Capítulo 1
Las clases terminaron a las seis de la tarde. El cielo estaba blanco, cubierto por una neblina baja. Salí al patio y sentí el frío en las manos. Estaba en la esquina, apoyado contra el guardabarros del coche viejo. Llevaba su suéter marrón, el de los codos zurcidos.
Al verme, se quitó la gorra y levantó la mano. Crucé el asfalto y lo abracé. Su abrigo olía a aceite de motor. Me dio una palmada en la espalda y me besó la frente. Dijo que había poca gente en el taller y que por eso había venido temprano.
Subí y acomodé los apuntes de biblioteconomía sobre las rodillas. El asiento estaba gastado y el olor a humedad se sentía más fuerte, tal vez por el clima. Le dije que el auto estaba demasiado viejo y que pronto nos dejaría tirados. Mi padre se rio con esa risa tranquila suya, giró la llave y pisó el acelerador. Me respondió que su Volkswagen todavía caminaba y que, mientras lo hiciera, nos llevaría a donde hiciese falta.
El sábado siguiente fuimos temprano a la parroquia, como hacíamos todas las semanas. El sol del mediodía caía a plomo sobre las paredes de ladrillo visto, pero adentro la penumbra era fresca por las paredes altas; olía a cera vieja y a ese incienso que nunca me terminó de gustar.
Mi padre era muy devoto. Nunca le escuché hablar mal de nadie, ni juzgar a los vecinos que no iban a misa, ni usar a Dios como una excusa para sentirse mejor que los demás. Su bondad no tenía doble fondo. Yo creía en lo mismo que él: para mí, Dios era simplemente un orden silencioso que nos sostenía a todos sin pedir nada a cambio.
Después de encender un par de velas, el padre Tomás se nos acercó junto al atrio y conversó con mi padre en voz baja. Cuando terminaron, caminamos hacia el coche bajo la luz blanca del mediodía. Mi padre abrió la portezuela, me miró con seriedad y me habló de la colecta para la señora Carmen: del cáncer que padecía, de la familia que no tenía y de su soledad.
Asentí con la cabeza. Le contesté que debíamos hacer algo por ella. Mi padre pareció complacido y me recordó también a la pequeña Penélope, la que vivía al final de la cuadra, y de su necesidad de ropa; me sugirió que le diéramos la que yo usaba de niña.
Sentí una tibieza extraña en el pecho, una especie de conformidad luminosa. Miré a mi padre; su mirada limpia me daba una paz absoluta y le sonreí.
—Le voy a cocinar algo delicioso para llevarle junto con la ropa —le dije—. Un pastel de manzana. Seguro que a Penélope le va a gustar.
Mi padre me devolvió la sonrisa, arrancó el motor y nos fuimos despacio por el camino de tierra, levantando una nube de polvo gris.
(…)
Los días en la facultad transcurrían con una regularidad apacible. Estudiar biblioteconomía me gustaba porque había un orden preciso en las cosas: las horas pasaban entre el olor a papel viejo y el eco de los pasos en los pasillos de cemento. Yo iba a clases, tomaba apuntes limpios y, al terminar, regresaba a casa o ayudaba a mi padre en lo que hiciera falta.
A pesar de ser bondadosa, no era tonta; sabía leer a la gente con una claridad fría. Sabía que muchos se burlaban de mí porque no me interesaba la ropa de moda, porque siempre llevaba el mismo abrigo raído y porque mi rostro no tenía los rasgos afilados ni los artificios que los demás consideraban atractivos. Pero nada de eso lograba rozarme. Les sonreía con cortesía, saludaba a todos con la misma voz neutra y seguía mi camino. Para mí, la opinión ajena carecía de peso real. Tampoco me interesaba tener novio: mi tiempo estaba dividido entre los libros, las tareas del hogar y el taller de mi padre.
Mi única amiga en la carrera era Pamela, una chica habladora y constante que siempre intentaba incluirme en sus planes, aunque terminaba aceptando mis negativas con naturalidad. Pamela tenía novio, un joven llamado Richard que a mi juicio era completamente ordinario. Ella se derretía por él y yo los observaba a veces desde la mesa de la biblioteca; me parecían muy ruidosos.
