxito a los pocos segundos.
Su andar por la tienda continuó con normalidad. Se había metido en el pasillo de las galletas y frutos secos. La pelirroja soltó una mueca de desagrado. Era todo lo contrario al antojo que tenía. Giró hacia la derecha para ir por lo interesante. Su caminar era despreocupado y a la vez muy elegante. El vaivén de sus caderas seguía su propio compás. Era el andar de una diva. Su metrónomo biológico bajó la densidad del ritmo cuando se percató que estaba yendo justo en dirección al mostrador. Y es que, claro ¡Ahí estaba la maldita nevera de los helados! Postrada al lado de él.
Todavía estaba muy reciente el episodio embarazoso, no quería tener que hablarle todavía. Necesitaba recuperar la compostura.
«No ha nacido el hombre que pueda desestabilizarme» —pensó repetidas veces, como un mantra.
Humedeció sus labios con un gesto veloz de la lengua antes de fingir que inspeccionaba los panes del estante. Terminó agarrando un brownie que le estaba haciendo ojitos, cuando al girarse pilló una mirada curiosa desde el otro lado del mostrador. Disimuló que se dio cuenta bajando la cabeza hacia los objetos que llevaba en la mano mientras seguía su camino a paso lento en dirección a los helados.
Esa melena roja era difícil de ignorar aunque se quisiera. Era como ver una bengala moverse de un lado a otro en medio de una noche de luna nueva. Sin intentarlo podía ver su recorrido por el rabillo del ojo cada vez que venía. Le parecía una chica auténtica y llena de vida. No le daba miedo combinar colores brillantes y estampados; su maquillaje era cargado con combinaciones estrafalarias, siempre a juego con todo lo demás. Era ruidosa sin siquiera hablar. Sus joyas hablaban por sí solas. No le importaba mostrar piel, y picaba el ojo a sus conocidos desde la distancia en vez de saludarlas con la mano. Podía ser muy amable y sonreír con amplitud o mirar de arriba a abajo con desprecio dependiendo de la persona. Era una chica de carácter fuerte, sin duda. No tenía que hablar con ella para darse cuenta de su excentricidad. Una muchacha llamativa.
A pesar de ser muy coqueta, no temía mostrarse al natural. La había visto en varias facetas. Despeinada, con resaca, en pijama, descalza y hasta resfriada. Condiciones en las que es normal ver a las personas cuando se trabaja en el minimercado de una zona residencial, a decir verdad. Para él, cuando salía en chanclas y ropa ligera sin preocuparse demasiado por su apariencia, era cuando más difícil se le hacía desviar la mirada. Tal y como en esa ocasión.
Le gustaba más así porque podía apreciar mejor los detalles de su rostro. Tenía labios gruesos, tal como lo eran sus cejas pobladas, tan espesas y oscuras como sus pestañas. Al sonreír sus labios de corazón mostraban una dentadura casi perfecta, mientras su nariz cóncava hacía resaltar los pómulos pronunciados que decoraban sus carnosas mejillas. Todo el conjunto de atributos parecía coexistir con un solo objetivo: destacar su mirada felina. Poseía unos ojos almendrados de un color miel muy intenso, con destellos verdosos o amarillos dependiendo de la iluminación a su alrededor. Su belleza era magnética y a él no le costaba nada admitir cuando una persona es atractiva.
Solía ser jocosa todo el tiempo. No particularmente con él, pero sí con varias de las vecinas. Se llevaba bien con muchas de ellas y no es raro que coincidan en ese lugar. La chica habla alto, se ríe alto y es la más expresiva en todas sus interacciones. Las vibras del lugar eran más amenas con ella ahí dentro contando a los cuatro vientos la primera anécdota que se le viniera a la mente. Sin querer conocía varios aspectos de su vida, gracias a sus propios testimonios. Sabía que tenía un pájaro como mascota; y que había congelado la carrera; y que su papá se casó por tercera vez hace tres meses y ya se quería divorciar. Mantener el misterio no se le daba muy bien. Y tampoco se le daba bien disimular sus sentimientos, fueran positivos o no.
Ese día en particular, estaba actuando extraño. Se le había quedado mirando embelesada apenas cruzó la puerta. En un inicio no se percató, pues estaba ocupado organizando los dulces en el exhibidor.. Sin embargo, le pareció peculiar haber escuchado su voz y luego silencio absoluto. Esa muchacha era una pandereta andante, no era usual. Al mirar hacia arriba sin levantar la cabeza, se topó con la bengala de todos los días. No había nada raro en su aspecto, al menos.
