Personalizar legibilidad
Aa

LA DEUDA A LAS ESTRELLAS: Cuna de cenizas

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Para Xiane, el día de su decimotercer cumpleaños marca el fin de la infancia y el inicio de un destino impuesto. Como descendiente del pueblo de Yaelis en una ciudad dominada por el Imperio de Qasma, aprender a encajar no es solo una expectativa familiar, sino una estrategia de supervivencia en este mundo. Su entrada a la Academia para Hechiceros pone al descubierto su mayor fragilidad: es incapaz de trazar los glifos geométricos de la taumaturgia imperial con el pulso firme que exigen los profesores. Considerado un estudiante mediocre y torpe con la pluma estándar, Xiane empieza a desarrollar en secreto su propio lenguaje: una forma de entender el éter no como un dibujo a mano alzada, sino como un sistema perfecto de ecuaciones y coordenadas matemáticas. Entre la sobreprotección de su hermana Lai —quien guarda los fragmentos de una patria que Xiane apenas recuerda—, la cercanía con Nika y el abrumador potencial mágico de Chris, Xiane dará los primeros pasos para transformar su defecto en una innovación que desafiará los dogmas del Imperio.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Luz
Estado:
hace 3 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Chapter 1: 𐤇𐤀𐤍 (Estrella fugaz)

— ¡Feliz cumpleaños, Xiane! 

Enero empieza de la misma forma desde que tengo memoria: con Lai clavando los pies descalzos en el colchón de mi cama y rebotando, una, dos y tres veces antes de lanzarse sobre mí. Su cabeza choca con la mía, el dolor del golpe es lo que finalmente me levanta. Su risa estalla de forma poco agraciada, y sus manos me envuelven, con la colcha y sus brazos asfixiandome. Los gestos de una señorita.

Gruño algo entre dientes que no termino de articular y me agito, pero mi cuerpo de recién trece años cumplidos no puede hacerle frente al peso de una joven adulta—, aunque ella aún se perciba como adolescente, no lo es.

No deja espacio para la pereza a la que uno tiene derecho temprano por la mañana al estirarme del brazo cuando se sienta sobre mi regazo, pero mi hermana mayor es así: efusiva como solo ella puede. 

— ¡Vamos, arriba!

Lai da un salto fuera de la cama sin soltarme, arrastrando mi cara contra la sábana porque mis piernas se niegan a cooperar. Cuando me levanto, me pasea por la habitación como a un muñeco de trapo hasta que me reincorporo a duras penas. Me suelta para revolver mi armario y arrojar un montón de ropa sobre las sábanas revueltas.

Entiendo su emoción. Yo mismo llevo seis meses tachando días en el calendario, esperando que la dulce vigilia me traiga por fin al primero de enero.

Un inteligente compañero de clases dijo una vez que, para los niños, todos los cumpleaños son importantes. En su momento no pude responderle —sus ojos celestes gigantes siempre me dejaban mudo—, pero tenía razón. Salvo que este cumpleaños no es solo una cifra más: es la frontera. A los trece años, el imperio por fin te reconoce la capacidad de sostener tu propio destino.

En Qasma, no importa si naciste en una cuna noble con una taumartia heredada en la sangre —de esas que le permiten a los clanes moldear la materia o dominar vectores como si fueran dueños del mundo—, o si eres un simple inmigrante como Lai y yo. Si en tu interior ha brotado el éter, la chispa primaveral que enciende la magia pura del alma como un azahar, la Academia te abre las puertas.

El éter es la llave de los sueños y contra todo pronóstico, ha florecido en mí.

Una sonrisa me cruza la cara y, de pronto, la pereza se evapora. La ansiedad le gana a cualquier otra emoción mientras me froto los ojos.

Lai me pone en la nariz el conjunto que armó a la velocidad de la luz mientras soñaba despierto. Bien. No hay rastro de sueño ahora. Tomo la percha con una mano, con la otra la empujo hasta la puerta, mientras sigue a las risotadas. Madre va a castigarla pronto si no baja el volumen, pero de nada sirve advertir a la rebelde con la que tengo que convivir.