Una tarde me detuve en el patio. El sol de otoño era pálido. Mario estaba apoyado contra una columna de concreto. Estudiábamos la misma carrera desde hacía dos años, pero nunca habíamos hablado. Lo miré un momento. Opinaba poco. Cuando alguien le proponía algo, se limitaba a encogerse de hombros. Al principio, los demás creían que era amable. A Mario le daba igual. Simplemente no valía la pena decir que no.
Días antes lo había visto en la cafetería besándose con una de las chicas más populares de la facultad. Ella lo rodeaba con los brazos y lo miraba con devoción absoluta, buscando en sus ojos una chispa de reciprocidad. Pero Mario tenía la mirada vacía. No la rechazaba, pero tampoco habitaba ese momento.
Me quedé mirándolo un segundo más, sintiendo una extraña familiaridad en esa indiferencia. Sin embargo, aparté la vista y seguí caminando hacia la salida. Mi padre me había enseñado desde pequeña que uno nunca debe juzgar a las personas y que debemos mantenernos amables con todos. Así que guardé la imagen de Mario en algún rincón de la memoria, sin sospechar que aquel chico invisible y pasivo terminaría cruzándose de nuevo en mi camino.
(...)
A mitad del quinto semestre, cuando ya rozaba los dos años y medio de carrera, mi padre apareció una noche en la cocina con una caja de cartón. La dejó sobre la mesa mientras yo terminaba de lavar los platos y me indicó que la abriera. Quité el cordón con cuidado. Adentro había un vestido de tela ligera, de un azul profundo, con cuello redondo y puños ajustados. Me quedé mirándolo. Me dijo que había estado ahorrando para darme un gusto, que merecía estrenar algo así porque era una buena hija y que me vería muy hermosa. Le di un fuerte abrazo. Mi padre sabía leerme tan bien; seguro intuía que mi ropa estaba gastada y que yo jamás pedía nada.
Al día siguiente me lo puse. Me peiné con más esmero que de costumbre y me atreví a maquillarme un poco los labios. Cuando salí de la habitación, mi padre se detuvo en el pasillo, me miró de arriba a abajo con una sonrisa luminosa y me besó suavemente la frente.
—Te ves muy linda, mi pequeña —me dijo.
Llegué a la universidad. Fue un día extraño: desde el primer momento en que crucé las puertas noté un cambio. Las miradas en los pasillos ya no eran de indiferencia o desdén silencioso; un par de compañeros me saludaron con una amabilidad exagerada y sonrisas repentinas.
A mitad de la tarde, durante la clase de catalogación, un compañero de las últimas bancas se me acercó con el pretexto de pedirme un lapicero. Se quedó de pie junto a mi mesa, observando el vestido azul con una insistencia que me hizo sentir incómoda, y empezó a hablarme con una confianza inmerecida, deslizando preguntas sobre si tenía planes para el fin de semana o si podíamos salir a tomar algo. En mi inocencia, creí que responderle con calma y firmeza bastaría; le dije amablemente que no, que no me interesaba. Pero él insistió, restándole peso a mi negativa con una risita cómplice, convencido de que un «no» era solo el inicio de una negociación.
Esa tarde, la revelación cayó sobre mí con la fuerza de un golpe seco. Me encerré en el baño de la facultad y me miré en el espejo sobre el lavabo. El vestido azul seguía ahí, impecable, pero de pronto me pareció una trampa. Comprendí, con una claridad amarga, que la imagen lo era todo: bastaba una tela nueva y un rostro algo más cuidado para que los demás se sintieran con derecho a mirarte como a un objeto disponible, a borrar tus límites con una sonrisa.
Apoyé las manos en el borde de porcelana fría y cerré los ojos. En mi memoria resonó la voz de mi padre diciéndome «te ves muy linda, mi pequeña» y sentí de nuevo el peso tibio de aquel beso en la frente. El contraste fue tan violento que el estómago se me encogió. Recordé la mirada libidinosa del compañero en el aula y experimenté una repulsión física insoportable. Pensé que nadie en el mundo era como mi padre.
Me aferré a ese pensamiento, aunque en el fondo de mi conciencia una voz pequeña y terca intentaba convencerme de lo contrario: sin embargo, hay gente buena, Emma; la hay. Mi padre era la prueba viviente de ello. Pero el mundo de afuera parecía empeñado en demostrarme lo contrario, empujándome despacio hacia el borde de un abismo del que ya no habría retorno.
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