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Trascendiendo el tiempo ciego

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Sinopsis

No es un héroe invocado ni un elegido divino, sino una anomalía inmortal que reencarna vida tras vida porque sí. Su único "poder" es la experiencia acumulada de cientos de existencias y un conocimiento místico prohibido... un verdadero dolor de cabeza para los propios dioses, que desesperan por borrar un error que el universo simplemente se niega a eliminar.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Rers
Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Despertar, Brochetas y Ciertos Asuntos Pendientes

El olor a aceite quemado, especias místicas y carne asada fue lo primero que llegó a sus sentidos.

Lentamente, abrió los ojos. Lo primero que vio no fue el gran vacío cósmico, ni un tribunal celestial listo para juzgar sus pecados. Era la fachada de un humeante puesto de comida callejera, ubicado justo en medio de un mercado flotante repleto de luces de neón parpadeantes y letreros mágicos que flotaban en el aire.

Se miró las manos.

Definitivamente nuevas. Eran un poco más delgadas que las de su vida anterior, pero los dedos respondían con perfecta movilidad.

—Vaya... ¿cuántos años habrán pasado esta vez? —murmuró para sí mismo, sobándose la nuca mientras soltaba un bostezo.

Fue entonces cuando, en la banca de madera gastada justo a su lado, lo vio.

Allí estaba Él. El ser encargado de corregir el mismísimo tejido del universo, la entidad suprema destinada a erradicar cualquier anomalía en la existencia. Llevaba una túnica hecha de tela astral combinada con una chaqueta metálica futurista bastante desaliñada. En ese preciso instante, el ente cósmico masticaba con parsimonia una brocheta de carne local, manteniendo la mirada perdida en el vacío y con una expresión en el rostro que gritaba que estaba teniendo el peor lunes de la eternidad.

El protagonista parpadeó un par de veces para procesar la imagen. Luego, con total naturalidad, se sentó en la banca junto a él y le hizo una seña al cocinero para pedir exactamente lo mismo.

—No sabía que los reguladores cósmicos tenían tiempo para almorzar en puestos de mala muerte —comentó, estirando los brazos tras la larga siesta.

El dios ni siquiera se giró de inmediato. Dio otro mordisco a la brocheta, suspiró con un peso que parecía cargar eones de cansancio acumulado y finalmente lo miró de reojo.

—Tardaste noventa y cuatro años esta vez —dijo el dios con una voz carente de cualquier divinidad, totalmente exhausta—. Y sigues teniendo la molesta costumbre de reencarnar cerca de donde hay buena comida.

—El tiempo es relativo, ya lo sabes —respondió el protagonista, aceptando con una sonrisa el plato humeante que el vendedor le tendió—. Por cierto... la última vez que nos vimos, ¿no estábamos destruyendo un sector galáctico entero porque yo era tu "anomalía prioritaria"?

El dios soltó un gruñido molesto, recordando aquel fatídico día.

—Ah, sí. La gran batalla cósmica —masculló—. Esa pelea en la que invocamos magias prohibidas, rompimos la física de tres planetas... y en medio del clímax, cuando estaba a punto de desatar mi técnica de corrección de línea temporal, tú simplemente te diste la vuelta.

—Es que te estabas tardando demasiado con el monólogo —interrumpió el protagonista, dándole un mordisco lleno de satisfacción a su comida—. Además, me dio pereza. Tenía cosas mucho mejores que hacer que ser destruido un martes por la tarde.

—¡Te fuiste caminando! ¡En mitad de un juicio divino! —el dios apretó los palillos de madera con frustración, aunque no hizo el menor ademán de atacar—. Me dejaste ahí parado con el hechizo cargado a su máxima potencia. ¿Sabes lo incómodo que es eso para la burocracia celestial? Tuve que llenar como tres mil reportes en tres dimensiones distintas justificando por qué la anomalía "simplemente se marchó porque se aburrió".