Me visto tan rápido como puedo, la camisa hecha un nudo debajo del suéter mostaza, y las medias de diferentes colores adentro de los mocasines, pero me visto. El espejo me devuelve mi imagen: elegante, como mis padres adoran. Hasta me siento más alto que anoche, ¿eso es posible? Los adolescentes no dejamos de crecer, y yo tomo leche a todas horas, así que no es una idea descabellada.

Abro la puerta de mi habitación de un portazo, pero me devuelvo sobre mis pies acelerados porque olvidé hacer mi cama. Ni por ser este un día especial podrían perdonarmelo. Estiro las sabanas como puedo, golpeo dos veces las almohadas para inflar el relleno y ahora sí, salgo casi a los tropezones.

Dos habitaciones más adelante me encuentro a Lara, la dama que limpia y hace prácticamente todo en el hogar. Su sonrisa cálida me saluda primero, flores de azahar en su mano. ¡No!. No hay cosa a la que sea más alérgico que su polen. Me cubro la nariz con dos dedos, pero emito un fuerte: "¡Buenos días, Lara!" que suena como un: "¡Buedos días, Lara!".

Lara hace una o con los labios y suelta las flores en la maceta, el agua salpicando hacia afuera. Antes de acercarse, agita un desinfectante de ambientes por todo el pasillo. Yo sonrió, pero aún no me animo a destapar mi nariz. La última vez, estornudé toda una tarde, y mis ojos quedaron tan hinchados como pelotas de béisbol. 

—¡Feliz cumpleaños, joven Sean! —dice, y sé que Lara me habría abrazado de no ser porque nota el gesto con el que intento no respirar cerca de esas flores malvadas.

Lara me llama Sean. Todo el mundo lo hace. Mis padres adoptivos, mis profesores, cada compañero con el que cruzo palabra en la calle utiliza ese nombre. Todavía no sé bien cómo sentirme al respecto.

Lai me explicó una vez que los nativos de Qasma tienen la manía de simplificarlo todo para volverlo eficiente. Lo hacen con la ciudad entera: quitaron la vieja red eléctrica para mover los trenes con éter en la misma estructura, y cambiaron las farolas de filamento por bulbos de cristal excitable. Para el imperio, el progreso consiste en recortar lo sobrante.

Supongo que con nuestros nombres hicieron lo mismo. Aunque no seamos máquinas ni tengamos éter en los huesos, nos podaron los orígenes para que encajáramos en su molde.

Me han llamado Sean durante tantos años que olvidaría el sonido de mi voz al pronunciar mi verdadero nombre de no ser por mi hermana. Oculto bajo la manga, todavía cargo con la piedra que Lai talló para mí, sujeta al cordón trenzado que le robó a la costurera de madre.

Mis dedos sueltan mi nariz y buscan el relieve de los tres trazos grabados en la pulsera que cuelga de mi muñeca: 𐤇𐤀𐤍.

Xiane. Es "estrella fugaz" en mi idioma natal. El único pedazo de Yaelis que no han podido simplificar.

Si pienso demasiado profundo en ello termino en una espiral de política e historia que hace arder mi cabeza. Es una ecuación que prefiero ir resolviendo a medida que voy aprendiendo los conceptos básicos del mundo.

Prefiero no corregir a Lara, como tampoco lo hago con nadie más. Sería incómodo. En su lugar ensancho mi sonrisa.

Es mi día especial. No puedo amargarme por la cultura que apenas recuerdo justamente hoy. ¡Después de todo, en la Academia seré tan relevante como otro nativo!

— Gracias, Lara — mi mano suelta la piedra. 

En la cocina, dos pasillos más adelante, el olor al desayuno invitaba a zambullirse en los platos. Si no me equivoco,— y es muy probable que no—, son panqueques, mis favoritos. Pero al parecer no del resto de mi familia.

Madre y Lai comían en silencio. Tanto que la hornalla encendida y el bullicio del vecindario en las ventanas sonaban más fuerte que sus murmullos de cortesía. Un "Miel, por favor" y "Buen clima" eran todo.

— Sean, feliz cumpleaños—madre dice, una servilleta entre sus finos dedos cubriendo su boca.

