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Un amor no tan nuestro

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Sinopsis

Ethan Harver cree conocer a Elrara Woods, pero hay un pequeño, problema, el siempre la ha visto a través de otros ojos. Cuando el matrimonio por conveniencia llega, ambas familias lo esconden en un montaje que hace a la prensa hablar de un romance secreto y no de lo que es en realidad. Tras la boda Ethan ve algo. La mujer con la que se caso, no se pare mucho a la que por años, le han descrito. Y tras conocerla realmente vivirán Un amor, que antes no les pertenecía. Pero ahora, nadie puede negar que es de ellos. —¿Cómo describirian su amor?. —No tan nuestro. —Claro, un amor no tan nuestro. Pero el amor y los prejuicios no serán sus únicos enemigos.

Genero:
Romance
Autor/a:
AbigailGo13
Estado:
hace un mes
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo: Dos destinos rotos

Las notas tristes del piano llenaban la sala de música. Los delgados dedos se movían habilidosos sobre las teclas; el rostro permanecía en parsimonia, la cabeza se movía al compás de la melodía y los ojos cerrados se fruncían aún más cuando la música expresaba sentimientos más profundos.

Las manos masculinas no tenían duda ante lo que hacían. No vacilaban; se movían con elegancia y agilidad. La paz de la música inundaba aquel corazón jovial que intentaba apaciguar el rencor de la escena de la mañana.

Recordar la sonrisa inocente que pretendía ser genuina ante todos, la actitud aniñada de aquella persona que no guardaba más que desdén en su ser... El solo pensar que se casaría con ella le llenaba de un sentimiento amargo.

Disipó aquellos intrusos pensamientos que pretendían opacar la paz que apenas lograba alcanzar con la triste melodía del instrumento que ejecutaba.


Se dedicó a disfrutar de aquella pasión por última vez. A partir de mañana empezaría la cuenta regresiva. Tenía tres meses para terminar de aprender su puesto en la empresa de la familia y, durante ese tiempo, no podría siquiera soñar con tener tiempo libre.


Además, tendría que hacer un espectáculo junto a aquel insufrible ser a quien debía llamar prometida. Dejar que los medios los vieran juntos para evitar especulaciones. No pretendía malgastar su tiempo con ella, pero era algo que se le había impuesto.

Así que justo ahora se despedía de aquel consuelo que tenía, pues debería aprender a buscarlo en otro lado. El tiempo no le permitiría refugiarse en él por mucho más.


—Aún sigues aquí.


La voz de su hermano irrumpió en su mundo de tranquilidad.


Las manos pausaron su labor. El semblante, antes lleno de parsimonia, se desvaneció y los ojos se abrieron después de mucho tiempo.


—¿Qué necesitas? —cortó cualquier intento de conversación.

—¿La viste? —La curiosidad no se escondía en su voz.


Ethan suspiró ante la pregunta


. Claro que la había visto. Esa era la razón por la que se encontraba ahí.


Quería sacar de su mente aquellos pensamientos engañosos que, por un instante, le habían hecho creer que todo lo que se decía de ella podía ser mentira.


—Sí.


No dio lugar a dudas.


—¿En serio es tan hermosa? —preguntó con un interés genuino en su expresión.


—¿De qué sirve que luzca bien si no es una persona de buena voluntad?


El desprecio dominó su tono.


El mayor rodó los ojos ante la actitud del menor.


Claro, entendía que conocer a la causante de todo aquello no le agradara en lo más mínimo, pero, a fin de cuentas, si viviría con ella, al menos debería intentar soportar su presencia.


—Entonces sí es hermosa —provocó.


—Es una farsante que se hace la pura e inocente —contradijo.


El menor ignoró la presencia del mayor y continuó con su labor. Nuevamente, las notas surgieron del piano, intentando apaciguar la tormenta mental que aquella corta charla había despertado.


Ante la clara señal de abandonar el lugar, el joven se retiró, dejando a solas nuevamente al menor. Sabía que sería difícil para su hermano dejar la música y el arte por un capricho de su padre y de aquella jovencita, pero ya era hora de que pusiera los pies en la tierra.

La felicidad era algo con lo que ellos solo podían soñar.

Y ni todo el dinero del mundo podría otorgársela.


(...)


La música clásica inundaba la habitación. La acompañaban giros y saltos bien ejecutados, perfectos; no había lugar para el error en los movimientos.


