Capítulo 1 Una mirada entre miles
El estruendo de miles de voces llenaba cada rincón del estadio.
—¡Yuna! ¡Yuna! ¡Yuna!
Miles de lightsticks iluminaban las gradas mientras los fans gritaban su nombre con emoción. Algunos lloraban, otros sostenían carteles dedicados a ella y muchos intentaban capturar con sus teléfonos los últimos segundos de aquel concierto que había durado casi tres horas.
En medio del enorme escenario, bajo las luces que la hacían parecer todavía más inalcanzable, Yuna Seoobservó a todas aquellas personas.
Había vuelto a conseguirlo: otro estadio completamente lleno. Miles de entradas vendidas en cuestión de minutos, personas que habían viajado desde diferentes ciudades e incluso desde otros países únicamente para verla cantar. Para cualquiera que contemplara aquella escena desde afuera, Yuna tenía exactamente la vida que millones de personas soñaban tener.
Fama, dinero, reconocimiento y miles de personas gritando que la amaban sin siquiera conocerla realmente.
Yuna respiró profundamente y sonrió.
Aquella sonrisa perfecta, dulce y angelical que aparecía en fotografías, entrevistas, conciertos y programas de televisión. Era la sonrisa que todos conocían, la misma que sus fans adoraban y que aparecía constantemente en portadas de revistas.
También era la sonrisa que ella llevaba años fingiendo.
—¡Muchas gracias por acompañarme esta noche! —exclamó Yuna mientras sostenía el micrófono con ambas manos—. Gracias por cantar conmigo, por venir hasta aquí y por regalarme otra noche que nunca olvidaré.
Los gritos aumentaron inmediatamente.
Yuna hizo una pequeña reverencia antes de volver a levantar la mirada hacia sus admiradores.
—Por favor, regresen a casa con cuidado. Los quiero muchísimo y espero que todos hayan disfrutado esta noche tanto como yo. ¡Nos veremos pronto!
—¡TE AMAMOS, YUNA! —gritaron miles de fans al mismo tiempo.
Yuna levantó una mano y continuó despidiéndose mientras caminaba lentamente hacia la parte trasera del escenario. Mantuvo aquella enorme sonrisa hasta el último instante, hasta que finalmente atravesó las cortinas y dejó de ser visible para el público.
Entonces, su expresión cambió.
Su sonrisa desapareció poco a poco. Los hombros de Yuna descendieron ligeramente y un largo suspiro escapó de sus labios mientras le entregaba el micrófono a uno de los miembros del equipo.
—Buen trabajo esta noche, señorita Seo —la felicitó uno de los trabajadores mientras recibía el micrófono.
Yuna le dedicó una sonrisa mucho más pequeña, aunque esta vez nacía de un agradecimiento sincero.
—Gracias. Tú también hiciste un excelente trabajo esta noche. Todos lo hicieron.
La cantante continuó caminando por los pasillos del estadio mientras varios miembros del equipo la felicitaban. Yuna respondía con educación a cada uno, porque por muy cansada, triste o frustrada que pudiera sentirse, jamás descargaba sus emociones sobre las personas que trabajaban a su lado.
Finalmente llegó hasta su camerino.
Nada más abrir la puerta encontró a Ji-eun Park, su mánager desde hacía varios años, esperándola con una tableta entre las manos.
Yuna ni siquiera había terminado de entrar cuando Ji-eun comenzó a hablar.
—Mañana tenemos un día bastante ocupado —informó Ji-eun mientras revisaba la agenda en su tableta—. A las siete debes estar en la agencia. A las ocho tienes una sesión fotográfica para la nueva campaña y después tendremos una entrevista con...
—Ji-eun —la interrumpió Yuna antes de que pudiera continuar.
La mánager levantó la mirada de la tableta y observó a la cantante.
—¿Sí? ¿Qué sucede?
Yuna se quitó lentamente los pendientes mientras caminaba hacia el espejo y los dejaba cuidadosamente sobre la mesa.
