ANTES DE QUE TODO CAMBIARÁ
Capítulo 1 — Antes de que todo cambiaraDicen que los gemelos comparten algo que nadie más puede entender.
Un vínculo invisible.
Una conexión que no necesita palabras.
Pero nadie me explicó qué sucede cuando una de las dos empieza a desaparecer poco a poco.
Mi nombre es Victoria y tengo una hermana gemela llamada Valentina.
Somos gemelas, aunque nadie diría que lo somos a primera vista.
Valentina tiene el cabello rizado, la piel más clara y una forma de mirar el mundo que siempre me ha parecido demasiado bonita para este lugar. Le encantan los libros, las flores, las tardes tranquilas y sentarse junto a la ventana mientras escucha música.
Yo soy todo lo contrario.
Tengo el cabello ondulado, la piel más morena y una necesidad casi desesperada de sentir adrenalina.
Me gustan las montañas, las montañas rusas, viajar, correr riesgos y hacer cosas que probablemente mi madre llamaría “una pésima idea”.
Valentina siempre decía que yo iba a morir joven.
Yo siempre le respondía lo mismo:
—Y tú vas a morir de aburrimiento.
Ella me lanzaba una almohada.
Y yo me reía.
Así éramos.
Hasta que una mañana dejamos de reírnos.
—Victoria...
Abrí los ojos.
Valentina estaba sentada en el borde de mi cama.
—¿Qué pasa?
No respondió.
Solo me miró.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Me incorporé inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Tenemos que ir al hospital.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Por qué?
Ella bajó la mirada.
—Los médicos encontraron algo.
No recuerdo exactamente cómo llegamos al hospital.
Solo recuerdo las paredes blancas.
El olor a desinfectante.
La mano de mi madre temblando.
Y a Valentina sentada a mi lado, intentando sonreírme como si nada estuviera pasando.
Pero yo sabía que algo estaba mal.
Muy mal.
Horas después, el médico entró en la habitación.
Habló con nuestros padres.
Yo apenas escuchaba.
Hasta que pronuncié aquella palabra que cambiaría nuestras vidas.
Tumor.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
Miré a mi hermana.
Ella no lloraba.
Eso fue lo que más miedo me dio.
Valentina siempre lloraba con las películas.
Lloraba cuando veía animales abandonados.
Lloraba cuando alguien decía algo bonito.
Pero ese día no lloró.
Solo tomó mi mano.
—Voy a estar bien —susurró.
Yo apreté sus dedos.
—No me mientas.
Ella me miró.
—No te estoy mintiendo.
—Entonces prométemelo.
Valentina tardó unos segundos en responder.
—Te lo prometo.
Pero ninguna de las dos sabía si aquella promesa podía cumplirse.
Los días siguientes pasaron demasiado rápido.
Exámenes.
Médicos.
Medicamentos.
Más exámenes.
Hasta que finalmente nos dijeron que tendría que someterse a una operación.
La noche anterior, Valentina y yo estábamos solas en nuestra habitación.
Ella estaba sentada junto a la ventana, mirando las luces de la ciudad.
Yo estaba acostada, fingiendo que dormía.
—Victoria.
Abrí los ojos.
—¿Sí?
—Tengo miedo.
Esas tres palabras me rompieron.
Me levanté y fui hasta ella.
—No tienes que tener miedo.
—Claro que tengo miedo.
—Entonces ten miedo conmigo.
Ella sonrió débilmente.
Me senté a su lado.
Durante unos minutos no dijimos nada.
Hasta que Valentina habló.
—Hay algo que nunca te conté.
—¿Qué?
Se mordió el labio.
—Me gusta alguien.
La miré sorprendida.
—¿Qué?
—Un chico.
—¡¿Tú tienes novio y nunca me dijiste?!
Ella soltó una pequeña carcajada.
—No es mi novio.
—Entonces, ¿quién es?
Valentina bajó la mirada.
Y por primera vez en muchos días, vi algo diferente en sus ojos.
Ilusión.
—Se llama Mateo.
—¿Mateo?
—Sí.
—¿Y cómo es?
Ella sonrió.
—Es... bueno.
—Eso no me dice nada.
—Es atento. Siempre se preocupa por los demás. Escucha cuando hablas. Y cuando sonríe...
Se quedó callada.
—¿Cuando sonríe qué?
—Parece que todo está bien.
La observé.
—Estás enamorada.
Valentina negó rápidamente.
—No.
—Sí.
—Bueno...
Sonrió.
—Tal vez un poquito.
Me reí.
—¿Y él sabe?
—No.
—¿Y por qué no se lo dices?
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Porque no sé qué va a pasar mañana.
No supe qué contestarle.
Entonces tomó mi mano.
—Pero quiero que algún día lo conozcas.
—¿A Mateo?
—Sí.
—¿Por qué?
Valentina apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Porque si algún día me pasa algo...
—No digas eso.
—Déjame terminar.
Me quedé callada.
—Si algún día me pasa algo, quiero que alguien recuerde quién era yo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo siempre voy a recordarte.
—Lo sé.
Me abrazó.
—Pero quiero que tú también vivas por las dos.
No entendí aquellas palabras.
No quería entenderlas.
Porque para mí, aquella noche solo era una noche más.
Pensaba que al día siguiente Valentina entraría al quirófano.
Y después volvería.
Pensaba que seguiríamos peleando por la ropa.
Que volveríamos a discutir por quién se comió el último chocolate.
Que seguiría molestándome porque llegaba tarde.
Que yo seguiría arrastrándola a lugares que le daban miedo.
Pensaba que teníamos toda una vida por delante.
No sabía que aquella sería la última noche en la que nuestras vidas todavía eran exactamente iguales.
Y tampoco sabía que el nombre Mateo estaba a punto de entrar en mi vida de una manera que ninguna de las dos podía imaginar.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La nuestra comenzó con una despedida.
Y ninguna de las dos estaba preparada para lo que vendría después.









