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Las cuatro familias políticamente influyentes de Corea tenían una sola meta en mente: asegurar el trono. Y para lograrlo, habían enviado a sus preciados herederos a competir en el campo de batalla más despiadado de la ciudad: el prestigioso bufete de abogados Garam. La consigna era clara: quien demostrara mayor astucia se convertiría en el próximo socio director. Un movimiento maestro que no solo consolidaría el poder de su firma, sino que uniría sus dinastías mediante estratégicos matrimonios de conveniencia.
El primero en la línea de sucesión era Lee Ryu, el primogénito de la familia Lee. Ryu era la definición viviente de la perfección pulida: alto, de una cabellera blanca que robaba miradas, deslumbrantes ojos azules y una complexión atlética marcada bajo trajes a la medida.
Caminaba por los pasillos con un porte tan elegante y despreocupado que parecía flotar. Bromista, sereno y ridículamente confiado, Ryu actuaba sabiendo que el universo siempre jugaba a su favor.
Todas las mujeres suspiraban por él; tanto dentro del webcómic como en el mundo real, donde su legión de seguidoras era gigantesca. A mí, en lo personal, no me convencía. No es que fuera feo —era descaradamente atractivo—, pero a veces me daba la impresión de que estaba completamente loco.
Le fascinaba arriesgarse y poner a todos al límite en el tribunal solo por la adrenalina, para luego salir saludando a las cámaras tras un juicio victorioso como si fuera una estrella de pop. Definitivamente, no era mi tipo.
En el extremo opuesto estaba la familia Kim, representada por Kim Jin. Y por todos los cielos... yo moría por él. Jin era un espectáculo: alto, apuesto, de cabello negro como la noche y unos ojos café oscuro tan profundos que una sola mirada suya me ponía los nervios de punta.
Poseía una serenidad fría y dominante; era amable, sí, pero únicamente mientras no te interpusieras en su camino ni te metieras en sus asuntos.
Su presencia al caminar imponía un silencio absoluto a su alrededor, y cuando se enojaba, sus ojos literalmente te fulminaban en el acto.
Obviamente, yo era la presidenta honoraria de su club de fans. Pertenecía con orgullo al Team Coprotagonista.
Ryu y Jin solían ser el dúo dinámico e inseparable, la combinación perfecta de fuego e hielo. Pero las presiones políticas de sus familias terminaron por destrozar esa amistad, dejando solo un rastro de rivalidad tensa y distanciamiento.
Luego estaba Choi Yoo, la hija de la tercera familia. Yoo era la encarnación de la dulzura: una chica radiante, de melena oscura, ojos grandes y expresivos y un rostro pequeño de muñeca.
Lucía como un ángel y se comportaba como una verdadera diva que obtenía todo lo que deseaba.
En la historia, Yoo estaba enamorada tanto de Ryu como de Jin, aunque aún no se lo había confesado a ninguno.
Y por último, la antagonista indiscutible de este drama: Park Eun. Representante de la última gran familia, Eun era una mujer de facciones finas y sofisticadas, analítica, calculadora y con un porte aristocrático impecable.
Actualmente, era la prometida de Jin. No había un ápice de amor entre ellos; Eun estaba secretamente enamorada de Ryu, y su compromiso con Jin no era más que una helada transacción política.
Sí, este es mi webcómic favorito en todo el mundo y se llamaba Herederos.
Actualización: Capítulo 20 de Herederos
"Historia original de Lixxie"
—Tuve que esperar una semana entera para ver este capítulo —murmuré para mí misma, sorbiendo de mi vaso de café caliente mientras caminaba—. Tengo que terminar de leerlo antes de volver a la oficina.
Deslicé el dedo sobre la pantalla iluminada de mi teléfono.
En la viñeta, Park Eun irrumpía violentamente en el despacho iluminado de Yoo. El sonido de un impacto seco resonó en la escena cuando la palma de Eun se estrelló contra la mejilla de Yoo.
—¡Eres una infeliz, Yoo! —exclamó Eun, con los puños temblando de rabia—. ¿Por qué siempre tienes que sabotear mis casos? ¿Acaso esto es otra maniobra ruin de tu padre?
Yoo retrocedió, llevándose una mano al rostro mientras sus ojos grandes se llenaban de lágrimas brillantes. Lucía tan indefensa y frágil.
—¿De qué estás hablando? Yo no hice nada... —respondió Yoo con la voz entrecortada—. Si perdiste el caso, fue por tu propia incapacidad. Yo no tengo nada que ver. O tal vez tienes enemigos ocultos aquí.
Siempre me echas la culpa de todo lo que te sale mal, ¿hasta cuándo vas a seguir con esto? No soy la única a tu alrededor, Eun. Yo solo quiero llevar la fiesta en paz.
Yoo apretó las manos contra su pecho, tomando aire dramáticamente antes de continuar.
—¿Qué hay de lo que me pasó a mí en mi último juicio? ¿Acaso salí a culparte a ti de inmediato? No tengo pruebas, así que me guardé mis sospechas. No eres la única que enfrenta problemas aquí.
Eun soltó una carcajada fría y amarga, cruzándose de brazos.
—Ja, claro. Todo el mundo se traga tu papel de niña buena, pero te juro que voy a desenmascararte. No tengo ninguna necesidad de sabotear tu trabajo.
La puerta del despacho se abrió de par en par, interrumpiendo el enfrentamiento. Lee Ryu apareció en el umbral, acomodándose los puños de la camisa con una sonrisa ladina y molesta. Detrás de él, Kim Jin observaba la escena con la mandíbula apretada.
