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Donde empieza el Deseo.

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Sinopsis

Nunca pensé que un simple “Hola” pudiera convertirse en el comienzo de una historia capaz de cambiarme la vida. Derek me vio primero en una fotografía. Después consiguió mi número y comenzó a buscarme. Yo no estaba buscando enamorarme, mucho menos encontrar al hombre de mi vida. Solo quería conocer gente, salir, divertirme y descubrir qué quería. Y, para ser sincera, Derek ni siquiera era mi tipo. Pero aquella primera noche juntos cambió algo. Entre alcohol, celos y recuerdos que todavía hoy no logro reconstruir por completo, desperté desnuda en su departamento, preguntándome qué había pasado y por qué había hecho algo que jamás imaginé hacer. Lo único que sabía era que no quería convertirme en una historia de una sola noche. Así que intenté alejarme. Él, en cambio, siguió buscándome. Lo que ninguno de los dos sabía era que aquella noche no sería el final. Sería apenas el principio. Porque algunas historias comienzan con amor. La nuestra comenzó mucho antes. Comenzó con el deseo.

Genero:
Romance
Autor/a:
Miranda Ela
Estado:
hace 9 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El mensaje

Nunca imaginé que una fotografía pudiera cambiarme la vida.

Y lo curioso es que ni siquiera era una fotografía mía.

Era una de esas fotos que alguien sube a Facebook sin pensar demasiado en quién la verá después. Una foto cualquiera, perdida entre publicaciones, comentarios y notificaciones. De esas que parecen no significar nada hasta que, del otro lado de la pantalla, alguien se detiene unos segundos más de lo normal.

Derek la vio.

Yo no sabía quién era él.

No sabía su nombre, no sabía dónde vivía y, mucho menos, imaginaba que después de verme en aquella fotografía había preguntado por mí.

—¿Quién es ella?

Eso fue lo primero.

Una pregunta sencilla.

Después consiguió mi número.

Y un día mi teléfono se iluminó con un mensaje de un número que no tenía guardado.

Hola.

Así de sencillo.

Un “Hola”.

Ni una presentación elaborada, ni una frase ingeniosa, ni nada que hiciera pensar que aquel mensaje terminaría siendo importante.

Solo:

Hola.

Le contesté.

Y empezamos a hablar.

Derek coqueteaba conmigo bastante.

Yo lo notaba desde el principio.

A veces le seguía el juego y otras simplemente lo dejaba hablar, porque tampoco quería darle demasiada importancia. Me divertía la atención, pero no estaba pensando demasiado en lo que podía venir después.

Incluso llegó a decirme que, si todo salía bien, me iba a traer como llaverito.

Me acuerdo de haber pensado que qué hombre tan confiado.

Porque, además, él no era mi tipo.

Cero.

En aquella época yo tenía muy claro qué clase de hombres me gustaban. Los “niños bien”, como yo les decía. Muchachos arreglados, tranquilos, con otra apariencia. Ese era mi gusto.

Derek se veía diferente.

Él tenía esa pinta de todo malo.

De esos hombres que parecían traer problemas incluidos.

Así que cuando empezamos a hablar, yo no estaba pensando que iba a terminar enamorándome de él.

Ni siquiera estaba pensando que fuera a pasar algo importante.

Yo estaba en una etapa en la que simplemente quería conocer gente.

Salir.

Platicar.

Conocer hombres diferentes.

Ver qué había allá afuera.

Quería descubrir quién me gustaba y quién no.

Pero una cosa era salir con alguien, coquetear o pasar un buen rato.

Y otra muy diferente era acostarme con él.

Eso, para mí, estaba en otra categoría.

Hasta que llegó aquella noche.


La primera vez que nos vimos fue en un bar.

No fue una de esas primeras citas perfectas que uno podría imaginar después al contar una historia de amor.

No hubo música romántica ni una conversación profunda que me hiciera pensar que había encontrado a alguien especial.

Fue un bar.

Había gente, música, alcohol y ese ambiente en el que todos parecen estar un poco más desinhibidos de lo habitual.

Y ahí estaba él.

Derek.

Lo miré y confirmé algo que ya sabía:

no era mi tipo.

Pero una cosa era verlo en una foto y otra tenerlo enfrente.

