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Lo que nunca terminó

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Sinopsis

Jean lleva años intentando construir una vida que nunca termina de sentir como propia. Vive con Anne, pero es incapaz de responder una pregunta tan simple como dolorosa: ¿todavía la ama? Mientras Desirée insiste en que hay algo entre ellos que tarde o temprano deberá ocurrir, Jean vuelve al Instituto donde pasó parte de su juventud buscando, quizás, entender por qué le cuesta tanto avanzar. Allí, frente al aula 105, los recuerdos empiezan a mezclarse con el presente. Una silueta en un pasillo vacío, una extraña pérdida de la noción del tiempo y un nombre que creía enterrado desde hacía más de diez años vuelven a aparecer: Amélie. Algunas relaciones terminan. Otras simplemente dejan de suceder. Pero hay historias que, aunque pasen los años, nunca terminan del todo.

Genero:
Drama,Mystery
Autor/a:
DiariodeJean
Estado:
hace 3 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Aula 105

—Jean, ¿me amás?

—La verdad es que preferiría no contestar eso ahora —le dije mientras desviaba la mirada. No quería ver sus ojos mientras pronunciaba esas palabras.

—No podés decirme eso —respondió Anne, sin entender por qué evitaba contestarle.

—Realmente tengo la cabeza en cualquier lado —le dije, esperando que con eso alcanzara y dejara el tema ahí, al menos por un rato.

—Siempre me decís lo mismo.

Anne salió de la habitación y, unos segundos después, escuché la puerta de entrada cerrarse. Sabía que no iba a volver esa noche y quizás tampoco durante los próximos días. Nunca terminé de entender por qué necesitaba que le confirmara algo que, después de tanto tiempo, se suponía dado por hecho. ¿Y si no la amaba? ¿Cambiaría algo?

También salí de casa. No quería quedarme solo pensando, aunque sabía perfectamente que afuera iba a terminar haciendo exactamente lo mismo. La calle estaba tranquila: los mismos espacios, las mismas caras, incluso la misma gente sentada en los mismos bancos. Caminé sin un destino concreto hasta llegar a la plaza y entonces la vi. Era Desirée.

—Otra vez caminando solo, Jean —me dijo mientras me miraba el rostro y, más precisamente, los labios.

—Supongo que hay cosas que nunca cambian —respondí, desganado.

—Arriba ese ánimo, eh. No te vengas abajo. ¿Qué pasó ahora? ¿Te peleaste con tu noviecita? —preguntó mientras se reía.

—Primero que nada, no es mi novia. Y vos lo sabés mejor que nadie —le dije, observando cómo reaccionaba.

—¡Y si lo sabré, querido!

—Es que no entiendo, te lo juro. Le doy todo lo que puedo, todo lo que tengo, y parece que nunca alcanza. ¿Cómo puede ser que nunca alcance, De?

—Quizás porque no es ni va a ser la persona correcta, Jean. Es como nosotros: sabemos que estamos destinados a estar juntos, pero no sabemos cuándo.

—Esa es tu percepción. Sabés que yo no pienso lo mismo.

—Eso lo decís porque sos un cobarde. Sabés que soy la mujer que necesitás a tu lado y vos sos el hombre que yo quiero. Pero bueno, seguí postergándolo. No todo va a estar siempre a tu disposición y lo sabés.

—¿Qué está a mi disposición? ¿Tener una vida miserable? ¿No amar a quien me ama?

—Sabés que ella no te ama. Es más, a veces me pregunto si realmente alguna vez lo hizo.

—No digas eso. No ayudás en nada.

—¿Y quién dijo que quiero ayudarte, Jean? Quiero que alguna vez seas capaz de abrir los ojos. No sé cómo hacés para volver todo tan complicado.

—¿Yo hago las cosas complicadas? ¿Yo soy el que siempre está buscando al otro y confundiéndolo, o sos vos?

—No me adjudiques lo que sentís por mi presencia. Hacete cargo.

—Me hago cargo, pero sabés que sos parte del problema. No sé por qué no podés desaparecer de mi vida de una vez.

—¿Desaparecer? ¿Otra vez lo mismo?

—No tiene sentido seguir discutiendo. Como siempre, no vamos a llegar a nada.

Dije eso y me di vuelta antes de que pudiera responder. No quería ver la expresión que ponía cada vez que me alejaba; ese rostro siempre conseguía destruirme un poco. Seguí caminando hasta el Instituto. No sé bien por qué fui hacia allí. Quizás porque quería recordar algunas cosas para olvidarme de otras.

Las escaleras, los pasillos, las aulas: todo seguía teniendo algo demasiado familiar. Estaba por entrar cuando Lion abrió la puerta del Instituto y salió a mi encuentro.

—¿Qué hacés acá, querido?

—Tenía ganas de recordar algunas cosas para olvidar otras.

—Siempre tan filosófico vos —dijo Lion riéndose—. Dale, pasá.