Lai a su costado ya parece una dama. Cabello siendo recogido, pero dos mechones al frente, imitando a los de madre—, mucho más oscuros que el rubio platinado característico—, y un vestido sencillo de lino, color mostaza con rayas negras verticales, combinando con mi suéter. Una mujer de edad similar a Lara pasa sus manos por su cabello, ajustando todavía más el moño que está terminando. Lai tiene cara de pocos amigos, y no parece la misma persona que me saltó encima cinco minutos atrás.

No había rastro de mi padre. Él trabajaba en su empresa a todas horas del día, y con suerte en fines de semana lograba intercambiar palabras con él. Su presencia era momentánea la mayor parte del tiempo.

Respondo un escueto "gracias" en lo que me siento. Eso satisface a mi madre, que toma otro bocado sin dejar de cubrirse la boca.

— Después del desayuno, irás conmigo a conseguir tu lista de la Academia.

Aprieto mi tenedor para luchar contra mi sonrisa. Intento que mi voz salga lo más normal posible pero la emoción me come la garganta y prefiero asentir.

Entre las cosas de la lista, además de libros aburridos y cosas de higiene, están los artefactos mágicos que necesitaré para las clases. Me he pasado las últimas semanas viendo en internet tutoriales de cómo usarlas, vídeos gráficos y experiencias de profesionales.

— ¿Cómo está tu éter esta mañana? — ella pregunta.

Hoy, junto conmigo, se cumple un año que tuve mi "brote de éter", el cual permitió mi inscripción temprana a la Academia. Básicamente, llega una edad en la que los usuarios almacenan lo suficiente como para que su éter se exteriorice por su cuenta. Es un "¡Hola, soy un ser mágico!", pero más agresivo, porque las criadas siguen limpiando los vidrios que estallaron de las ventanas cercanas a mí esa noche.

Mis padres no tienen éter, entonces todo el tiempo preguntan acerca del mío y de Lai como quien visita tigres en un zoológico. Temerosos, pero no lo suficiente como para que la curiosidad no les impida asomarse tras las rejas seguras.

— No debería preocuparse por eso —respondo con una sonrisa—. Cuando no me sienta bien, se lo diré antes que a nadie.

El desayuno termina sin que ninguno de los tres pueda conversar acerca de algo más. A mí eso me gusta, porque puedo concentrarme en repasar lo necesario de la lista e imaginar qué será lo primero que compraré.

El Gran Bulevar de Concordia parecía festivo como cada vez que ponía un pie allí. A mí me encantaba. Quedaba rezagado cada tanto mirando los grandes escaparates de cristal donde se exhibían los últimos inventos: maniquíes mecánicos que parecían tener sonrisas pintadas en sus caras metálicas pero que hilaban la carísima seda solar como nadie; relojes que calculaban solos la densidad del éter en el ambiente con un número de neón chillón, y miles de joyas cuyo brillo dejarían como un amateur a la gran empresa de mi padre en comparación.

En las plazas el ambiente no se quedaba atrás. El murmullo de las fuentes y el canto de los pájaros quedaban relegados a un segundo plano ante las voces y los pasos apurados de la multitud. La gente iba y venía cargada de paquetes y cajas de compras. Todos tenían la misma misión que nosotros: conseguir los útiles escolares.

Las clases estaban a la vuelta de la esquina y Concordia, aunque es una provincia relativamente pequeña, concentra en Qasma un cúmulo de mercaderes de renombre y de nobleza incipiente, como la nuestra.

Los niños más pequeños, ajenos a las prisas de sus madres, hacían flotar peonzas de latón haciéndolas chocar entre sí con chasquidos secos. También había adolescentes de la edad de Lai, aunque caminaban en grupos, sus eterófonos en mano, riendo y empujándose distraídos.

Lai me haló del brazo cuando, por estar mirando a un chico con una risa curiosa, casi me tropiezo con un cartel en la acera. Gruñó algo entre dientes antes de darle una patada disimulada al letrero, mientras mamá y Lara se distraían ojeando mi lista de la Academia unos pasos más adelante.

— No tiene la culpa, pobre publicidad —me reí.

Lai rodó los ojos. Al agacharme para levantarlo, entendí la raíz de su molestia. O al menos la parte que a mí me estaba permitida entender.

