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Prohibido ~kookmin~

Sinopsis

Jungkook desea a la hermana menor de su esposa Boypussy Kookmin

Genero:
Erotica
Autor/a:
Armykookmin
Estado:
Completa
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Unico

La casa de los Jeon olía a madera recién encerada y a las flores blancas que Sora, la hermana mayor de Jimin, había colocado en el jarrón del recibidor esa misma mañana. Era una casa grande, limpia, perfectamente ordenada. El tipo de hogar que la gente admiraba desde fuera y que, por dentro, a veces se sentía demasiado silenciosa.

Jungkook cerró la puerta del garaje con más fuerza de la necesaria. Había llegado tarde otra vez. El reloj de la cocina marcaba las once y media de la noche. Sora ya debía de estar dormida. O al menos fingiendo que lo estaba.

Dejó las llaves sobre la mesa de mármol y se quedó un momento quieto, escuchando. Solo el leve zumbido del refrigerador. Nada más.

Subió las escaleras sin prisa. En el pasillo, la puerta de la habitación principal estaba entreabierta. La luz de la lámpara de noche dibujaba un rectángulo amarillo en el suelo. Jungkook se asomó.

Sora dormía de lado, con el cabello largo y oscuro esparcido sobre la almohada. Tenía una mano bajo la mejilla y la otra descansando sobre la sábana. Parecía tranquila. Siempre lo parecía. Desde el día de la boda, hace tres años, Sora había sido la esposa perfecta: paciente, elegante, comprensiva. Nunca levantaba la voz. Nunca preguntaba demasiado. Nunca exigía más de lo que Jungkook estaba dispuesto a dar.

Él se quedó mirándola un segundo más de lo necesario. Luego se apartó y siguió hasta el baño del fondo.

Se quitó la camisa frente al espejo. El agua caliente del lavabo le quemó las manos. Se miró a sí mismo: el cabello negro un poco desordenado, la mandíbula tensa, los ojos oscuros que últimamente evitaban reflejarse demasiado tiempo. Había algo en su expresión que no le gustaba. Algo que se parecía demasiado a culpa.

O a hambre.

Se secó la cara y bajó de nuevo. No tenía sueño. Sabía que, si se metía en la cama al lado de Sora, terminaría mirando el techo durante horas, pensando en lo mismo de siempre.

En la sala, la luz del pasillo alcanzaba apenas el sofá grande. Jungkook se dejó caer allí, con los codos sobre las rodillas, y sacó el teléfono. No tenía notificaciones importantes. Solo un mensaje de hace dos horas de su manager recordándole la reunión de la mañana siguiente. Lo ignoró.

En su galería había cientos de fotos de eventos, de ensayos, de momentos con Sora. Sonrisas perfectas. Manos entrelazadas frente a cámaras. El anillo de compromiso brillando bajo los flashes.

Y, más abajo, escondidas en una carpeta bloqueada que nadie más conocía, había otras imágenes.

No las abrió esa noche. No hacía falta. Las tenía memorizadas.

Jimin.

La hermana menor de Sora. Tres años más joven. Cabello castaño claro que a veces se recogía en una coleta alta, dejando la nuca al descubierto. Ojos afilados que se suavizaban solo cuando reía de verdad. Una boca que sabía sonreír de forma educada frente a la familia y de forma peligrosa cuando creía que nadie la estaba mirando.

Jungkook la había conocido mucho antes de casarse con Sora. De hecho, la había conocido primero.

Había sido en una de esas cenas familiares que su padre organizaba cuando aún intentaba aparentar que la familia Jeon y la familia Park eran algo más que socios de negocios. Jimin tenía diecinueve años entonces. Jungkook, veintidós. Ella llegó tarde, con una chaqueta oversized y los auriculares colgando del cuello. Saludó a todo el mundo con una inclinación de cabeza educada y luego se sentó al otro extremo de la mesa, como si el resto del mundo le importara muy poco.

Jungkook no pudo dejar de mirarla.

