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Los peces también orinan en sus tanques

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Sinopsis

Decidido a escapar de una vida que se volvió demasiado monótona, un hombre se sube a su moto y toma la ruta sin un destino fijo. La lluvia lo obliga a detenerse en un pequeño pueblo donde parece no haber nada que hacer. Entre hoteles vacíos, cafés, libros, cigarrillos y encuentros que no llegan a ninguna parte, empieza a preguntarse qué es lo que realmente está buscando. Hasta que una mujer aparece de una manera que no esperaba. Quizás el viaje nunca se trató de llegar a algún lugar. Quizás solo necesitaba encontrar algo capaz de encenderlo. Algo que, como los peces en sus peceras, estuvo siempre ahí aunque casi no pudiera verse.

Estado:
Completa
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Día 1

El día era soleado. Hacía cuatro horas que estaba manejando, pero no se sentía cansado. Esto era lo que estaba buscando. Subirse a la moto y tomar la ruta sin un rumbo fijo. Su vida estaba monótona, necesitaba relajarse. Mientras viajaba, miraba a su alrededor. Nada más que campos, eternos y enormes campos. Solo alguna que otra vaca pasaba cada tanto a saludarlo.

La ruta estaba prácticamente vacía. Había elegido un día de semana fuera de temporada, sobre todo, por esto. Cada tanto rebasaba algún que otro camión por el que despedía piedritas y demás cosas que golpeaban su casco. Llevaba un ritmo tranquilo, nadie lo apuraba, nadie lo esperaba. Su mundo en este momento era su fiel compañera y una mochila de campamento que había atado al asiento de atrás. El día era ideal: había alguna que otra nube, pero estaba templado.

Sus círculos cercanos le habían dicho que era una locura que saliera solo. “Te vas a matar”, “¿A quién vas a llamar si te pasa algo?” eran las típicas frases que escuchaba. Para él eran locuras, pero nunca había hecho un viaje así. Quería probar lo que se sentía, quería probarse que podía. Un viaje que lo sorprendiera.

La media tarde se acercaba. Paró en una estación de servicio a cargar nafta y mover un poco el cuerpo. Se puso a mirar la cantidad de nafta y cuanto era su valor. No le preocupaba mucho el gasto, ya había realizado un cálculo probable de cuánto podía costarle el viaje, tomando en cuenta el kilometraje aproximado, el rendimiento de la moto y la estadía en alojamientos.

Cuando bajó su vista hacia la boca del tanque, notó un movimiento invisible y semi imperceptible. Eran los gases que emanaba la nafta dentro del tanque. Recordó que eso es lo que más enciende, lo que casi no se ve. Luego de revisar en su celular la distancia al próximo pueblo, pagó el servicio y volvió a la ruta.

Hacía un tiempo que había dejado atrás la estación de servicio cuando el clima comenzó a cambiar. Empezó a soplar un viento y se aproximaban nubes para nada amigables. Todavía tenía mucho trecho por delante, una hora aproximadamente; contaba con que el agua lo esperara un poco más. Antes de que pudiera medir la distancia hacia su objetivo, las primeras lágrimas empezaron a caer del cielo.

La lluvia comenzó a caer fuertemente. Lluvia acompañada de su peor amigo, el viento. Se encontró batallando contra los dos. El miedo empezó a crecer en su interior. El agua en el asfalto hace que los movimientos en una moto fueran leves y medidos, ya que ladearse mucho podía hacer que resbalara y cayera. Al encontrarse entre nada más que campo, el viento lo empujaba sin ninguna dificultad hacia el borde la ruta. En ella no había banquina, así que se encontró luchando con todo el peso de su cuerpo para mantener al vehículo en el centro del camino. Recordaba a sus amigos avisándole que, si terminaba en el costado de la ruta, nadie lo iba a encontrar. El esfuerzo era grande y lo único que hacía era buscar algún reparo que lo resguardara. Una estación de servicio, una casa, un árbol, ¡lo que sea!

Al poco tiempo (sentido como una eternidad), vio un puente que cruzaba la ruta. Hizo un esfuerzo para no distraerse antes de llegar y agradeció encontrar tan hermosa construcción de la ingeniería moderna. Al llegar, detuvo la moto a un costado, se bajó y respiró profundo. La lluvia caía con fuerza y el viento la acrecentaba, jugando como dos seres malévolos. Riendo y golpeando todo a su alrededor.