«Extingue la magia salvaje. Salva al hombre de Yaelis».

El papel lucía el sello dorado del Gobierno Central de Qasma. En la escuela nos repetían hasta el cansancio que la tierra de la que veníamos se había destruido a sí misma por culpa de esa "magia salvaje": una fuerza no regulada, sin catalizadores ni control, propia de un pueblo que no sabía gobernarse. Decían que la presencia militar de Qasma no era una invasión, sino un acto de salvamento aprobado por el resto del mundo.

Mis padres solían decir en la cena que debíamos agradecer la oportunidad de crecer en la "civilización". Pero cada vez que los noticieros hablaban de la anexión de Yaelis, Lai dejaba el tenedor sobre la mesa y no volvía a probar bocado. Yo prefería no pensar demasiado en eso. Eran asuntos de adultos.

— Niños, tengan cuidado.

La voz, grave y pulida, vino desde arriba. Pertenecía a un hombre con un traje imponente, una capa cuyos bordes rozaban el suelo y una insignia oficial de bronce prendida al pecho.

Contuve la respiración. Mis manos apretaron el borde del cartel como si me hubieran atrapado en medio de un delito.

Un hechicero imperial. Uno de verdad, nada que ver con los trazos sencillos de los libros de texto.

Lai me apretó la mano con tanta fuerza que casi me corta la circulación, intentando arrastrarme detrás de su espalda.

— Lo sentimos —dijo ella. Su voz sonó dulce, pero yo conocía ese tono: era la cortesía que usaba cuando quería esconder que estaba apretando los dientes.

La miré de reojo, frunciendo el ceño. ¿Cómo no iba a emocionarle? Lai está muy cerca de graduarse; en un par de años se convertirá en una hechicera con todas las letras, tal vez incluso en alguien con una posición como la del hombre que teníamos enfrente. Pero en su rostro no había ilusión. Solo una distancia gélida.

El hombre alzó las cejas, pero recuperó la sonrisa al instante, haciendo un gesto despreocupado con la mano.

—¿Son estudiantes? —preguntó de forma casual, buscando algo en el interior de su capa—. Ya deben conocer la importancia de respetar el orden de la nación, incluso en la vía pública. Sobre todo en estos tiempos.

—¡Sí! —respondí sin poder contener la emoción, dando un pequeño salto.

Lai apretó mi mano con más fuerza, manteniendo mi entusiasmo a raya.

El hombre ensanchó su sonrisa y sacó un estuche metálico. Tenía lazos dorados alrededor del mango y, al destaparlo, reveló la punta: un cuarzo iridiscente que atrapaba la luz del sol.

¡Un catalizador de éter de grado militar!

Lai siempre escondía su catalizador escolar de mí como si fuera la prueba de un delito, seguro temerosa de que lo rompiera si jugara con él. No la culpo. Desde siempre, mi curiosidad por la hechicería era casi una obsesión, y tener a un verdadero hechicero a centímetros de mí me dejó con los ojos abiertos de par en par.

El hombre trazó una linea sutil en el aire. Los dibujos del mango destellaron con una ráfaga de luz etérea.

Antes de que pudiera ver cómo el cartel regresaba a su sitio —zafándose suavemente de mis dedos sin resistencia—, Lai me sacó de allí con un tirón firme.

Me volví en los últimos segundos, forzando los pies para seguir su ritmo. El hechicero me devolvió la mirada desde la sombra de su sombrero en punta, sin perder la sonrisa ni un solo segundo mientras el cartel quedaba impoluto a su espalda.

Ni siquiera pude ver el trazo mágico con el que lo dejó impecable.

— ¿Qué te pasa? —casi que ladré.

Me arrastró a un callejón oscuro donde las farolas de bulbo y el sol poco iluminaban. Solo paró cuando le quité la mano.

Miré alrededor. Nos rodeaban bolsas de basura. No me sorprendería si nos saltaba una rata de cualquier esquina. Se me revolvió el estómago, con el desayuno atorado en la garganta.

— Madre y Lara se van a preocupar si no volvemos —dije en voz baja.

Lai escaneó con los ojos el piso de piedra. Seguro no encontró más que tierra y desechos.

