Capítulo 1: El príncipe que no quería casarse
Había una vez, en un rincón escondido más allá de las montañas plateadas, un reino tan deslumbrante que los viajeros juraban que solo podía existir en las páginas de un cuento de hadas.
Su nombre era Aurelia.
Los ríos de sus cumbres descendían precipitados para convertirse en enormes cascadas cristalinas. Los campos rebosaban de flores doradas que parecían encenderse con un fulgor propio al recibir los primeros rayos del alba, y en la profundidad de sus bosques habitaban criaturas de leyenda que ningún otro territorio había visto jamás.
En el corazón mismo de aquel reino se alzaba un imponente castillo de piedra blanca.
Sus torres se elevaban desafiantes por encima de las copas de los árboles, y sus tejados dorados reflejaban la luz del sol sobre todo el valle circundante. Allí residían los soberanos de Aurelia: el rey Leónidas y la reina Elena.
Y con ellos, su único heredero.
El príncipe Elian.
A sus veinticuatro años, Elian había sido moldeado desde la cuna para ocupar el trono.
Había aprendido a dominar los corceles más fiero antes de saber leer las primeras letras. Había consagrado sus días al estudio riguroso de la historia, las leyes ancestrales, la diplomacia y las intrincadas alianzas de los siete reinos vecinos. Podía negociar con embajadores curtidos en mil batallas y recordar de memoria los linajes de la nobleza continental.
Sin embargo, existía un ámbito para el cual ningún maestre ni tratado real había podido prepararlo:
El amor.
O, de manera más precisa… la total ausencia de él.
Aquella mañana, Elian se encontraba sentado frente a una larga mesa de roble enteramente sepultada bajo un mar de retratos. Había tantos pergaminos y óleos que apenas se vislumbraba la madera.
El primer lienzo mostraba a una altiva princesa de cabello azabache proveniente del lejano reino de Valdoria. El segundo retrataba a una joven de ojos verde esmeralda oriunda de Celestia. El tercero revelaba a una dama de melena dorada descrita en su misiva adjunta como "una de las joyas más refinadas del continente".
Elian tomó un retrato entre sus dedos, lo examinó con gesto neutral y lo devolvió a la pila con un suspiro.
—No.
La reina Elena arqueó una ceja desde su asiento.
—¿Ni siquiera te interesa conocerla, hijo mío?
—No he dicho que no quiera conocer a nadie, madre.
—Acabas de rechazarla sin mirarla.
—He dicho que no deseo casarme con ella.
Al otro extremo de la mesa, el rey Leónidas apartó con parsimonia su taza de té.
—Elian.
El joven príncipe exhaló un leve suspiro de resignación.
—Padre.
—Tienes veinticuatro años.
—Lo sé de sobra.
—Eres el futuro rey de Aurelia.
—También soy consciente de ello.
—Entonces comprendes perfectamente por qué estamos reuniendo estos retratos.
Elian contempló la acumulación de pinturas con fastidio. Sabía muy bien cuál era el trasfondo: en su mundo, una unión de la realeza jamás respondía al afecto. Era una alianza estratégica. Un tratado político diseñado para blindar fronteras, asegurar rutas comerciales y garantizar la continuidad de una dinastía.
Pero a Elian le repugnaba que trataran su existencia como si fuera un mero contrato mercantil.
—Quieren que me case —afirmó con amargura.
—Queremos que encuentres a una consorte adecuada para el trono —corrigió Elena con suavidad.
Elian levantó la vista hacia ella.
—¿Y si no deseo una esposa?
El comedor quedó sepultado en un silencio gélido. Los reyes intercambiaron una rápida mirada de preocupación.
—Elian —intervino su padre con voz ronca—, algún día tendrás que formar una familia y asegurar el linaje.
—¿Por qué razón?
—Porque serás el rey.
—Eso no responde a mi pregunta fundamental.
Leónidas se puso de pie con brusquedad, caminó hacia el ventanal y contempló los dominios de su reino.
—Un monarca no vive para satisfacer sus propios caprichos, hijo. Tu matrimonio es el escudo que protegerá a Aurelia cuando nosotros ya no estemos.
Elian bajó la mirada, sintiendo el peso de la corona incluso antes de llevarla puesta.
—Entonces buscan una reina para Aurelia... No para mí.
Elena se acercó con paso quedo y posó una mano sobre su hombro.
—Jamás te obligaríamos a amar a alguien por obligación.
—Pero pretenden que elija a una desconocida basándome en un trozo de lienzo pintado.
La reina guardó silencio, incapaz de rebatir un argumento tan evidente. Durante los últimos meses, las propuestas se habían acumulado sin cesar: cartas perfumadas, joyas, cofres con regalos exóticos y visitas de princesas ávidas de convertirse en altezas. Elian había accedido a conocer a algunas, había conversado con ellas en los bailes de gala y hasta les había tomado cierto afecto pasajero.
