Capítulo 1: Querido Dios, soy Elena
EL SILENCIO QUE ME MIRABA
17 de marzo.
3:17 de la madrugada. Otra vez estoy despierta. No sé por qué sigo mirando el reloj. Quizá porque, cuando una pasa tantos años intentando encontrar respuestas, termina creyendo que hasta los números pueden significar algo.
3:17. No es una hora santa. No hay nada escrito sobre ella en la Biblia. Es simplemente la marca de este pequeño reloj sobre el escritorio, y llevo varios minutos observándola como si fuera a cambiar de forma. No cambia. 3:18. 3:19. El tiempo continúa avanzando aunque yo permanezca inmóvil. El mundo nunca se detiene porque una persona esté sufriendo. Las estrellas siguen moviéndose, la Tierra gira, los hospitales reciben pacientes y alguien, en algún lugar, celebra una fiesta mientras otro recibe la peor noticia de su vida. Todo ocurre a la vez.
Durante mucho tiempo pensé que Dios debía estar observándolo todo desde arriba. Ahora ya no sé qué pensar.
Miro la pequeña cruz de madera sobre la mesa. Es sencilla, sin oro ni piedras, con una esquina ligeramente rota. Podría comprar otra, más bonita, más grande. Pero nunca lo he hecho. Hay objetos que dejan de ser materia y se convierten en testigos. Esta cruz ha estado conmigo demasiado tiempo. Ha visto cosas que nadie más vio, ha escuchado conversaciones que nunca conté y ha permanecido junto a mí cuando lloré, cuando dudé y cuando pensé que ya no podía continuar.
Tomo la cruz. Está fría. Siempre lo está. La observo unos segundos y la devuelvo al escritorio. Después, saco el cuaderno del cajón. Mi diario.
No es el primero, pero este es diferente. Es el que uso cuando ya no quiero hablar con nadie. Abro la primera página. La pluma se detiene sobre el papel unos segundos antes de que me decida a escribir:
Querido Dios:
Me detengo y sonrío. Es extraño empezar una carta de esa manera después de tanto tiempo. Continúo:
No sé si existes.
Miro la frase. Podría borrarla, pero no lo hago. Es la verdad. Si voy a escribir este diario, por primera vez quiero hacerlo sin mentirme. Durante años tuve miedo de escribir esas palabras; de niña creía que Dios leía los pensamientos y que las dudas se castigaban. Ahora de adulta me pregunto cuántas de nuestras certezas empezaron así: alguien se las dijo a un niño, el niño creció, se las enseñó a otro, y generaciones después nadie recuerda quién habló primero.
Quizá por eso decidí estudiar ciencia. Quería saber qué cosas eran verdaderas aunque nadie me las contara. Quería aprender a distinguir entre lo que sabemos y lo que creemos saber.
Pero la ciencia tampoco me dio todas las respuestas.
Cuando era adolescente pensaba que los científicos tenían explicaciones para todo. Después descubrí que los verdaderos científicos dicen una palabra con más frecuencia que nadie: No sabemos. No sabemos qué había antes del universo, ni cómo apareció la primera vida, ni qué ocurre tras la muerte. Y eso me fascinó, porque decir “no sé” a veces es la respuesta más honesta. Quizá por eso sigo creyendo... o quizá por eso ya no creo. Todavía no lo sé.
Cierro los ojos y respiro profundamente. El convento está en completo silencio; las demás hermanas duermen. A estas horas solo se escuchan los sonidos pequeños: el viento en la ventana, las tuberías, la madera crujiendo, mi respiración. De día el silencio es diferente, siempre hay pasos, puertas y oraciones. Pero de noche la oscuridad tiene espacio para contener los pensamientos que evitamos a la luz del sol. Por eso escribo ahora. De día puedo fingir. De noche no.
Me levanto y camino hacia la ventana. Aparto un poco la cortina y miro el cielo despejado. Ya no se ven tantas estrellas como en la infancia; las ciudades lo han llenado todo de luces. Sé que algunas de esas estrellas que veo quizás ya ni siquiera existen, que su luz viaja desde el pasado. Pienso que nosotros somos iguales. Las personas caminamos dejando luces que continúan brillando después de marcharnos: una palabra, un abrazo, una herida, un recuerdo. Una persona puede morir y seguir habitando dentro de otra.
—¿Será eso lo que llaman alma? —murmuro.