— ¿Lai?

— ¿Tienes tu lista? —dijo, de la nada.

— Sí, seguro. Se la robé a madre.

Lai quiso sonreír, pero le enseñé mis manos vacías. Palma y dorso. Ella suspiró; no era una gran fan de mi sarcasmo.

— Descarado.

En un rápido movimiento, Lai invocó su eterófono. Tecleó algo que no dejó que viera y, luego de unos dos minutos de silencio —donde me empiné sobre mis pies y suspiré ruidoso para llamar su atención—, finalmente me volvió a tomar de la mano.

Salimos del callejón para meternos en un soleado pasadizo repleto de gente. Me apreté contra su tacto para no perderme.

— Solo te falta un catalizador, tres libros y probar tu uniforme —habló ella, recuperando poco a poco el ánimo que el hechicero le había robado con su aparición—. Madre ya hizo el resto.

— ¿Y a dónde vamos? —Lai no disminuyó el paso, con su vestido ondeando bajo el sol.

— A conseguir lo que falta, duh.

La miré. Mi silencio fue demasiado ruidoso, así que agregó:

— Tranquilo, tengo el dinero.

¡Pero no era la respuesta que quería!

Mi verdadera pregunta era una que seguro Lai adivinó al instante, pero que estaba ignorando deliberadamente. Me explico: cuando Lai hacía sus compras, mi madre tenía los ojos clavados en su nuca, la perseguía en cada paso y cuestionaba cada elección.

¿Por qué conmigo era diferente?

Mi hermana no contestó. En su lugar, me arrastró por el centro con la orientación de un pájaro en el mar, girando sobre sus pies más de una vez y haciéndome tropezar contra la espalda de su vestido. Ni una disculpa salía de sus labios, mucho menos una explicación sobre el hechicero imperial o el porqué de su reacción al encontrarnos a alguien tan importante. Para Lai fue más entretenido dedicarse a quejarse del ruido y de mi "ritmo lento", aunque mis mocasines estuvieran cerca de largar humo de tanto perseguirla.

Se detuvo cuando alcanzamos una zona que no conocía: un pasaje cubierto de cristal y hierro forjado. El local que atraía más miradas se ubicaba cerca del centro. Tenía un letrero de latón bruñido con letras caladas que brillaban con un halo tenue de éter: «Atelier de Canalización & Instrumentos Taumatúrgicos: El Prisma».

—¡Lai!

Sabía dónde estábamos, pero no me quedaron dudas cuando hice el primer contacto con los escaparates de cristal blindado del local. Exhibían catalizadores reposando en almohadillas de terciopelo azul, girando lentamente sobre peanas mecánicas.

Mi hermana me dedicó una gran sonrisa, la segunda sincera en lo que iba del día.

— Aquí verás catalizadores mucho más geniales que los del hombre de antes —dijo. No la contradije.

Las puertas del Prisma se abrieron, pero el caos de la calle no mermó. Fue reemplazado por un bullicio de voces de diferentes edades, pasos acelerados de vendedores y un sonido que aún no conocía bien: el del éter siendo excitado por la magia.

Me quedé estático en el umbral un rato, con la voz de Lai sonando lejana.

El local era monumental, mucho más grande de lo que su fachada sugería entre los demás comercios del pasaje. Más que nada, se debía a que los techos eran tan altos que se perdían en sombras decoradas con molduras doradas. Parecía un castillo de cuento de hadas, donde docenas de luces de cristal de cuarzo proyectaban un resplandor blanco e iridiscente.

— ¡Permiso!

Un estudiante mayor, con una chaqueta de la Academia que le quedaba impecable, me empujó ligeramente mientras pasaba corriendo hacia el mostrador principal junto a sus amigos.

Eso me despertó de mi ensoñación y me di cuenta de lo inevitable: el lugar estaba abarrotado, principalmente por un mar de jóvenes que, indudablemente, serían mis compañeros. Los de menor estatura tenían expresiones asustadas, mientras que los más experimentados se paseaban haciendo hechizos simples para probar los catalizadores. Entre la multitud, uno que otro hechicero real acompañaba a quienes seguro eran sus hijos, examinando los artefactos por ellos.

— No te separes, Xiane.

