Capítulo 1
El verano en Ashford Hill era muy, muy lluvioso. En realidad, TaeHyung jamás notó que el cielo parecía ser gris todo el tiempo, no hasta haber dejado Londres. Habían transcurrido ya seis largos meses desde que cruzó el umbral de aquella propiedad de los Park. Una finca señorial erigida con el esfuerzo de los más desamparados cerca del tiznado pueblo minero de Tevershall.
Lo que en un inició pareció el escape idílico para TaeHyung, un nuevo comienzo para gestar sus ideas más creativas —lejos del asfixiante y caótico bullicio de Londres—, terminó siendo un desolador cautiverio.
La mansión, tras una interminable y ostentosa remodelación —que resultaba ser insultante, considerando el ejército de sirvientes que Seojoon contrató para complacer sus caprichos— al fin lucía inmaculada.
Lástima que careciera de alma.
Tres años de matrimonio ya pesaban para TaeHyung y, sinceramente, el camino hasta el tercer aniversario se convirtió en un suplicio al pasarlo en la vastedad de aquellos pasillos vacíos y los silencios que eran parte de la mansión.
Seojoon había justificado aquel exilio argumentando la imperiosa necesidad de “encontrar musas”. Se autoproclamaba escritor, un título que la fortuna de su linaje le permitía sostener frente a otros aristócratas. Sin embargo, la tinta sobre el papel lo desmentía atrozmente.
TaeHyung consideraba las veladas con su esposo nuevas formas de tortura moderna. Pasaba recostado en el diván de terciopelo, escuchando los más recientes borradores de su marido que luego editaba para ser publicados. Eran textos vacíos, carentes de la más mínima chispa de genialidad humana.
Seojoon publicaba sus obras no por amor al arte, sino por el clamor del público y, también, porque tenía el privilegio de. Ante tal mediocridad, lo único que salvaba aquellas publicaciones eran las ediciones de TaeHyung, pues al menos lograba darles más vida y sazón a esos escritos.
Y quizás era cruel, pero al crecer rodeado de literatura de calidad, no podía considerar bueno cualquier texto plasmado en un papel.
TaeHyung se forzaba a fingir que le gustaban para apoyar los deseos de su marido, aun cuando sentía que traicionaba a la literatura que tanto veneraba.
Era una buena estrategia para mantener la paz conyugal y no alimentar más los problemas ya latentes en su matrimonio.
Al menos, su consuelo era que siempre podría buscar el regazo intelectual de su hermano Seokjin y el de su padre. Sólo en correspondencia TaeHyung se permitía respirar y ser auténtico. Además de quejarse de su marido, claro.
El salón principal se infestó de la autoproclamada “élite intelectual y artística” en una de las tantas recepciones que Seojoon organizaba en Ashford Hill con el propósito de sí, no sentirse tan aislado, pero verdaderamente para codearse con aristócratas miembros delBloomsbury Groupy aspirar a impregnarse de su aura vanguardista. TaeHyung notaba como su marido diluía y cambiaba su personalidad con tal de granjearse un asiento en ese codiciado y hermético círculo.
“Qué patético”, pensaba.
—La prosa de la señora Woolf es absolutamente divina, ¿no concuerda, TaeHyung? —inquirió una duquesa viuda, cuyo conocimiento literario se limitaba a las reseñas que escuchaba de otros miembros de la nobleza —. Seojoon me contaba ahora mismo sobre las influencias de su próxima novela. ¡Qué fascinante debe ser para usted compartir la cama con un creador tan poético y atormentado!
TaeHyung asintió, fingiendo una sonrisa. Bebió del whisky, así disimulaba la ironía del hecho.
“Todas las ideas se las di yo, por Dios. Lo bueno que logra sacar es porque lo sugerí yo“, no quería ser arrogante, pero era verdad.
En ese momento, fingir que quería estar ahí dejó de ser sostenible. Ya no quería soportar un minuto más escuchando esa insoportable lucha de egos ni fumarse el humo denso de los puros.
