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Desde mi mirada

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Sinopsis

La historia de un amor ¿destinado a ser?. A través de sus recuerdos, emociones y vivencias, descubrirás cómo experimentó un amor que, desde su mirada, fue tan intenso como hermoso.

Genero:
Drama
Autor/a:
PaulaSP
Estado:
Completa
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

10 de Septiembre

El 10 de septiembre de 2015, mi vida cambió sin previo aviso.

Jamás imaginé que todo comenzaría en un momento tan cotidiano, en una etapa en la que había decidido concentrarme únicamente en mí. El amor no estaba dentro de mis planes, mucho menos proveniente de un hombre. Mi mente estaba ocupada en sanar, crecer y reconstruirme lejos de cualquier expectativa sentimental.

Y aun así, ahí estaba él.

Desde antes ya había notado ciertas cosas. Pensamientos fugaces que prefería ignorar. Sabía que era atractivo, claro, pero eso nunca pasó de una simple observación. Lo que realmente llamaba mi atención era algo mucho más profundo: la nobleza que transmitía, la bondad en sus acciones, la pasión con la que parecía vivir cada cosa. Había algo en él que inspiraba admiración silenciosa.

Ese día él estuvo particularmente reservado.

Y aunque en ese momento no entendía muy bien por qué, hoy creo que probablemente estaba tan nervioso como yo.

Cuando recibí la invitación para celebrar mi cumpleaños, inmediatamente le conté lo emocionada que estaba. Me parecía un gesto demasiado lindo por parte del equipo. Honestamente no lo esperaba y me hacía sentir querida, valorada.

Solíamos hablar de absolutamente todo.

De las cosas importantes y también de las más simples.

Con él me sentía en confianza para mostrarme exactamente como era, sin filtros ni máscaras. Así que sabía perfectamente lo sorprendida y feliz que me tenía aquella invitación.

Recuerdo haberle dicho varias veces lo bonito que me parecía que mis compañeros quisieran compartir conmigo un momento así.

Y él solo escuchaba.

Sonreía un poco.

Pero estaba diferente.

Más callado.

Más observador.

Como si ocultara algo que yo todavía no lograba entender.

En ese momento pensé que quizás era solo cansancio o estrés por el trabajo. Después de todo, eran días bastante agitados para todos y él siempre llevaba sobre sus hombros muchísimas responsabilidades.

Pero ahora, cuando vuelvo a ese recuerdo, entiendo que probablemente ya había algo más detrás de su silencio.

Algo que intentaba controlar.

Algo que quizás comenzaba a crecer dentro de él tanto como dentro de mí.

Porque aunque todavía ninguno lo dijera en voz alta, ya existía una tensión imposible de ignorar entre nosotros.

Una tensión silenciosa.

De esas que no necesitan palabras para sentirse.

Y quizás por eso, incluso antes de verlo ese día, yo ya estaba nerviosa sin entender realmente la razón.

Ese día, sin embargo, algo se sentía distinto.

Todo comenzó como una intención amable de un equipo de trabajo por celebrar mi cumpleaños. Nada extraordinario. O al menos eso intenté creer. Pero desde que desperté sentía un nerviosismo extraño, uno que no lograba explicar. No era normal en mí sentir ansiedad por ir a la oficina. Era un lugar cotidiano, una rutina más.

Pero esa mañana, mi corazón parecía saber algo que mi mente todavía no comprendía.

Ya antes había percibido pequeños gestos suyos que me parecían curiosos. Detalles sutiles. Miradas prolongadas. Actitudes dulces que podían interpretarse como simple amabilidad… o quizás no. Preferí convencerme de que todo era producto de mi imaginación, porque aceptar otra posibilidad implicaba enfrentar algo que no quería sentir.

Cuando salimos a almorzar, la inquietud comenzó a crecer.

Tenerlo cerca me provocaba una sensación imposible de describir. Sentía calor recorrerme el cuerpo y la piel erizarse sin razón aparente. Intenté mantener la calma. Me repetía que no estaba pasando nada, que era un almuerzo normal entre compañeros de trabajo.

Y quizá lo habría sido… si no fuera por un pequeño detalle.

Para mí, aquel almuerzo era un gesto colectivo del equipo. Una celebración sencilla pero bonita. Pensaba que me había ganado el cariño de todos y eso me hacía feliz. Sin embargo, cuando llegó el momento de pagar, descubrí que había sido él quien había cubierto todo.

Solo él.

Y entonces mi mente comenzó a llenarse de preguntas.

¿Por qué lo hizo?

¿Por qué organizar todo de esa manera?

¿Por qué no decirme directamente que quería invitarme?

¿Por qué pensar en cada detalle?

Tal vez para cualquier otra persona habría sido insignificante. Pero para mí no lo fue. Porque detrás de aquel gesto existía algo que no lograba nombrar, aunque empezaba a sentirse peligrosamente cercano.

La tarde continuó con aparente normalidad. Todos regresamos a nuestras funciones y el cansancio comenzó a notarse en el ambiente. Yo jamás me quedaba después de las cinco de la tarde, pero aquel día fue distinto. Debía esperar que terminara un proceso antes de poder irme y, como si el destino estuviera empeñado en romper cada costumbre, ocurrió algo más que jamás pasaba.

Él se sentó a mi lado.

Puede sonar insignificante, pero no lo era. Nunca lo hacía. Siempre que necesitaba decirme algo se acercaba de pie, hablaba conmigo unos segundos y luego continuaba con sus asuntos. Pero esa vez tomó asiento junto a mí, tan cerca que podía escuchar el ritmo acelerado de mi propia respiración.