—Hoy no, Ji-eun. Por favor.
La mánager parpadeó, confundida por aquella respuesta.
—¿Cómo que hoy no? Solamente intento explicarte lo que tenemos preparado para mañana.
—Exactamente por eso —respondió Yuna mientras comenzaba a quitarse algunos de los accesorios utilizados durante el concierto—. No quiero escuchar absolutamente nada sobre entrevistas, fotografías, campañas, ensayos, reuniones, promociones ni horarios durante el resto de la noche. Acabo de terminar un concierto de casi tres horas y quiero unas pocas horas en las que mi trabajo no exista.
Ji-eun abrió la boca para responder, pero Yuna levantó un dedo antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
—Ni siquiera lo intentes, Ji-eun. Sé perfectamente lo que vas a decirme.
La mánager frunció ligeramente el ceño.
—Yuna, solamente estoy intentando decirte lo que tienes que hacer mañana para que después no tengamos problemas con los horarios.
—Y podrás decírmelo mañana —contestó Yuna mientras la miraba a través del espejo.
Ji-eun cruzó los brazos.
—Pero si te lo digo mañana, seguramente vas a mirarme con esa cara y decirme que debí avisarte desde hoy.
Yuna se quedó en silencio durante unos segundos antes de girar lentamente la cabeza hacia su mánager.
—Eso también es cierto —admitió Yuna con absoluta tranquilidad.
Ji-eun negó con la cabeza, aunque tuvo que contener una sonrisa.
—Eres imposible, Yuna. De verdad que algunas veces no sé cómo llevo tantos años trabajando contigo.
Por primera vez desde que había terminado el concierto, una sonrisa ligeramente más sincera apareció en los labios de la cantante.
—Pero me quieres, Ji-eun. Admítelo.
—Mi contrato me obliga a soportarte —respondió la mánager con fingida seriedad.
Yuna llevó una mano hasta su pecho como si aquellas palabras acabaran de herirla profundamente.
—Qué cruel. Después de tantos años juntas y resulta que nuestra hermosa relación solamente existe por un contrato.
—Deja el drama para tus videoclips y ve a cambiarte —ordenó Ji-eun, señalando el vestidor.
Yuna soltó una pequeña risa.
—Eso estaba haciendo antes de que cierta persona comenzara a recitarme mi agenda de mañana.
Ji-eun puso los ojos en blanco, pero decidió dejarla tranquila.
Yuna entró al pequeño vestidor privado y comenzó a quitarse la ropa utilizada durante el concierto. La reemplazó por algo mucho más sencillo: unos pantalones negros, una camiseta cómoda y una chaqueta holgada.
Aquella noche no quería parecer una estrella ni mucho menos ser reconocida.
Por unas horas quería olvidarse de Yuna Seo, la famosa cantante de K-pop, porque tenía un lugar al cual llegar y no permitiría que absolutamente nada relacionado con su carrera se interpusiera.
Cuando salió del vestidor, Ji-eun seguía allí.
—¿Vas a alguna parte? —preguntó la mánager al verla guardar algunas cosas apresuradamente dentro de su bolso.
Yuna tomó una gorra negra de la mesa.
—Sí. Tengo planes para esta noche.
Ji-eun arqueó inmediatamente una ceja.
—¿Y se puede saber adónde piensas ir después de terminar un concierto de casi tres horas?
—A divertirme —respondió Yuna con una sonrisa misteriosa.
La mánager entrecerró los ojos.
—Yuna, sabes perfectamente que eso no responde mi pregunta.
La cantante se colocó la gorra y acomodó cuidadosamente su cabello negro debajo de ella.
—Entonces significa que respondí correctamente.
—Yuna... —murmuró Ji-eun en tono de advertencia.
La cantante tomó unos lentes oscuros y se los colocó antes de mirar inocentemente a su mánager.
—Ji-eun...