Sin mediar excusa alguna, huyó del salón. Sus pasos lo guiaron hacia la cocina. Buscó un vaso que llenó con agua y lo bebió despacio recargado sobre una de las encimeras.
Dejó que el silencio de la cocina calmara el caos de sus pensamientos hasta que el suave crujir de la puerta anunció compañía. TaeHyung pensó que alguien de la servidumbre, pero no.
Una mujer irrumpió con una majestuosidad que en años no veía. La observó con admiración, recorriendo la mirada esa pieza de satín oscuro que ceñía a su silueta con sensualidad, sin caer en lo vulgar. Lo que llamaba la atención de TaeHyung, era esa abundante cabellera rojiza que caía perfectamente por debajo del busto.
Supo quién era de inmediato, pues tenía una notable reputación que la precedía. Aquella mujer pertenecía a una de las dinastías más acaudaladas e influyentes de Londres, amos absolutos de un imperio de antigüedades invaluables.
—Oh, disculpe, mi señor. No quise importunar. Quería dejar esto —se acercó, haciendo énfasis en una elegante caja de latón.
—No tiene que disculparse. Es mejor estar aquí —expresó con algo de burla diluida —. ¿De qué se trata?
—Al parecer pensamos lo mismo —sonrió —. Les he traído esto como ofrenda por la invitación, es té oolong. ¿Le gustaría compartir una taza conmigo? —cuestionó amable.
TaeHyung asintió, extrañado por la propuesta, aunque genuinamente sonaba mejor que volver con los demás aristócratas.
—Sería un placer.
Dado que la servidumbre se mantenía ocupada con la reunión, TaeHyung preparó la infusión y todo para servirla.
—Priscila, ¿verdad? —cuestionó. Tomó asiento frente a ella en la modesta mesa de servicio que contrastaba mucho para la opulencia a la que estaban acostumbrados.
—Así es —sonrió, copiando el acto.
—Hace una eternidad que no pruebo esta variedad en particular —confesó él antes de llevarse la taza humeante a los labios.
—Sí, la guerra nos privó de ciertos placeres —respondió Priscila, trazando el borde de su propia taza con el dedo —. Aunque, a decir verdad, me gusta más para otras cosas menos culinarias. Sus hojas poseen una entereza particular. Las hojas de otros se deshacen tan rápido que casi no se ve nada.
TaeHyung bajó la mirada hacia su propia taza y arqueó una ceja, claramente desconcertado.
—¿Me está diciendo que una mujer de su alcurnia se dedica a la lectura de hojas de té?
Una sonrisa difícil de interpretar dibujó el rostro de la mujer. Sus ojos, que lo miraban con profundidad, fueron los que le dieron una respuesta más obvia.
—Es un don que adquirí a los diecisiete años —confesó —. Mi familia, por supuesto, lo considera una práctica “salvaje”. Lo mantengo más en secreto. Mi abuela... Ella fue una omega formidable, una mujer de gran poder. Murió defendiendo las antiguas tradiciones de la Madre Tierra. Estoy convencida de que su don corre por mis venas; aprendí a descifrarlo en el viejo grimorio que encontré en el sótano de su antigua casa.
La revelación fue sorprendente para TaeHyung, en su corta vida, jamás escuchó de alguien que conectara con un don brindado por la naturaleza.
—Termíneselo. Veamos que hay ahí —Priscila señaló la taza.
Apenas y esbozó una sonrisa. Se dejó llevar por el magnetismo de esa mujer. Bebió el té de un solo trago y le entregó la porcelana.
Priscila volcó la taza sobre el pequeño plato, dio tres golpecitos fijos y la levantó despacio. Sus ojos se entrecerraron al escrutar los oscuros patrones de las hojas húmedas.
TaeHyung, apoyando el codo de la mesa y recargando su mentón sobre la palma, soltó una risa nasal. Su escepticismo lloraba en el interior.
—¿Y bien? —preguntó con ironía —. ¿Conoceré a un apuesto y misterioso extraño en mi futuro?