—Pero mírale el lado positivo —sonrió el protagonista, alzando la brocheta en forma de brindis—. Ahora estás disfrutando de una gran comida callejera.

El dios contempló el trozo de carne, luego miró de reojo al protagonista en su cuerpo totalmente nuevo, y dejó escapar un largo y derrotado suspiro de resignación.

—Mi vida era muchísimo más sencilla antes de que aparecieras...

El dios dejó caer el palillo de madera sobre el plato de barro, con la mirada fija en una nave comercial que pasaba zumbando entre los edificios de neón.

—Papeleo... —murmuró el dios, frotándose las sienes—. No tienes idea. "Formulario C-89: Explicación de por qué una amenaza de nivel Omega se retiró a comer ramen en lugar de ser sellada". Tuve que soportar a los Consejos Superiores durante dos siglos de reuniones porque no entendían el concepto de "Se aburrió y se fue".

—Oye, en mi defensa, ese monólogo tuyo sobre el 'Juicio Imparable del Destino' llevaba cuarenta minutos —replicó el protagonista, saludando al cocinero para pedir otra brocheta—. Repetiste tres veces la parte de la 'justicia cósmica'. Me dio un calambre en la pierna.

—¡Era la invocación ceremonial! ¡Requiere solemnidad! —el dios bajó la voz, mirando a los lados para asegurarse de que los alienígenas y magos del mercado no estuvieran prestando atención—. En fin. El punto es que técnicamente sigo teniendo una orden de neutralización abierta a tu nombre.

El protagonista ni se inmutó. Le dio un gran mordisco a su comida y masticó con calma antes de responder:

—¿Y la vas a ejecutar?

El dios miró las manos del protagonista. Luego miró el cielo, donde dos lunas brillaban sobre la metrópolis futurista.

—Tengo un descanso de quince minutos —suspiró el ser divino, apoyando los codos en la mesa de madera barata—. Además, si te mato ahora mismo, solo voy a lograr que entres en tu dichoso 'tiempo ciego' otra vez. Desapareces cien años, me dejan la auditoría abierta, y cuando vuelvas a renacer en el cuerpo de un duendecillo o un cíborg, me va a tocar buscarte de nuevo por todo el sector. Es un dolor de cabeza.

—Sabia decisión. Es mejor la paz mental —asintió el protagonista, riendo levemente—. Y dime... ¿qué tal han estado las cosas por aquí mientras estuve 'fuera'?

La expresión del dios cambió ligeramente. Toda la frustración cómica pareció disiparse por un milisegundo, dejando ver una mirada infinitamente vieja, desgastada por la eternidad.

—Lo de siempre —dijo el dios en tono bajo—. Las estrellas nacen, colapsan. Las civilizaciones descubren la magia, la cambian por máquinas, se destruyen a sí mismas y vuelven a empezar en la edad de piedra. Vi a un imperio caer la semana pasada. Un imperio que yo mismo ayudé a fundar hace tres milenios.

El dios hizo una pausa y miró de reojo al protagonista.

—Mis propios descendientes de esa era ya son polvo. Ni siquiera recuerdan mi nombre. Todos mueren, todo cambia... excepto tú, que sigues aquí pidiendo comida gratis.

El protagonista sonrió de lado, entendiendo perfectamente el peso detrás de esas palabras. Él también había visto morir a sus propios hijos y amigos en vidas pasadas; conocía ese frío en el pecho.

—Bueno —dijo el protagonista, dando un golpecito en la mesa—. Al menos ahora tienes a alguien con quien quejarte del trabajo que sí te va a durar más de una generación.

El dios se le quedó viendo un segundo. Luego, dejó escapar una pequeña sonrisa irónica.

—No te acostumbres. En cuanto termine mi turno, te convierto en polvo estelar.

—Sí, claro. Pero primero paga la cuenta, que en este cuerpo nuevo no traigo ni una sola moneda

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