Ambas se quedaron observándose durante unos segundos.
Finalmente, Ji-eun soltó un suspiro de resignación.
—Está bien. No voy a preguntarte adónde vas, pero por favor dime que no piensas meterte en problemas. Ya tengo suficiente trabajo sin tener que rescatarte de alguna situación extraña a medianoche.
—No voy a meterme en problemas —aseguró Yuna mientras agarraba su bolso—. Solamente quiero disfrutar unas horas como una persona normal.
La expresión de Ji-eun se suavizó ligeramente.
—¿Vas acompañada por alguien?
Yuna negó con la cabeza.
—No. Voy sola.
—¡Yuna! —protestó inmediatamente la mánager—. Eres una de las cantantes más reconocidas del país. No puedes simplemente...
—Buenas noches, Ji-eun —se despidió Yuna rápidamente, abriendo la puerta del camerino—. Te prometo que tendré cuidado.
Yuna salió antes de que su mánager pudiera comenzar otro interrogatorio.
Había esperado aquella noche durante meses.
Su pianista favorito estaba en Seúl.
Il Fantasma.
Nadie conocía su verdadero nombre.
Nadie sabía realmente quién era el hombre detrás de aquella máscara.
Habían surgido innumerables teorías en internet acerca de su identidad. Algunos aseguraban que pertenecía a una importante familia europea; otros afirmaban que era un músico famoso que utilizaba aquella segunda identidad para tocar sin ser reconocido. Incluso existían quienes pensaban que Il Fantasma no era italiano y que todo aquello formaba parte de un personaje cuidadosamente construido.
Pero nadie había conseguido demostrar absolutamente nada.
Para el mundo entero, aquel hombre era simplemente Il Fantasma.
Conseguir una entrada para una de sus presentaciones había sido complicado incluso para Yuna. El misterioso pianista realizaba pocas presentaciones internacionales y sus conciertos se agotaban rápidamente.
Era considerado uno de los pianistas más extraordinarios de su generación, un verdadero prodigio capaz de sentarse frente a un piano e interpretar composiciones extremadamente complejas con una naturalidad que parecía imposible.
Pero aquello no era lo que más fascinaba a Yuna.
Era la manera en que tocaba.
Il Fantasma hacía que el piano pareciera hablar.
Yuna había escuchado sus interpretaciones durante años. Algunas noches, después de regresar agotada de sus actividades, se acostaba en la oscuridad de su habitación y reproducía sus melodías hasta quedarse dormida. Su música había estado presente durante algunos de los momentos más solitarios de su vida, aunque aquel misterioso pianista jamás pudiera imaginarlo.
Yuna no conocía al hombre detrás de la máscara.
Ni siquiera sabía su nombre.
Y seguramente Il Fantasma tampoco sabía que ella existía.
La cantante sonrió ante aquel pensamiento mientras salía discretamente del edificio por una puerta secundaria.
Sacó su teléfono y pidió un taxi.
Pocos minutos después, el vehículo se detuvo frente a ella. Yuna abrió la puerta trasera y entró.
—Buenas noches, señorita —saludó amablemente el conductor.
—Buenas noches —respondió Yuna mientras sacaba su teléfono—. ¿Podría llevarme a esta dirección, por favor?
El conductor observó brevemente la dirección que Yuna le mostraba.
—Claro. Llegaremos aproximadamente en veinte minutos si el tráfico nos ayuda.
—Perfecto. Muchas gracias —respondió Yuna antes de acomodarse en el asiento.
El automóvil comenzó a moverse.
Durante el trayecto, Yuna observó las calles iluminadas de Seúl desde la ventana. Por primera vez durante todo aquel día, no tenía que preocuparse por cantar, bailar, sonreír correctamente o cuidar cada palabra que saliera de su boca.
Aquella noche simplemente sería una fan más.
Y esa idea le encantaba.
