Capítulo 1 :Presentación
Desde que trabajé como policía, no he podido contar esta historia… ni siquiera a mi esposa. Todo ocurrió en el otoño de 1888, cuando estuve cara a cara con el asesino de Whitechapel.
Era joven entonces. Recién salido de la academia de policía, me asignaron a la comisaría de Leman Street. Necesitaban más personal.
Aquella noche me encontraba en la sastrería, preparando mi uniforme de agente.
—¿Cómo te ha ido, Arthur? —preguntó el sastre.
—Bien… un poco nervioso —le respondí.
Él sonrió, dejando escapar una risita.
—No tienes por qué estar preocupado. Este distrito es tranquilo. Lo único que te debe preocupar es tu cartera.
—No estoy interesado en pasar la noche con una prostituta —le contesté con seriedad.
—No se sabe, chico… —rió.
Después de aquella conversación, el sastre logró terminar mi uniforme.
—Mírate… Tus padres estarían orgullosos de ti, chico —dijo el viejo, mientras me observaba en el espejo.
—Gracias, Pablo, pero… los extraño —respondí al halago, aunque no quería hablar del tema. Los había perdido cuando era niño. Mi padre era mecánico y mi madre, panadera. Siempre estaban ocupados… casi no se preocupaban por mí. Y eso, irónicamente, me salvó la vida.
De repente, Pablo me sacó de aquel trance.
—Tranquilo, hijo… siento mucho lo sucedido. Pero mírate: alto, de cabello castaño brillante, honrado, confiable, leal…
—¡Y guapo, hermoso e inocente! —interrumpió su esposa desde la cocina.
—Gracias, señora Ramírez… de verdad me halagan —respondí, sonrojándome un poco.
—Tus padres se alegrarían mucho —dijo ella con ternura, mientras me ofrecía un trozo de pan y un poco de té caliente.
—Listo, chico. Mírate ahora —dijo Pablo.
Me di la vuelta, admirando los detalles del uniforme, y solo pude decir una palabra:
—Perfecto.
Después de cenar con ellos, decidí volver a casa. Antes de salir, la señora Ramírez me entregó un último regalo: un crucifijo.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Era de nuestro hijo… un último regalo antes de morir en la guerra —dijo, mientras una lágrima caía de sus arrugados párpados.
Me lo puse en el cuello como muestra de respeto, y ella me dio un beso en la frente antes de despedirme.
Mientras caminaba, saludé a unas viejas amigas que trabajaban en la calle.
—¡Hola, Mary! ¡Hola, Sarah!
Ellas me recibieron con los brazos abiertos.
—¡Miren quién está aquí! —dijo Mary.
—¡El policía que limpiará las calles de este crimen! —completó Sarah.
Me hizo sonreír el cumplido. Sentí algo de cariño en sus palabras.
Continué caminando hasta llegar a mi departamento. Al entrar, el dueño ya me estaba esperando.
—Robert, llevas tres meses sin pagarme. ¿Dónde está mi dinero? —me interrogó con dureza.
—Lo lamento, señor William. Aún no he podido reunirlo —le respondí.
Me miró con el ceño fruncido, y el mostacho se le arrugó con disgusto.
—Te daré un mes. Si no me pagas, te saco a la calle. Ni tu placa de policía te va a salvar.
—Sí, señor —respondí, algo asustado, antes de subir por las escaleras.
Llegué al tercer piso, donde estaba mi habitación. Entré, guardé mis cosas y colgué el uniforme en el armario. Solo dejé el crucifijo cerca de mí, antes de acostarme.



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