—¿Me pueden explicar qué demonios pasa aquí? —intervino Ryu con tono socarrón—. Sus gritos se escuchan hasta el vestíbulo. Jin, sé un buen prometido y llévate a tu mujer.
Jin avanzó un paso, rodeando la muñeca de Eun con firmeza, pero ella se zafó de un tirón helado.
—No me toques, Jin. Puedo salir sola.
—¿Hasta cuándo vas a dejar de dar este tipo de espectáculos, Eun? —murmuró Jin.
—¿Espectáculo? —Eun lo miró con verdadero desprecio—. Por favor.
Tengo razones de sobra para estar así. Son demasiado ciegos para ver las verdaderas intenciones de Yoo y de su padre. Pero da igual... esto seguirá siendo un campo minado hasta que se decida quién demonios se quedará con la dirección del bufete.
Sin dar espacio a más réplicas, Eun dio media vuelta y caminó con paso firme hacia la salida, dejando un silencio tenso a su paso.
El tono de llamada interrumpió mi lectura. En la pantalla parpadeó la palabra MAMÁ.
—Hola, mamá. Sí, estoy bien, ya comí —dije, acomodándome el abrigo mientras el vapor de mi café me acariciaba el rostro—. Sí, todo perfecto. Ya voy caminando de regreso a la oficina, pero hoy saldré un poco tarde.
La jefa quiere que el área de mercadotecnia deje todo listo para el evento de la marca de maquillaje de la próxima semana. Como soy la líder del equipo, tengo que supervisar que todos cumplan. Sí, mami, te marco en cuanto salga. Te quiero, adiós.
Colgué y regresé de inmediato a la aplicación del webcómic, deslizando el pulgar por la pantalla.
—Oh, el semáforo está en verde para los peatones. Voy a cruzar —pensé en voz alta, sin desviar la mirada de la viñeta donde Jin aparecía en primer plano.
De pronto, un chillido agudo de frenos desgarró el aire.
—¡SEÑORITA, CUIDADO!
—¿Qué...?
El impacto fue seco, atronador y brutal. El golpe de metal contra mi cuerpo me arrojó por los aires antes de estrellarme contra el asfalto frío. El vaso de café salió volando, derramándose sobre la acera.
A mi alrededor, el mundo se redujo a un eco lejano de gritos amortiguados y murmullos aterrorizados.
Estaba tirada sobre el pavimento, sintiendo un calor denso y viscoso extenderse rápidamente debajo de mi cabeza. Mi propia sangre. El dolor era sordo, casi sofocado por la conmoción.
Con la visión borrosa, alcancé a ver mi teléfono a unos centímetros de mi rostro, tirado sobre el charco rojo. La pantalla seguía encendida, mostrando la ilustración perfecta y fría de Kim Jin.
¿Qué pasó? pensé, intentando formular una sonrisa que no llegó a salir. ¿En serio voy a morir así? Qué irónico... lo último que voy a ver en esta vida es la cara de Jin.
Los párpados me pesaron toneladas. Y todo se volvió negro.
—¡AAAAAAAHHHHHHH!
Me incorporé de golpe, ahogándome con mi propio aire. El corazón me golpeaba el pecho como un martillo desbocado. Me pasé las manos frenéticamente por la cara, el cuello, los brazos... no había sangre. No había dolor. No había asfalto.
—¿Qué...? ¿Pero qué es este lugar?
Miré a mi alrededor desorientada. No estaba en el hospital. Tampoco en la calle. Estaba sentada frente a un escritorio de madera pulida, rodeada de ventanales de piso a techo que mostraban un imponente horizonte urbano.
A pocos metros, varias personas vestidas con trajes elegantes pasaban caminando, mirándome de reojo con evidente molestia.
—Está loca —murmuró una secretaria a otra, bajando la voz—. Creo que le afectó demasiado perder a sus padres hace unas semanas.
—No vino a trabajar en dos semanas y ya está haciendo un drama —susurró la otra—. De seguro se quedó dormida. Seguro quiere más días de descanso.
Los murmullos flotaban en el aire como agujas. Mis padres... pero si yo acababa de hablar con mi mamá por teléfono hacía cinco minutos. ¿Qué demonios era esta oficina?
Desesperada, busque algún punto de referencia hasta que mis ojos cayeron en una credencial colgada de un cordón azul sobre el escritorio. La tomé con manos temblorosas y leí el texto impreso junto a mi foto:
Garam Law Firm
Kang Sun
Recepcionista
—¿Gara...? —mi mente se detuvo en seco—. ¡¿Garam?!
No. No, no, no. Esto tenía que ser una pesadilla grotesca.
—Estoy... ¿estoy dentro de Herederos? —solté una risa nerviosa y desquiciada—. Ja, ja... esto es una broma. Claro. Me morí en el accidente y mi cerebro agonizante está proyectando esta alucinación.
Me llevé los dedos al brazo y me pellizqué la piel con todas mis fuerzas.
—¡Auch! —chillé, sobándome el pellizco que comenzaba a ponerse rojo—. No puede ser... esto duele de verdad. Es real. Pero... ¡¿qué demonios hago yo aquí?!
(Continuará…)









me encanta. tiene pinta de ser esos kdramas que no paras de decir; " un capítulo más "
encerio me gustó mucho, soy fans de los kdramas jjjj.
Hasta aquí lo leo, no soy fan de las telenovelas, sigue así, escribes muy bien