PRIMERA PARTE-Capítulo I
EL PUEBLO MALDITO
La guerra había devorado el mundo, dejando tras de sí solo ruina y miseria. Pero la vida, obstinada y cruel, seguía su curso. En aquel pueblo olvidado por el Estado, el terror a lo desconocido se mezclaba con el folclore local, creando una pesadilla colectiva. Los viejos, con sus bocas desdentadas y sus ojos vidriosos, repetían una y otra vez los mismos relatos, como si el pasado fuera una maldición que no podían sacudirse.
Todo cambió cuando la ambición del hombre, su putrefacta codicia por conquistar las estrellas, trajo consigo el horror. Aquel cohete, símbolo de progreso y orgullo soviético, regresó convertido en un ataúd metálico. Dentro, algo se movía. Algo que no era humano.
Criaturas amorfas, negras como el petróleo derramado en la tundra, emergieron. No tenían ojos, ni rostro, solo bocas hambrientas y una mente primitiva:
consumir, devorar, asimilar. Los primeros en morir fueron los científicos. Luego, los soldados. Y después, los civiles. Lo peor no era su forma, sino cómo, con cada víctima, se volvían más...humanos.
Aprendieron a caminar erguidos. A articular palabras. A mentir.
Pero el pueblo soviético no se doblega. Con bayonetas, balas y el fuego purificador del lanzallamas, los últimos héroes de la Madre Patria exterminaron a esas aberraciones. Las grandes ciudades fueron limpiadas, sus calles regadas con la sangre de monstruos y soldados por igual. Sin embargo, en los pueblos perdidos, donde el Estado no enviaba más que silencio y raciones escasas, las criaturas seguían al acecho.
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Verano, año 5550
Vladimir despertó en el hospital, el olor a antiséptico y sangre vieja llenando sus fosas nasales. Sus padres lo miraban desde el borde de la cama, sus rostros curtidos por el frío y el resentimiento. Esta vez no lo había logrado. El corte en su brazo había sido demasiado superficial, y ahora la herida, bien cosida con hilo grueso, le recordaba su fracaso.
Su padre, un hombre ancho como un tanque y con manos callosas por décadas de trabajo en la fábrica, le cruzó la cara con un golpe seco.
—¡Maldito inútil! —escupió, la voz cargada de vodka y rabia—. ¿Otra vez? ¿Otra vez tienes que llamar la atención como una puta histérica?
Su madre, pálida como un cadáver, no lo defendió. Solo murmuró:
—Es por culpa de lo que hiciste. Por tu hermano.
Vladimir, a sus 17 años, ya cargaba con demasiadas culpas. La más grande: haber tomado el auto familiar, ebrio de desesperación, y haber atropellado a su hermano mayor.
Un accidente, decía él. Un asesinato, decían ellos.
—Vamos —dijo su madre, mientras su padre salía de la habitación, pisando fuerte como si cada paso fuera un juicio—. Si vuelves a hacer esto, tu padre no te mandará al hospital... te enterrará en el bosque como a un perro rabioso.
Vladimir se levantó, mirándose los brazos. Cicatrices, cortes frescos, marcas de quemaduras.
Qué más tenía que hacer para que el dolor interno se callara? Sabía la verdad: sus padres no lo perdonarían. Nunca. Y el pueblo, ese infierno de murmullos y miradas acusadoras, tampoco lo haría.
La miseria era su única herencia.