Porque aunque físicamente no fuera el hombre que yo habría elegido de entrada, había algo en su manera de mirarme que sí conseguía llamar mi atención.

La noche avanzó.

Y, en algún momento, pasó algo bastante absurdo.

Nos pusimos celosos.

Sin ser nada.

Yo bailé con otro chico.

Derek estaba con otras mujeres.

No había ningún compromiso entre nosotros. Ninguno.

Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, parecía que estábamos esperando que el otro reaccionara.

Yo seguí bailando.

Hasta que Derek se acercó.

Me tomó de la mano.

No recuerdo exactamente cuánto duró aquel gesto, pero sí recuerdo la sensación de sorpresa.

Después me soltó.

—Vete a bailar allá.

Lo miré.

Y pensé:

¿Con qué derecho?

No éramos novios.

No éramos pareja.

Ni siquiera nos conocíamos realmente.

Así que hice lo más lógico que podía hacer una mujer a la que acababan de decirle con quién podía bailar:

Seguí bailando.

Pero algo había cambiado.

Ya no era solamente una noche cualquiera.

Había miradas.

Había provocación.

Había una especie de competencia silenciosa que ninguno de los dos tenía derecho a reclamar y que, aun así, los dos parecíamos estar jugando.

Y luego estuvo el alcohol.

Muchísimo alcohol.

Yo terminé pedísima.

De esas veces en las que al día siguiente el recuerdo no llega como una película, sino como fotografías sueltas.

Una canción.

Una cara.

Una sensación.

Un lugar.

Y después, nada.

Sé que terminamos en su departamento.

Sé que desperté desnuda.

Lo demás se vuelve mucho más difícil de contar.


Abrí los ojos y durante unos segundos no entendí dónde estaba.

Me quedé quieta.

Miré alrededor.

Intenté reconocer el lugar.

Había una especie de silencio extraño después de toda la música de la noche anterior.

Y entonces lo noté.

Estaba desnuda.

Me incorporé un poco.

Mi cabeza comenzó a trabajar más rápido que mis recuerdos.

¿Qué había pasado?

Intenté regresar a la noche anterior.

El bar.

La música.

Las personas.

Derek.

El chico con el que había bailado.

Las miradas.

El alcohol.

Después…

Nada.

Busqué desesperadamente algún recuerdo que completara ese espacio, pero no aparecía.

Era como tener varias piezas de un rompecabezas y descubrir que justamente faltaban las del centro.

Sabía que había pasado algo.

Lo que no sabía era exactamente qué.

Y eso era lo que más me inquietaba.

Porque parecía que había cruzado una línea que yo nunca había cruzado antes.

O, por lo menos, eso era lo que podía interpretar al despertar.

Acostarme con un hombre en la primera noche no era algo que formara parte de mí.

No así.

No con alguien que apenas conocía.

Y mucho menos con alguien que, unas horas antes, todavía pensaba que era cero mi tipo.

Me quedé sentada en aquella cama intentando ordenar mis pensamientos.

¿Qué hice?

La pregunta aparecía una y otra vez.

Y no tenía una respuesta completa.

Eso era lo peor.

No podía siquiera discutir conmigo misma sobre una decisión que no recordaba haber tomado.

Solo tenía el resultado frente a mí.

Y tenía que descubrir qué hacer con él.


Ese mismo día hablé con mi amiga.

Creo que necesitaba decirlo en voz alta para comprobar que aquello realmente había sucedido.

—Estoy súper sacada de onda —le dije.

Ella me preguntó qué había pasado.

—No recuerdo nada.

Y era verdad.

Nada.

Le expliqué lo poco que sabía, lo que recordaba del bar y que había despertado en el departamento de Derek.

Ella también se quedó sorprendida.

Porque me conocía.

Sabía que yo podía salir, conocer gente, coquetear, divertirme, pero aquello no era algo que normalmente hiciera.

Y mucho menos con un hombre que, hasta esa noche, ni siquiera me atraía físicamente.

En medio de toda la conversación, entre la vergüenza y la incredulidad, terminé soltando:

—¡Ni siquiera recuerdo su pene!

Las dos nos reímos.

Era una frase absurda para una situación que, en realidad, me tenía bastante desconcertada.

Pero quizá necesitaba reírme.