Se quitó el casco y lo puso sobre el espejo. De la misma manera, se quitó los guantes y los puso sobre el asiento. Se apoyó sobre la pared del puente, sacó un cigarrillo y lo encendió. Cada tanto pasaba algún que otro camión, auto y hasta otras motos. No podía entender en qué estaban pensando. Está bien que su moto no es de ruta, es más de calle, pero, aunque la tuviera, habría parado de igual forma.

Habían pasado cuarenta minutos y cinco cigarrillos. La lluvia continuaba, pero cada vez se parecía más a una garúa. Daba la impresión de que ya se estaba aburriendo de caer, porque su amigo se había retirado de escena: el viento no soplaba más. Miró hacia el cielo y pensó: “Mejor que esto no se va a poner”.

Vistió sus accesorios de seguridad y volvió al ruedo. La caída del cielo no era tan importante, pero sí había que prestar atención al suelo. Mantenía una velocidad baja para cuidarse. Acompañando esto, debía ver cómo resistir los golpes de los camiones que vienen de frente, por el lado contrario de la ruta. Cuando pasaba un camión, generaba una fuerza que empuja a la moto. Al aproximarse el primero, intentó aguantar el golpe, tomando firmemente el volante. La moto tambaleó de tal manera que casi cayó. No quedó otra opción más que soportar el golpe todo lo que pudiera.

Esta batalla contra la ruta, esa que había sido su mejor amiga y reconfortante compañía, continuó durante treinta minutos más. Hasta que vio una salida: a pocos kilómetros se encontraba un pueblo. Tomó esa ruta. Intentó no prestar atención a que estaba en reparación, por lo que estaba repleta de tierra. “Si el agua no me mata, seguro que la tierra lo hace” es lo único que podía pensar.

Con la mayor paz y tranquilidad que pudo generar ante la situación dispuesta, llegó a la entrada del pueblo. Relajó el corazón y la mente. Intentaba distraerse mientras que observaba la ciudad. Se notaba tranquila: no había muchos autos ni otras motos. De la misma manera, no había muchas personas por la calle; después de todo, estaba lloviendo. Luego de haber recorrido unas cuadras y de haberse adentrado, paró a un costado y revisó en su celular un lugar para alojarse. Al ver entre las opciones que tenía, se decidió por uno que estaba cerca y parecía prometedor. Memorizó el rumbo a tomar y fue hacia allí.

En la vereda del hotel había una dársena para poder estacionar vehículos. Paró el suyo, se bajó e ingresó. El lugar era sencillo, con paredes de madera. El lobby de recepción tenía unas mesas con sillas y algún que otro sillón. Había un ventanal enorme que daba hacia la calle y un televisor con el noticiero encendido. Un poco más adelante había una señorita revisando papeles. Se acercó a ella para registrarse.

-Buenas tardes – inició la conversación. La recepcionista levantó su rostro y le sonrió - Quería saber si tenían un lugar.

-Buenas tardes – le respondió sin observarlo demasiado - sí claro, ¿por cuánto tiempo sería?

-Ja – hizo una sonrisa incómoda – La idea era que sea solo una noche, pero por el clima creo que van a tener que ser más.

-No hay problema - continuó sonriendo – Solo necesito que llene este formulario, firme acá y eso será todo - mientras que hablaba, sacaba un papel y le señalaba donde decía “Firma y aclaración”.

-Entonces sería por una noche en principio, ¿habrá algún inconveniente si mañana confirmo un día más?

La recepcionista le explicó que a las diez de la mañana debía dejar el cuarto. Si así lo quisiera, podía guardar sus cosas personales en la recepción y, si decidía quedarse, podía volver a ingresar. Le sonrió, le agradeció y se dispuso a llenar el papel.

-Perdón, estoy todo mojado y creo que humedecí un poco las cosas – le dijo sonriendo mientras que le devolvía el formulario completo.

-No hay problema, no hay problema – tomó los papeles y le entregó unas llaves – Su cuarto es el número dieciséis, acá en planta baja.