El rostro jovial transmitía las emociones de la pieza, mientras los brazos ayudaban a narrar y equilibrar cada movimiento.


Escondida en la cabaña abandonada de aquel lugar, Elara Woods, una joven con aspiraciones frustradas por los prejuicios de sus padres, intentaba consolar su corazón.


La noticia de la mañana había desmoronado la última esperanza de libertad que le quedaba. Su meta de dejarlo todo atrás y empezar de cero se había consumido tan rápido como llegó.


No tenía opción. Debía seguir ligada a aquel mundo de falsedad en el que había crecido y aprendido a sobrevivir por su cuenta.


Era frustrante. Su corazón gritaba, suplicaba ayuda, pero nadie lo escuchaba. Nadie acudía a rescatarlo. Incluso ella intentaba ignorarlo, pero aunque fingía no escuchar, el dolor en el pecho le recordaba que eran suyos aquellos gritos que se empeñaba en ignorar.


El éxtasis de la música llegó y, con ello, también el de los movimientos. El dolor de estar sobre la punta de los pies no era nada comparado con el que guardaba en el alma. El peso de su cuerpo recargado únicamente sobre la punta de aquellos falanges no era nada comparado con el que soportaba su ser.


Y entonces, la melodía se detuvo.


Los pulmones agradecieron la oportunidad de recuperar el aire que necesitaban y el cuerpo gritaba, con toda razón, por un descanso.


Eran poco más de las nueve de la noche. El silencio llenó el lugar, siendo interrumpido únicamente por su agitada respiración.


Y el silencio de aquel lugar reflejaba el silencio de su vida; el silencio de un corazón que moría por un poco de ruido de vez en cuando. Aquel que buscaba algo más que sonrisas falsas y miradas de desprecio.


El peso de tener que despedirse de su consuelo le dolía más que los músculos después de las largas horas de entrenamiento.


Se despedía de su pasión, de su paz y de la ingenua ilusión de poder retomar aquello que le fue arrebatado hacía tanto tiempo.


—Lo sabía.


El tono victorioso de aquella voz heló la sangre en el cuerpo de la chica.


Sabía quién era.


Conocía demasiado bien cada una de las voces que la habían herido. Esa, en especial, era la que más daño le había provocado.


—Qué decepción, hermanita.


La frivolidad de sus palabras no hizo más que agitar su corazón.


—Creí que fui claro la última vez que hablamos de esto.

Rodeó con parsimonia el cuerpo inerte en medio de la habitación.


—No sirves para esto —señaló su vestimenta—. Para nada, en realidad.


Terminó por encararla.


—No le digas a mamá —suplicó con un hilo de voz.


El cuerpo le temblaba, pero ya no de cansancio. El corazón acelerado ya no lo causaban la euforia ni la adrenalina. Ahora lo movía el miedo.


—Claro que le diré —afirmó con calma—. Le diré eso y muchas cosas más.


De su bolsillo sacó un papel doblado.


—Le enseñaré tus planes de irte a Francia para perseguir un sueño tan mediocre como tú.


Arrugó nuevamente el papel entre sus dedos.


Sabía lo que era.


Y tener la certeza de lo que significaba le dolía todavía más.


La habían aceptado. No era tan mala como su hermano decía. Pero jamás podría permitirse pensarlo.

Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. El llanto quedó atrapado en su garganta y ya no pudo sostener la mirada del mayor.


—Por favor, Carl...


El desespero en su voz podría quebrar a cualquiera.


—Desistí de la idea al enterarme del compromiso. Sé que no tengo opción.


Un sollozo escapó de sus labios al aceptarlo en voz alta, después de unas horas de haberse enterado.


—No te creo —dijo con tono incrédulo—. Nada me asegura que estés diciendo la verdad.


El desprecio dominó nuevamente su voz.


—Pero algo bueno salió de todo esto.


Señaló la situación con una sonrisa carente de empatía

.

—Recibirás lo que mereces, siendo infeliz junto a ese tipo por el resto de tu vida.


Lo sentenció antes de salir de la habitación con elegancia, como si no fueran los sueños de una persona los que acababa de destrozar. Como si aquella persona no compartiera lazos de sangre con él.

Todo se derrumbó.


Ambos jóvenes se veían orillados a vivir de aquella manera, sin saber que, en realidad, no eran tan diferentes como creían.

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