Apreté sus dedos con fuerza. De cierta forma, prefería mil veces que fuera ella quien me acompañara, con su actitud misteriosa y todo, antes que nuestros padres.

En ese lugar lleno de desconocidos y hechiceros de mirada fría, el agarre de mi hermana era lo único firme a lo que sujetarme. Siempre había sido así. Lai había estado para mí en cada paso: desde las noches de tormenta en que ahuyentaba mi miedo con cuentos clásicos de Yaelis, hasta las tardes en que se ponía a cantar canciones folclóricas en idiomas que yo no entendía, mezcladas con los temas pop que resonaban por todo Qasma. Incluso cuando peleábamos, el ambiente nunca se volvía pesado, porque ella jamás se molestaba conmigo en serio.

Caminando a su lado entre la multitud del taller, me di cuenta de que Lai era la única chispa de calidez real en medio de la fría casa de mármol de los Covane. Y mientras avanzábamos hacia los mostradores, agradecí en silencio el milagro de que nos hubieran adoptado juntos.

En los mostradores de mármol negro me llevé otra sorpresa. Los vendedores no eran simples empleados de comercio. Olvídalo, ni siquiera parecían humanos, sino criaturas con elegancia sobrenatural. Vestían chalecos de seda entallados y guantes de cabritilla blanca, pero era su porte lo que los diferenciaba: sus movimientos eran fluidos, casi danzantes; sus rostros eran afilados, pero perfectamente simétricos, con una chispa de sabiduría en los ojos, algunos tan grandes como los de un insecto. Si tuviera que describirlos en pocas palabras: carismáticos, encantadores y aterradoramente eficientes. No había persona que estuviera vagando por la tienda sin que sea atendida por uno de ellos.

— ¡Ah, una nueva estrella que busca su brillo! — una voz melodiosa resonó justo delante nuestro. Un vendedor apareció de la nada misma en el mostrador de iniciación, donde Lai me había traído. ¿Era un hombre?

Tenía el cabello recogido en una trenza intrincada y una sonrisa que podía desarmar hasta a el emperador. Sus ojos verdes brillaban con diversión, mirándonos a Lai y a mí.

— Bienvenidos a El Prisma, donde las mejores plumas para el futuro están al alcance de tu mano —recitó el vendedor con una entonación melodiosa, casi poética—. Mi nombre es Elian y estoy a su entera disposición. ¿Buscamos hoy nuestra primera punta de trazo?

— Podemos mirar por nuestra cuenta, gracias —lo cortó Lai en un segundo, con una voz tan fría que habría congelado el éter en el aire.

Elian no perdió la sonrisa ni por un instante; simplemente inclinó la cabeza con una cortesía impecable y dio un paso atrás, dejándonos nuestro espacio.

Sentí un apretón incómodo en el estómago. Sabía por qué Lai actuaba así. Padre nos había grabado a fuego en la cabeza que, en lugares como este, un hechicero no debía confiar ciegamente en nadie: los elfos aprovecharían cualquier atisbo de ignorancia para venderte la gema más cara o el engaste más ostentoso. Tenía sentido ser precavido ahora. A fin de cuentas, un catalizador es el verdadero brazo de un hechicero; el instrumento sagrado que toma el éter de tu cuerpo y lo traduce en dibujos en el aire. ¿Qué podía ser más importante que eso en la vida de un estudiante? ¿Los libros? ¿Los uniformes? Definitivamente no.

Por eso no me resistí cuando Lai tironeó de mi mano para alejarnos del mostrador. Ella y padre tenían razón en ser cautelosos... pero, aún así, no pude evitar volver la cabeza para mirar a Elian.

Había algo en la gentileza sin esfuerzo de sus gestos y en la elegancia con la que sostenía los paños de terciopelo que me fascinaba. Padre los llamaba "elfos comerciantes" con un tinte de desprecio en la voz, advirtiéndonos que su amabilidad era solo un disfraz para vaciar los bolsillos de la gente. Yo no tenía una idea clara; como con todo, estaba acostumbrado a escuchar y acatar a Lai y a padre. Sin embargo, mientras observaba cómo Elian atendía con la misma paciencia a un niño pequeño que dudaba frente a un cuarzo, me pregunté si de verdad eran tan peligrosos.