Fuimos hasta su despacho. Me senté frente a él y, sin demasiadas vueltas, terminé contándole lo que había pasado con Anne.

—Otra vez la misma historia, amigo —dijo casi sin sorprenderse.

—Desirée me dijo prácticamente lo mismo —contesté, todavía angustiado.

—¿Desirée? ¿La volviste a ver?

—Algo así. Me la encontré recién y estuvimos hablando. Dice que soy un cobarde y que no quiero aceptar que, según ella, vamos a estar juntos en algún momento.

—¿Y vos qué pensás?

Me quedé callado unos segundos. No era que no tuviera una respuesta; el problema era que tenía demasiadas y ninguna me convencía del todo.

—La verdad es que no sé. Yo quiero a Anne. Perdón... la amo. O al menos eso creo. Ya ni siquiera sé si eso es verdad. Lo único que sé es que no quiero hacerle perder el tiempo.

—¿Cómo que hacerle perder el tiempo? ¿Eso pensás de la relación?

—No exactamente. Pero sé que se merece alguien mejor a su lado. Alguien que pueda decirle “te amo” sin quedarse dudando después de tres años.

—Ella sabía dónde se metía.

—Sí, pero eso no me quita responsabilidad afectiva.

—Responsabilidad, responsabilidad... Vos no la obligaste a estar con vos.

—Ya lo sé. Pero tendría que haber sido claro desde el principio. Tendría que haberle dicho que iba a ser muy difícil construir algo nuevo mientras yo siguiera habitando algo anterior con otra persona.

—¿Y no pensás que se puede arreglar?

—La verdad es que no sé. Anne estaba muy mal cuando se fue de casa. No la vi llorar, pero estoy seguro de que se fue llorando.

—¿Y qué hacés acá entonces? ¿Por qué no vas a buscarla y le explicás la situación?

—Porque quiero darle su espacio. Aunque no... miento. En realidad quiero darme mi espacio. No sé lo que siento. Estoy confundido.

—Dejá de ser tan cobarde, Jean. Hacete cargo de lo que sentís. Decime la verdad: ¿qué sentís?

La pregunta me golpeó más de lo que esperaba. Quizás porque Anne me había preguntado prácticamente lo mismo unas horas antes, solo que de otra manera. Bajé la mirada y tardé unos segundos en contestar.

—Que no la amo. No como ella espera que la ame, por lo menos. No quiero vivir sin ella, pero tampoco quiero vivir con ella. Solo quiero estar solo y pensar.

—Entonces hacé eso, si es lo que sentís.

—Supongo. Pero es muy difícil. Vivimos juntos, tenemos a Buggie juntos, tenemos una vida armada. ¿Qué hago con todo eso?

—Lo vas a resolver. Vas a encontrar la forma. Lo importante ahora es que estés bien, y claramente no lo estás. Soy tu amigo y siempre quiero verte bien. Pero me tengo que ir; tengo una reunión con los profesores y hay un par de temas que quiero charlar antes de que llegue el receso. Si te parece, nos juntamos el fin de semana.

—Dale, amigo. Nos vemos.

Le di un abrazo a Lion y salí de su despacho, pero no me fui del Instituto. Subí al segundo piso porque quería volver al lugar donde había empezado todo. Yo había estado en el aula 105; ella, en la 106. Me detuve frente a mi antigua aula y pasé los dedos lentamente sobre los números: uno, cero, cinco.

Habían pasado más de diez años desde la última vez que estuve allí. En aquel entonces no existía Desirée. Tampoco Anne. Sí existía Amélie. Hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de ella y, parado frente a esa puerta, no pude evitar preguntarme qué habría sido de su vida.

Abrí la puerta del aula y entré. Los bancos, las sillas y las ventanas seguían donde los recordaba; todo parecía conservarse de la misma manera, como si el paso de los años hubiera ocurrido únicamente fuera de esas paredes. Recorrí el lugar lentamente. La sensación era extraña, como entrar en una cámara del tiempo sin saber del todo en qué año iba a aparecer al cruzar la puerta. Pensé en todo lo que había pasado ahí, en las conversaciones que alguna vez creí importantes y en las decisiones que, por el contrario, parecían insignificantes y con el tiempo terminaron significando mucho más de lo que imaginaba.

Estaba por salir cuando sentí que alguien me observaba. Giré hacia la puerta y alcancé a distinguir una silueta en el pasillo, pero desapareció antes de que pudiera verle el rostro. Salí de inmediato y miré hacia ambos lados. No había nadie.

Por un instante me quedé quieto, tratando de entender qué acababa de pasar. Entonces me di cuenta de algo todavía más extraño: no sabía cuánto tiempo había estado dentro del aula. ¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Una hora? Había perdido completamente la noción del tiempo.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Esperé unos segundos, pero nadie respondió. El pasillo seguía vacío. Qué extraño, pensé. Muy extraño.

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