Prologo
La sangre todavía estaba caliente cuando Dante Moretti se pasó el dorso de la mano por la mejilla.
El cuerpo del hombre yacía a sus pies, la garganta abierta como una sonrisa torcida. El mármol del piso brillaba bajo la luz tenue del sótano. Nadie hablaba. Nadie se atrevía.
Dante miró el reloj.
Las 3:17 a.m.
Sacó el teléfono del bolsillo interior de su saco y desbloqueó la pantalla. La cámara de seguridad del pasillo del penthouse se actualizó en tiempo real. Ella estaba ahí. Dormida en su cama. El mismo lugar donde la había dejado horas antes, con las muñecas todavía enrojecidas y el cuello marcado por sus dedos.
Camila Rojas.
Suya.
Había intentado escapar dos veces. La segunda casi le costó la vida a un hombre que cometió el error de ayudarla. Dante no sintió culpa. Solo una calma pesada, oscura, que se instalaba en el pecho cada vez que la veía rendida.
Ella lo odiaba.
Lo escupía.
Le gritaba que lo detestaba mientras él la follaba contra la pared, contra el escritorio, contra el piso. Y aun así, sus uñas se clavaban en su espalda y sus piernas se abrían más.
Dante guardó el teléfono.
Mañana iba a recordarle otra vez a quién pertenecía.
No con palabras.
Con su cuerpo.
Con su mano en la garganta.
Con la forma en que la hacía venirse incluso cuando lo maldecía.
Porque Camila podía odiarlo todo lo que quisiera.
Pero ya no había forma de salir.
Él se había asegurado de eso.