Lo raro era que no se había movido después de saludarlo. Cuando prestó más atención, ella estaba reposando su peso en una sola pierna y había reclinado la cabeza en la dirección contraria. Sus labios apenas se tocaban, pero lo más gracioso era su ceño ligeramente fruncido. Parecía estar intentando recordar a qué venía, o al menos eso pensó él. Con el pasar de los segundos su mirada comenzó a preocuparlo, era raro que una chica tan alborotada como ella permaneciera inerte y en silencio por más de diez segundos.
La reacción que tuvo ante el llamado de su voz fue sumamente divertida. Pero no tanto como su fallido intento de disimular serenidad detrás de un estante donde creyó que no podía verla.
Había una cámara al final del pasillo.
Lo vio todo.
Como quien no quiere la cosa, se acercó a la caja. Él le dedicó una sonrisa amplia recordando lo que había visto en la pantalla de las cámaras de seguridad. Sus ojos rasgados parecieron cerrarse con el gesto. Esperaba que no se diera cuenta de que había una risita intentando escapar. Ella le devolvió la sonrisa arrugando su nariz ligeramente mientras fruncía los labios en una mueca fugaz. Hubo contacto visual por unos segundos mientras la presión de los dedos del chico en las teclas de la computadora hacía vibrar el vitral del mostrador.
—Ocho dólares —anunció.
—Pagaré con transferencia.
Tenía su celular en la misma mano que el libro de poesía y las mismas eran muy pequeñas para sostenerlo todo. Decidió dejar el libro en el mostrador para agarrar el celular con las dos manos, cuando se le resbaló y cayó hacia el otro lado. Ahí estaba de nuevo el calor en la cara, ahora extendido a sus orejas y cuello.
Él fue veloz y lo agarró antes de que tocara el suelo, tumbando un frasco repleto de monedas de chocolate en el proceso.
—¡Perdón! ¡Ay, Dios mío, lo siento muchísimo! —Parecía no saber qué hacer con sus manos. Las estiró al aire, las colocó en el mostrador, subió la derecha para tocarle el hombro, se arrepintió y finalmente recogió ambas manos para cubrir su boca con ellas de manera caricaturesca. Todo, en cuestión de segundos. Su rostro evocaba preocupación y culpa al mismo tiempo.
—Ah, no te preocupes ¡Lo salvamos! —celebró agitando el celular en una pose de comercial y lo tendió para devolverlo. Ella lo recibió y procedió a hacer el pago por QR con las mejillas sonrosadas. Notó que le estaba esquivando la mirada— Aquí está tu cambio —bromeó metiendo tres monedas de chocolate en la bolsa con sus artículos antes de guiñar el ojo.
Ella soltó una pequeña risa y, por fin, levantó el rostro.
—¿Te ayudo con eso? —ofreció en disculpa.
—Ni te molestes. Fui yo quien lo tumbó.
—Por mi culpa —insistió.
—Para nada, pude haber salvado el celular de caer sin desmoronar todo a mi alrededor. Es evidente que me falló el sentido arácnido.
Otra risa, esta vez con más confianza. La chica tomó la bolsa y para cuando se dio cuenta, estaban intercambiando sonrisas.
De pronto recordó quién era, así que recobró la compostura junto a la actitud confiada y pícara que la caracterizaba. Su lenguaje corporal se transformó. Pasó de ser un cordero a un ave de presa.
—Gracias por tu ayuda —dijo mientras bajaba un poco el mentón para que sus ojos se vieran más grandes de lo que ya eran—. Hasta luego.
Así se fue. Sintiéndose victoriosa por haber manejado la situación con dignidad.
La sonrisa de él no se borró hasta que la luz de bengala se perdió en el andén.
De todas sus visitas a la tienda, esa fue la más bochornosa. No se caracterizaba por ser una chica serena y controlada, pero era impropio de ella haber perdido la compostura de esa manera. Sus desvaríos la traicionaron esta vez. Quizás estaba muy cansada.
Se dedicó a caminar hasta el parque mientras abría el helado. Se sentía más ligera que cuando salió del edificio. Algo raro, considerando que ahora llevaba más cosas… Ahí cayó en cuenta. Ya a punto de cruzar la calle al voltear en la esquina para llegar al parque. Había dejado el libro en la tienda.