Había algo en la forma en que sostenía los palillos, en cómo inclinaba la cabeza cuando alguien hablaba, en la pequeña cicatriz casi invisible sobre su ceja izquierda. Algo que no se parecía a nada de lo que él había visto antes. Sora, en cambio, era la hermana mayor perfecta: sonrisa impecable, conversación fluida, el tipo de mujer que cualquier familia querría como nuera.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Cuando su padre le dijo, meses después, que un matrimonio entre las dos familias reforzaría los lazos, Jungkook no se negó. No porque quisiera a Sora de esa forma. Sino porque, en aquel momento, todavía creía que el deseo podía controlarse. Que el fuego que sentía cada vez que Jimin entraba en una habitación podía apagarse si él simplemente elegía mirar hacia otro lado.

Se equivocó.

El día de la boda, Jimin llevaba un vestido color crema y el cabello recogido. Estaba de pie detrás de Sora, sosteniendo el ramo. Cuando Jungkook levantó la vista después de decir el “sí”, sus ojos se encontraron con los de ella por un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente para que el anillo que acababa de ponerle a Sora se sintiera demasiado pesado en su mano.

Desde entonces, cada visita de Jimin a la casa se había convertido en un ejercicio de autocontrol.

Ella venía a menudo. A veces a comer. A veces a quedarse el fin de semana cuando Sora insistía en que no debería vivir sola en ese apartamento tan pequeño del centro. Jungkook aprendió a estar ocupado cuando ella llegaba. Aprendió a salir a correr, a encerrarse en el estudio, a hablar con Sora de temas banales mientras Jimin estaba en la habitación de invitados, a solo unos metros de distancia.

Pero el cuerpo no olvida lo que la mente intenta enterrar.

Había noches en las que soñaba con ella. Con la forma en que se mordía el labio inferior cuando estaba concentrada. Con la risa baja y ronca que soltaba cuando alguien decía algo realmente gracioso. Con la manera en que se cruzaba de brazos y lo miraba de reojo cuando pensaba que él no se daba cuenta.

Y había mañanas en las que despertaba al lado de Sora con el corazón acelerado y la culpa atrapada en la garganta.

Esa noche, el teléfono vibró de nuevo en su mano.

Un mensaje.

Jimin:

¿Sora está despierta?

Jungkook se quedó mirando la pantalla. El nombre. Las letras negras sobre el fondo oscuro. El reloj marcaba las 11:47.

No debería responder. No a esa hora. No cuando Sora dormía arriba y él estaba solo en la sala, con la casa en silencio y la tentación demasiado cerca.

Pero sus dedos ya se movían.

Jungkook:

No. Está dormida. ¿Todo bien?

Tres puntos aparecieron casi de inmediato.

Jimin:

Sí. Solo… no podía dormir. Estaba pensando en pasar mañana a dejarle unas cosas que me pidió. ¿Te molesta?

Jungkook:

No. Claro que no.

Hubo una pausa más larga esta vez. Luego:

Jimin:

Gracias. Entonces… nos vemos mañana.

Jungkook dejó el teléfono sobre el sofá. Se pasó una mano por la cara. Mañana. Ella estaría aquí mañana. En su casa. Con Sora. Con él.

Se levantó y caminó hasta la ventana que daba al jardín trasero. La noche estaba clara. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos, más allá de los árboles altos que rodeaban la propiedad. Pensó en lo fácil que habría sido, hace tres años, decir que no. Negarse al matrimonio. Decirle a su padre que no quería a Sora de esa forma. Que el problema no era ella, sino la hermana menor que lo miraba de una manera que todavía no sabía interpretar.

Pero no lo hizo.

Y ahora estaba aquí. Casado. Con una esposa que lo quería de verdad. Y con un deseo que no había disminuido ni un solo día.

Se dio la vuelta y subió las escaleras de nuevo. Esta vez entró en la habitación. Se quitó los pantalones en silencio y se metió bajo las sábanas. Sora se removió un poco cuando sintió el peso del colchón, pero no despertó del todo. Jungkook se quedó de espaldas, mirando el techo oscuro.

Cerró los ojos.

Y, como casi todas las noches, la imagen que llegó no fue la de su esposa.

Fue la de Jimin, de pie en la puerta de la cocina, con una taza de café entre las manos, mirándolo como si también ella guardara un secreto demasiado pesado para decirlo en voz alta.

Al día siguiente, la casa se llenó de movimiento temprano.

Sora ya estaba despierta cuando Jungkook bajó. Llevaba un pijama de seda gris y el cabello suelto. Le ofreció un café con esa sonrisa tranquila que siempre le dedicaba.

