El Trato
—¡No pienso casarme con él!
El grito de Valentina retumbó por toda la sala.
La joven estaba de pie frente a su padre, con los ojos llenos de lágrimas y el cabello rojo cayéndole sobre los hombros. Apenas podía respirar de la rabia que sentía.
—Valentina, baja la voz —ordenó su padre.
—¡No! ¡Estoy cansada de que todos decidan por mí!
Sofía estaba sentada a unos metros, observando a su hermana con el corazón encogido.
—Papá, ella todavía está en la universidad —intervino Sofía—. ¿De verdad pretendes que abandone su vida para casarse con un hombre que apenas conoce?
—No estoy diciendo que abandone sus estudios.
—Entonces, ¿qué estás diciendo? —preguntó Valentina entre lágrimas—. ¿Que tengo que casarme con Diego Montenegro solamente porque ustedes quieren cerrar un acuerdo?
Su padre permaneció en silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
—No lo amo —susurró Valentina—. Ni siquiera sé si él quiere casarse conmigo.
Sofía se levantó y caminó hasta ella.
—Ven aquí.
Valentina se acercó y Sofía la abrazó.
—No quiero hacerlo —murmuró Valentina contra su hombro—. No quiero despertarme todos los días al lado de alguien que no me quiere. No quiero tener que sonreír cuando estoy triste. No quiero pasarme la vida haciendo cosas que no quiero solamente porque nuestra familia necesita algo.
Sofía cerró los ojos.
Porque entendía perfectamente lo que su hermana estaba diciendo.
Ella también estaba cansada.
Cansada de los compromisos familiares.
Cansada de las cenas donde todos hablaban de negocios.
Cansada de que sus decisiones parecieran pertenecerle a su apellido y no a ella.
—Tal vez no sea tan malo —dijo Sofía con suavidad.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Cómo puedes decir eso?
—No lo sé. Quizás Diego sea diferente de lo que creemos.
—¿Y si no lo es?
Sofía no respondió.
Valentina se limpió las lágrimas.
—¿Y si no me quiere? ¿Y si solamente se casa conmigo por obligación? Voy a terminar viviendo una vida miserable.
—No necesariamente.
—¡Sí! —replicó Valentina—. Porque eso es lo que hacen ellos. Los Montenegro quieren el acuerdo y nosotros queremos mantener nuestras empresas a salvo. ¿Y quién importa en medio de todo eso?
Sofía la abrazó nuevamente.
—Tú importas.
—Entonces dile a papá que no quiero casarme.
Sofía miró hacia su padre.
Él permanecía inmóvil.
—La decisión está tomada —dijo finalmente—. El matrimonio se celebrará.
Valentina soltó una risa amarga entre lágrimas.
—Claro.
Se apartó de Sofía.
—Porque en esta familia nunca importa lo que queremos.
Y salió de la habitación.
Sofía la siguió con la mirada.
Su padre suspiró.
—Es necesario.
—No —respondió Sofía—. Es conveniente.
Y salió detrás de su hermana.
⸻
A varios kilómetros de allí, en una de las propiedades de los Montenegro, Alejandro estaba teniendo una discusión muy diferente.
—Ya llevamos más de cinco años divorciados.
Alejandro permanecía de pie junto a la ventana, con la mandíbula tensa.
Frente a él estaba su exesposa.
—Tenemos tres hijos —continuó ella—. No puedes simplemente actuar como si yo no existiera.
—Nunca he hecho eso.
—Entonces vuelve conmigo.
Alejandro cerró los ojos durante un instante.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Por qué?
—Porque nuestro matrimonio terminó hace años.
—Pero yo todavía te amo.
Alejandro se giró.
—Eso ya no es responsabilidad mía.
Ella lo miró con rabia.
—Qué fácil te resulta decirlo.
—Te doy todo lo que necesitas. La casa, los gastos, la educación de los niños, los viajes, todo. No te falta absolutamente nada.
—¡No quiero tu dinero!
