Prólogo
Era una noche de luna llena.
La luna brillaba en el manto nocturno y las estrellas danzaban a su alrededor por encima de las aguas de un estanque repleto de luciérnagas.
Magia acumulada se centraba en un solo capullo sin florecer, y cuando finalmente este desplegó sus enormes pétalos, un destello surgió entre el polen y la flora, dando a luz a un joven de cabello rosa como el mismo loto, pestañas largas y ojos de un verde silvestre.
El muchacho, sin comprender mucho de su nuevo entorno, abrió sus ojos, observando con curiosidad su alrededor.
Los enormes pétalos del loto cubrían su desnudez. El joven miró el estanque sobre el que estaba, y alcanzó a ver su reflejo. Se miró las manos, y alcanzó a tocar con ellas parte de su rostro, intentando distinguir las formas desconocidas y los pliegues de su nuevo cuerpo.
—Te estábamos esperando, joven Hasu.
Una diminuta voz, aguda y suave, tintineó delante suyo.
Hasu levantó la mirada, encontrándose con un pequeño ser rosado y brillante; con pequeñas alas que se agitaban tan rápido que apenas se podían ver con claridad: un hada del bosque.
Hasu la miró con curiosidad, ladeando ligeramente el rostro.
—¿Ha... su? —repitió el muchacho, dudoso—.
La pequeña hada asintió, sonriente.
—Ese fue el nombre que te concedimos las chicas y yo.
Hasu miró detrás de ella, donde un grupo de hadas de diferentes colores se dispersaban a su alrededor con miradas entusiasmadas.
—Representa el Loto; el corazón del bosque; la fuente de nuestros poderes.
Hasu miró de vuelta al hada frente a él. Con su mirada, parecía buscar entender su situación, y ver su expresión, para la pequeña hada fue como leer un libro abierto.
—Esperamos tu llegada por más de quinientos años —voló en círculos, muestra de su entusiasmo. Se detuvo de nuevo frente a él–. Eres nuestra flor más brillante. La personificación misma de la magia de nuestro querido bosque encantado.
Hasu no dijo nada. No porque no quería, sino que aún no comprendía cómo hablar correctamente.
—Querido Hasu.
La hada se acercó más a su rostro. Hasu no se inmutó.
—Las criaturas del bosque y yo añoramos este momento desde que supimos de la gestación de nuestro loto mágico.
Nuevamente, Hasu omitió sus propias palabras. La miró, apenas entendiendo lo que decía, pero aun así, prestando atención a cada palabra.
De pronto, llegó otra hada, envuelta en un fulgor cian que se inclinaba cautelosa ante la presencia serena de Hasu.
—Joven Hasu, le hemos preparado comida con frutos del bosque y hemos confeccionado algo de ropa para usted.
Hasu la miró, luego se miró a sí mismo. Apenas parecía darse cuenta de que no traía nada puesto, pero aunque lo notó, siguió sin darle importancia.
Al intentar ponerse de pie, fue como si un bebé de tres meses intentara dar sus primeros pasos. Y es que para él, literalmente así se sentía.
Todavía habían cosas que no entendía. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué es lo que era? ¿Por qué las criaturas del bosque parecían alabarlo tanto?
Su existencia misma era un misterio para él.
…🪷…
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