—Llegaste tarde anoche —dijo, sin reproche.

—Hubo tráfico —mintió él.

Sora asintió y volvió a su taza. No preguntó más. Nunca lo hacía.

A media mañana, el timbre sonó.

Jungkook estaba en el estudio, revisando unos documentos que su manager le había enviado. Escuchó la voz de Sora desde el recibidor, alegre, cálida. Luego otra voz. Más baja. Más familiar.

Jimin.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se quedó quieto. El corazón le dio un golpe seco contra las costillas. Se obligó a respirar. Luego se levantó y salió al pasillo.

Las dos hermanas estaban en la entrada. Sora abrazaba a Jimin con fuerza, como siempre hacía. Jimin correspondía el abrazo, pero su mirada se desvió un segundo hacia el pasillo. Cuando vio a Jungkook, su expresión cambió apenas. Un parpadeo más lento. Una ligera tensión en la mandíbula.

—Hola —dijo ella.

La voz le salió neutral. Educada. Exactamente como debía sonar frente a la hermana casada.

—Hola —respondió Jungkook.

Sora se separó del abrazo y le restregó el brazo a Jimin con cariño.

—Trajo las cosas que le pedí para la cena del viernes. Y también trajo ese vino que te gusta, Jungkook. ¿Verdad?

Jimin levantó una bolsa de papel y asintió.

—Sí. El que mencionaste la última vez.

Jungkook sintió que algo se le apretaba en el pecho. No recordaba haber mencionado ningún vino. O tal vez sí. Tal vez en alguna de esas conversaciones banales que tenían cuando Sora estaba cerca y ambos fingían que no había nada más debajo.

—Gracias —dijo.

Sora se llevó la bolsa a la cocina, hablando de la cena y de los invitados y de lo bien que quedaría todo. Jimin se quedó un momento en el recibidor, con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta negra. Llevaba vaqueros oscuros y una camiseta simple. El cabello suelto le caía sobre los hombros. Parecía cansada. O tal vez solo cuidadosa.

Jungkook dio un paso hacia ella.

—¿Dormiste algo al final? —preguntó en voz baja.

Jimin levantó la vista. Por un segundo, sus ojos se encontraron de verdad. Sin la máscara familiar. Sin la distancia educada.

—Un poco —respondió. —Lo suficiente.

Había algo en su tono. Algo que no decía.

Sora volvió a asomarse desde la cocina.

—Jimin, ¿te quedas a comer? Preparé suficiente.

Jimin dudó. Jungkook lo notó. La forma en que su mirada bajó un segundo hacia el suelo, como si estuviera calculando riesgos.

—Solo un rato —dijo al final. —Tengo que volver al apartamento después.

Sora sonrió, satisfecha, y desapareció de nuevo.

Jungkook y Jimin se quedaron solos en el pasillo. El silencio se estiró entre ellos, denso, cargado. Él podía oler el perfume que ella usaba. Algo fresco, con un toque de cítricos. El mismo que había olido la última vez que ella se quedó a dormir en la habitación de invitados, hace casi dos meses.

—No tenías que venir solo por las cosas —dijo él, más bajo todavía.

Jimin lo miró de reojo.

—Sí tenía. Sora me las pidió. Y… quería verla.

Hizo una pausa. Luego añadió, casi en un susurro:

—Y a ti.

Las palabras quedaron flotando en el aire. Jungkook sintió que el suelo se movía un poco bajo sus pies. No dijo nada. No podía. Porque si abría la boca en ese momento, no sabía qué iba a salir.

Desde la cocina, Sora llamó:

—¡Vengan! La comida está lista.

Jimin se apartó primero. Dio media vuelta y caminó hacia la luz de la cocina como si nada hubiera pasado. Jungkook se quedó unos segundos más en el pasillo, con la mandíbula apretada y las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos.

Luego la siguió.

La mesa estaba puesta con cuidado. Platos blancos, cubiertos brillantes, un jarrón pequeño con flores. Sora servía la comida con esa eficiencia tranquila que la caracterizaba. Jimin se sentó frente a Jungkook. Él se sentó al lado de Sora.