Cuando llegó al teatro, pagó el taxi, agradeció al conductor y descendió rápidamente. Había una gran cantidad de personas entrando, por lo que Yuna bajó todavía más la gorra y mantuvo los lentes oscuros sobre su rostro mientras caminaba entre la multitud.
Entregó su entrada en la puerta.
—Bienvenida —dijo uno de los trabajadores después de revisar el boleto—. Su asiento está en la sección central, fila siete. Puede continuar por este pasillo y uno de mis compañeros le indicará dónde sentarse.
—Muchas gracias —respondió Yuna con una pequeña inclinación de cabeza.
La cantante siguió las indicaciones hasta encontrar su asiento.
Era perfecto.
No estaba demasiado cerca del escenario, pero tampoco demasiado lejos. Tenía una visión prácticamente completa del piano situado en el centro.
Yuna se acomodó y miró a su alrededor. Había cientos de personas esperando exactamente lo mismo que ella y, curiosamente, aquello la hacía sentir bien.
Por una vez no era la persona que todos habían venido a ver.
Era simplemente parte del público.
Las luces comenzaron a apagarse y Yuna dirigió inmediatamente la mirada hacia el escenario.
El murmullo de los asistentes desapareció poco a poco hasta que el teatro quedó completamente en silencio.
Un único piano de cola ocupaba el centro del escenario.
Entonces apareció él.
Los aplausos inundaron inmediatamente el teatro.
Los ojos de Yuna se iluminaron.
Un hombre caminó tranquilamente hasta el centro del escenario vestido con un elegante traje oscuro. Como siempre durante sus presentaciones, una sofisticada máscara cubría parte de su rostro, ocultando la identidad de quien realmente se encontraba detrás de ella.
Para Yuna y para cada una de las personas presentes en aquel teatro, aquel hombre solamente tenía un nombre.
Il Fantasma.
Yuna aplaudió emocionada junto al resto del público.
El pianista realizó una pequeña reverencia sin pronunciar palabra y después caminó hasta el piano. Se sentó con tranquilidad, acomodó ligeramente las mangas de su traje y dejó que sus dedos descansaran durante unos segundos sobre las teclas.
Entonces comenzó a tocar.
La primera nota fue suficiente para que el teatro quedara completamente en silencio.
Yuna dejó de moverse.
Había escuchado cientos de grabaciones suyas, pero ninguna se comparaba con aquello. Verlo tocar frente a ella era completamente diferente.
Los dedos del pianista recorrían las teclas con una precisión extraordinaria. Sus movimientos parecían tranquilos incluso cuando interpretaba fragmentos técnicamente complejos. No había desesperación ni esfuerzo visible en sus gestos.
Solamente existían él y su música.
Yuna apoyó suavemente las manos sobre su regazo y permitió que cada nota la envolviera.
Poco a poco se olvidó de todo.
Se olvidó de sus padres, de la agencia, de los conciertos y de aquella enorme habitación silenciosa a la que regresaba cada noche después de pasar horas rodeada de personas.
Durante aquellos minutos solamente existían Il Fantasma y el piano.
En determinado momento de la interpretación, el pianista levantó ligeramente la mirada.
Era algo que hacía ocasionalmente durante sus conciertos: observar a las personas que habían ido a escucharlo.
Sus ojos grises recorrieron lentamente las primeras filas.
Hasta que se detuvieron.
Yuna sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
Il Fantasma la estaba mirando.
Por unos segundos, los ojos marrones de Yuna quedaron atrapados en aquellos misteriosos ojos grises.
Ella no sabía si el pianista podía distinguir claramente su expresión desde aquella distancia, pero no pudo evitar sonreír.
Y esta vez no apareció la sonrisa de Yuna Seo, la estrella del K-pop.
Fue una sonrisa completamente diferente.
Sincera, amplia y emocionada.
Era la sonrisa casi infantil de una mujer de veinticinco años que estaba viendo tocar en vivo a su pianista favorito.