— ¡Son imposibles! —me murmuró Lai entre dientes, arrastrándome hacia una vitrina repleta de gemas de todos los colores posibles—. ¡Los comerciantes en Qasma no son tus amigos, solo ven monedas en tus ojos!

Me mordí la lengua. ¿Era así, de verdad, sin excepciones?

La calidez con la que Elian nos había dado la bienvenida y la soltura con la que se hizo a un lado me dejaron una sensación extraña. Me resultaba difícil ver un peligro en alguien que tenía mucho conocimiento en lo que más me emocionaba en el mundo y que hasta Lai me escondía: la hechicería.

— ¡Xiane, tú necesitas una obsidiana, como yo! —Lai me sonrió. No pude devolverle el gesto; estaba sumido en mi primer conflicto de adulto desde hacía unos segundos—. Espérame aquí, no te muevas ni un pelo.

Lai desapareció entre la gente, ajena a mi molestia.

Por unos segundos permanecí embobado frente a las piedras, recordándome lo emocionante de la situación.

¡Por fin iba a comprar mi catalizador! Dejaría de dibujarlos, de estudiar su forma en los manuales y de preguntarme cuál podría ser mi gema.

¿Un rubí como el de la arconte más valiente de la última década? ¿Un cuarzo como los de las princesas delicadas de las revistas que Lai tiraba al suelo para fingir que no leía? ¡Tal vez un diamante como los de los cuentos de héroes!

Mi mirada regresó hacia Elian.

¿Sería tan malo acércateme a él que por fin alguien me enseñe?

¡No! No debía estar pensando en desobedecer cuando apenas estaba llegando a la adultez. ¿Acaso los trece años me estaban llevando por mal camino? ¿Era esa la famosa adolescencia de la que tanto se quejaba padre?

— ¿Estás constipado? —una voz me hizo saltar en mi sitio, apenas conteniendo un grito de sorpresa.

Mis manos se pegaron al cristal de la vitrina con más fuerza.

Cuando me giré, el poco aire de mis pulmones se volvió un nudo invisible en mi garganta, atropellándose para salir todo junto. Sentí el impulso de toser, ahogado.

Por un segundo tonto creí que tenía a otro elfo delante de mí. Pero no.

Era una niña de cabello sedoso que caía como rayos de sol de primera mañana. Su piel era pálida, como la de una muñeca nueva, e incluso olía tan bien como las jugueterías caras que las vendían, de esas a las que nunca nos adentrábamos más allá de la entrada. Sus ojos eran lo más llamativo, aquello que me hizo dudar: eran de un verde lima, casi amarillos, e hipnotizantes si los mirabas por demasiado tiempo.

— Eh, puedo decirte dónde queda el baño —soltó la niña—. Porque parece que estás a punto de vomitar, o peor.

¡Con esa cara y hablaba así!

Un calor repentino me subió por la nuca. ¿Tan mal me veía?

— No, no es eso... —intenté articular.

— ¿No, no? ¿No qué? —La chica se acercó aún más a mí. Quise retroceder, pero tenía la sospecha de que no me la quitaría de encima a menos que le siguiera la conversación.

— No quiero ir al baño —dije, lo suficientemente alto para que me oyera, pero sin el orgullo necesario para mirarla al rostro. En su lugar, observé si Elian aún estaba detrás de ella en el mostrador—. Yo... ah... quiero comprar un catalizador —resumí.

— ¡Qué suerte! Estás en una tienda de catalizadores —dijo la niña. Ahora sí la miré. ¿Era una broma?

— No es divertido.

¡¿Dije eso en voz alta?! No era mejor que Lai.

— Por supuesto que no —ella abrió de más los ojos—. Pero tú empezaste.

Alcé una ceja. Su belleza etérea comenzaba a quedar relegada por su personalidad juguetona.

— ¿Empezar qué? —pregunté.

— Bueno, es obvio que vienes a comprar un catalizador y es obvio que estás en una tienda de catalizadores —explicó, poniendo ambas manos frente a ella con un aire exageradamente serio. Luego, su rostro se ablandó en una nueva sonrisa—: Lo que no es tan obvio es por qué parece que te estás...

