Prólogo: Las Piedras de Anádyr
La nieve de Anádyr no caía limpia; caía gris por el hollín de la pequeña estación térmica que alimentaba al puerto.
Antes de que los cielos se abrieran en 2016, Svetlana era simplemente la hija del médico de la ciudad. Tenía dieciséis años, una bicicleta con la cadena oxidada que siempre se salía al cruzar el puente de madera y la extraña costumbre de recolectar frascos de cristal para guardar las piedras pulidas que encontraba en el mar de Bering.
Para ella, el mundo exterior era una abstracción lejana que solo existía en los programas de radio que escuchaba su padre por las noches. Anádyr era helada, pequeña y aislada, pero tenía una rutina tibia. Y en el centro de esa rutina estaba Matt.
Se habían conocido tres años atrás, cuando Matt se mudó con sus tíos tras la muerte de sus padres. Svetlana lo vio por primera vez sentado en el borde del muelle, mirando el agua congelada sin decir una palabra, vistiendo un abrigo dos tallas más grande que le quedaba flojo en los hombros. Ese primer día, ella no le dijo nada grandioso ni poético; solo caminó hasta él, le extendió la mitad de un pan dulce duro y se sentó a su lado en silencio hasta que el sol se ocultó Detrás de las colinas.
Desde ese momento, se volvieron un par inseparable. Svetlana era el ruido y el movimiento; Matt era el ancla y la calma.
Cuando Svetlana aprendió a usar la vieja cocina de hierro de su casa, la primera sopa que intentó hacer le quedó tan salada que su padre tuvo que escupirla disimuladamente. Matt, en cambio, se comió el plato entero sin cambiar la expresión del rostro, solo para que ella no llorara. Cuando a la bicicleta se le salía la cadena en mitad de la ventisca, era Matt quien se quitaba los guantes y terminaba con los dedos negros y congelados arreglando los eslabones con un cuchillo de cocina mellado que llevaba a todas partes como herramienta multiusos.
—Un día vamos a salir de aquí —le dijo Svetlana una tarde de otoño, mientras pulía un trozo de cuarzo transparente sobre el regazo—. Mi tío Boris mandó una carta desde Francia. Dice que allí las ciudades son enormes, que los árboles pierden las hojas en otoño y que el suelo se pone dorado. Cuando seamos grandes, vamos a ir allá en tren.
—El tren no cruza el océano, Svetlana —le respondió Matt, sentado en el suelo de madera mientras intentaba afilar la hoja de su cuchillo con una piedra del río.
—Entonces tomamos un barco. O construimos una balsa. No me importa —sonrió ella, guardando la piedra en su frasco—. Pero no nos vamos a quedar a congelarnos aquí para siempre.
Ese era el mundo de Svetlana: frascos de cristal, cadenas de bicicleta, promesas de veranos dorados en Francia y la presencia tranquila de Matt a su lado. No sabían qué era la Voluntad. No sabían que la humanidad estaba dentro de una incubadora brutal administrada desde una isla flotante por un ser llamado Bastian.
Hasta que llegó la tarde del 14 de noviembre de 2016.
El cielo no se oscureció por nubes de tormenta; se volvió de un violeta denso y metálico cuando los transportes del Imperio cortaron el cielo . Las alarmas de la ciudad no llegaron a sonar más de diez segundos antes de que las antenas de comunicación fueran destruidas desde la órbita.
El Imperio no venía a ocupar la ciudad. No venía a instalar un gobierno ni a cobrar impuestos. No necesitaban los recursos mineros de Anádyr ni les interesaba su puerto. El Barón Valentin —en aquel entonces un “Iluminado” impecable con túnica militar y guantes blancos— bajó de la nave principal con la simple orden de cumplir una cuota de desesperación en el Sector 1.
Svetlana recordaba el olor a quemado. Recordaba cómo la puerta de su casa voló en pedazos por la onda de choque de un disparo de alta presión. Su padre intentó cubrirla con el cuerpo, pero un soldado “Despertado” atravesó la entrada con la frialdad de quien limpia una plaga, apartando al médico de un culatazo que le rompió el cuello en el acto.
Svetlana corrió. No sabía hacia dónde. El instinto la llevó hacia la única ruta que conocía: las calles secundarias que daban al estacionamiento público cerca del muelle, donde Matt solía esperarla después de ayudar a sus tíos.
La nieve del estacionamiento ya no era gris; estaba manchada de un rojo denso y humeante. La gente corría en todas direcciones, pero nadie peleaba. Nadie sabía cómo pelear. Eran civiles normales enfrentando a hombres con armaduras tácticas y armas que atravesaban el hormigón como si fuera papel.
En mitad del caos, entre los vehículos volcados y el humo de los neumáticos quemados, Svetlana vio a Matt.
Él corría hacia ella con la cara llena de hollín y el cuchillo mellado apretado en la mano derecha.
—¡Svetlana! —gritó él. Fue la última vez que ella escuchó su voz sonar como la de un niño.
Svetlana estiró la mano. Estaba a solo tres metros. Podía ver la textura rasgada de su abrigo, la respiración agitada en el aire helado, la desesperación pura en sus ojos.
Entonces, el aire a su alrededor simplemente se congeló.
Un paso elegante resonante sobre la nieve dura. El Barón Valentin caminaba despacio entre las llamas del estacionamiento, limpiándose la solapa del uniforme con una parsimonia quirúrgica. Ni siquiera miró a los niños como seres humanos; para él eran simples variables en un informe de rendimiento.
—Demasiado lento —murmuró Valentin.
Con la indiferencia de quien aparta una rama seca del camino, Valentin desenvainó un estilete imbuido en Voluntad. No hubo una pelea. No hubo un diálogo dramático.
El movimiento fue un destello casi invisible. La hoja de Valentin atravesó el pecho de Svetlana antes de que ella pudiera terminar de dar el paso.
El impacto no trajo dolor inmediato, solo un vacío frío que le apagó las piernas. La Voluntad de un “Iluminado” alojada en el corte comenzó a destruir sus tejidos en un segundo. El frasco de cristal con las piedras pulidas que llevaba en el bolsillo se rompió contra el suelo, esparciendo los pedazos sobre la nieve.
Svetlana cayó de rodillas. Lo último que vio antes de que el mundo se volviera negro fue a Matt lanzándose hacia adelante, gritando algo que el viento se tragó, con el pequeño cuchillo mellado en alto arremetiendo contra el gigante de uniforme blanco.
Vio el cuchillo de Matt rasgar la mejilla del Barón. Vio la gota de sangre roja brotar del rostro del noble. Y vio cómo la bota de Valentin pateaba el cuerpo de Matt contra la nieve, dejándolo inerte a pocos metros de ella.
Svetlana cerró los ojos pensando que Matt había muerto a su lado en ese estacionamiento congelado. Nunca supo que el chico del abrigo grande sobrevivió, que la chispa que encendió ese rasguño fue un fuego grisáceo, y que durante los siguientes cinco años, ese mismo niño cruzaría un continente helado para cumplir la promesa del tren que nunca llegaron a tomar.

Nota de autor:¡Bienvenidos a The Will of a Piece! Esta historia es un proyecto personal de fantasía oscura y misterio con un sistema de poder propio. Estaré actualizando capítulos diariamente.Si te atrapó este inicio, dale a "Seguir" para no perderte el viaje de Matthew. ¡Gracias por leer!
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Hola... buen inicio