-Perfecto, muchas gracias – tuvo el ademán de irse cuando una pregunta le surgió - ya que estamos, ¿qué tanto hay para hacer acá?

-Emmm - pensó un momento como podía responderle – Estamos en mitad de semana y ya pasó la temporada...

-No hay nada, ¿no? - la interrumpió.

-No hay nada – dijo sonriendo.

-Gracias.

Saludó y se fue hacia la entrada con la llave a buscar sus cosas de la moto. Luego de desatar la mochila, entró al hotel y fue directo hacia su cuarto. Al ingresar notó una habitación chica y sencilla. Una cama para uno con un ventanal vertical que daba a un patio interior techado. Se quitó la ropa y se dirigió al baño para tener una ducha caliente y reconfortante. Abrió la canilla izquierda y aguardó, jugueteando con el agua con las manos, a que se calentara. La temperatura no cambiaba; empezó a preocuparse. En ese momento, notó un cartel al costado, pegado en la pared, que decía: “En este cuarto las canillas están invertidas. Disculpe las molestias”. Entendió perfectamente lo que sucedía, por lo que cerró la izquierda y abrió la derecha. El agua salía mucho más fría que antes. “Creo que el cartel engaña” pensó. Cerró la derecha y volvió a abrir la izquierda. No era caliente, pero era menos fría. Se bañó con un poco de tiriteo.

Seguía necesitando algo caliente, así que, luego de vestirse, tomó un libro. Como buen lector, siempre lleva uno encima, y salió en busca de una cafetería. Eran las ocho de la noche, pero no tenía hambre. Solo quería un lugar tranquilo en el que pudiera sentarse a leer y relajarse. Luego de dos cuadras, caminando bajo la garúa que todavía caía, encontró en una esquina una cafetería. Había personas, pero no estaba llena. Tenía unos ventanales que recorrían desde el principio de la cuadra hasta el final, en la cuadra transversal. Había dos puertas de vidrio, una en cada esquina. Ingresó y, por dentro, se veía acogedora. Tenía un estilo moderno, con plantas entre las mesas y en la barra. Había lugares con sillas y con sillones. Los que daban a la ventana estaban ocupados, junto con una sola mesa individual con una persona que escribía en su computadora.

Eligió un lugar al azar con sillones. La comodidad era lo más importante. Tomó su libro y lo abrió en el capítulo correspondiente. No había terminado la primera hoja cuando vinieron a tomarle el pedido. Un café con leche y dos medialunas. Le preguntaron si lo quería doble o en jarrito. Le llamó la atención, pero lo pidió en jarrito. En ese momento se dio cuenta: al lado suyo había un grupo de mujeres. Cuatro, sentadas en una mesa contigua a la ventana. Disimuladamente pudo observar que lo miraban y se reían haciendo comentarios que no lograba escuchar. Podía darse cuenta de que eran jóvenes, bastante más jóvenes que él, pero, sin embargo, eso lo hizo sentirse bien. Nada mal vendría para este viaje que comenzó tan difícil que conocer a alguien interesante. Disimuladamente continuó leyendo. Se sumergió en la lectura. Lo único que rompió su concentración fue el mesero con su pedido. Tomó un sorbo de agua para limpiar el paladar y probó el café. Como lo sospechó, era un café sin leche. No le importó; la realidad era que no le importaba nada. Sólo quería relajarse. Volvió a sumergirse en su lectura mientras que cortaba pedazos de las medialunas y bebía su café.

Había pasado un tiempo cuando recordó al grupo de mujeres. Se dijo a sí mismo: “si pudiste con la ruta, esto es fácil”. Sin mirar para no regalarse, cerró el libro, atinó a levantarse del sillón, pero, cuando giró su cabeza, el grupo de mujeres se había retirado. Bajó la cabeza con decepción e intentó de volver a su posición sin que nadie se percatara de lo sucedido. Terminó el capítulo, pagó y volvió al hotel. Cuando llegó a su cuarto, se acostó en la cama, con el velador encendido. No era la idea del viaje que había esperado, pero tampoco era que esperaba mucho. Después de todo, quería sorprenderse y esto sí que no lo vio venir.

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