Desde el escenario, Alessandro mantuvo la mirada sobre aquella desconocida durante apenas unos segundos más. No podía distinguirla completamente debido a la gorra y los lentes oscuros, pero hubo algo en aquella sonrisa que consiguió llamar su atención.
Sin embargo, apartó los ojos.
Cerró lentamente los párpados y continuó tocando como si aquel pequeño momento nunca hubiera ocurrido.
Yuna bajó la mirada por un instante, todavía sonriendo.
—Me miró... —murmuró Yuna para sí misma, procurando hablar tan bajo que no molestara a quienes estaban sentados cerca.
Le parecía ridículo emocionarse tanto por algo semejante.
Ella estaba acostumbrada a que miles de personas quisieran conseguir una mirada suya durante sus conciertos. Estaba acostumbrada a escuchar gritos de emoción cuando señalaba a alguien entre el público.
Pero aquella noche los papeles se habían invertido.
Ahora era Yuna quien se emocionaba porque alguien la había mirado durante unos segundos.
La presentación continuó y una melodía fue seguida por otra. Yuna deseó que aquella noche no terminara, pero inevitablemente llegó la última pieza.
Alessandro dejó caer las últimas notas sobre el piano y mantuvo los dedos inmóviles durante algunos segundos.
El teatro permaneció en completo silencio hasta que los aplausos estallaron.
Yuna se puso de pie junto con gran parte del público.
Il Fantasma se levantó lentamente del banco y realizó una elegante reverencia.
—Gracias —dijo el pianista con voz tranquila mientras observaba al público—. Ha sido un verdadero honor tocar para todos ustedes esta noche.
Los aplausos aumentaron.
Alessandro esperó unos segundos antes de volver a hablar.
—Gracias por permitirme compartir mi música con ustedes. Espero que alguna de estas melodías pueda acompañarlos algún día cuando más la necesiten.
Yuna sintió que aquellas palabras la golpeaban de una manera extraña.
Porque sus melodías ya la habían acompañado.
Muchas más veces de las que aquel hombre podía imaginar.
Después de realizar otra reverencia, Il Fantasma abandonó el escenario.
Una vez que estuvo completamente detrás de las cortinas y lejos de cualquier persona ajena a su reducido círculo de confianza, Lorenzo Bianchi, su agente y mejor amigo desde hacía años, se acercó a él.
Lorenzo era una de las pocas personas que conocían la verdad.
El hombre al que millones de personas conocían como Il Fantasma se llamaba realmente Alessandro Moretti.
—Otra presentación perfecta —comentó Lorenzo con una sonrisa mientras caminaba a su lado—. Y, como siempre, tienes a cientos de personas esperando alguna señal de vida después del concierto.
Alessandro siguió caminando tranquilamente por el pasillo privado.
—Para eso estás tú, Lorenzo. Eres mi agente, después de todo.
Lorenzo soltó una pequeña carcajada.
—Qué conveniente. Tú apareces, haces que todo el teatro quede enamorado de tu piano, desapareces misteriosamente y yo me quedo solucionando todo lo demás.
Alessandro se detuvo un instante y señaló una caja que había sido preparada previamente.
—Entrega las fotografías autografiadas. Para eso las firmé antes de venir.
Lorenzo observó la caja llena de fotografías.
Todas estaban firmadas de la misma manera.
Il Fantasma.
Ni una sola contenía el verdadero nombre del pianista.
—¿Quieres que las entregue todas? —preguntó Lorenzo.
—Todas las que sean necesarias —respondió Alessandro sin darle demasiada importancia.
Lorenzo tomó una de las fotografías y la observó antes de mirar nuevamente a su mejor amigo.
—Algún día podrías quedarte personalmente y entregarlas. Tal vez incluso descubrirías que hablar con tus admiradores no es tan terrible como imaginas.
Alessandro giró lentamente la cabeza y le dedicó una mirada inexpresiva.