— ¡No quiero ir al baño! —la interrumpí de prisa, repitiéndome. Ella soltó una carcajada abierta en mi cara.

¿Lo había hecho a propósito? Mis mejillas ardían.

— ¿Entonces qué quieres? ¿Tan difícil es comprar un catalizador? —La niña miró las gemas como lo hacía yo y pegó las manos al cristal. Pareció querer imitar mi rostro acomplejado durante unos segundos, pero su puchero exagerado no era más que otra forma de burla.

— No —bufé—. Pero quiero que ese elfo me ayude. Parece saber mucho y fue muy amable conmigo.

Señalé a Elian con la mirada. Ella giró la cabeza, siguiendo mis ojos; no fue difícil encontrarlo entre la multitud.

— ¿Y los ratones te comieron la lengua? —volvió a mirarme.

Estaba seguro de que el refrán mencionaba a los gatos en lugar de a los ratones, pero preferí no darle importancia.

— Te acompaño a ir con él —habló otra vez, pero al fin pareció abandonar la idea de burlarse de mí, mostrando una sonrisa casi gentil.

Mis manos se pegaron con más fuerza al cristal, mi pulsera siendo visible. Me giré hacia el lado contrario. No había ni rastro del vestido mostaza de Lai entre la gente.

— No puedo —le dije rápido, volviendo a mirarla—. Mi hermana me dijo que no me moviera ni un pelo.

La niña inclinó la cabeza. Su cabello cayó por sus hombros en un gesto que no pude ignorar. Era demasiado bonita; hasta yo, que sentía cierto rechazo por mis compañeras y todo lo relacionado con ellas, podía verlo. ¿Sería esto otro paso de la adolescencia?

— ¿Y tú haces todo lo que tu hermana te dice?

Sin darme tiempo a responder, la niña tomó mi mano de la vitrina y la apretó con fuerza.

Su mano no era como la de Lai, esa mano que me había memorizado sin darme cuenta. La de la niña era fría, como un témpano de hielo. Mis dedos parecieron perderse entre los suyos, finos y delicados, mientras sus uñas largas me raspaban ligeramente la piel. Resultaba curioso ver la diferencia de tono entre nuestras pieles, pero se entrelazaban con suavidad al juntar las manos.

La sangre se me agolpó en las mejillas otra vez; sentía que la cara me iba a explotar.

— Me llamo Nikaelle —dijo la niña.

Cuando levanté la mirada, no me encontré con su espalda, sino de lleno con su sonrisa.

—Dime Nika.

¡Cuéntale a Luz lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

La favorita de la profesora

Jud: Historia corta con buen desarrollo y ritmo

Leer ahora
Mixología

Jaqueline Leal: Me encantó, como lectora no puedo más que agradecer tu esfuerzo y tus ganas de salir adelante a pesar de pasar momentos difíciles nos diste una gran historia gracias 🥰🥰🥰🥰

Leer ahora
Legalmente amor

Jaxu: Me gustó mucho tu libro. Tienes una buena manera de narrar la historia, es muy linda. haces que se sienta cálido hasta en los momentos tensos

Leer ahora
Contrato Y Amor

Nela: Me gustó la trama xq no fue truculenta. No me gustó lo rápido del secuestro del tío.

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
Casado con el Omega 🌑 Kookmin Adap.

Laura: Senti que algunos capitulos eran muy largos y eso fue lo que me encantó no quería que acabará además los personajes demuestran un símbolo de compromiso amor pasión y respeto. Estoy ansiosa por leer el segundo libro

Leer ahora
Era pagarte, no amarte

olgaluciaflorez658: Espectacular buena trama ... Me mantuvo pendiente de cada capítulo

Leer ahora
La Conquista del Alfa

Mariela: Me gustaría saber cómo continúa !!

Leer ahora
BETTER MAN

jarae8650: Me gusta todo de la historia, muy bien escrito de fácil comprensión cada personaje tiene su historia, su carácter se la recomiendo a todos sobre todo alos jóvenes... Se que normalmente no siguen consejos pero conocer est tipo de relaciónes puede orientarlos mejor.

Leer ahora