—Tal vez —Priscila sonrió como respuesta —. O tal vez no —el ceño se le frunció en confusión —Todo esto es un poco contradictorio —la yema de su dedo señaló una mancha oscura cerca del borde —. Aquí hay una hoja perfectamente redonda. Eso augura un viaje, pero mire cómo esta otra hebra la atraviesa. Eso es una mudanza, como un abandono a sus raíces. Y a su alrededor hay sombras esparcidas, personas desconocidas o por conocer —alzó la ceja —. Muchos de ellos, si no me equivoco, y uno de esos es su propio marido.
—¿Qué no sería lo mismo todo eso?
—No en este caso —Priscila giró ligeramente la taza y volvió a posar sus ojos felinos sobre TaeHyung.
Esa mirada en particular, lo hizo tragar saliva. Apenas y pudo sostener el contacto visual.
Priscila en cambio, quería corroborar aquello que las hojas de té le auguraban, por lo que sonrió para aligerar el ambiente.
—Présteme su mano.
TaeHyung obedeció como si estuviera bajo los efectos de algún encantamiento. Extendió sobre la mesa la palma que sostenía su rostro. Priscila la tomó entre la suyas y trazó la anatomía de su mano con la yema del dedo.
—La mayoría de las manos se parecen. Hay patrones que se repiten, ¿sabe? Pero sin duda este es un patrón que nunca he visto —levantó la mirada, confundida.
TaeHyung exhaló, incrédulo.
—Su pulgar es largo —continuó —. Eso quiere decir que es un hombre decidido y no cambia de parecer con facilidad.
Eso era cierto, bajo la fachada de esposo perfecto que todo aristócrata veía, había un espíritu obstinado que Seojoon comenzaba a odiar.
—Sin embargo, el conflicto reside aquí —siguió ella, deslizando la yema por el centro de la palma —. Su línea de la vida es extensa y profunda, lo cual significa que vivirá muchos años —notó como el otro sonrió y asintió —. Pero mire su línea del amor. Está interrumpida, como segmentada —se quedó callada unos segundos mientras analizaba y corroboraba que, en efecto, sus deducciones no mintieron —. La del matrimonio está dividida. Hay dos matrimonios. Resulta raro como es que todas sus líneas principales terminan rotas, como caminos dinamitados, pero la del matrimonio —ese ceño fruncido se pronunciaba más —. Está bifurcada.
El desconcierto se apoderó de TaeHyung ante el misticismo de las palabras de Priscila. El choque de dos hemisferios lo estaba perturbando. Por un lado, la racionalidad en la que siempre se había sostenido y por otro, la sensación de pesadez tras sentir todo aquello demasiado profético.
Iba a replicar con sus propias dudas, hasta que el sonido se la puerta rompió el encanto y TaeHyung cerró el puño de golpe. El terror de ser descubiertos en una práctica tan “salvaje” e impropia para la aristocracia lo hizo enderezar la espalda y fingir naturalidad —aunque estuviese lejos de sentirla.
—¡Taehyung, cariño! —la voz de Seojoon resonó bastante fuerte.
—Vamos a comenzar el debate literario y todos reclaman a sus dos anfitriones. Volvamos al salón, ambos —ordenó con arrogancia y cierto deje de impaciencia.
—Como usted ordene, mi señor —Priscila se levantó y salió de la cocina con el mismo andar elegante del inicio.
TaeHyung caminaba ignorando por completo todo lo que su marido estaba contándole. Mantenía los ojos en Priscila, quien caminaba delante de ellos. Casi podía escuchar el eco de su voz resonar en sus adentros. Veía esa cabellera de fuego ondearse al andar, como si ahí guardara todos los enigmas de su personalidad.
Aunque quería prestar atención al debate en curso, él seguía inmerso en las palabras de esa indescifrable mujer.
¿Acaso poseía el don de viajar en el tiempo, presenciar todos y cada uno de los acontecimientos de su vida y regresar a relatárselo con la naturalidad de beber una taza de té?