Porque si me ponía a pensar demasiado, no sabía ni por dónde empezar.

Yo no había salido aquella noche buscando sexo.

Tampoco estaba buscando enamorarme.

Ni siquiera estaba buscando una relación.

Estaba conociendo gente.

Eso era todo.

Quería salir, hablar con personas nuevas, divertirme y descubrir qué clase de hombres podían gustarme.

Derek había aparecido en ese camino casi por accidente.

Primero con una fotografía.

Después con un “Hola”.

Luego con sus coqueteos.

Y finalmente en aquel bar.

Nada de eso había sido planeado.

Tal vez por eso aquella noche me había tomado desprevenida.

Quizá había bajado la guardia precisamente porque no estaba esperando nada.

O quizá simplemente fue una de esas noches que uno vive primero y entiende mucho después.

Todavía no sabía cuál de las dos cosas era.


Según Derek, durante aquella noche yo le había dicho algo que no recordaba.

—Dime que no me vas a dejar de hablar después de esto.

Cuando me lo contó, me costó imaginarme diciéndolo.

Pero, si realmente había salido de mi boca, hoy puedo entenderlo.

No era porque ya estuviera enamorada.

Ni porque él me importara de una manera profunda.

Era algo mucho más sencillo.

No quería despertar al día siguiente y convertirme en una historia de una sola noche.

No quería que pensara mal de mí.

No quería que aquella situación cambiara la manera en que me veía.

Y, sobre todo, no quería que después de aquello simplemente desapareciera.

Porque una cosa era haber hecho algo que no reconocía como propio y otra descubrir que, además, para la otra persona no había significado absolutamente nada.

Así que quizá eso era lo que estaba pidiendo.

No una promesa de amor.

Solo una pequeña garantía de que la conversación no terminaría ahí.


Pero después de hablar con mi amiga, mi primera reacción fue otra.

Alejarme.

No quería mostrar demasiado interés.

No quería que Derek pensara que aquella noche me había dejado completamente enganchada.

Y tampoco quería descubrir qué podía pasar si seguíamos hablando.

Así que cuando me escribió, fui indiferente.

Contesté poco.

Fui cortante.

Y sí, incluso lo dejé en visto.

Era más fácil mantenerlo a distancia.

Si yo no mostraba interés, podía convencerme de que todo aquello no había sido tan importante.

Si él se cansaba, perfecto.

Si desaparecía, mejor.

Por lo menos la decisión no la habría tomado yo.

Pero Derek no desapareció.

Volvió a escribirme.

Buscó conversación.

Aunque yo respondiera seco, encontraba otra cosa que decir.

Aunque lo dejara en visto, volvía.

Y eso empezó a desconcertarme más que cualquier otra cosa.

Porque si aquella noche había sido solamente eso para él, podía haberse ido.

Yo prácticamente le estaba poniendo la puerta enfrente.

Pero seguía ahí.

Derek vivía lejos.

Todavía no existía una cercanía cotidiana entre nosotros. No había encuentros casuales, ni mensajes durante todo el día, ni esa sensación de tener a alguien cerca.

Nuestra historia, por entonces, cabía en una pantalla.

Un mensaje.

Un visto.

Una respuesta.

Otro mensaje.

Y mientras yo intentaba decidir cuánto podía alejarme sin parecer demasiado obvia, él encontraba siempre una razón para volver.

No sabía qué quería.

Yo tampoco sabía qué quería.

Pero había algo que empezaba a ser evidente:

él no estaba dispuesto a dejar que aquella noche fuera el final.

Y quizá, sin darme cuenta, yo tampoco.

Porque una historia puede empezar de muchas maneras.

La nuestra comenzó con una fotografía que él encontró en Facebook.

Después vino un número.

Un mensaje.

Una noche de alcohol y recuerdos incompletos.

Y una conversación que ninguno de los dos parecía querer terminar.

Mucho antes de que existiera el amor, hubo algo más difícil de explicar.

Algo que no necesitaba promesas.

Algo que apareció antes de que siquiera pudiéramos ponerle nombre.

Porque antes de que hubiera amor, hubo deseo.

Y antes del deseo, hubo una fotografía.

Y antes de todo eso…

solo había un hombre que me había visto sin conocerme y había decidido escribir:

Hola.

Capítulos
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