Con un gruñido extenso se giró sobre su propio eje, echando los hombros hacia adelante en un gesto de fastidio. Sus ojos miraron al cielo y mentalmente lo maldijo. Tendría que regresar por el libro. Tendría que volver a verle el rostro a ese hombre tan guapo después de una racha de humillación. Tendría que fingir que no le daba vergüenza haber olvidado sus pertenencias por el nerviosismo.
Respiró profundo y decidió disfrutar de su helado en la banqueta de siempre. Leería cualquier otra cosa desde el celular y hasta entonces, no quería pensar en nada más.
«No ha nacido el hombre que pueda desestabilizarme»
Una vez acabó de comer —Había comido apresurada por volver, pero jamás lo admitiría— regresó al local. Él estaba sentado en el mostrador con el celular en la mano. Parecía chatear con una sonrisa en el rostro.
¿El de la tienda tenía novia?
El lugar tenía una entrada amplia y sin puertas que se cerraran, por lo que muchas veces era difícil darse cuenta inmediatamente cuando alguien entraba. Así que, como él no alzó la mirada, ella aclaró su garganta al alcanzar el mostrador.
Atento, arqueó sus cejas perfiladas en una expresión de sorpresa. Como se encontraba sentado, tuvo que mirarla desde abajo. Para él fue como ver a Venus. Ella estaba a contraluz y se veía imponente desde el ángulo en el que estaba. Sintió que estaba mirando demasiados detalles, así que sus orejas se calentaron. Rápidamente se incorporó, simulando confianza al dedicarle una despreocupada sonrisa.
—Viniste por esto, ¿verdad? —El libro estaba en su mano derecha. Lo extendió y lo dejó reposando en el mostrador.
—Sí, así es —Le sonrió mientras lo recogía—. Gracias.
Él se encogió de hombros con un puchero en los labios.
—No te preocupes.
No apartó la mirada de sus ojos ni un segundo. Al ser más alto que ella, optó por recostar sus hombros en la vitrina para estar más cerca y a la altura de su rostro. Con una sonrisa juguetona inquirió:
—¿Y qué es lo interesante de la generación poética del 60? Cuéntamelo todo.
La sonrisa agradecida que tenía se desvaneció por un segundo.
—Ah… Bueno —Una risa más parecida a un bufido se escapó de sus labios.
La pregunta la agarró desprevenida. Quizás era su cercanía lo que la había descolocado. Retrocedió un paso sin parar de reír. Miró a su alrededor como si buscara ayuda en los afiches publicitarios pegados en las paredes.
Alguien más llegó a pagar su compra. No se había dado cuenta de que otra persona estaba rondando la tienda hasta ese momento. Él movió su cuerpo, pero no apartó sus ojos de ella por un instante. La sonrisa jamás se fue, sólo se dirigió a la señora Rosales. La vecina del piso dos que, francamente, no soportaba. El chico fue atento y servicial de todos modos —como siempre— y la maleducada se fue sin dar las gracias. Una de tantas razones por las cuales la encontraba repelente. En cuanto se dio vuelta, su atención regresó a lo que le parecía importante en ese momento.
—¿Entonces? —cuestionó.
—Entonces… —respondió alargando la última sílaba mientras esbozaba una pose coqueta que combinaba con su sonrisa. Acto seguido fingió estar pensativa— ¿Por dónde empiezo?
—¿Qué te parece si comienzas por decirme cómo te llamas?
Ya le estaba gustando para donde iban las cosas ¿Qué era esa sensación en su pecho? ¿Mariposas?
Enderezó su postura y ladeó su cabeza a un costado mientras sonreía ampliamente. Su mano sonó como una maraca gracias a los brazaletes artesanales que no se quitaba nunca, cuando la extendió hacia el frente en busca de un apretón de manos.
—Pauline. Pero todos me llaman Polly —exclamó con entusiasmo.
Su actitud lo contagió de inmediato, estrechando su mano con la delicadeza que se tiene al acariciar los pétalos de una rosa. En un movimiento, colocó la mano de Polly por encima de la suya y fugazmente se le pasó por su cabeza la idea de que iba a besársela. Pero no fue así. Se limitó a inclinar la cabeza como los caballeros de las películas. Algo que, de manera inesperada, le gustó incluso más que la opción de su imaginación. Además, no dejó de verla a los ojos en ningún momento.
—Es un placer, Polly. Me llamo Zion.