—Entonces, ¿qué quieres?
Ella se quedó callada.
Alejandro ya conocía la respuesta.
—Me quieres a mí.
Ella sostuvo su mirada.
—Sí.
Alejandro negó lentamente.
—Eso no va a suceder.
—¿Y si hago que suceda?
El tono cambió.
Alejandro la miró fijamente.
—No me amenaces.
—No estoy amenazando.
—Entonces no vuelvas a hablarme de esa manera.
Ella dio un paso hacia él.
—Tenemos tres hijos, Alejandro. Un niño de catorce años, una niña de nueve y una pequeña de seis. ¿De verdad crees que puedes construir otra vida y dejarme atrás?
Alejandro respiró profundamente.
—Mis hijos siempre van a formar parte de mi vida. Tú y yo no.
Ella apretó los labios.
—Algún día vas a arrepentirte.
Alejandro no contestó.
Porque estaba cansado.
Cansado de aquella relación.
Cansado de las amenazas.
Cansado de que cada conversación terminara de la misma manera.
Había tomado una decisión hacía mucho tiempo.
No volvería con ella.
⸻
Esa misma noche, Alejandro llegó a casa.
Encontró a su hermano Diego en el despacho.
—¿Qué haces aquí?
Diego levantó la mirada.
—Tenemos que hablar.
Alejandro dejó las llaves sobre el escritorio.
—Eso nunca suena bien.
Diego sonrió apenas.
—Nuestros padres llegaron a un acuerdo con los Beltrán.
Alejandro se quedó quieto.
—¿Qué clase de acuerdo?
—Una alianza.
—¿Y?
Diego tragó saliva.
—Quieren que me case.
Alejandro arqueó una ceja.
—¿Contigo?
Diego soltó una carcajada.
—Muy gracioso.
Alejandro tomó asiento frente a él.
—¿Con quién?
—Valentina Beltrán.
Alejandro lo observó durante unos segundos.
—La hermana menor.
—Sí.
Diego pasó una mano por su cabello.
—No sé qué pensar.
—¿La conoces?
—La he visto algunas veces.
—¿Y?
Diego se encogió de hombros.
—Es bonita.
Alejandro soltó una pequeña sonrisa.
—Vaya análisis.
—¿Qué quieres que diga?
—Que estás en problemas.
Diego se quedó pensativo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué harías si te obligaran a casarte?
Alejandro soltó una risa seca.
—Ya estuve casado. No pienso repetir la experiencia.
Diego lo miró.
—Precisamente por eso quería preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Conoces a la hermana mayor?
Alejandro negó con la cabeza.
—No.
Diego tomó su teléfono y buscó una fotografía.
—Es Sofía Beltrán.
Le mostró la pantalla.
Alejandro apenas miró la imagen.
—¿Está casada?
—No que yo sepa.
Alejandro volvió a mirar.
Por un instante se quedó en silencio.
—Es bonita.
Diego sonrió.
—¿Eso es todo?
Alejandro apartó la mirada.
—¿Qué quieres que diga?
—Nada.
Diego guardó el teléfono.
—Aunque, espera...
Alejandro volvió a mirarlo.
—¿Qué?
—Pensé que la hermana mayor estaba casada.
—¿Por qué?
—Porque recuerdo haberla visto en una fotografía con un vestido de novia.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—Quizás era otra persona.
Diego se quedó pensando.
—Puede ser.
Alejandro se levantó.
—De todos modos, no es asunto mío.
Diego sonrió.
—Todavía.
Alejandro lo miró.
—No empieces.
—Solo digo.
Los dos hermanos guardaron silencio.
Ninguno podía imaginar que aquella conversación aparentemente insignificante acabaría cambiando sus vidas.
Porque mientras Diego se preparaba para casarse con Valentina Beltrán...
Alejandro todavía no sabía que el nombre de Sofía Beltrán estaba a punto de convertirse en el problema más grande de su vida.
Y quizá también en el único que no querría solucionar.