Durante el almuerzo, la conversación fluyó como siempre. Sora hablaba de la cena del viernes, de los invitados, de un vestido nuevo que había visto. Jimin respondía con cortesía, sonreía en los momentos correctos, hacía preguntas educadas. Jungkook comía en silencio la mayor parte del tiempo, consciente de cada movimiento de la mujer que tenía enfrente.

Cuando Jimin se llevó el vaso de agua a los labios, él miró el movimiento de su garganta. Cuando ella se inclinó ligeramente hacia adelante para alcanzar el pan, él notó la curva de su cuello. Cuando sus ojos se encontraron por un segundo demasiado largo, ambos miraron hacia otro lado al mismo tiempo.

Sora no pareció notarlo. O tal vez sí, y simplemente eligió no decir nada.

Después de comer, Sora insistió en que Jimin se quedara un rato más. Jimin aceptó. Se fueron juntas al sofá de la sala a mirar unas fotos antiguas que Sora había encontrado. Jungkook se quedó en la cocina, limpiando los platos, escuchando las risas suaves de las dos hermanas desde la otra habitación.

Una de esas risas era distinta. Más baja. Más familiar. La de Jimin.

Se apoyó en el fregadero y cerró los ojos un momento.

Tres años. Tres años casado. Tres años deseando a la hermana de su esposa como si fuera la única persona en el mundo que podía llenar el vacío que él mismo había creado.

Y ahora ella estaba ahí. En su casa. Riendo. Existiendo. Demasiado cerca.

Cuando terminó de limpiar, se secó las manos y caminó hasta la sala. Sora y Jimin estaban sentadas juntas en el sofá, con un álbum abierto entre ellas. Sora señalaba una foto y reía. Jimin sonreía, pero su mirada se levantó en cuanto Jungkook apareció en la puerta.

Hubo un segundo de silencio. Solo un segundo.

Luego Sora dijo:

—Mira, Jungkook. Esta es de cuando Jimin tenía diecisiete. ¿Te acuerdas de esa fiesta en la casa de campo?

Jungkook se acercó. Miró la foto. Jimin adolescente, con el cabello más corto, sonriendo de lado hacia la cámara. Alguien le había puesto un brazo sobre los hombros. Él no aparecía en esa imagen. Pero recordaba esa fiesta. Recordaba haberla visto desde lejos, con una cerveza en la mano, pensando que era demasiado joven y demasiado peligrosa al mismo tiempo.

—Sí —dijo. —Me acuerdo.

Jimin cerró el álbum con cuidado.

—Debería irme ya —murmuró.

Sora protestó un poco, pero no insistió demasiado. Acompañó a su hermana hasta la puerta. Jungkook se quedó unos pasos atrás, observando cómo se abrazaban otra vez. Cómo Sora le acariciaba el cabello con cariño. Cómo Jimin cerraba los ojos un segundo durante el abrazo, como si necesitara ese contacto más de lo que admitía.

Cuando se separaron, Jimin miró hacia él.

—Nos vemos el viernes, entonces —dijo.

La cena. Sí. Ella vendría a la cena.

—Sí —respondió Jungkook. —Nos vemos.

Jimin asintió. Abrió la puerta. La luz de la tarde entró de golpe. Antes de salir del todo, se giró una última vez. Sus ojos se encontraron con los de Jungkook por encima del hombro de Sora.

No dijo nada.

No hacía falta.

El mensaje estaba ahí, claro y peligroso, en el espacio que había entre ellos.

Jungkook cerró la puerta después de que ella se fuera. Sora suspiró contenta y habló de lo bien que se veía su hermana, de lo mucho que la extrañaba cuando no venía. Jungkook asintió en los momentos correctos. Luego subió al estudio y cerró la puerta con llave.

Se sentó en la silla frente al escritorio. Apoyó los codos sobre la madera y se cubrió la cara con las manos.

El deseo no se había ido.

Nunca se había ido.

Y cada vez que Jimin cruzaba esa puerta, se sentía un poco más cerca de perder el control por completo.

Fuera, en el jardín, el viento movía las hojas de los árboles. Dentro de la casa, Sora canturreaba suavemente mientras ordenaba la sala.

Y Jungkook, solo en el estudio, se preguntó cuánto tiempo más podría seguir fingiendo que el hombre que era frente a su esposa no era el mismo que, en secreto, había deseado a su hermana desde el primer día.

Capítulos
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