Mas nunca había sentido ese chispazo del que hablaban los poetas. Jamás había experimentado cómo el mundo entero se desvanecía con una sola mirada, ni el anhelo irrefrenable de hallar refugio en los brazos de alguien. Esa carencia íntima comenzaba a minar su seguridad.
—A lo mejor hay algo roto en mí —confesó Elian en un susurro apenas audible.
La expresión de Elena se contrajo de inmediato con angustia.
—No vuelvas a pronunciar semejante estupidez.
—Entonces, ¿por qué no siento nada al mirar a estas mujeres?
Su madre le apretó las manos con firmeza.
—Porque la persona indicada aún no ha cruzado tu camino.
Elian esbozó una sonrisa cargada de escepticismo.
—¿Y cómo sabré que es ella?
Elena le acarició los cabellos con ternura maternal.
—Lo sabrás. Tu propio corazón te lo dirá sin necesidad de palabras.
Esa misma tarde, abrumado por la atmósfera del palacio, Elian buscó refugio en los jardines exteriores. Con el castillo quedando a sus espaldas, sintió que por fin podía respirar con plenitud.
Caminó sin rumbo fijo entre los rosales hasta alcanzar un estanque oculto, rodeado por sauces llorones y custodiado por musgo antiguo. Sentándose al borde de las piedras húmedas, contempló su propio reflejo en el agua quieta.
—¿Qué es lo que buscas realmente, Elian? —se preguntó a sí mismo.
Carecía de una respuesta lógica. Tenía claro lo que aborrecía: no quería un enlace político, ni una esposa impuesta por un consejo de ancianos, ni verse obligado a fingir un afecto inexistente ante su pueblo. Anhelaba algo distinto.
En su mente dibujó la silueta de un compañero. Alguien capaz de arrancarle una sonrisa en los días grises, de sostenerlo cuando el peso del reino amenazara con aplastarlo, alguien ante quien pudiera quitarse la pesada carga de la corona y ser simplemente Elian. Sin títulos, sin riquezas de por medio. Tan solo dos almas reconociéndose.
—Pero ni siquiera sé tu nombre... —susurró a la nada.
Justo en ese instante, una diminuta partícula luminosa brotó de la superficie del agua.
Elian contuvo la respiración, inmovilizado en su sitio. Una esfera de luz dorada, del tamaño de una luciérnaga estelar, comenzó a flotar con suavidad sobre la orilla. Se desplazó con parsimonia hasta detenerse frente a sus ojos.
Movido por un impulso irrefrenable, Elian extendió la palma de su mano abierta.
La luz descendió con delicadeza y reposó sobre su piel, irradiando un calor reconfortante. Y entonces, flotando en el aire sin venir de ninguna parte, una voz cristalina le susurró al oído:
—Deja de buscar.
Elian sintió un vuelco en el pecho.
—¿Quién eres? —exclamó con la voz trémula.
La estrella dorada parpadeó con intensidad.
—El amor encontrará el camino hacia ti.
Dicho esto, la luz se desvaneció en el aire, disolviéndose como polvo de oro.
Elian se quedó mirando fijamente la palma de su mano, con el corazón galopando desbocado contra sus costillas. No comprendía lo que acababa de ocurrir; ignoraba si se trataba de un eco de la magia ancestral que protegía el reino o de una simple ilusión nacida de sus anhelos más profundos.
Sin embargo, por primera vez en años, una chispa de fe cálida e inquebrantable se instaló en su pecho.
Mientras el príncipe dormía esa misma noche, ajeno a los hilos invisibles del destino, una fría brisa de medianoche mecía las cumbres de las montañas lejanas.
En lo alto de una loma desolada, envuelto en una capa negra que ondeaba con violencia contra el viento del norte, un jinete solitario contemplaba el valle de Aurelia. Bajo la capucha, dos ojos intensos permanecían fijos en las torres doradas que brillaban bajo la luz lunar.
El hombre esbozó una sonrisa enigmática.
—Muy pronto nos veremos, príncipe Elian.
A sus espaldas, extendiéndose por entre los desfiladeros oscuros como una plaga silenciosa, miles de puntos lumínicos comenzaron a agitarse en la penumbra.
No eran estrellas. Eran antorchas.
Un vasto ejército aguardaba la orden de avanzar, portando en su vanguardia una enseña siniestra: una corona negra atravesada por una espada. Era el estandarte de Nocthar, el reino despiadado gobernado por el rey Malakar.
Elian todavía ignoraba lo que se gestaba en las sombras.
No sabía que su búsqueda personal del amor estaba a punto de colisionar con una guerra inminente, ni que el destino ya había empezado a mover sus piezas para cruzar su vida con la de un guerrero al que aún no conocía, pero que estaba destinado a cambiarlo todo para siempre.