Mi propia voz me sorprende. Hacía tanto que no hablaba en voz alta en esta habitación que parece que otra persona lo hubiera dicho.
Vuelvo al escritorio, abro el diario y escribo:
Hoy tengo miedo.
Me detengo. No sé de qué. Eso es lo peor, que algunos miedos no tienen rostro. Conozco el miedo desde niña, lo conocí al crecer, al estudiar y al entrar a este convento. Pensé que hacerme monja me quitaría el terror, pero me equivoqué: solo me dio un lugar tranquilo donde escuchar los ecos de mi propia historia. Y cuando dejas de correr, descubres cuánto ruido llevas dentro.
Miro la cruz de nuevo.
—¿Estás ahí? —pregunto en voz alta.
La pregunta sale antes de poder frenarla. Me quedo esperando. Nada. Por supuesto, nunca pasa nada. Ninguna luz del cielo, ninguna voz, ningún milagro. Solo el tictac del reloj.
3:26.
Me río con suavidad.
—Eso pensé.
Vuelvo a escribir: Durante toda mi vida te he hablado. Y tú nunca me has respondido.
No sé si es una acusación, aunque probablemente lo sea. Años atrás temía estar enojada con Dios; ahora pienso que si Él existe, puede soportar mi rabia. Y si no existe... entonces estoy hablando sola. Tampoco sería la primera vez.
Dejo la pluma y miro un libro de astronomía junto al diario. Habla de galaxias, de expansión y de estrellas a millones de años luz. Me gusta estudiar cosas que nunca podremos tocar. La ciencia puede medir la temperatura de una estrella o explicar la química exacta de una lágrima y el miedo en el cerebro humano. Pero lo que no puede explicar es qué significan esas cosas para nosotros. Y quizás ahí, en esa brecha entre el funcionamiento y el sentido, nació mi necesidad de fe. O mi duda.
Vuelvo al papel:
Quizá Dios no sea lo que me enseñaron.
Cuando lo leo siento algo extraño, ni paz ni tristeza, como estar ante una puerta abierta sin saber qué hay al otro lado. Me pregunto si crecer consiste precisamente en descubrir que las respuestas de la infancia ya no alcanzan. Mi infancia me enseñó a preguntar por qué Dios permitió el dolor. La ciencia me enseñó a preguntar cómo ocurrió. La religión me enseñó a preguntar qué significa. Y mi vida me ha dejado la pregunta más difícil de todas: ¿Qué hago ahora con lo que pasó?
Eso es lo que todavía no sé responder.
Miro el reloj. 3:41. He estado escribiendo un buen rato. Cierro el diario, pero antes de apartar la mano escribo una última frase que apenas me atrevo a sostener:
Si Dios existe, quiero preguntarle dónde estaba cuando yo era una niña.
Siento un movimiento por dentro. No es consuelo. Es como abrir una cámara secreta que mantuve sellada durante décadas. He rezado, he leído y he construido una vida entera alrededor de esa pregunta sin atreverme a mirarla de frente. Hasta esta noche.
Guardo la pluma, apago la lámpara y me acuesto en la oscuridad. Justo cuando creo que voy a conciliar el sueño, escucho un sonido seco. Un golpe suave.
Me incorporo de golpe y miro hacia el escritorio. El diario está cerrado. La ventana también. No hay nadie. Me quedo inmóvil, conteniendo la respiración, esperando.
Nada.
Y entonces, otra vez:
Tac.
Miro hacia el cristal. Es solo una pequeña rama que el viento empuja contra la ventana. Respiro hondo y me obligo a sonreír en la penumbra.
—Estás cansada, Elena.
Vuelvo a recostarme y cierro los ojos. Justo antes de quedar dormida, un recuerdo infantil cruza mi mente, una frase de mi abuela que llevaba años sin visitar: “Dios siempre está mirando”.
Durante mucho tiempo odié esas palabras. Esta noche, por razones que no alcanzo a comprender, me provocan un escalofrío.
3:58 de la madrugada.
Y tengo la extraña certeza de que, aunque la habitación está a oscuras, no estoy sola.
No abro los ojos. No quiero hacerlo. Porque hay preguntas que pesan demasiado cuando se descubre su respuesta. Y por primera vez en mi vida, una nueva duda me atraviesa antes de caer rendida:
¿Y si Dios nunca estuvo lejos?
¿Y si simplemente... siempre estuvo en silencio?




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