Lorenzo sostuvo aquella mirada durante apenas dos segundos antes de levantar una mano en señal de rendición.
—Está bien, fue una idea estúpida. Puedes continuar siendo un fantasma y dejarme todo el trabajo a mí.
Alessandro negó ligeramente con la cabeza y continuó caminando.
—Buenas noches, Lorenzo. Intenta no tardar demasiado.
—Descansa, Alessandro —respondió Lorenzo mientras veía alejarse a su mejor amigo—. Yo me encargo de tus admiradores, como siempre.
Mientras tanto, el público comenzaba a abandonar lentamente el teatro.
Cerca de una de las salidas, Lorenzo empezó a entregar las fotografías autografiadas que Il Fantasma había preparado para sus admiradores.
Yuna vio la pequeña fila y sus ojos se iluminaron nuevamente.
—No pienso irme de aquí sin una —murmuró Yuna para sí misma mientras se acercaba.
Se colocó al final de la fila y esperó pacientemente.
Cuando finalmente llegó su turno, Lorenzo tomó una de las fotografías y se la extendió.
—Aquí tienes. Una fotografía autografiada personalmente por Il Fantasma.
Yuna la recibió cuidadosamente con ambas manos.
—Muchas gracias. Realmente quería conseguir una.
Era una fotografía del misterioso pianista sentado frente a su piano, llevando aquella característica máscara. En una de las esquinas podía verse claramente su firma.
Il Fantasma.
Nada más.
Ni nombre.
Ni apellido.
Ni una sola pista sobre quién era realmente.
Yuna contempló la fotografía durante algunos segundos.
Lorenzo notó inmediatamente la emoción con la que aquella joven observaba la imagen.
—¿Te gustó la presentación? —preguntó Lorenzo amablemente.
Yuna levantó la mirada hacia él.
—Muchísimo. Lo escucho desde hace años, pero nunca había tenido la oportunidad de verlo tocar en persona. Es todavía más increíble de lo que imaginaba.
Lorenzo sonrió, acostumbrado a escuchar comentarios semejantes sobre su mejor amigo.
—Me alegra escuchar eso. Aunque no lo parezca cuando está sobre el escenario, significa mucho para él saber que las personas disfrutan de su música.
Yuna volvió a mirar la fotografía.
—Entonces espero que alguien se lo diga.
—Se lo diré —prometió Lorenzo sin revelar absolutamente nada más.
Yuna inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias nuevamente por la fotografía.
—Gracias a ti por venir esta noche —respondió Lorenzo con amabilidad—. Que tengas una buena noche.
—Igualmente —se despidió Yuna.
La cantante se alejó y comenzó a caminar hacia la salida.
No se quitó la gorra ni los lentes oscuros y, aparentemente, nadie la había reconocido.
Aquello era exactamente lo que quería.
Había conseguido tener una noche completamente normal.
Cuando salió del teatro, sostuvo la fotografía contra su pecho durante unos segundos mientras una sonrisa sincera aparecía en su rostro.
Después volvió a separarla ligeramente para contemplar al misterioso hombre que aparecía en ella.
—Il Fantasma... —murmuró Yuna con una pequeña sonrisa—. ¿Quién eres realmente?
Por supuesto, la fotografía no podía darle ninguna respuesta.
Yuna no sabía absolutamente nada sobre el hombre que existía detrás de aquella máscara.
No sabía que su verdadero nombre era Alessandro Moretti.
No conocía la razón por la que parecía tan solitario ni entendía por qué protegía su identidad con tanto cuidado y desaparecía después de cada presentación.
Mucho menos sabía que detrás de aquel talento extraordinario se escondía un corazón enfermo cuyo tiempo era incierto.
Yuna solamente sabía una cosa.
Por primera vez en mucho tiempo, había pasado una noche entera sin necesidad de fingir una sonrisa.
Y todo había sido gracias a la música de un hombre cuyo verdadero nombre ni siquiera conocía.