Sentí que el pulso se aceleraba hasta dejarme sin aliento.

Recuerdo perfectamente su expresión tímida, esa que siempre me había parecido tan dulce. Había algo profundamente noble en sus ojos. Y debo confesar que: para mí, la verdadera magia de las personas vive en la mirada. No en esos detalles físicos que podemos percibir a simple vista como el color de sus ojos, sino en lo que son capaces de transmitir sin tener que mencionar una sola palabra, esos que te dejan ver lo más profundo y bondadoso de su ser.

Y su expresión transmitía una paz sencilla, honesta e imposible de fingir.

Comenzamos a hablar, Aunque estaba a mi lado yo procuraba no mirarlo directamente, sabía que mi mirada también podía delatarme fácilmente. Me comentó que estaba agotado y que seguramente regresaría pronto al hotel para descansar. Era lógico; había sido un día pesado y además venía de un viaje. Pero entonces, después de unos segundos de silencio, hizo una pregunta que paralizó el mundo entero a mi alrededor.

—¿Quieres ir a tomar algo?

Nunca olvidaré ese instante.

Creo que él estaba incluso más nervioso que yo. Podía percibirlo en su voz, en la forma en que evitaba sostener demasiado la mirada. Y yo… yo simplemente quedé en shock. No porque la pregunta me molestara, sino porque, en el fondo, deseaba escucharla.

Y dije que sí.

Había tensión entre los dos, una tensión dulce y torpe que ninguno sabía manejar. Pedimos algo para compartir, algo de tomar, y aunque ambos imaginábamos que podría resultar incómodo, todo fluyó de manera natural.

Demasiado natural.

Hablamos durante horas.

Esa noche confirmé que todo lo que había imaginado sobre él era real. Descubrí a un hombre maravilloso. Divertido, gracioso, inteligente, lleno de historias y de una sensibilidad que me hacía querer escucharlo eternamente. El tiempo dejó de existir. Solo éramos nosotros dos hablando, riendo, compartiendo música y disfrutando de la compañía del otro como si el mundo se hubiera detenido únicamente para regalarnos ese momento.

Cuando miré la hora, ya era demasiado tarde para regresar a casa.

Intenté pedir un carro una y otra vez. Durante casi treinta minutos nadie aceptó el servicio. Y mientras yo insistía, él observaba mi celular con nerviosismo, esperando conmigo.

Hasta que finalmente, después de pensarlo mucho, dijo en voz baja:

—No tengo problema en que te quedes.

Mi corazón dejó de pertenecerme en ese instante.

No sabía si aquello era real o si estaba viviendo un sueño demasiado perfecto para existir.

Esa noche nos quedamos despiertos casi hasta el amanecer. Ninguno podía dormir. Había demasiados nervios, demasiadas emociones acumuladas. En algún momento, de manera completamente natural, apoyé mi cabeza en su hombro.

Y ahí entendí todo.

Percibía su emoción contenida tan claramente como la mía. Parecíamos dos niños descubriendo algo nuevo, o quizás dos personas que estaban sintiendo algo mucho más grande de lo que podían comprender.

A la mañana siguiente, ambos nos levantamos temprano. Cada uno tenía actividades diferentes y la rutina volvió a alcanzarnos.

Yo estaba convencida de que todo terminaría ahí.

Pensé que había sido producto del momento, de los tragos, de la emoción de una noche diferente. Pero estaba equivocada. Porque desde ese día comenzamos a hablar aún más de lo que ya hablábamos, y eso es más de lo que puedo decir.

Había algo distinto en la forma en que me observaba.

Había en sus gestos una ternura que me desarmaba por completo. Con felicidad. Con algo que se parecía demasiado al amor.

Y yo no entendía qué había hecho para merecer una mirada así.

Solo sabía una cosa:

A partir de ese día, todo cambió.

Con el pasar de los días, todo comenzó a sentirse aún más especial.

Aunque él estaba en otra ciudad, lejos de mí, de alguna manera siempre lo sentía cerca. Hablábamos constantemente. Bastaba un mensaje, una llamada o simplemente vernos para que apareciera esa sonrisa automática que ninguno podía controlar. Nuestros ojos se iluminaban como si hubiéramos encontrado el tesoro más preciado del mundo.

Y quizás así era.

Cada vez que planeábamos vernos, la emoción comenzaba días antes. A medida que la fecha se acercaba, nos transformábamos en dos niños ansiosos esperando el momento más importante de sus vidas. Sentíamos nervios, emoción, felicidad. Nos arreglábamos con ilusión, como si cada encuentro fuera una primera cita, como si aún no pudiéramos creer que aquello tan bonito nos estuviera pasando a nosotros.

Y entonces nos veíamos…

Y todo era magia.

Había algo en sus ojos que me desarmaba por completo. Ver cómo su corazón se aceleraba igual que el mío me hacía sentir importante, especial, querida de una manera que jamás había experimentado. Y cuando finalmente lo besé, sentí que el mundo entero desaparecía.

Fue un beso que recorrió cada parte de mi cuerpo.

Sus caricias, sus abrazos, la manera en que me miraba… todo parecía irreal, como si la vida hubiera decidido regalarme algo que nunca imaginé merecer.

Pero poco tiempo después de comenzar a experimentar este cariño tan sincero y real llegó algo inesperado y que no sabíamos cómo nos podía llegar a marcar: debía viajar por una larga temporada.

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